Cita a ciegas en El Parnita

Toldo de "El Parnita," un nuevo favorito en el DF. Foto: Jorge Bela
Acabo de llegar a Zihuatanejo, a la casa de mi amiga Isabel Navarrete, quien también me hospedó en el DF. Antes de llegar a México me alertó sobre la existencia del blog de Jorge Pedro, donde entre muchas otras cosas se habla de itinerarios inusuales (rutas de mezcales, cantinas tradicionales, etc),  libros (videoblog), incluso animales domésticos. . . Su fiel legión de seguidores atestiguan sobre la consistente calidad de su trabajo. No lo dudé, escribí a Jorge Pedro para concertar una “cita a ciegas” y se mostró en seguida encantado con la idea.

No pudimos finalmente almorzar juntos, como habíamos inicialmente planeado, pero nos vimos después del almuerzo. Nos acercamos hasta El Parnita, un lugar abarrotado aún a las 4 de la tarde, y con gente en la puerta esperando para entrar, sentados en sillas y butaconas allí puestas a ese efecto. Jorge Pedro estaba con 3 amigos, y como nosotros éramos cuatro también las fuerzas estaban “equilibradas.” En seguida surgieron las sorprendentes afinidades culturales entre México y Colombia, y el intenso interés mutuo entre ambos países. Los puntos de encuentro más obvios son la música, como ilustran las rancheras en Colombia y el Vallenato en México.  Jorge Pedro se mostró sorprendido al saber que en Bogotá también existe una plaza conocida como Garibaldi donde se concentran los mariachis. “El hijo de unificador de Italia luchó en la revolución mexicana,” nos explicó, “en su honor le dimos el nombre a la plaza del DF.”
Jorge Pedro charla animadamente con un amigo. Foto: Jorge Bela
En el Parnita circulaban los mezcales con rapidez. Como tan a menudo sucede en el DF los viernes por la tarde, los almuerzos se prolongaban hasta bien avanzada la tarde. “Mejor mezcal que tequila,” propuso mi tocayo, y es que el mezcal está experimentando un auténtico renacimiento en México. Son muchos quienes lo prefieren al tequila, especialmente en bebidas combinadas como la margarita. Los platos se veían tan ricos que nos quedamos con ganas de volver otro día a almorzar, lo que conseguimos organizar el martes. Precios ajustados, comida deliciosa y recién preparada, una atmósfera única y gran cantidad de mezcales hicieron que valiera la pena nuestra visita, aunque mejor no ir con prisas: el lugar estaba de nuevo hasta arriba de comensales, y mucha gente esperando en la puerta. El nombre tiene su gracia: es una derivación informal de un  barbarismo: partner, que hecho diminutivo afectivo se ha convertido en “parnita.”

Isa y Valentina, en El Parnita. Foto: Jorge Bela
Jorge Pedro nos contó como su blog había evolucionado, de ser una escueta bitácora personal, narrando el día a día de sus venturas y desventuras, hasta la versión actual, que busca ser un reflejo más amplio de una ciudad deslumbrante como es el DF. Nos despedimos con un abrazo, y hemos intercambiado algunos correos desde entonces. Tengo la sensación de haber conseguido un nuevo amigo en la capital mexicana.

Salsas en El Parnita. Foto: Jorge Bela



Frida Kahlo, Diego Rivera y Juan O'Gorman, unidos por mas que una fila de cactus

Casa O'Gorman. Foto: Jorge Bela

Las casas estudio de Frida Kahlo y Diego Rivera son un foco constante de peregrinación desde que sus herederos las donaron al estado, y fueron restauradas y abiertas al público a comienzos de los 80. La obra y la vida de Frida y Diego (es, en realidad, imposible separar ambas) ejercen una fascinación que el tiempo no solo no atenúa, sino que acrecienta. Desde la semana pasada, el pequeño e impecable museo que forman sus casas se ha visto considerablemente aumentado con una tercera casa, la del arquitecto Juan O’Gorman, quién fue en realidad autor del proyecto de las tres casas-estudio.
Casas-estudio de Diego y Frida. Foto: Jorge Bela
O’Gorman es mucho menos conocido, fuera de los círculos especializados, que sus vecinos, pero su obra tiene una importancia crucial en la historia y en la mitología de la arquitectura mexicana. Fue el introductor del funcionalismo, una derivación de la arquitectura moderna en la línea de Le Corbusier, a diferencia del maestro francés, suprimió todos los elementos que no tuvieran una función clara. Sin elemento ornamental alguno,  diseñó la casa familiar en 1.929. En 1.931 diseñó las vecinas casas-estudios de Frida y Diego, siguiendo los mismos principios: elementos diáfanos, escaleras de hormigón helicoidales, ladrillos vistos, pilotes ligeros: un máximo de austeridad y de contención del gasto.
Las tres casas diseñadas por O'Gorman. Foto: Jorge Bela
Sin embargo, como suele suceder con los genios, O’Gorman no dejó de dar sorpresas. A lo largo de los años 30 se fue desencantando con la arquitectura moderna, y por como los constructores estaban utilizando sus principios en detrimento de la calidad de vida de los mas desfavorecidos. Su estilo sufrió una transformación radical, primero hacia el kitsch (estudio de Diego Rivera), y finalmente hacia un estilo muy personal que algunos han denominado “intimismo surrealista,” plasmado con toda su fuerza en el inmenso mural de 4.000 metros cuadrados que adorna los diez pisos biblioteca de la Universidad Nacional de México. Su casa en el Pedregal, hoy lamentablemente destruída, combinaba los motivos mitológicos aztecas con elementos inspirados en Gaudí y Chagall (para quien diseñó un descomunal monumento nunca construido) con la aspiración orgánica de la arquitectura de F. Lloyd Wright (uno de los salones de la casa estaba integrado en una gruta volcánica.
Casa-estudio de Diego Rivera. Foto: Jorge Bela
O’Gorman fue gran amigo de Diego y Frida, sobre todo de la segunda, y sufrió una gran depresión tras su muerte. Es innegable que se produjo una gran influencia mutua entre ellos, en sus cambiantes ideologías, en sus intereses, en sus biografías. Su casa familiar sufrió varias modificaciones, hasta quedar irreconocible. Ahora ha sido completamente restaurada y devuelta a su austero esplendor original, abierta al público el viernes pasado. El dialogo que entabla con las casa de Frida y Diego es fascinante. Las verjas exteriores, hechas a base de cactus, ya indican que estamos ante un espacio singular, cuidado con extremado cariño por sus actuales propietarios. La exposición sobre O’Gorman que se ha montado en la casa de Frida justifica por si misma una visita.
Detalle de la casa estudio de Frida Kahlo. Foto: Jorge Bela
O’Gorman se suicidó en 1.982, atenazado por la depresión. Aunque el dijo en alguna ocasión que no le importaba, muchas de sus obras clave habían sido destruidas. Sin duda se sentiría feliz de ver como su casa familiar, hermosa en su simplicidad, puede ser ahora admirada y juzgada tal y como él la concibió.

Biblioteca de la UNAM. Foto de Jorge Bela

MAMBo: siempre en la lucha

Fiesta, serigrafía de Alexander Calder. Foto: Jorge Bela
El Museo de Arte de Bogotá –MAMBo - está de cumpleaños: nada menos que 50. Para celebrarlo, ha montado una gran exposición en la que se muestran la mayor cantidad de obras de su colección posible. El espacio es limitado y en algunos casos se colocan obras en tres pisos, como en los antiguos palacios, lo que ha permitido ubicar piezas nunca antes expuestas. Vale la pena acercarse y ver los cuadros, grabados, esculturas y fotografías de esta gran exposición.

Sin embargo, cuando uno pasea por el tranquilo edificio diseñado por Salmona, y que integra a los Cerros orientales como una obra maestra más, no puede si quiera imaginarse la historia accidentada del museo. La realidad supera cualquier ficción. Se fundó el 31 de octubre de 1.963, momento en que la  historiadora y crítica de arte Marta Traba asumió su dirección. Sus primeras sedes fueron un local en la 7ª con  23 y la biblioteca Luis Angel Arango. Allí exhibieron sus obras artistas, por entonces desconocidos, de la talla de Botero, Grau o Wiedemann. En 1.965 se trasladó a la Universidad Nacional, y entre los artistas que se expusieron allí sus obras se encuentran Negret y Ana Mercedes Hoyos.

Corona para un princesa chibcha, de María Fernanda Cardozo. Foto: Jorge Bela
En 1.967 las cosas empezaron a agitarse.  Marta Traba, de nacionalidad argentina, fue expulsada de Colombia tras criticar la presencia de militares en la Universidad, y aunque logró permanecer en el país, tuvo que abandonar la dirección del MAMBo durante dos años, y tras un breve retorno en 1.969, de forma definitiva. Gloria Zea, cuya biografía también podría servir para un excelente guión cinematográfico, asumió el cargo. Según cuenta en una reciente entrevista en El Tiempo, “Marta me entregó una cajita de cartón donde estaban los documentos legales, los catálogos de las exposiciones y una lista de 80 cuadros, que eran la colección permanente del Museo.”

Negret, con varias obras al fondo. Foto: Jorge Bela
Su comienzo no fue fácil: al poco tiempo hubo unos disturbios en la Universidad Nacional en los que se apedrearon los vidrios del museo. Gloria, con la ayuda de su marido y un hijo, sacaron los cuadros, esculturas y papeles por las ventanas y se los llevaron en taxis. En ese momento empezó la búsqueda de una nueva sede, que finalmente fueron unas dependencias de la sede de Bavaria en la 26, entonces recién construida. En el 71 tuvieron que trasladarse de nuevo, esta vez al Planetario,  y en el 79 pudieron instalarse en su sede definitiva: un edificio cuyo diseño donó Salmona, y que fue ampliado en 1.985.

El gran ventanal convierte a los Cerros Orientales en otra obra maestra. Foto: Jorge Bela
Los años transcurridos desde la construcción han sido todo menos tranquilos. Para empezar, los terrenos cedidos por el Ministerio de Obras Públicas, al otro lado del Parque de la Independencia, eran demasiado pequeños, y Gloria decidió invadir terrenos colindantes (audacia solo concebible en Colombia), aunque fueron legalizados posteriormente. En los años siguientes se produjeron sonados escándalos mediáticos, propios del caldeado ambiente emocional que rodea al arte contemporáneo. Uno de ellos fue desencadenado en 1.985 por una carta firmada por varios artistas en la que se quejaban de que el MAMBo era más un depósito de arte nunca exhibido que un verdadero museo.  En 2.003 una exposición de barbies, titulada Moda Latinoamericana, levantó una monumental polvareda en los círculos artísticos de Bogotá. Finalmente, el Museo, que sigue siendo una entidad privada sin ánimo de lucro, recibe ayudas periódicas del Estado, lo que de cuando en cuando suscita controversias, algo que por otro lado resulta inevitable en Colombia siempre que median fondos públicos.

Gloria, que ha tenido tres esposos y los tres de armas tomar,  no se amedrenta. Dice no temerle a la polémica, y está decidida a llevar a cabo una ampliación sustancial del edificio (los planos los dejó Salmona listos) para poder simultanear la exhibición de la colección con las exposiciones temporales. En la actualidad la colección tiene 25.000 piezas, la mayoría donadas a lo largo de los años por artistas y mecenas.

Grandes placas de hormigón sobre la 26. Foto: Jorge Bela
El museo se encuentra entre dos grandes parkings al aire libre, que le confieren un aspecto desangelado. Recientemente, las obras de la calle 26 se han convertido en un nuevo caballo de batalla. Unas enormes placas de hormigón cubren la deprimida calle, pero aíslan al Museo del Parque de la Independencia, algo que hubiera disgustado a Salmona. Las obras están paradas desde el 2.011, pues los vecinos de la zona interpusieron una demanda solicitando la demolición de las placas. Es difícil saber como quedará todo una vez terminadas las obras (el proyecto es del prestigioso arquitecto paisa Gian Carlo Mazzanti), pero lo que se ve ahora es un muro infranqueable que separa al MAMBo de la vegetación. La batalla judicial sigue su cauce, y sus resultados son completamente imprevisibles.

Una muralla aparentemente infranqueable. Foto: Jorge Bela
Entre tanto, vale la pena acercarse al MAMBo, disfrutar de sus obras de arte, de su atmósfera única, de su restaurante, y de sus vistas a los cerros. La lucha sigue, pero dentro del edificio solo se respira paz.



Retrato Femenino

Retrato Femenino de Epifanio Garay
La semana pasada estuve en el Museo de Arte Contemporáneo de Bogotá, que está celebrando su 50 cumpleaños con una gran exposición en la que se pueden ver obras de su colección antes nunca expuestas (mañana escribiré sobre su historia, y sobre la constante lucha que la supervivencia del museo ha exigido desde su creación). Una de las salas está dedicada a los pintores del siglo XIX, tiempos en los que el academicismo era el estilo dominante en Colombia, en parte debido a la influencia de la recién inaugurada Escuela Nacional de Bellas Artes. Por aquel entonces Epifanio Garay (1849-1903) era considerado el mejor retratista del país, y tanto las damas como los próceres de la joven república se peleaban por ser retratados por él.

Sin embargo, no parece que el retrato que se puede ver en el MAMBo, y que simplemente se titula “Retrato Femenino,” despertara el entusiasmo de quién lo encargó. Se trata de una mujer de rasgos físicos sorprendentes, y al verlo me acordé de inmediato de los retratos que Goya hizo de la familia de Carlos IV un siglo antes. La familia real aparece tan desfavorecida, que aún hoy asombra que el monarca no solo no ordenara la inmediata ejecución del pintor, sino que al parecer quedó satisfecho y le siguió encargando nuevos cuadros.

Boceto de la Infanta María Josefa, hecho por Goya para el Retrato de la Familia de Carlos IV
El hecho de que la dama del retrato de Garay haya quedado sin identificar nos hace pensar que no quedó contenta con el mismo. Por la riqueza del vestuario sabemos que era una dama acomodada, y el pelo ya blanco acentúa su edad. Sus ojos azules proyectan al tiempo tristeza y restos de alegría truncada. El gesto en sus labios es sin embargo firme, aunque pareciera que intentan apuntar una casi imperceptible sonrisa. Ninguna mujer colombiana aceptaría ser retratada hoy en día con nada que se pudiera asemejar al bigote que dibujó Garay.

El cuadro fue pintado en 1.895, un año después de su regreso a Bogotá tras una prolongada estancia en Cartagena. Y es que Garay tuvo una biografía fascinante, que incluyó giras con compañías de zarzuela (además de pintor era un formidable bajo de ópera), estudios de canto en Nueva York y de pintura en París, un intento de ganarse la vida con la agricultura, e incluso sonadas disputas con pintores liberales (él era regeneracionista).  En 1.899, a penas cuatro años mas tarde, pintó La Mujer del Levita, cuyo desnudo femenino causó un gran escándalo entre la buena sociedad del momento (hoy se puede contemplar en el Museo Nacional).

La Mujer del Levita, de Epifanio Garay
Son muchas las razones para visitar el MAMBo en este redondo aniversario, pero si se acercan hasta allí buscando otras obras, no se olviden de detenerse ante el Retrato Femenino de Garay, y de reflexionar, al menos por un momento, sobre el significado de esta enigmática Mona Lisa de la sabana, sobre lo que, con la perspectiva de un siglo largo, nos une y nos separa de ella.


Ascensión al Toti, en la Sierra Nevada de El Cocuy



Practicando técnicas de escalada en hielo. Foto: Jorge Bela
La Sierra Nevada de El Cocuy ofrece planes para todos los amantes de las montañas, desde aficionados que quieren acercarse a los nevados lo más posible y disfrutar del paisaje, hasta escaladas extremadamente técnicas que solo deben intentar los expertos. Ya hablé  en blogs anteriores sobre algunas de estas caminatas, de los boquerones de altura, de las lagunas y del increíble Valle de los Cojines, pero hoy quiero recordar mi ascensión al Toti, el primer pico de 5.000 metros al que he llegado. Es una ascensión de dificultad media, que cualquier persona con buena forma física puede realizar, pero siempre en compañía de guías profesionales y con el equipo técnico necesario.


Cargando el equipo en la camioneta en El Cocuy. Foto: Jorge Bela
El viaje desde Bogotá demora diez horas por la noche y 13 por el día (para mucho mas y encuentra trancones), y uno llega cansado a El Cocuy, pero la excitación por la próxima ascensión es tan grande, que lo que apetece es ponerse inmediatamente en marcha. Yo fui en coche particular, y llegué por la tarde, hospedándome en el hostal de mis amigos de Colombia Mountain Expedition, que también se encargaron de organizar la caminata y la ascensión. Al día siguiente temprano llegaron los últimos compañeros del grupo y nos pusimos en marcha hacia La Esperanza, punto de inicio de nuestra caminata. Avanzada la tarde, ya estábamos en nuestro lugar de acampado en la Laguna Grande de la Sierra, donde montamos el pequeño campamento. Durante el día, soleado, la temperatura rondaba los 20 grados, pero por la noche baja hasta 10 bajo cero, por lo que agradecimos la tienda de campaña común en la que cocinamos, cenamos y compartimos historias.

Subiendo hacia la Laguna Grande de la Sierra. Foto: Jorge Bela
Al día siguiente Antonio y Rafael, los guías de Colombia Mountain Expedition, nos dieron unas lecciones básicas sobre como avanzar sobre los glaciares, con énfasis en la seguridad.  Sobre la falda del glaciar del Cóncavo nos hicieron todo tipo de perrerías, entre otras nos obligaron a tirarnos a toda velocidad y a detenernos con el piolet. También nos enseñaron a hacer y deshacer los nudos más importantes en la cuerda de escalada. A lo largo del día el miedo al imponente desnivel y al hielo se fue matizando, y al final ya teníamos todos una mayor sensación de seguridad. Los guías determinaron que ya teníamos el nivel técnico necesario para intentar la ascensión al Toti.

Lecciones prácticas sobre el glaciar del Cóncavo. Foto: Jorge Bela
Amaneció parcialmente nublado, y los guías dieron el ok. Iniciamos la caminata, que pese a ser bastante larga con los nervios se nos hizo muy corta. Yo miraba al Toti y no me parecía posible llegar. Al borde del glaciar calzamos los crampones y nos encordamos. De nuevo, la ascensión por la falda nevada se nos hizo sorprendentemente corta. Casi sin darnos cuenta llegamos a los temidos cortados, y mi corazón se empezó a acelerar. Lo que de lejos parecían murallas infranqueables, se convirtieron en pasos milagrosamente sencillos. El temido vértigo no hizo su aparición, quizá por el hecho de ir encordado, quizá por la seguridad que me daban mis compañeros, quizás por los crampones y el piolet. En algunos puntos el desnivel era brutal, pero aún así en ningún momento sentí miedo. Lo que parecía imposible se cumplió y llegamos a la pequeña y rocosa cumbre: lo habíamos conseguido, ¡estábamos a cinco mil metros sobre el nivel del mar!

¡En la cumbre!


Al otro lado del pico se veían los espectaculares barrancos cayendo de forma inacabable hacia los llanos. Alejandro nos mostraba los valles por los que transcurre la vuelta de la sierra, excursión que haríamos seis meses después y que se ha convertido en mi favorita.

Vista del Toti desde la Laguna Grande de la Sierra. Foto: Jorge Bela
Estábamos disfrutando tanto del paisaje que nos costó trabajo ponernos en marcha, pero los guías nos advirtieron de que la noche se podía echar encima. Al llegar al borde del glaciar nos quitamos los crampones y recogimos el equipo que habíamos dejado en la mañana. En ese momento todo el cansancio acumulado se hizo presente, y el largo regreso hasta el campamento se hizo eterno. Yo llegué exhausto, deseando meterme en mi tiendita de campaña. Esa noche dormí profundamente, con el recuerdo de una ascensión inolvidable.



San Juan de Dios, de la medicina al olvido

Hospital de San Juan de Dios. Foto: Nicolás Van Hemelryck
Cuando escribí hace unos meses sobre la Ciudad Perdida de los Tayrona hice mención a las extrañas sensaciones que provoca en los visitantes. Al  contemplar las piedras, ocultas en la jungla durante siglos, la imaginación se dispara, intentando dar forma a un fenómeno incomprensible: que un lugar tan hermoso, construido con tanto esfuerzo a lo largo de siglos, y que sirvió como escenario para la vida, generación tras generación, fuera finalmente abandonado. Uno cierra los ojos para tratar de ver a los antiguos habitantes en su deambular cotidiano por la ciudad, pero al volver a abrirlos es imposible cuadrar la imagen formada con la realidad visible. Hubo un día en que el último habitante de la Ciudad Perdida la abandonó. Como todos sus antecesores, esperaba días mejores, días que nunca llegaron. La vegetación y la vida animal sepultaron todos los restos visibles. Lo imposible se hizo presente.

Antiguo quirófano. Foto: Nicolás Van Hemelryck
Hace aproximadamente un año visité una exposición de fotografía, sobre un tema sin ninguna relación, en la que encontré indicios sobre cómo se puede explicar una pérdida tan inmensa. Se trata de “San Juan sin Dios,” del joven fotógrafo bogotano Nicolás Van Hemelryck. En ella documenta el estado en que se encuentra el hospital más antiguo de Colombia, y la vida de las personas que ahora lo usan como su casa. Fundado en tiempos de Felipe V, alcanzó cumbres de gran gloria científica y prestó un inmenso servicio no solo en la capital, puesto que recibía enfermos de toda Colombia. Hasta bien avanzado el siglo XX, era el principal hospital del país, y además era una pieza esencial en la formación de la escuela de medicina de la Universidad Nacional.

Interior de hospital. Foto: Nicolás Van Hemelryck

Aunque recibió apoyo público y donaciones privadas, algunas ingentes, la mala gestión y la corrupción arrastraron al hospital a una situación financiera delicada. Una reforma legal de 1993, en la que se privatizaba la mayor parte del sistema de salud colombiano, acabó por dar la puntilla a una institución que se ocupaba principalmente de las personas sin recursos.  En 1.999 dejaron de pagarse los salarios, y en el 2.001 cerró de hecho sus puertas. Sin embargo, el cierre se hizo en un limbo legal, pues los empleados no fueron despedidos formalmente. Muchos de ellos han seguido acudiendo a diario para sellar sus tarjetas, y evitar de esta forma perder sus ya tenues derechos. Algunas familias se vieron empujadas a la indigencia, y decidieron irse a vivir al hospital. Dicen que hoy en día allí habitan unas cien familias. Nicolás, que es escritor además de fotógrafo, narra de forma magistral el kafkiano proceso en un artículo de El Malpensante.

La maleza invade todo. Foto: Nicolás Van Hemelryck
En las pasadas elecciones, el actual alcalde, entonces candidato, hizo campaña reclamando la reapertura del hospital. Desde entonces se ha puesto en funcionamiento un consultorio en la antigua zona de maternidad (que era uno de los lugares con mayor prestigio del centro), pero la complejidad legal y financiera hace temer que no se avance mucho más. Entre tanto, el enorme hospital que hace no mucho fue el orgullo de todo un país, yace casi en ruinas, con amplios espacios ocupados por la maleza, y con cien familias que se aferran al edificio vacío como última esperanza de que se haga justicia, de que vengan tiempos mejores, para ellos y para todas las personas que necesitan atención médica y no la reciben.

Interior del Hospital. Foto: Nicolás Van Hemelryck
Con la exposición Nicolás abre las puertas de este lugar cerrado, y pide que los ojos de Bogotá se posen por un momento en lo que sus muros ocultan, en lo que la vegetación y el olvido van poco a poco cubriendo. Con ello reivindica implícitamente su recuperación, y también  la atención debida a sus antiguos trabajadores. Para mi, además, es una señal de alarma sobre la fragilidad de la actual prosperidad económica. Los colombianos deben estar atentos para que todo lo logrado, todo lo avanzado hasta el momento, no se pierda sin saberse muy bien como. Con eso en mente, quizás estemos a tiempo de impedir que el San Juan de Dios se convierta irreversiblemente en el Hospital Perdido de los bogotanos.


Levantando el telón en Gaira: música y comida

La música: el centro de atención en Gaira. Foto: Jorge Bela

Ubicados sobre el escenario, unos inmensos altavoces Adamson, únicos en Colombia, son prueba irrefutable: la música quiere ser el principal foco de atención en Gaira.  Atrás quedan los días en los que Carlos y Guille Vives empezaron su carrera musical, interpretando a lo largo de prolongadas sobremesas junto a las chimeneas bogotanas, en las casas de sus amigos.  Aunque frecuentemente siguen cantando en su local, ahora ya no lo hacen solos: unos 60 artistas les acompañan. A Los Cumbieros, formación de 13 músicos, y el Ensamble Gairero, se unen a actores, y un importante equipo de producción y de vestuario. Los instrumentos tradicionales comparten protagonismo con guitarras eléctricas y batería.
La música empieza con aperitivos. Foto: Jorge Bela
Como un resorte, Nicolás se levanta una vez más. Dice algo que no alcanzo a entender, y sale disparado, con Toya, Marcela, Jose Luis y Arturo detrás de él. Dejo la libreta como puedo sobre la mesa, y emprendo la persecución. “Mirad,” nos dice, “empieza la música en vivo.” Por las escaleras bajaba el acordeonista, tocando en solitario. “Son los aperitivos musicales, nuestra forma de llamar la atención sobre la música.” Después del acordeón, un clarinetista recorre el local, pidiendo amablemente silencio. Un actor llama la atención de los espectadores con humor, y se ubica en el escenario: al levantarse la cortina, los altavoces Adelson empiezan a funcionar a plena capacidad, entregando de forma impecable la música.

Camerino de Carlos Vives en Gaira. Foto: Jorge Bela
Nicolás nos explicó que a lo largo de la noche hay tres tandas musicales. Tras los aperitivos, en la primera se interpretan temas de cantantes colombianos y del mundo.  En la segunda tanda Los Cumbieros (o el Ensamble Gairero los lunes y martes), interpretan cumbias, vallenatos, porros y fandangos. La tercera tanda tiene un sonido mas electrónico, pero ahí depende mucho de cómo vaya la noche, del ambiente, del público.  Dos martes al mes se reservan para bandas locales.
Picadita en Gaira. Foto: Gaira.
Una vez terminado el recorrido por todas las dependencias, Nicolás se despide. Ha llegado el momento de disfrutar del resto del espectáculo musical, y de la ansiada comida. Antes de marcharse nos explica que la carta refleja dos impulsos: el de la comida de casa de siempre, y el de la nueva cocina colombiana. “Intentamos conseguir la patrimonalización de la comida tradicional, que no se debe confundir con la típica.”  Dicho y hecho, probamos las mejores caramiñolas, arepas de huevo, papas criollas y muchas otras cosas. No hay una influencia concreta, sino recetas del Valle del Cauca, del Caribe, del Pacífico, pero todo en un punto perfecto.



Si quieren verme de rumba en algún lugar de Bogotá, a mi solo me busquen en Gaira. ¡Y no se olviden de hacer la reserva con dos mese de anticipación!!!!!!

(La primera parte de este reportaje se puede leer aqui.)



Mesa de sonido. Gaira. Foto: Jorge Bela

Masonic House of the Temple: a Wonder Hidden in Plain Sight

Masonic House of the Temple. Photo: Jorge Bela There is plenty of invocation to classical architecture in Washington. Even modern buil...