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Urumita, mucho más que una gota fría

Holly Socarrás en su natal Urumita. Foto: Jorge Bela

En 1938 Emiliano Zuleta Baquero compuso su obra maestra, “La Gota Fría,” que alcanzó fama universal seis décadas más tarde cuando la versión de Carlos Vives llegó a los primeros puestos de superventas. El vallenato puso a Urumita en boca de todos, y por eso tenía muchas ganas de conocer esta ciudad ubicada entre La Guajira y el César, y cuyo término municipal se extiende sobre la Sierra del Perijá hasta Venezuela. Finalmente tuve la oportunidad el pasado mes de diciembre, cuando recorrí junto a un grupo de periodistas la Ruta del Vallenato.


María del Carmen nos explica que lleva 42 años de luto. Urumita, La Guajira
María del Carmen nos explica que lleva 42 años de luto. Foto: Jorge Bela
En nuestra visita descubrimos que Urumita es mucho más que una gota fría.  Pasamos solo un día, y nos supo a muy poco. Lo que nos quedó por ver es mucho más de lo que vimos,  que fue bastante. Tuvimos ocasión de conocer los jardines de alguno de los ganadores del Festival de Flores y Calaguas, como el de María del Carmen, que lleva 42 años de luto y sin poder disfrutar del festival, o el de Jairo Villazón, cuya casa está enteramente hecha de bareque. Almorzamos espléndidamente en el restaurante Villa Mary, junto al río Mocho, donde nos dijeron que si las madres comen malanga, los hijos salen “monos.”

Rio Marquezote, Urumita
Rio Marquezote, Urumita. Foto: Jorge Bela

Supimos que el delicioso café local, que se seca –junto al cacao -- en las calles, se toma con jengibre, y que desde el Cerro Pintado se puede ver el Salto del Angel en Venezuela. Supimos también que el Río Marquezote tiene aguas frías y agitadas, mientras que el río Urumita, o Mocho, tiene aguas tranquilas y templadas: baños para todos los gustos. Finalmente, hicimos un tour a toda velocidad en los motocarros que se utilizan habitualmente como taxis. Todo esto con un clima magnífico y sintiendo de forma constante la hospitalidad y la amabilidad de los urumiteros.

Cicerón Barros, alcalde, junto a la ganadora del festival de flores y calaguas. Urumita, La Guajira
Cicerón Barros, alcalde, junto a la ganadora del festival.
Queda pendiente el regreso, sobre todo para ascender al páramo seco y alcanzar la cumbre del Cerro Pintado, punto más elevado de la Sierra del Perijá y un objetivo claro para cualquier amante de las montañas. Pero también para conocer las cascadas del Río Marquezote, cuyas márgenes recorrimos pero no alcanzamos por falta de tiempo, y para asistir al festival de flores y calaguas. Urumita es uno de esos lugares que aún no han sufrido los efectos del turismo masivo, y que precisamente por ello tienen un interés turístico excepcional. Volveremos.


Vallenato en Urumita, La Guajira.
Vallenato en Urumita, La Guajira.Foto: Jorge Bela


Ruta del Vallenato: ¡la música!

Estudiantes de la Escuela de El Turco, Valledupar.Ruta del Vallenato. Cesar.
Estudiantes de la Escuela de El Turco, Valledupar. Foto: Jorge Bela Kindelán

“Con mucho gusto y a mucho honor, Yo soy del centro de la Guajira” dice el verso central de mi vallenato favorito: “El cantor de Fonseca",  y refleja perfectamente el orgullo que los guajiros y cesarenses sienten tanto por su tierra como por su música. Y no se puede exagerar, como supimos nada más subirnos a nuestra “burjbuja” (nombre que reciben las camionetas por esas tierras) en el aeropuerto de Riohacha: Mingo, nuestro conductor, puso en marcha su MP3 y comenzó un festival que no terminó hasta que finalmente nos bajamos de la burbuja en el aeropuerto de Valledupar.  Mingo conocía todos los cantantes, acordeonistas y compositores dignos de mención, y no se andaba con chiquitas distinguiendo entre los buenos y los malos. Su favorito, el gran Diómedes Díaz, también conocido como El Cacique de la Junta. Tanto le gusta que una vez estuvo tres días seguidos sin salir de casa, casi sin dormir ni comer, hasta que logró escuchar todos los vallenatos jamás grabados por la estrella guajira.


Una excelente interpretación de El Cantor de Fonseca,¡en Fonseca!.Ruta del Vallenato. La Guajira.
Una excelente interpretación de El Cantor de Fonseca,¡en Fonseca!. Foto: Jorge Bela Kindelán
Son muchos los misterios que rodean al origen del vallenato, empezando por su nombre, cuyo verdadero significado nadie puede afirmar con certeza. También es enigmático su patriarca, una figura parcialmente real y parcialmente legendaria: Juan el Hombre, de quien se dice que logró derrotar al mismísimo demonio, tocando la más hermosa melodía jamás escuchada, y dando nacimiento a todo un género musical.  Sobre su origen también hay un cierto pique entre guajiros y cesarenses, pues Valledupar, en el vecino César, se ha hecho con la fama, mientras que ellos sostienen que nació en La Guajira, y que de allá vienen los mejores músicos y compositores. Lo cierto es que la zona de la Ruta del Vallenato antiguamente formaba parte de la misma unidad territorial, hasta que a mediados de los años 60 se crearon La Guajira y el Cesar, dividiendo administrativamente un territorio que tiene una cultura común. En todo caso, el vallenato se  ha convertido en todo un símbolo, no solo de la región, sino de toda Colombia, pues sus instrumentos reflejan los principales orígenes de los colombianos: la guacharaca el indígena, la caja el africano y el acordeón el europeo.



Las mujeres se incorporan al Vallenato. Urumita, La Guajira.
Las mujeres se incorporan al Vallenato. Urumita, La Guajira.
En nuestro viaje la presencia del vallenato fue constante. Mingo, en la burbuja, nos daba lecciones magistrales, con una erudición y una pasión insólitas. El primer día visitamos una escuela de vallenato en Riohacha, donde los alumnos nos dieron un primer contacto con la música en vivo. El segundo día nos adentramos en los dominios del gran Diómedes (a quien Mingo conoció personalmente en una ocasión): La Junta. Allí visitamos la casa con la Ventana Marroncita, que nos mostró su cuñado. También visitamos el lugar en el que nació y la casa que ha construido a su simpatiquísima tía Gachis, que verseó para nosotros. En el almuerzo en El Silencio, en Fonseca asistimos a una excelente representación de, como no podría ser de otra forma, El Cantor de Fonseca. En Urumita comprobamos que las mujeres se están incorporando poco a poco a este mundo que anteriormente estaba reservado a los varones. Imposible resistirse, a esas alturas ya estábamos completamente rendidos al inacabable torrente del vallenato.

Guacharaca, de origen indígena.Valledupar, Cesar
Guacharaca, de origen indígena. Foto: Jorge Bela Kindelán

Cuando llegamos a Velledupar, en nuestro último día, ya sabíamos que el precursor del vallenato son las canciones de vaquería que cantaban en su trabajo los jornaleros; que la flauta original se vio rápidamente sustituida por el acordeón una vez que éste hizo su aparición a través del puerto de Riohacha (el 80% de las ventas de Hohner, principal fabricante del instrumento, se realizan en Colombia), aunque en ocasiones también se utiliza la guitarra; que cada vez es más frecuente la presencia de un cantante, (antes tradicionalmente el acordeonista cumplía también esa función); que tiene cuatro sones: el paseo, el son, el merengue y la puya, por orden de velocidad (la puya es tan rápida que pone a prueba el virtuosismo de los mejores acordeonistas, y no se canta, se suele usar en los piques, o competiciones uno a uno); y así muchas cosas que nos abrieron los ojos ante un mundo realmente singular.
Joven acordeonista en Riohacha. Ruta del Vallenato. La Guajira
Joven acordeonista en Riohacha. Foto: Jorge Bela
En Valledupar visitamos la increíble escuela de El Turco, pero este post ya está quedando demasiado largo, y dejo la crónica para otro día.

El gran Mingo con el cuñado de Diómedes, frente a la Ventana Marroncita. La Junta.
En gran Mingo con el cuñado de Diómedes. Foto:Jorge Bela
Mi agradecimiento a FONTUR por invitarme a participar en el fam-trip en el que está basada esta entrada.

Ruta del Vallenato: la gente

Ruta del Vallenato. Jorge con Maracuyás
Jorge, con maracuyás recién recogidos, y que nos regaló. Foto: Jorge Bela
Cuando me preparaba para venir a Colombia un amigo español me dijo: “ya verás, allí está la mejor gente del mundo.” Una vez más, en mi recorrido por la ruta del vallenato he tenido la ocasión de comprobarlo. Es una maravilla recorrer lugares en los que el turismo todavía no se ha hecho omnipresente: en cada lugar que parábamos la gente nos recibía con curiosidad y amabilidad extrema, siempre con una gran sonrisa. Aunque los guajiros no son precisamente extrovertidos con los desconocidos,  basta un saludo para romper el hielo de forma inmediata, y la conversación surge fluida. Tampoco sienten reparo alguno ante las cámaras fotográficas (y en nuestro grupo, seleccionado por FONTUR, había además imponentes cámaras de video).

Que pena con Usted: Holly Socarrás en Urumita
Holly Socarrás, en Urumita. Foto: Jorge Bela

En la Guajira, como sucede en la mayor parte del país, conviven los descendientes de los habitantes indígenas, con los de los europeos y los africanos. Entre los indígenas, los wayuus son mayoritarios en el valle. Han conservado con orgullo su herencia cultural, que no es solo el idioma, sino toda una forma de ver la vida. Su sistema jurídico tiene validez legal, y ha sido reconocido como patrimonio inmaterial de la humanidad por la UNESCO. Para los wayuus tampoco existen fronteras, y la mayoría posee la nacionalidad venezolana, además de la colombiana. Eso si, para ellos somos simples “alijunas,” nombre que dan a todo aquél que no es wayuu.

Vendedor de raspaos en Valledupar. Ruta del vallenato.
Vendedor de raspaos en Valledupar. Foto: Jorge Bela

Hemos tenido oportunidad de conocer a muchas personas. En Los Chorros conocimos a Jorge Solano, que nos mostró la Cueva de la Perrita, descubierta por su padre a mediados del siglo pasado. Allí nació y crió a sus hijos, pero durante siete años tuvo que desplazarse a Fonseca por causa del conflicto. Ahora vive acompañado por una temperamental guacharaca domesticada. En Urumita conocimos a Holly Socarrás, que nos explicó que sus enorme rulos metálicos se ponen en un periquete. En La Junta conocimos a la simpatiquísima Gachi, tía de Diómedes, que verseó para nosotros en el porche de su casa. En Dibulla conocimos a su alcaldesa, Silvia Ospino Bermúdez, quién nos contó que desde el punto de vista del turismo, en su maravillosa playa “no se ha hecho nada todavía,” (lo que supone una oportunidad perfecta para el turista aventurero).

Gachi, tía de Diómedes. Ruta del vallenato.
Graciela, Gachi, tía de Diómedes, en la casa que éste construyó para ella. Foto: Jorge Bela

Sería imposible enumerar todas las personas con las que tuvimos ocasión de charlar en este viaje. Cuando escriba de la comida, y, cómo no, de la música, mencionaré alguno más. Pero basta decir que en todos lados encontramos gente amable, sonriente y hospitalaria. Tenía razón mi amigo: la mejor gente del mundo. Aquí les dejo algunas fotos para que puedan comprobarlo.

Niños en el balneario. Hatonuevo. Ruta del vallenato.
Pelaos disfrutando del balneario El Pozo en Hatonuevo. Foto: Jorge Bela
Pescador en La Punta de los Remedios. Ruta del vallenato
Pescador en La Punta de los Remedios. Foto: Jorge Bela

Vendedora de mochilas wayuu, en Riohacha. Ruta del vallenato.
Vendedora de mochilas wayuu, en Riohacha. Foto: Jorge Bela
Primera comunión en Fonseca. Ruta del vallenato
Primera comunión en Fonseca. Foto: Jorge Bela


Alcaldesa de Dibulla. Ruta del vallenato. Que pena con usted.
Silvia Ospino Bermúdez, alcaldesa de Dibulla. Foto: Jorge Bela








Mi agradecimiento a FONTUR por invitarme a participar en el fam-trip en el que está basada esta entrada.

La Ruta del Vallenato


Estudiantes de la Academia Vallenata de El Turco. Foto: Jorge Bela
Estudiantes de la Academia Vallenata de El Turco. Foto: Jorge Bela
Es de sobra conocido que el Magdalena y el Cauca avanzan entre sus respectivos valles, estrechamente vigilados por las tres cordilleras andinas que jalonan Colombia,  y arrastrando en su transcurso no solo el inmenso caudal de sus aguas, sino también el universo cultural y artístico de las gentes que habitan en sus márgenes. Mucho menos conocido, sobre todo fuera del país, es que entre las moles de la Sierra Nevada de Santa Marta y la Serranía del Perijá transcurre otro gran torrente, que suma su caudal al de los ríos Ranchería y César: se trata del vallenato, música con una fuerza que va mucho más allá del entretenimiento, ya que sirve tanto como crisol como de expresión de toda una cultura, de una forma singular de entender la vida.
Amanece sobre la Sierra Nevada. Foto: Jorge Bela
Amanece sobre la Sierra Nevada. Foto: Jorge Bela
La semana pasada recorrí los cerca de 260 kilómetros que separan Riohacha de Valledupar, una ruta totalmente al margen de los circuitos turísticos convencionales. Las carreteras son buenas -- aunque como en todas las carreteras colombianas conviene mantenerse muy atento – y el viaje se puede hacer en unas horas, pero nosotros lo tomamos con calma, y tardamos cuatro días en completarlo: la ruta del vallenato no se debe recorrer con prisas. Si bien no existen grandes establecimientos hoteleros, sí que es posible encontrar acomodación básica, confortable y segura. Sin duda vale la pena, pues la recompensa es conocer lugares donde el turista es uno más, y la vida cotidiana de los pueblos aún no ha sido transformada por la presencia constante de foráneos. Eso sí, es importante recabar toda la información posible antes de comenzar el viaje, y en su caso contactar a alguna agencia de viajes local para que resuelvan cualquier duda.
Casa de bareque en Fonseca. Foto: Jorge Bela
Casa de bareque en Fonseca. Foto: Jorge Bela
A lo largo de esos cuatro días conocimos lugares de los cuales ya habíamos escuchado en vallenatos famosos (Dibulla, Urumita, Fonseca…), tuvimos la ocasión observar parajes naturales espectaculares, como la desembocadura del río Dibulla, los picos nevados de la sierra, o el fronterizo Cerro Pintado, pero sobre todo conocimos gente, abierta y amistosa, con un excelente sentido del humor, y siempre con una sonrisa a punto de brotar en cualquier momento. Y eso que la región no lo ha tenido nada fácil, pues en los últimos años del siglo pasado y los primeros de este se ha visto castigada por los conflictos y la violencia que afectaron a todo el país. Ahora la situación es completamente diferente, y aunque la economía aún se resiente, se percibe un considerable optimismo.

Bidones de gasolina en la carretera. Foto: Jorge Bela
Pero ya me estoy extendiendo demasiado: en los próximos días iré escribiendo sobre el vallenato, la comida, la gente que hemos conocido y algunos de los lugares que hemos visitado. Hasta entonces, una confesión: antes de llegar a Colombia a penas conocía el vallenato, casi nada fuera de los grandes éxitos de Carlos Vives. Tras este viaje por La Baja Guajira, me he convertido plenamente: imposible no dejarse llevar por el entusiasmo unánime que se siente en la región. Espero poder contagiarles desde este blog de al menos una pequeña parte de ese entusiasmo.

Arrozales en Fonseca. Foto: Jorge Bela
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