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De la Quebrada de la Vieja a Monserrate: una gran caminata entre amigos


Vista de Bogotá desde los Cerros Orientales. Foto: Jorge Bela
A las cinco de la mañana las calles en Bogotá no solo están puestas, sino que sobre ellas hay una cantidad sorprendente de personas, paseando mascotas, haciendo deporte, dirigiéndose a sus trabajos. Las luces de muchos apartamentos están encendidas, y uno puede adivinar a madres y padres preparando a sus hijos para la llegada del bus escolar, que pasará en una media hora a recogerlos. En Bogotá, como en el resto de Colombia, se madruga, y mucho.


Camino hacia Monserrate. Foto: Jorge Bela
Todo esto lo pude comprobar una vez más el viernes cuando a las cinco menos cuarto me lancé a la calle, para dirigirme a la Quebrada de la Vieja. Me disponía, junto con un grupo de unas 20 personas, a iniciar la caminata que me llevaría de la calle 72, en pleno centro financiero de Bogotá, hasta Monserrate. El ascenso por la quebrada fue surrealista: en plena oscuridad, nuestro grupo, al que se sumó el grupo de policías que vigilan la zona, se afanaba por llegar a la cota deseada sin romperse la crisma. Afortunadamente conozco las piedras casi de memoria, pero agradecí llevar en las manos los palos,  que me fueron muy útiles para mantener el equilibrio. Al finalizar el primer ascenso seguía siendo noche cerrada, como atestigua la foto de grupo que nos sacó Carlos Germán. El organizador de la caminata fue el gran caminante y conocedor a fondo de los Cerros Guillermo Silva.

El grupo, tras acabar el ascenso de la Quebrada de la Vieja. Foto: Carlos Rodríguez Medina
Seguimos avanzando y justo al amanecer  llegamos al Bosque del Silencio, uno de los muchos lugares mágicos de los espléndidos Cerros Orientales. Su nombre se debe al espeso musgo que cubre por completo el suelo, y que sirve como un perfecto amortiguador del sonido. El ritmo de la caminata era fuerte, y a penas nos detuvimos a sacar alguna fotografía. De ahí nos dirigimos a una poza, lo suficientemente grande para darse un chapuzón, de la que tomamos agua: es asombroso que tan cerca de la mayor ciudad del país se pueda encontrar agua pura y deliciosa.

Bosque del Silencio. Foto: Jorge Bela
El camino, bien marcado y sin dificultad, seguía avanzando por la cuerda de la sierra. El suelo es arcilloso, y puede ser muy resbaladizo tras las lluvias. De nuevo agradecí haber llevado palos, y recomiendo el uso de buenas botas para la caminata. No nos cruzamos con nadie en el camino, hasta que llegamos a las cercanías de Monserrate. Allí conocimos a José, que tiene siete mulas que utiliza para acarrear las mercancías desde la carretera de Choachí hasta los comercios de Monserrate, “11 kilómetros”, nos aclaró. Antes podían subir las mulas por el camino peatonal, pero desde que lo arreglaron ha quedado totalmente prohibido.

Jose, con sus mulas. Foto: Jorge Bela
Unas dos horas después de iniciar el recorrido, llegamos a Monserrate. En el grupo tan solo había cuatro extranjeros, curiosamente tres éramos españoles y un estadounidense. Durante el tiempo transcurrido fue inevitable hacer nuevos amigos. Algunos bajaron en el teleférico, otros preferimos hacerlo andando (es una paliza para las rodillas). Abajo nos esperaba un delicioso desayuno a base de tortilla francesa rellena, jugo y un excelente café. Una vez más, valió la pena el madrugón.

Antes de iniciar cualquier caminata en los Cerros Orientales es mejor informarse sobre las condiciones y recomendaciones más habituales. Un buen punto de partida es la Asociación de los Amigos de la Montaña, quienes han jugado un papel muy importante en la recuperación de este espacio natural para disfrute de los ciudadanos.






Perros en los cerros

Zac, ya en la cumbre. Foto: Jorge Bela
Hoy se me ha hecho tarde, y no voy a poder subir a los Cerros Orientales. Para poder ir sin afanes, tengo que salir de mi casa como muy tarde a las siete y cuarto (las puertas de la Quebrada de la Vieja se cierran a las 10 en punto). Es una pena, pues hace una mañana perfecta, casi sin nubes, y una temperatura ideal para caminar. La semana que viene no puedo fallar ni un solo día,  pues se acerca rápidamente mi caminata a El Cocuy, y no me queda otra opción que entrenarme lo más que pueda. Cuando termine de escribir este post, saldré a correr por el Virrey, no es lo mismo que una subida empinada, ¡pero siempre mejor que nada!

Caho espera a su dueño. Foto: Jorge Bela
Una de las cosas que hacen agradables los ascensos por la Quebrada de la Vieja es que se acaba por hacer amigos. Y no solo humanos, ¡también caninos!. Si los cerros son un paraíso para nosotros, no lo son menos para los perros. Gozan de total libertad, y pareciera que hasta disfrutan del paisaje y del aire puro. Los hay de todos tipos y tamaños: desde los hermosos cazadores de leones de Rodesia (hay al menos tres ejemplares), hasta perros salchicha que se mueven con sorprendente soltura entre las rocas. Mi favorito es un Jack Rusell llamado Arroz, que juguetea sin parar. Sus hermanos, pastores australianos, destacan por su temeridad kamikaze, pues se lanzan a una velocidad de proyectil sobre la espesura del bosque.

Red, con la lengua fuera. Foto: Jorge Bela
Los hay que buscan y esperan a sus amos pacientemente, mientras otros se divierten desapareciendo durante largos periodos de tiempo, ignorando cualquier llamada. Muchos disfrutan dándose baños aparatosos en el río,  para después retorcerse en el barro. Algunos miran a los caminantes con curiosidad, otros se asustan en cuanto te ven y salen escopetados. A mi me encantan los perros, y su presencia es otro incentivo que me anima a subir a la montaña cada mañana. Aquí les dejo con algunos de mis nuevos amigos.









Nueva subida a la Quebrada, dando innecesaria papaya...


Vista de la Sabana de Bogotá desde los Cerros Orientales. Foto: Jorge Bela
El jueves volví a subir a La Quebrada, esta vez con la intención de llegar hasta la imagen de la virgen, y sacar algunas fotos. Subí solo, y eso me facilitó conocer gente por el camino. En la cumbre conocí a Luis, quien me habló de la Asociación de Amigos de la Montaña. Ya en el descenso conocí a Lía Roux, que lleva 25 años subiendo cada día por la Quebrada. Me indicó un camino mágico, poco conocido por los numerosos caminantes que recorren el camino principal. También me puso los dientes largos con las caminatas al Bosque del Silencio, y con la travesía hasta Montserrate. Se fijó en mi cámara y me sugirió que es mejor no "dar papaya" (no dar pié, no poner las cosas fáciles): la seguridad es cosa de todos, y una forma de desincentivar los delitos en los Cerros Orientales es no subir con cámaras ostentosas, celulares caros, etc... Prometo seguir el consejo de Lía.

Lia Roux. Foto: Jorge Bela
Los Cerros desde los Cerros
Camino de ascenso. Foto: Jorge Bela
El camino atraviesa un espeso pinar.
Líquenes en el camino

La Quebrada de la Vieja, un tesoro oculto de Bogotá

Poza a 40 minutos caminando de mi casa en Bogotá. 
Bogotá es una ciudad inmensa, donde desplazarse de un sitio a otro es una carrera de obstáculos, y además una carrera a cámara lenta. Muchos barrios tienen poco arbolado, y faltan parques, aunque hay algunos hermosos, como el Simón Bolívar. Sin embargo, los Cerros Orientales son un espectacular tesoro ecológico. Siempre amenazados por la presión urbana, han sabido defender su patrimonio natural de forma casi milagrosa, aunque esta defensa sea precaria. 

No es fácil adentrarse en los Cerros. Los caminos son muy empinados, y si uno no sabe por donde va, puede acabar en un acantilado, o en una antigua cantera (hasta su protección legal en 1944, muchos materiales de obra se extraían de esta zona). También hay algunos problemas de seguridad. Por eso lo mejor es hacer las caminatas con alguien que los conozca, y seguir siempre sus consejos.

Túnel bajo la Avenida Circunvalar
La Quebrada de la Vieja es seguramente el mejor lugar para un primer contacto. Yo subí con mis amigos de Caminantes del Retorno, que organizan caminatas por los cerros los martes y jueves. Nos reunimos en el cruce de la 7ª con la 72, bajo las torres que jalonan uno de los mayores centros financieros de la ciudad. Es increíble que a penas a 10 minutos caminando desde allí, da comienzo una caminata espectacular.


La Quebrada está abierta solo hasta las 10 de la mañana, por lo que se hace imprescindible madrugar. Callejeando por la 70 se llega a un túnel que permite rebasar la de otra forma infranqueable Avenida Circunvalar, y justo después del túnel nos encontramos con la puerta de la reserva, donde dos policías nos desean los buenos días. La presencia policial es constante a lo largo del camino, lo que despeja cualquier duda sobre la seguridad.


Policías a caballo vigilan el camino hasta las 10.

El camino es empinado, acompaña al río La Vieja, que forma pozas y saltos de agua en su descenso hacia la sabana. El agua está limpia: parece mentira que estemos tan cerca del centro de Bogotá. Mucha gente sube y baja, sola, en grupo, con perros: se respira la misma sensación que en un parque urbano.

Existen varias rutas, siendo la mas conocida la que lleva a una imagen de la Virgen. Nosotros tomamos una que nos adentró en los cerros, hasta que logramos tener vistas del Parque Nacional y de los picos más elevados de la zona. Adelante, los llanos orientales. A la izquierda, Chingaza, y a la derecha Sumapaz. Pero se hace tarde y tenemos que regresar a Bogotá: a las 10 de cierran las puertas y no es fácil salir de la zona. Un guardabosques se asegura de que nadie quede perdido en el camino.

Un descanso en el empinado camino

En pocos minutos estamos en la 5ª con la 72, y nos encontramos con la actividad frenética de los ejecutivos que acuden a sus trabajos. Un pan de bono, un tinto, una conversación agradable, y empieza la jornada en la capital de Colombia


Vista desde los Cerros Orientales

En la página web de la Fundación Cerros de Bogotá se puede encontrar mucha información sobre la historia y los riesgos que la presión urbana ejerce sobre los Cerros orientales.

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