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Ruta del Vallenato: la comida

Chenta prepara gallina criolla y bollo de maíz verde, en Fonseca. Foto: Jorge Bela
Chenta prepara gallina criolla y bollo de maíz verde, en Fonseca. Foto: Jorge Bela
Uno de los aspectos más agradables del viaje que realicé por la Baja Guajira, a lo largo de la ruta del vallenato, es lo bien que hemos comido. Dependiendo de las zonas, las materias primas cambian mucho a lo largo de la ruta: en la costa obviamente el pescado fresco es el rey, mientras que la carne más abundante es el cabrito o chivo. A medida que avanzamos hacia el sur, el vacuno y las aves cobran mayor importancia en la gastronomía. Quién piense que la Guajira es en su totalidad desértica o llena de espinosos trupillos (o algarrobos) y con chivos deambulando, se equivoca completamente: a medida que avanzamos hacia la Baja Guajira, a la sombra de la Sierra Nevada la vegetación se va haciendo cada vez más verde y frondosa, incluso se pueden ver inmensos arrozales y praderas verdísimas donde pastan plácidamente vacas de aspecto completamente feliz. Las sierras proveen a la zona con agua abundante a lo largo de todo el año, y eso se nota.


En Dibulla comimos delicioso pescado fresco. Foto: Jorge Bela
En Dibulla comimos delicioso pescado fresco. Foto: Jorge Bela

El primer día estuvo presidido por el pescado: en Dibulla almorzamos un delicioso pescado fresco, y en la cena, en el restaurante Yotoexpress de Riohacha, agonizamos sobre una carta en la que todo apetecía: yo pedí pescado de nuevo, pero miré con envidia el arroz con camarones que pidieron los más conocedores de la gastronomía local. Al día siguiente, en Hatonuevo, nos topamos con la feliz realidad de los desayunos típicos: arepas con queso, jugo recién exprimido, las bombásticas pero irresistibles trifásicas (arepa de huevo con carne y pollo) y un ambiente agradable donde reponer fuerzas para el largo camino que nos aguardaba.


Un buen jugo de naranja recién exprimido no puede faltar en el desayuno. Foto: Jorge Bela
Un buen jugo de naranja recién exprimido no puede faltar en el desayuno. Foto: Jorge Bela
Almorzamos en el balneario El Silencio, al borde del río Rancherías que transcurre indiferente hacia su desembocadura en Riohacha. Dicen que en la poza del silencio había un caimán que acabo marchándose, harto de la bulla que montan los cada vez más frecuentes visitantes humanos. Entre las opciones de almuerzo estaba una ración de iguana cocinada con coco, que compartimos. Nunca había probado un reptil, pero la iguana me pareció deliciosa. En el restaurante nos aclararon que las iguanas se crían en granjas, y las hembras se sueltan para asegurar que la población salvaje se mantenga estable. Hay cierta controversia alrededor del consumo de estos  animales, pero lo que es indiscutible es que su sabor es muy bueno. Finalmente cenamos en un restaurante tradicional de Fonseca: Donde Chenta. Allí el menú solo incluye gallina criolla y bollo de maíz verde, acompañado de agua de avena. Platos muy sabrosos y totalmente tradicionales.

Carne molida con sazón de oriente medio, desayuno en Fonseca. Foto: Jorge Bela
Carne molida con sazón de oriente medio, desayuno en Fonseca. Foto: Jorge Bela
Al día siguiente desayunamos carne molida con arepas y yuca. La carne tenía una sazón extraordinario y sorprendente. Su origen, nos explicaron, está en la abundante inmigración libanesa que llegó a todo el caribe, especialmente a Barranquilla. En las jornadas siguientes seguimos probando platos de la cocina tradicional de la región, hasta tal punto que a mi llegada a Bogotá no he tenido otra opción que ponerme a dieta por una temporada. Los platos y las materias primas son muy variados (en posts futuros hablaré de algunos de ellos, como la malanga), pero en todos los lugares que comimos poudimos notar el orgullo que se sentía en los establecimientos por los platos que se preparaban. Las cocineras nos mostraban sin reparos sus cocinas, y nos explicaban como lograban dar un sabor único a sus platos. Sin duda, la cocina tradicional colombiana conforma una base tremendamente sólida sobre la que construir una cocina de alta gastronomía que no tenga nada que envidiar a la peruana o a la mexicana.

Todo fresco y recién hecho, en La Junta. Foto: Jorge Bela
Todo fresco y recién hecho, en Hatonuevo. Foto: Jorge Bela


Gallina campestre con malanga, una especialidad de Urumita. Foto: Jorge Bela
Gallina campestre con malanga, una especialidad de Urumita. Foto: Jorge Bela

Cocina tradicional de leña, en Urumita. Que pena con usted. Foto: Jorge Bela
Cocina tradicional de leña, en Urumita. Foto: Jorge Bela

Un desayuno ligero en Minaure. Foto: Jorge Bela
Un desayuno ligero en Minaure. Foto: Jorge Bela





















Mi agradecimiento a FONTUR por invitarme a participar en el fam-trip en el que está basada esta entrada.

La Ruta del Vallenato


Estudiantes de la Academia Vallenata de El Turco. Foto: Jorge Bela
Estudiantes de la Academia Vallenata de El Turco. Foto: Jorge Bela
Es de sobra conocido que el Magdalena y el Cauca avanzan entre sus respectivos valles, estrechamente vigilados por las tres cordilleras andinas que jalonan Colombia,  y arrastrando en su transcurso no solo el inmenso caudal de sus aguas, sino también el universo cultural y artístico de las gentes que habitan en sus márgenes. Mucho menos conocido, sobre todo fuera del país, es que entre las moles de la Sierra Nevada de Santa Marta y la Serranía del Perijá transcurre otro gran torrente, que suma su caudal al de los ríos Ranchería y César: se trata del vallenato, música con una fuerza que va mucho más allá del entretenimiento, ya que sirve tanto como crisol como de expresión de toda una cultura, de una forma singular de entender la vida.
Amanece sobre la Sierra Nevada. Foto: Jorge Bela
Amanece sobre la Sierra Nevada. Foto: Jorge Bela
La semana pasada recorrí los cerca de 260 kilómetros que separan Riohacha de Valledupar, una ruta totalmente al margen de los circuitos turísticos convencionales. Las carreteras son buenas -- aunque como en todas las carreteras colombianas conviene mantenerse muy atento – y el viaje se puede hacer en unas horas, pero nosotros lo tomamos con calma, y tardamos cuatro días en completarlo: la ruta del vallenato no se debe recorrer con prisas. Si bien no existen grandes establecimientos hoteleros, sí que es posible encontrar acomodación básica, confortable y segura. Sin duda vale la pena, pues la recompensa es conocer lugares donde el turista es uno más, y la vida cotidiana de los pueblos aún no ha sido transformada por la presencia constante de foráneos. Eso sí, es importante recabar toda la información posible antes de comenzar el viaje, y en su caso contactar a alguna agencia de viajes local para que resuelvan cualquier duda.
Casa de bareque en Fonseca. Foto: Jorge Bela
Casa de bareque en Fonseca. Foto: Jorge Bela
A lo largo de esos cuatro días conocimos lugares de los cuales ya habíamos escuchado en vallenatos famosos (Dibulla, Urumita, Fonseca…), tuvimos la ocasión observar parajes naturales espectaculares, como la desembocadura del río Dibulla, los picos nevados de la sierra, o el fronterizo Cerro Pintado, pero sobre todo conocimos gente, abierta y amistosa, con un excelente sentido del humor, y siempre con una sonrisa a punto de brotar en cualquier momento. Y eso que la región no lo ha tenido nada fácil, pues en los últimos años del siglo pasado y los primeros de este se ha visto castigada por los conflictos y la violencia que afectaron a todo el país. Ahora la situación es completamente diferente, y aunque la economía aún se resiente, se percibe un considerable optimismo.

Bidones de gasolina en la carretera. Foto: Jorge Bela
Pero ya me estoy extendiendo demasiado: en los próximos días iré escribiendo sobre el vallenato, la comida, la gente que hemos conocido y algunos de los lugares que hemos visitado. Hasta entonces, una confesión: antes de llegar a Colombia a penas conocía el vallenato, casi nada fuera de los grandes éxitos de Carlos Vives. Tras este viaje por La Baja Guajira, me he convertido plenamente: imposible no dejarse llevar por el entusiasmo unánime que se siente en la región. Espero poder contagiarles desde este blog de al menos una pequeña parte de ese entusiasmo.

Arrozales en Fonseca. Foto: Jorge Bela
Mi agradecimiento a FONTUR por invitarme a participar en el fam-trip en el que está basada esta entrada.

Masonic House of the Temple: a Wonder Hidden in Plain Sight

Masonic House of the Temple. Photo: Jorge Bela There is plenty of invocation to classical architecture in Washington. Even modern buil...