Panela: de la tierra a la taza

Bloques de panela, ya casi listas. Foto: Jorge Bela
Confieso que no tenía muy claro como se elabora la panela. Sabía que se sacaba de la caña de azúcar, pero poco más. La semana pasada estuve en Chitavindá, una finca en Villeta dedicada desde tiempo inmemorial al cultivo de la caña, y que en los últimos años se ha abierto al turismo, para permitir pasar un día agradable junto a una piscina, pero sobre todo para que adultos y niños urbanícolas puedan observar todo el proceso de elaboración de la panela. Para quien no conozca el término, la panela son unos bloques de azúcar sin refinar, generalmente rectangulares. En Colombia se utiliza muchísimo, sobre todo en la elaboración de bebidas calientes, a veces con limón.

Una de las tres formas de plantar la caña. Foto: Jorge Bela
En Chitavindá nos mostraron las tres técnicas de plantación de la caña (se escoge una u otra dependiendo de si la estación es seca y lluviosa) así como los métodos exclusivamente manuales de cuidados y recolección. También nos mostraron los árboles de jagua, siempre presentes en los cañaverales pués su madera se utiliza para hacer los moldes, y sus frutos antiguamente para elaborar tinta, y los de balso y guásimo, cuyos frutos se utilizan en la elaboración final de la panela. Tras un agradable y caluroso paseo por la plantación nos montamos en un Jeep Willys nos llevaron a un trapiche, lugar en el que se extrae el jugo de la caña y se elabora la panela.

Molino de caña de azúcar. Foto: Jorge Bela
Tan solo en Villeta hay 463 trapiches, lo que da idea de que se trata de una industria artesanal, casi familiar. Salvo porque el molino estaba impulsado por un motor, el que visitamos funcionaba exactamente igual que podía haber funcionado hace mil años. Primero se extrae el líquido de la caña, y los restos se ponen a secar. El liquido se traslada a unas vasijas donde se mezcla con jugos de los frutos de balso y guasito, cuyos mucílagos absorven como por arte de magia las impurezas, como restos de tierra y de fibras. Con los estos de caña de moliendas anteriores, ya secos, se alimenta un horno que va calentando el jugo, a temperaturas cada vez superiores a medida que se traslada a cubetas consecutivas. Poco a poco va adquiriendo su característico color tostado, y mayor espesor. Finalmente se traslada a una cubeta sin calefactor, para que enfríe y espese. De ahí se vierte sobre los moldes de jagua, y de ahí ya directamente se empaqueta.

Calentando en jugo de la caña. Foto: Jorge Bela

El trabajo es incesante, desde el molino, la persona que alimenta el horno, los que agitan el líquido, y finalmente los que lo expanden sobre los moldes: nadie se toma ni un solo minuto de descanso. Por un lado entra la caña, por otro salen las cajas ya con los bloques de panela empacados. Es un espectáculo que vale la pena ver. Los productores se han asociado y se están organizando para coordinar la producción, las visitas turísticas y la adopción de buenas prácticas de elaboración orgánica (sin químicos y sin pesticidas): los consumidores podrán estar seguros de que están comprando un producto artesanal, pero de la máxima calidad.
La panela, en sus moldes. Foto: Jorge Bela
La visita al Chitavindá se organizó como parte del Blogtrip Villeta, patrocinado por los hoteles Villeta Resort y Villeta Boutique.






Caminata a Las Moyas, con terrorífica visita a las cuevas del mismo nombre

Las famosas moyas de los Cerros Orientales de Bogotá. Foto: Jorge Bela
Desde que llegué a Bogotá estaba soñando con llegar hasta las cumbres más altas de los Cerros Orientales. En los atardeceres veo en la lejanía unas antenas cuyas lucecitas brillan casi imperceptibles. Finalmente tuve la ocasión de hacerlo, en una caminata organizada, entre otros, por Guillermo Silva. La cita era a las 7, relativamente tarde para este tipo de convocatorias, y aún esperamos a que llegara la policía que nos iba a dar protección durante el trayecto. Valió la pena, y la satisfacción era grande cuando por fin el grupo, de más de 40 personas, se puso en marcha y comenzó la ascensión cerca del Club Metropolitan.
El grupo comienza la ascensión. Foto: Jorge Bela
A medida que avanzaba la ascensión, el grupo se fue estirando como una gran serpiente: a la cabeza iban los más rápidos, verdaderos atletas de la montaña para quienes el desnivel era un aliciente para acelerar el paso. En la cola los sufridores, con cara congestionada, la respiración a tope y gesto suplicante. Pero no había misericordia: la caminata proseguía casi sin descanso rumbo a las cumbres. Pronto desaparecieron los árboles, y la espectacular vista de la ciudad se hizo aparente. Un poco más arriba pudimos ver los primero frailejones, con sus rara vez vistas flores amarillas en pleno apogeo. Es un verdadero milagro que en el término municipal de una megaurbe puedan crecer plantas tan frágiles. Es obligación de todos los bogotanos defender por todos los medios este tesoro ecológico que son los Cerros Orientales.

Frailejones en la capital de Colombia. Foto: Jorge Bela
Bogotá desde sus cerros. Foto: Jorge Bela

Llegando a la cima. Foto: Jorge Bela

Finalmente alcanzamos la cumbre y el grupo se tomó un descanso. Animados por el buen tiempo, brotaron las conversaciones y los caminantes comenzaron a conocerse mejor. Un lagarto collarejo posó largamente para los fotógrafos: aún seguía completamente inmóvil sobre un frailejón cuando nos marchamos. La caminata siguió plácidamente durante un buen rato, llaneando entre las espectaculares moyas, que despertaron todo tipo de especulaciones sobre su origen geológico. Finalmente descendimos hacia San Luis, entre rumores—falsos—de que nos habíamos perdido. De San Luis a la Finca las Moyas, lugar en el que se encuentra la cueva, hay a penas un corto paseo.

Lagarto collarejo, posando. Foto: Jorge Bela
Ya en la Finca descansamos un rato, tomamos tinto y compramos deliciosas empanadillas. El ambiente relajado y distendido, que pronto descubriríamos  para nada anticipaba lo que nos esperaba. Finalmente nuestro guía nos llevó hasta la boca de la gruta. El comienzo era un descenso de unos 4 metros por una precaria y resbaladiza escalera. El guía repetía a grito pelado donde debíamos poner cada pié para llegar sin contratiempo a suelo firme. El suelo luego no resultó ser tan firme, pues en río cubría la zona mas plana de la cueva, lo que nos obligaba a encaramarnos en las rocas, saltando de una a otra. Tal y como nos había anticipado el guía, no pasamos nada de frío, sino que mas bien sudábamos por el esfuerzo. La cueva es hermosa, y amplia: el esfuerzo valió la pena. Los niños fueron quienes mejor lo pasaron, aunque todos nos sentimos un poco niños durante el kilómetro largo que recorrimos bajo tierra. Una brisa nos indicó que ya estábamos llegando a la salida, y a los pocos vimos de nuevo la luz. Las docenas de linternas frontales se fueron apagando una a una.
Yamila abre camino en la gruta. Foto: Jorge Bela
En resumen, una gran excursión, con grandes vistas, buen ejercicio, fauna, flora y motivos geológicos interesantes, y sobre todo buena compañía. Sin duda, lo mejor que ofrece Bogotá es su gente y los Cerros Orientales. Volveremos a explorarlos muy pronto.

A la salida de la cueva, todos tenemos las manos negras. 
Para los amantes de los datos, recorrimos unos 9 kilómetros, sin contar la gruta, y alcanzamos una altura máxima de 3.289 metros. Todos los datos y el track se pueden encontrar aqui.




Primer Cumpleaños

Chocoramo como tarta de cumpleaños. Foto: Jorge Bela
Chocoramo como tarta de cumpleaños. Foto: Jorge Bela

Hoy hace exactamente un año que comencé a escribir Que Pena con Usted, un blog de Colombia. Mi hermana Tere llevaba tiempo animándome a que me pusiera a escribir, “lo que fuera,” y Toya se sumó sugiriendo que escribiera un blog sobre mis vivencias y mis viajes en Colombia, y dándome buenos consejos sobre cómo hacerlo. Fue justo el 8 de mayo de 2012 cuando pedí por primera vez a los lectores que me regalaran un minuto. Desde entonces, he escrito 91 posts, he recibido  83.791 visitas y tengo 2.705 en mi comunidad de Facebook. En las primeras semanas, en las que muy poca gente me leía, fue definitivo el apoyo que me dieron mis hermanos, primos, amigos y por supuesto Jesús. Ahora es fundamental la interacción que tengo con mi comunidad en Facebook, a quienes ya incluyo dentro de mi círculo de amistades.

Estoy celebrando el cumpleaños en un lugar incomparable: la Casa Amarilla en Mompox, quizá la ciudad mas hermosa de Colombia. A lo largo de estos meses uno de los temas centrales del blog ha sido los contrastes de la alucinante geografía de este país, como uno aún estando en picos permanentemente nevados, a 10 grados bajo cero, sabe que está cerca de los valles tropicales que se alternan entre las cordilleras. Ayer mismo comentando con Carmen, encargada de la Casa Amarilla, que en Bogotá estaba diluviando, nos dijo que ya lo sabía: le bastaba con ver como el caudal del gran Magdalena estaba subiendo rápidamente para saber que en las cordilleras estaba diluviando. Por eso no hay mejor lugar para celebrar el aniversario, y para celebrar Colombia, que la orilla de este inmenso río. Ayer estuve horas mirando sus aguas fluir, con paso acelerado hacia el Caribe. recordando el baño que tomé en las lagunas heladas de El Cocuy. Ya escribí hace unos meses que las cordilleras son la columna vertebral de Colombia, y los ríos sus venas.

No quiero aburrirles más con autobombo y celebraciones. Les dejo con sus quehaceres cotidianos. Yo me voy a zampar el Chocoramo, y a disfrutar de mi último día completo en Mompox. Espero que me sigan regalando de cuando en cuando un minuto, a cambio yo les seguiré ofreciendo Qué Pena con Usted. Aquí les espero.









La Casa de las Ventanas Amarillas

La Casa Amarilla, Mompox. Foto: Jorge Bela
Cuando éramos niños casi cada domingo mis padres nos montaban a los cinco hermanos en su Seat 1500 familiar blanco,  y nos subían a la sierra de Madrid. A nosotros nos encantaba el plan: allí nos encontrábamos con mis primos, casi 30,  y nos divertíamos en total libertad. El viaje era, sin embargo tedioso, con tráfico intenso, paradas a tomar gasolina, trancones y otros trastornos. Cuando ya empezábamos a subir el puerto, tras una larga hora de trayecto, mi padre nos retaba sistemáticamente: “a ver quién es el primero que ve la casa con las ventanas amarillas.” Los más pequeños nos poníamos en tensión, escudriñando el horizonte y dejando temporalmente de lado el constante alboroto. Y es que en medio de la sierra se alzaba enigmática y desafiante una casa de piedra con las ventanas pintadas de amarillo. Nunca sabré qué impulsó a sus propietarios a tomar una decisión tan insólita, todavía más en los años sesenta del siglo pasado, un período nada propicio a los desafíos en la península Ibérica. La casa todavía existe, y sus ventanas están aún relucientes, como si las repintaran cada año en una confirmación constante de que no se trató de un error, ni de un capricho, sino de una decisión que los herederos de los que la tomaron han decidido mantener.

En todo esto pensaba cuando recibí las instrucciones de viaje de mi colega bloguero y escritor Richard McColl. Es el propietario de un hotel en Mompox, sabiamente regentado por su suegra Esther y su tía Carmen cuando él está ausente. De hecho, su iniciativa hotelera fue pionera en una de las ciudades más hermosas de Colombia, pero que ha dormitado aislada durante siglos, arrullada por los brazos del gran Magdalena. Del texto que me mandó, con exhaustivos detalles sobre poblaciones, desvíos, advertencias y consejos, solo presté atención a la última frase: “llega hasta  el río, y  junto a la iglesia de Santa Bárbara, la más icónica de Colombia, busca una casa amarilla, ese es mi hotel.” El viaje por tierra de Bogotá a Mompox es largo, pero a mi se me hizo corto. Cada pocos instantes imaginaba como sería la llegada al hotel, el encuentro con el río, el legendario calor de las tardes momposinas, la casa amarilla...



Las ventanas de la Casa Amarilla son negras. Se trata de una antigua y amplia casona, con un agradable patio, y tanto suites,  incluso con vistas al río, como cuartos sencillos al alcance de todos los presupuestos. Ahora descanso en su azotea mientras mi cámara dispara foto tras foto, tratando de captar no solo la belleza, sino también la atmósfera tranquila y apacible de este atardecer fluvial. Antes estuve deambulando por las callejuelas de Mompox, viendo la gente en su transitar cotidiano, con el telón de fondo del gran río de Colombia. Desde los muros que protegen a la ciudad de las crecidas, algunos pelaos dan brincos y se echan al agua, incluso se dejan arrastrar por las fuertes corrientes río abajo donde les esperan otros amigos. Nadie parece tener prisa por aquí, y mientras termino tranquilamente mi cerveza pienso que me siento en casa en el hotel Amarillo de Richard McColl.

Patio de la Casa Amarilla, Mompox. Foto: Jorge Bela



Masonic House of the Temple: a Wonder Hidden in Plain Sight

Masonic House of the Temple. Photo: Jorge Bela There is plenty of invocation to classical architecture in Washington. Even modern buil...