Restaurante La Escuela ¡ mi favorito en el centro de Bogotá!

Charlie Otero y su equipo en la cocina abierta de La Escuela.
Charlie Otero y su equipo en la cocina abierta de La Escuela. Foto:Jorge Bela
La semana pasada estuve almorzando en el largamente esperado restaurante de la Escuela Taller de Bogotá (calle 9 No. 8 – 71), y se ha convertido en mi favorito absoluto del centro. En el nombre no ha habido grandes sorpresas: han decidido llamarlo “La Escuela,” y en la decoración --  simple, luminosa y acogedora-- han seguido jugando con el tema, utilizando colores primarios, pizarras y elementos didácticos. La comida, siempre lo más importante en cualquier restaurante, es tradicional colombiana, con recetas recuperadas de todas las regiones. En una primera fase, según nos explicó el chef Charlie Otero, solo se han servido los platos tradicionales como menú único, pero esta semana ya tienen previsto incorporar algunas carnes y pescados a la plancha, y en un futuro próximo añadirán una carta convencional con varias opciones.

Cuchuco de trigo con espinazo
Cuchuco de trigo con espinazo. Foto:Jorge Bela
A nosotros nos tocó cuchuco con espinazo de trigo, un delicioso plato que yo no conocía. Consiste en una sopa elaborada a base de trigo troceado y semi-molido, al que se añaden carnes, en este caso espinazo. Cuchuco es una palabra de origen muisca que se refiere precisamente al cereal, y tradicionalmente ha sido un plato popular ya que al ser el remanente de la molienda su precio era muy económico. Es todo un acierto recuperar estos platos tradicionales, que ahora resultan sorprendentes y estimulantes para quienes nunca los conocieron. No cabe duda de que esta cocina con raíces históricas y populares constituye el mejor fundamento para la nueva cocina colombiana cuya ebullición se siente en todo Bogotá.
Gelatina de aromática
Gelatina de aromática

Arepa con hogao.
Arepa con hogao.

 Otros platos servidos en La Escuela son el puchero bogotano, el sancocho trifásico, el ajiaco santafereño o el mute santanderino. En la página de Facebook de la Escuela Taller suelen publicar el menú del día, o también se puede llamar por teléfono para comprobarlo y realizar la reserva: 2465833. Antes del plato principal nos sirvieron una perfecta arepa con hogao, y de postre una fresquísima gelatina con sabor a aromática.

Charlie Otero, chef de La Escuela.
Charlie Otero, chef de La Escuela. Foto: Jorge Bela
Charlie y su equipo, formado por egresados del Taller de Cocina, nos recibieron con extraordinaria amabilidad y simpatía. El restaurante La Escuela es un lugar al que apetece regresar una y otra vez. Y de paso, vale la pena visitar la panadería que está un portal más arriba, el lugar perfecto para tomar un café antes de regresar al incesante bullicio del centro histórico de Bogotá.

Restaurante La Escuela, calle 9 No. 8 – 71. Telf: 2465833.



En Bogotá las noches navideñas se llenan de luz (¡y de gente!)

Vista nocturna de Bogotá.Foto:Jorge Bela

En el pasado TurisTIC los participantes obtuvimos una invitación para conocer de primera mano el TurisBOG, servicio de bus turístico de dos pisos que recientemente se ha establecido en Bogotá. El sábado por la noche finalmente pude hacer uso de la invitación y aproveché para hacer el recorrido turístico nocturno especial de navidades. Los buses son nuevos, y en el segundo piso incorporan un techo transparente, algo imprescindible en la sabana andina. A mi me tocó una noche con cielos totalmente despejados, pero ojo: mejor ir abrigados porque el frío puede ser intenso, sobre todo cuando el bus avanza rápido por la avenida circunvalar. Desde un mirador en dicha vía se contemplan las mejores vistas nocturnas de la capital de Colombia.
Iluminaciones de Montserrate. Foto: Jorge Bela

Bogotá se toma en serio las iluminaciones navideñas. Los lugares donde éstas son más llamativas se llenan con cantidades impresionantes de gente. Nuestro bus avanzó por la circunvalar hacia el sur, parando en un mirador para sacar fotos. La segunda parada fue en la estación del teleférico que sube a Montserrate, quizá el punto donde las iluminaciones son más espectaculares. Allí pudimos comprobar que se forma una fila kilométrica para subir al santuario. Nuestro bus paraba solo 15 minutos y no tuvimos la opción de acceder al teleférico, pero para el año que viene lo hemos apuntado como actividad imprescindible. Seguimos avanzando hacia el centro y giramos por la calle 19, hacia la décima. Por la 7ª peatonalizada vimos como circulaba un auténtico río de gente, que desembocaba en el Parque Nacional, también completamente abarrotado. En el parque no solo las luces, sino también incontables puestos de comidas y de dulces hacían las delicias de familias enteras que querían disfrutar de la noche navideña en la capital. Los buses de TurisBOG son los únicos de dos pisos que circulan por Bogotá, y llamaban la atención poderosamente a los viandantes, que no se limitaban a mirar, sino que saludaban e incluso se tomaban fotografías junto con el bus.

Parque Nacional en navidades. Foto: Jorge Bela

Una vez rebasado el parque nacional, la ruta seguía hacia el norte primero por la 7ª y despues por la 15. Sin embargo, debido a los inevitables trancones navideños, se nos hizo tarde y tuvimos que descender, muy a nuestro pesar,  en el Andino, perdiéndonos las iluminaciones del parque de la 106 y, sobre todo, las de Norberto. Para quienes no la conozcan, Norberto es la más afamada peluquería de Bogotá, y el edificio que ocupa, un palacete bellas artes del siglo pasado, se ilumina completamente, hasta el punto que se ha convertido en una atracción que toda la capital desea ver, generando sus propios trancones. Yo tuve ocasión de verla el año pasado, y desde luego echan la casa por la ventana.
7ª peatonalizada.Foto:Jorge Bela
El servicio normal de TurisBOG es diurno, e incluye la posibilidad de parar a visitar muesos y el centro de Bogotá (incluye una visita guiada), al que se llega con los divertidos Gugglis. Puede ser una muy buena opción para turistas de dispongan de menos de dos días y quieran conocer los puntos más turísticos de la ciudad de forma segura.


Los únicos buses de dos pisos en Bogotá. Foto: Jorge Bela
Ciervo navideño. Foto:Jorge Bela

Ruta del Vallenato: ¡la música!

Estudiantes de la Escuela de El Turco, Valledupar.Ruta del Vallenato. Cesar.
Estudiantes de la Escuela de El Turco, Valledupar. Foto: Jorge Bela Kindelán

“Con mucho gusto y a mucho honor, Yo soy del centro de la Guajira” dice el verso central de mi vallenato favorito: “El cantor de Fonseca",  y refleja perfectamente el orgullo que los guajiros y cesarenses sienten tanto por su tierra como por su música. Y no se puede exagerar, como supimos nada más subirnos a nuestra “burjbuja” (nombre que reciben las camionetas por esas tierras) en el aeropuerto de Riohacha: Mingo, nuestro conductor, puso en marcha su MP3 y comenzó un festival que no terminó hasta que finalmente nos bajamos de la burbuja en el aeropuerto de Valledupar.  Mingo conocía todos los cantantes, acordeonistas y compositores dignos de mención, y no se andaba con chiquitas distinguiendo entre los buenos y los malos. Su favorito, el gran Diómedes Díaz, también conocido como El Cacique de la Junta. Tanto le gusta que una vez estuvo tres días seguidos sin salir de casa, casi sin dormir ni comer, hasta que logró escuchar todos los vallenatos jamás grabados por la estrella guajira.


Una excelente interpretación de El Cantor de Fonseca,¡en Fonseca!.Ruta del Vallenato. La Guajira.
Una excelente interpretación de El Cantor de Fonseca,¡en Fonseca!. Foto: Jorge Bela Kindelán
Son muchos los misterios que rodean al origen del vallenato, empezando por su nombre, cuyo verdadero significado nadie puede afirmar con certeza. También es enigmático su patriarca, una figura parcialmente real y parcialmente legendaria: Juan el Hombre, de quien se dice que logró derrotar al mismísimo demonio, tocando la más hermosa melodía jamás escuchada, y dando nacimiento a todo un género musical.  Sobre su origen también hay un cierto pique entre guajiros y cesarenses, pues Valledupar, en el vecino César, se ha hecho con la fama, mientras que ellos sostienen que nació en La Guajira, y que de allá vienen los mejores músicos y compositores. Lo cierto es que la zona de la Ruta del Vallenato antiguamente formaba parte de la misma unidad territorial, hasta que a mediados de los años 60 se crearon La Guajira y el Cesar, dividiendo administrativamente un territorio que tiene una cultura común. En todo caso, el vallenato se  ha convertido en todo un símbolo, no solo de la región, sino de toda Colombia, pues sus instrumentos reflejan los principales orígenes de los colombianos: la guacharaca el indígena, la caja el africano y el acordeón el europeo.



Las mujeres se incorporan al Vallenato. Urumita, La Guajira.
Las mujeres se incorporan al Vallenato. Urumita, La Guajira.
En nuestro viaje la presencia del vallenato fue constante. Mingo, en la burbuja, nos daba lecciones magistrales, con una erudición y una pasión insólitas. El primer día visitamos una escuela de vallenato en Riohacha, donde los alumnos nos dieron un primer contacto con la música en vivo. El segundo día nos adentramos en los dominios del gran Diómedes (a quien Mingo conoció personalmente en una ocasión): La Junta. Allí visitamos la casa con la Ventana Marroncita, que nos mostró su cuñado. También visitamos el lugar en el que nació y la casa que ha construido a su simpatiquísima tía Gachis, que verseó para nosotros. En el almuerzo en El Silencio, en Fonseca asistimos a una excelente representación de, como no podría ser de otra forma, El Cantor de Fonseca. En Urumita comprobamos que las mujeres se están incorporando poco a poco a este mundo que anteriormente estaba reservado a los varones. Imposible resistirse, a esas alturas ya estábamos completamente rendidos al inacabable torrente del vallenato.

Guacharaca, de origen indígena.Valledupar, Cesar
Guacharaca, de origen indígena. Foto: Jorge Bela Kindelán

Cuando llegamos a Velledupar, en nuestro último día, ya sabíamos que el precursor del vallenato son las canciones de vaquería que cantaban en su trabajo los jornaleros; que la flauta original se vio rápidamente sustituida por el acordeón una vez que éste hizo su aparición a través del puerto de Riohacha (el 80% de las ventas de Hohner, principal fabricante del instrumento, se realizan en Colombia), aunque en ocasiones también se utiliza la guitarra; que cada vez es más frecuente la presencia de un cantante, (antes tradicionalmente el acordeonista cumplía también esa función); que tiene cuatro sones: el paseo, el son, el merengue y la puya, por orden de velocidad (la puya es tan rápida que pone a prueba el virtuosismo de los mejores acordeonistas, y no se canta, se suele usar en los piques, o competiciones uno a uno); y así muchas cosas que nos abrieron los ojos ante un mundo realmente singular.
Joven acordeonista en Riohacha. Ruta del Vallenato. La Guajira
Joven acordeonista en Riohacha. Foto: Jorge Bela
En Valledupar visitamos la increíble escuela de El Turco, pero este post ya está quedando demasiado largo, y dejo la crónica para otro día.

El gran Mingo con el cuñado de Diómedes, frente a la Ventana Marroncita. La Junta.
En gran Mingo con el cuñado de Diómedes. Foto:Jorge Bela
Mi agradecimiento a FONTUR por invitarme a participar en el fam-trip en el que está basada esta entrada.

Ruta del vallenato: los paisajes


La ruta del vallenato. Paisaje. Que pena con Usted
La ruta del vallenato. Foto: Jorge Bela
Hoy es el  día internacional de las montañas,  declarado por la ONU para despertar la sensibilidad sobre la necesidad de asegurar que las comunidades que las habitan puedan gozar de un desarrollo sostenible. Colombia es un país atravesado por tres cordilleras, y un porcentaje muy elevado de su población vive en ellas, o en su área de influencia. Precisamente la abundancia de montañas es una de las razones por las que soy feliz en este país, pero existen muchas amenazas sobre ellas, sobre sus delicados ecosistemas, y sobre las comunidades indígenas que habitan cerca de sus cumbres. Esperemos que el día internacional sirva como un granito de arena para contribuir a disipar esas amenazas.


Amanece en la Sierra Nevada, vista desde la Sierra del Perijá. Que pena con usted
Amanece en la Sierra Nevada, vista desde la Sierra del Perijá. Foto: Jorge Bela

La ruta del vallenato es de alguna forma es una síntesis de los paisajes de Colombia, y que se pueden resumir en dos palabras: diversidad y contraste. En un radio de poquísimos kilómetros se pasa del calor del clima semidesértico, a la espesa jungla, o de los valles frondosos y frescos donde pastan apaciblemente las vacas, al clima extremo e inaccesible de los picos nevados. Hay países con miles de kilómetros que no tienen ni de lejos la variedad espectacular de paisajes y ecosistemas  en los poco más de doscientos kilómetros que separan Riohacha de Velledupar


Paisaje cerca de Fonseca, Baja Guajira. Ruta del Vallenato. Que pena con usted,
Paisaje cerca de Fonseca, Baja Guajira. Foto: Jorge Bela

Nuestro viaje comenzó en Dibulla, en una apacible playa justo en la desembocadura del río del mismo nombre. Almorzamos pescado fresco en un restaurante al borde de la playa, un auténtico lujo. Después hicimos un recorrido por la costa hasta llegar al Parque natural de los Flamingos, casi al atardecer. Aunque los grandes pájaros estaban lejos, si llegamos a ver los característicos círculos que hacen en la arena cuando buscan el alimento. Por la noche paseamos por la playa de Riohacha, y nos preparamos para comenzar el viaje hacia la Baja Guajira: en la ruta del vallenato ya no volveríamos a ver el mar.

Paisaje cerca de Fonseca, Baja Guajira. Ruta del Vallenato. Que pena con usted,
Paisaje en La Baja Guajira. Foto: Jorge Bela

A los pocos kilómetros de iniciar el viaje hacia Valledupar, el paisaje cambia de forma dramática. A nuestra derecha la descomunal Sierra Nevada, con el Pico Bolívar, el más elevado de Colombia. A nuestra izquierda la Sierra del Perijá, que pese a verse pequeña frente a su vecina, tiene picos de más de 3.600 metros. Estas sierras atrapan la humedad que llega de la costa y del Valle del Magdalena, y generan agua abundante para toda la región. En un primer tramo encontramos el Río Ranchería, que nace en la Sierra Nevada y desemboca a penas 150 kilómetros después en Riohacha. En la segunda parte del trayecto acompañamos al río Cesar, que también nace en la Sierra Nevada, pero fluye hacia el sur, recogiendo los caudales de importantes afluentes que nacen de la Sierra de Perijá, antes de desembocar en el Magdalena. En todo caso, atrás quedan los paisajes desérticos de la Guajira que son los más conocidos por los turistas.

Arrozales cerca de Fonseca. La Guajira. Colombia
Arrozales cerca de Fonseca. Foto: Jorge Bela

Como es habitual en Colombia, la temperatura varía considerablemente en pocos kilómetros: el calor que se siente en las zonas más bajas de los valles desaparece en cuanto ganamos altura en alguna de las dos sierras que los rodean. Si seguimos nuestro ascenso llegaremos a los hielos perpetuos de los picos Simón Bolívar y Cristóbal Colon, gemelos blancos que en días despejados son visibles desde casi cualquier punto de la ruta.  Desde Urumita se puede llegar al páramo seco en a penas una jornada de caminata, y de allí al Cerro Pelado, desde cuya cumbre se puede divisar el Salto del Ángel, la mayor catarata el mundo, ya en Venezuela.

Rio Marquezote, Urumita. La Guajira. Colombia.
Rio Marquezote, Urumita. Foto: Jorge Bela

Tan abundante es el agua, que en algunas zonas , como en Fonseca, hay grandes arrozales. Los ríos, además de agua potable y para el regadío, son una fuente de diversión y esparcimiento para los guajiros. En Urumita visitamos dos ríos, el Marquezote y el Mocho. El primero, mas caudaloso y salvaje, tiene hermosas casacas y el agua está helada. El segundo tiene un transcurrir mucho más tranquilo y sus aguas son templadas. La proximidad a las sierras encierra algún peligro de crecida en las épocas invernales, pero una enorme presa recién construida regula el caudal de Rancherías, eliminando por completo ese riesgo a lo largo de toda la cuenca.

Paya, Dibulla. La Guajira, Colombia
Dibulla. Foto: Jorge Bela

Tras un viaje tan corto como el que realizamos, nos quedamos con muchas ganas de regresar y conocer mejor todas las maravillas naturales que se esconden a lo largo de la ruta del vallenato. A diferencia de lo que sucede en otros lugares, no existen rutas abiertas orientadas al turismo, aunque en algunos municipios, como en Urumita, se están haciendo grandes esfuerzos en este sentido: allá tienen la Fundación Guardianes de la Naturaleza (fegun2007@hotmail.com), que puede suministrar información adicional sobre ascensos al cerro Pintado y otras caminatas por la sierra.

Sierra del Perijá. Cerca de Urumita. Colombia. Ruta del Vallenato.
Sierra del Perijá. Foto: Jorge Bela

Río Rancherías. Fonseca. las Guajira. Colombia. Ruta del Vallenato.
Río Rancherías. Foto: Jorge Bela

Vacas pastando en La Guajira. Foto: Jorge Bela
Mi agradecimiento a FONTUR por invitarme a participar en el fam-trip en el que está basada esta entrada.

Ruta del Vallenato: la comida

Chenta prepara gallina criolla y bollo de maíz verde, en Fonseca. Foto: Jorge Bela
Chenta prepara gallina criolla y bollo de maíz verde, en Fonseca. Foto: Jorge Bela
Uno de los aspectos más agradables del viaje que realicé por la Baja Guajira, a lo largo de la ruta del vallenato, es lo bien que hemos comido. Dependiendo de las zonas, las materias primas cambian mucho a lo largo de la ruta: en la costa obviamente el pescado fresco es el rey, mientras que la carne más abundante es el cabrito o chivo. A medida que avanzamos hacia el sur, el vacuno y las aves cobran mayor importancia en la gastronomía. Quién piense que la Guajira es en su totalidad desértica o llena de espinosos trupillos (o algarrobos) y con chivos deambulando, se equivoca completamente: a medida que avanzamos hacia la Baja Guajira, a la sombra de la Sierra Nevada la vegetación se va haciendo cada vez más verde y frondosa, incluso se pueden ver inmensos arrozales y praderas verdísimas donde pastan plácidamente vacas de aspecto completamente feliz. Las sierras proveen a la zona con agua abundante a lo largo de todo el año, y eso se nota.


En Dibulla comimos delicioso pescado fresco. Foto: Jorge Bela
En Dibulla comimos delicioso pescado fresco. Foto: Jorge Bela

El primer día estuvo presidido por el pescado: en Dibulla almorzamos un delicioso pescado fresco, y en la cena, en el restaurante Yotoexpress de Riohacha, agonizamos sobre una carta en la que todo apetecía: yo pedí pescado de nuevo, pero miré con envidia el arroz con camarones que pidieron los más conocedores de la gastronomía local. Al día siguiente, en Hatonuevo, nos topamos con la feliz realidad de los desayunos típicos: arepas con queso, jugo recién exprimido, las bombásticas pero irresistibles trifásicas (arepa de huevo con carne y pollo) y un ambiente agradable donde reponer fuerzas para el largo camino que nos aguardaba.


Un buen jugo de naranja recién exprimido no puede faltar en el desayuno. Foto: Jorge Bela
Un buen jugo de naranja recién exprimido no puede faltar en el desayuno. Foto: Jorge Bela
Almorzamos en el balneario El Silencio, al borde del río Rancherías que transcurre indiferente hacia su desembocadura en Riohacha. Dicen que en la poza del silencio había un caimán que acabo marchándose, harto de la bulla que montan los cada vez más frecuentes visitantes humanos. Entre las opciones de almuerzo estaba una ración de iguana cocinada con coco, que compartimos. Nunca había probado un reptil, pero la iguana me pareció deliciosa. En el restaurante nos aclararon que las iguanas se crían en granjas, y las hembras se sueltan para asegurar que la población salvaje se mantenga estable. Hay cierta controversia alrededor del consumo de estos  animales, pero lo que es indiscutible es que su sabor es muy bueno. Finalmente cenamos en un restaurante tradicional de Fonseca: Donde Chenta. Allí el menú solo incluye gallina criolla y bollo de maíz verde, acompañado de agua de avena. Platos muy sabrosos y totalmente tradicionales.

Carne molida con sazón de oriente medio, desayuno en Fonseca. Foto: Jorge Bela
Carne molida con sazón de oriente medio, desayuno en Fonseca. Foto: Jorge Bela
Al día siguiente desayunamos carne molida con arepas y yuca. La carne tenía una sazón extraordinario y sorprendente. Su origen, nos explicaron, está en la abundante inmigración libanesa que llegó a todo el caribe, especialmente a Barranquilla. En las jornadas siguientes seguimos probando platos de la cocina tradicional de la región, hasta tal punto que a mi llegada a Bogotá no he tenido otra opción que ponerme a dieta por una temporada. Los platos y las materias primas son muy variados (en posts futuros hablaré de algunos de ellos, como la malanga), pero en todos los lugares que comimos poudimos notar el orgullo que se sentía en los establecimientos por los platos que se preparaban. Las cocineras nos mostraban sin reparos sus cocinas, y nos explicaban como lograban dar un sabor único a sus platos. Sin duda, la cocina tradicional colombiana conforma una base tremendamente sólida sobre la que construir una cocina de alta gastronomía que no tenga nada que envidiar a la peruana o a la mexicana.

Todo fresco y recién hecho, en La Junta. Foto: Jorge Bela
Todo fresco y recién hecho, en Hatonuevo. Foto: Jorge Bela


Gallina campestre con malanga, una especialidad de Urumita. Foto: Jorge Bela
Gallina campestre con malanga, una especialidad de Urumita. Foto: Jorge Bela

Cocina tradicional de leña, en Urumita. Que pena con usted. Foto: Jorge Bela
Cocina tradicional de leña, en Urumita. Foto: Jorge Bela

Un desayuno ligero en Minaure. Foto: Jorge Bela
Un desayuno ligero en Minaure. Foto: Jorge Bela





















Mi agradecimiento a FONTUR por invitarme a participar en el fam-trip en el que está basada esta entrada.

Ruta del Vallenato: la gente

Ruta del Vallenato. Jorge con Maracuyás
Jorge, con maracuyás recién recogidos, y que nos regaló. Foto: Jorge Bela
Cuando me preparaba para venir a Colombia un amigo español me dijo: “ya verás, allí está la mejor gente del mundo.” Una vez más, en mi recorrido por la ruta del vallenato he tenido la ocasión de comprobarlo. Es una maravilla recorrer lugares en los que el turismo todavía no se ha hecho omnipresente: en cada lugar que parábamos la gente nos recibía con curiosidad y amabilidad extrema, siempre con una gran sonrisa. Aunque los guajiros no son precisamente extrovertidos con los desconocidos,  basta un saludo para romper el hielo de forma inmediata, y la conversación surge fluida. Tampoco sienten reparo alguno ante las cámaras fotográficas (y en nuestro grupo, seleccionado por FONTUR, había además imponentes cámaras de video).

Que pena con Usted: Holly Socarrás en Urumita
Holly Socarrás, en Urumita. Foto: Jorge Bela

En la Guajira, como sucede en la mayor parte del país, conviven los descendientes de los habitantes indígenas, con los de los europeos y los africanos. Entre los indígenas, los wayuus son mayoritarios en el valle. Han conservado con orgullo su herencia cultural, que no es solo el idioma, sino toda una forma de ver la vida. Su sistema jurídico tiene validez legal, y ha sido reconocido como patrimonio inmaterial de la humanidad por la UNESCO. Para los wayuus tampoco existen fronteras, y la mayoría posee la nacionalidad venezolana, además de la colombiana. Eso si, para ellos somos simples “alijunas,” nombre que dan a todo aquél que no es wayuu.

Vendedor de raspaos en Valledupar. Ruta del vallenato.
Vendedor de raspaos en Valledupar. Foto: Jorge Bela

Hemos tenido oportunidad de conocer a muchas personas. En Los Chorros conocimos a Jorge Solano, que nos mostró la Cueva de la Perrita, descubierta por su padre a mediados del siglo pasado. Allí nació y crió a sus hijos, pero durante siete años tuvo que desplazarse a Fonseca por causa del conflicto. Ahora vive acompañado por una temperamental guacharaca domesticada. En Urumita conocimos a Holly Socarrás, que nos explicó que sus enorme rulos metálicos se ponen en un periquete. En La Junta conocimos a la simpatiquísima Gachi, tía de Diómedes, que verseó para nosotros en el porche de su casa. En Dibulla conocimos a su alcaldesa, Silvia Ospino Bermúdez, quién nos contó que desde el punto de vista del turismo, en su maravillosa playa “no se ha hecho nada todavía,” (lo que supone una oportunidad perfecta para el turista aventurero).

Gachi, tía de Diómedes. Ruta del vallenato.
Graciela, Gachi, tía de Diómedes, en la casa que éste construyó para ella. Foto: Jorge Bela

Sería imposible enumerar todas las personas con las que tuvimos ocasión de charlar en este viaje. Cuando escriba de la comida, y, cómo no, de la música, mencionaré alguno más. Pero basta decir que en todos lados encontramos gente amable, sonriente y hospitalaria. Tenía razón mi amigo: la mejor gente del mundo. Aquí les dejo algunas fotos para que puedan comprobarlo.

Niños en el balneario. Hatonuevo. Ruta del vallenato.
Pelaos disfrutando del balneario El Pozo en Hatonuevo. Foto: Jorge Bela
Pescador en La Punta de los Remedios. Ruta del vallenato
Pescador en La Punta de los Remedios. Foto: Jorge Bela

Vendedora de mochilas wayuu, en Riohacha. Ruta del vallenato.
Vendedora de mochilas wayuu, en Riohacha. Foto: Jorge Bela
Primera comunión en Fonseca. Ruta del vallenato
Primera comunión en Fonseca. Foto: Jorge Bela


Alcaldesa de Dibulla. Ruta del vallenato. Que pena con usted.
Silvia Ospino Bermúdez, alcaldesa de Dibulla. Foto: Jorge Bela








Mi agradecimiento a FONTUR por invitarme a participar en el fam-trip en el que está basada esta entrada.

La Ruta del Vallenato


Estudiantes de la Academia Vallenata de El Turco. Foto: Jorge Bela
Estudiantes de la Academia Vallenata de El Turco. Foto: Jorge Bela
Es de sobra conocido que el Magdalena y el Cauca avanzan entre sus respectivos valles, estrechamente vigilados por las tres cordilleras andinas que jalonan Colombia,  y arrastrando en su transcurso no solo el inmenso caudal de sus aguas, sino también el universo cultural y artístico de las gentes que habitan en sus márgenes. Mucho menos conocido, sobre todo fuera del país, es que entre las moles de la Sierra Nevada de Santa Marta y la Serranía del Perijá transcurre otro gran torrente, que suma su caudal al de los ríos Ranchería y César: se trata del vallenato, música con una fuerza que va mucho más allá del entretenimiento, ya que sirve tanto como crisol como de expresión de toda una cultura, de una forma singular de entender la vida.
Amanece sobre la Sierra Nevada. Foto: Jorge Bela
Amanece sobre la Sierra Nevada. Foto: Jorge Bela
La semana pasada recorrí los cerca de 260 kilómetros que separan Riohacha de Valledupar, una ruta totalmente al margen de los circuitos turísticos convencionales. Las carreteras son buenas -- aunque como en todas las carreteras colombianas conviene mantenerse muy atento – y el viaje se puede hacer en unas horas, pero nosotros lo tomamos con calma, y tardamos cuatro días en completarlo: la ruta del vallenato no se debe recorrer con prisas. Si bien no existen grandes establecimientos hoteleros, sí que es posible encontrar acomodación básica, confortable y segura. Sin duda vale la pena, pues la recompensa es conocer lugares donde el turista es uno más, y la vida cotidiana de los pueblos aún no ha sido transformada por la presencia constante de foráneos. Eso sí, es importante recabar toda la información posible antes de comenzar el viaje, y en su caso contactar a alguna agencia de viajes local para que resuelvan cualquier duda.
Casa de bareque en Fonseca. Foto: Jorge Bela
Casa de bareque en Fonseca. Foto: Jorge Bela
A lo largo de esos cuatro días conocimos lugares de los cuales ya habíamos escuchado en vallenatos famosos (Dibulla, Urumita, Fonseca…), tuvimos la ocasión observar parajes naturales espectaculares, como la desembocadura del río Dibulla, los picos nevados de la sierra, o el fronterizo Cerro Pintado, pero sobre todo conocimos gente, abierta y amistosa, con un excelente sentido del humor, y siempre con una sonrisa a punto de brotar en cualquier momento. Y eso que la región no lo ha tenido nada fácil, pues en los últimos años del siglo pasado y los primeros de este se ha visto castigada por los conflictos y la violencia que afectaron a todo el país. Ahora la situación es completamente diferente, y aunque la economía aún se resiente, se percibe un considerable optimismo.

Bidones de gasolina en la carretera. Foto: Jorge Bela
Pero ya me estoy extendiendo demasiado: en los próximos días iré escribiendo sobre el vallenato, la comida, la gente que hemos conocido y algunos de los lugares que hemos visitado. Hasta entonces, una confesión: antes de llegar a Colombia a penas conocía el vallenato, casi nada fuera de los grandes éxitos de Carlos Vives. Tras este viaje por La Baja Guajira, me he convertido plenamente: imposible no dejarse llevar por el entusiasmo unánime que se siente en la región. Espero poder contagiarles desde este blog de al menos una pequeña parte de ese entusiasmo.

Arrozales en Fonseca. Foto: Jorge Bela
Mi agradecimiento a FONTUR por invitarme a participar en el fam-trip en el que está basada esta entrada.

Masonic House of the Temple: a Wonder Hidden in Plain Sight

Masonic House of the Temple. Photo: Jorge Bela There is plenty of invocation to classical architecture in Washington. Even modern buil...