Una noche en el Metropolitan Opera House de Nueva York

Lincoln Center. Foto: Jorge Bela
Qué pena con usted se fue a la ópera, y debo decir que Lincoln Center todavía impresiona. El tiempo no parece haber dejado sus huellas sobre los tres edificios que flanquean la plaza principal. Se trata de una impresión engañosa, pues el espacio ha sufrido numerosas intervenciones, algunas de calado, desde su inauguración en los años 60. Sin embargo, sobre todo por la noche, la pureza de las líneas, la repetición de los patrones, y el brillo de los candelabros, se convierten a la plaza en el zaguán perfecto para un gran espectáculo artístico.
Metropolitan Opera House. Foto: Jorge Bela
El Lincoln Center es uno de los centros artísticos más ambiciosos del mundo, fruto de una forma de pensar muy concreta. A mediados del siglo pasado todo parecía posible en el mundo de la arquitectura. Y no me estoy refiriendo tan solo al ámbito de la vivienda o el comercio: la arquitectura moderna aspiraba a convertirse en la herramienta capaz de resolver los grandes problemas sociales. Incluyendo los del mundo de las artes. Constantes y asombrosos avances en las técnicas constructivas parecían augurar un futuro de progreso sin límite.

Lincoln Center. Foto: Jorge Bela
Los arquitectos y planeadores urbanos no titubeaban ante los proyectos más ambiciosos, y desde su optimismo y firmes convicciones consideraban ideas como demoler París y sustituir los viejos edificios por una ciudad más moderna. París, afortunadamente, sobrevivió, pero el movimiento moderno transformó profundamente la mayoría de las ciudades en todo el planeta. Y Nueva York, por supuesto, contiene algunos de sus mejores ejemplos, como el propio Lincoln Center. Wallace Harrison fue el autor del plan general y del diseño del teatro de la ópera, el edificio central. Anteriormente, había participado en proyectos como las Naciones Unidas o Rockefeller Center. Aunque quizá su obra más importante sea el Empire State Plaza, un descomunal centro administrativo para cuya construcción fue necesario demoler 1.200 edificios del centro histórico de Albany.
Lincoln Center. Foto: Jorge Bela
Mientras los grandes proyectos monumentales han pasado, en gran medida, de moda, la ópera de Harrison sigue siendo una obra maestra. Desde la plaza, a través de grandes cristaleras, se pueden contemplar sus bellísimas escaleras curvadas. Y, por supuesto, las descomunales pinturas de Chagall, un regalo no solo para los asistentes, sino para todos los neoyorquinos. No es, desde luego, un teatro pequeño: con aproximadamente 3.800 localidades es el mayor del mundo. Pero los detalles, el meticuloso diseño, y el impecable mantenimiento transmiten una peculiar sensación de intimidad. Eso sí, las localidades en el último piso, cercanas a la barandilla, no son recomendables para personas con vértigo. La acústica es impresionante, pese a la escala de la sala.
Lincoln Center. Foto: Jorge Bela
A diferencia de lo que sucede con otros teatros de ópera, salvo en contadas ocasiones no es difícil encontrar entradas en el Metropolitan. Hay algunas a muy buen precio, incluso por debajo de los 30$. Los espectáculos son soberbios, y la orquesta quizá sea la mejor del mundo en estos momentos. Aún para los visitantes que no disfrutan con la ópera, vale la pena compar unas entradas y acercarse al teatro una noche cualquiera. Aunque solo sea por disfrutar del edificio y del ambiente. Aunque solo sea por recordar los tiempos en los que los arquitectos soñaban con resolver los problemas del mundo a base de diseño, cálculos de estructura y mucho cariño.



Turkish Airlines: un viaje transatlántico a los buenos tiempos

Turkish Airlines. Foto: Jorge Bela
¿Desea salida de emergencia? No hay problema. Con estas amables palabras me alegró la tarde la señorita encargada de facturación de Turkish Airlines en el aeropuerto Dulles de Washington. En unos tiempos en los que muchas aerolíneas exigen abultados cobros por todo, que en algunos casos se acercan peligrosamente a la extorsión, en Turkish siguen sin cobrar por nada. Al entrar en el avión, un moderno Airbus 330-300, nos daba la bienvenida un nutrido grupo de la tripulación, incluyendo el Sky Chef. Y es que en Turkish visten a un tripulante con el atavío tradicional de los chefs, se supone que para cocinar los exquisitos platos de la clase preferente. Aún así, es un segundo síntoma claro de que en Turkish todavía están instalados en los buenos tiempos de la aviación.


Sky Chef. Foto: Turkish Airlines
A bordo Turkish Airlines. Foto: Jorge Bela
Al llegar a mi asiento, una tercera sorpresa: me esperaba un pequeño kit, con el logo del Institut Karité, París. Aunque no conocía la existencia de este aparentemente afamado instituto parisino, me causó muy buena impresión recibir el kit, detalle reservado a los pasajeros potentados en la inmensa mayoría de las aerolíneas de Europa occidental y de las Américas. Para los curiosos, el contenido es el siguiente: unas pantuflillas con el logo de Turkish, calcetines, tapones para los oídos, pasta y cepillo de dientes, antifaz y un carrito con crema para los labios. Todo de muy buena calidad, la verdad.
A bordo Turkish Airlines. Foto: Jorge Bela


A bordo Turkish Airlines. Foto: Jorge Bela
Una vez instalado en mi asiento y compartida la inevitable foto de los calcetines, me dispuse a iniciar el largo viaje de Washington a Estambul. El vuelo dura unas diez horas, pero la primera y la última son las más interesantes, por las vistas. Nada mas despegar, el avión sobrevuela Filadelfia y a continuación Nueva York, permitiendo a los pasajeros del lado izquierdo (fila A) disfrutar de unas vistas espectaculares de Manhattan. La llegada a Estambul también es espectacular.
Nueva York desde el aire. Foto: Jorge Bela
Comida en Turkish. Foto: Jorge Bela
Comida en Turkish. Foto: Jorge Bela
La comida es bastante rica, y la atención excepcional. Las bebidas alcohólicas, incluyendo un vino aceptable, son gratuitas. La atención de la tripulación es muy buena, y el viaje se hizo corto.

Del aeropuerto Ataturk había escuchado de todo: desde el fasto insuperable de su sala VIP (dicen que la mejor del mundo), hasta la pesadilla de los trámites de inmigración. Al estar en tránsito no tuve que sufrir inmigración, aunque sí un control de seguridad bastante pesado (pero eso es algo a lo que hay que irse acostumbrando: en Heathrow, por ejemplo, es mucho peor). Sin acceso a la afamada sala VIP, estuve deambulando por las salas del aeropuerto. Muchísima gente llena casi todos los rincones, y es entretenido ver las curiosas vestimentas de este lugar que es punto de encuentro entre oriente y occidente. Las cuatro horas que pasé allí se me hicieron pesadas. El abordaje del vuelo a Madrid fue caótico. El segundo salto, 4 horas hasta Madrid, fue muy similar al transatlántico, pero sin kit.



Comida en Turkish. Foto: Jorge Bela
Turkish está ofreciendo unas tarifas sumamente competitivas desde USA a España. Si el ahorro es significativo, y no hay demasiada prisa, vale la pena el rodeo. La experiencia a bordo es un viaje a otros tiempos, a los buenos tiempos en los que viajar en avión era un motivo de felicidad, y en el que las aerolíneas no se habían convertido en sucursales de Sierra Morena.


Las aerolíneas de bajo costo: una revolución en la forma de viajar (post invitado de Natalia Vasquez)


Foto: Natalia Palacio Vásquez
Recuerdo que años atrás, si quería viajar de Medellín a Bogotá y no podía hacerlo en avión debido a los altos costos, tenía que tomar un bus a la capital buscando un precio que se acomodara a mi bolsillo. Y aunque el pasaje salía mucho más barato, el tiempo que duraba el viaje por carretera (unas 8 horas, a veces más) era simplemente agotador.

Desde el año 2012, llegaron a Colombia las aerolíneas de bajo costo, ofreciendo a los usuarios un servicio con precios muy favorables a diferentes destinos nacionales. Pero no solo el precio era un motivo para viajar, el tiempo que invertíamos viajando por tierra, ahora sería aprovechado en nuestro destino favorito para compartir con la familia, amigos o simplemente explorar un lugar lleno de atractivos fascinantes.

Viva Colombia es la aerolínea de bajo costo más importante de Colombia y ocupa el tercer lugar entre las que más usan los pasajeros para realizar sus viajes, representando un 12% del mercado al año 2015. Un pasaje de avión saliendo de Medellín a Bogotá por Viva Colombia se puede conseguir desde $49.990 pesos, mientras que en bus este pasaje puede costar desde $65.000 pesos.

Este modelo busca reducir los costos por pasajero, eliminando algunos de los servicios que ofrecían las aerolíneas tradicionales. Ahora, si quieres viajar por una aerolínea de bajo costo debes tener en cuenta que existe un máximo de equipaje permitido por el cual no tienes que pagar ningún costo y que generalmente son 6kg equivalentes a una maleta pequeña o morral, equipaje suficiente para un viaje corto.

Gracias a esto hoy es posible que un estudiante que vive en la ciudad y quiere visitar a su familia en Cúcuta un fin de semana, pueda hacerlo con más frecuencia. O aquella persona que siempre soñó con conocer el mar y solo podía verlo en televisión, por Internet o revistas, ahora pueda programar su viaje a las mejores playas del país para disfrutar de esa experiencia que seguramente querrá volver a vivir más de una vez.

Por eso viajar es una de las experiencias más enriquecedoras que tenemos las personas para nuestra vida, no importa qué tan lejos vayamos y si estamos solos o acompañados. Cambiar de espacio, dejar la rutina por unos cuantos días, empacar solo lo necesario y lanzarnos al descubrir, es un sueño tangible y necesario. Y lo mejor de todo, es que una vez empezamos a hacerlo, ya estaremos pensando en el próximo destino.

¡Piensa en ese lugar que quieres conocer y busca tu vuelo al mejor precio!

Natalia Palacio Vásquez

Masonic House of the Temple: a Wonder Hidden in Plain Sight

Masonic House of the Temple. Photo: Jorge Bela There is plenty of invocation to classical architecture in Washington. Even modern buil...