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Ascensión al Pan de Azúcar desde Sisuma



Con Pepe en el Pan de Azúcar, Colombia. Foto: Orlando.

Al salir de la cabaña Sisuma, a eso de las 4 de la madrugada, parecíamos un gusanito de mineros: nuestras lámparas frontales cortaban el aire helado de la sierra, aunque su breve intensidad no era obstáculo para que desde el cielo completamente despejado un interminable océano de estrellas nos deslumbrara. La cuesta arriba comienza a pocos metros de la cabaña, pero el tiempo vuela entre jadeos y nerviosismo. En el camino adelantamos a otros caminantes que paran a descansar. Un poco más tarde son ellos los que nos adelantan. Antes de que rompiera el amanecer ya nos habíamos hecho amigos. Cuesta abajo no había rastro de otros montañeros: las frontales les hubiera delatado con facilidad.

Subiendo por el Paso del Conejo. Foto: Jorge Bela
En el recuerdo parece que fue cuestión de minutos, pero en todo caso antes de lo que esperábamos, nos encontramos en una pradera, justo al comienzo del temido y empinadísimo Paso del Conejo. Justo cuando nos disponíamos a comenzar el ascenso, entre la oscuridad apareció un caminante que descendía con paso titubeante. “Me he puesto muy enfermo, “ nos anunció, “con vómitos y todo. He tenido que bajar.” Nico le entregó una de las pastillas antisoroche que llevaba. Mi estómago se contrajo aún más por el nerviosismo. Estábamos a unos 4.300 msnm, y la jornada no había hecho más que empezar.
En el borde de nieve. Foto: Jorge Bela
Una vez superado, el Salto del Conejo, aunque duro, resultó menos fiero de lo que lo pintaban. Empinado, sí, pero sin ninguna dificultad técnica. Cuando llegamos a la parte más elevada ya se estaba haciendo de día: el espectáculo del amanecer entre las cumbres no nos decepcionó. El camino, ahora ya en suave ascenso, transcurría por unas enormes y comodísimas lajas. El sol, nada más hacer su aparición, empezó a calentar con fuerza. Superados el frío y la oscuridad, nuestros dos últimos enemigos eran la altura -- cada paso era un jadeo – y esos nervios verracos que no nos dejaban en paz.

Nico y pepe entran en calor con un combate de alta montaña. Foto: Jorge Bela


Silvia y Nicolás en la cordada. Foto: Jorge Bela

En el borde de la nieve nos colocamos los crampones y nos abrigamos lo mejor posible. El día era espléndido, pero el aire helado. Nos encordamos y comenzamos el lento ascenso: nuestro guía Orlando en primer lugar, yo en segundo, Silvia en tercero, Nicolás el cuarto, y cerrando la cordada Pepe. Una cordada tan larga es como un día de pesca, se avanza o se detiene según los tirones que se sienten: no hay otra comunicación mejor en estas circunstancias. Al principio a trompicones, después con mayor fluidez, dimos la vuelta al imponente Púlpito del Diablo, una auténtica maravilla natural, quizá la mas espectacular de Colombia. Seguimos el ascenso hasta unas rocas ubicadas al pié de la cumbre, a 5.000 metros, y allí tomamos descanso. Nicolás no se sentía bien del todo, y optó por quedarse, acompañado por Sonia.
Púlpito del Diablo, Colombia. Foto: Jorge Bela
Nosotros continuamos la marcha hasta el borde de la cumbre, un ascenso casi vertical (o eso me parecía), tras el cual avanzamos por la arista –si, abismo a ambos lados—a cuyo fin encontramos un estrecho pasillo de hielo. Cuando a penas faltaban unos metros, el guía encontró una grieta que le pareció demasiado peligrosa. “Hasta aquí se puede llegar,” nos anunció, “aunque nos hemos quedado a unos metros del final, sí hemos llegado a la cota máxima, por lo que se puede afirmar que hemos llegado a la cumbre.” Pepe protestó un poco, pero yo lo tuve claro: ni un paso mas allá de donde nos indicaba el guía. Unas fotos, unos minutos de contemplación del sobrecogedor espectáculo, y comenzamos el descenso.
La arista desde la cumbre. Foto: Pepe Zárate
Como ya pude comprobar en mi ascensión al Toti, la bajada en hielo es mas difícil que la subida. La arista no fue problema, pero el trozo casi vertical supuso un gran esfuerzo. Utilizamos toda la técnica aprendida y por fin llegamos a las rocas donde nos esperaban Silvia y Nico. En ese preciso momento se desataron finalmente los nervios acumulados durante toda la mañana, y por primera vez pude disfrutar del paisaje incomparable que ofrecen las montañas nevadas que rodean la Laguna Grande de la Sierra, un orgullo para Colombia. Sentí mucha mas emoción en ese momento que en la cumbre del Pan de Azúcar. Nico ya se encontraba mejor y comenzamos el descenso. Aunque habían transcurrido horas desde que salimos de la cabaña Sisuma, a mi me pareció que habían transcurrido a penas unos segundos.
Orlando descansa en una roca. Foto: Jorge Bela

Aprendiendo las técnicas. Foto: Jorge Bela
La cámara de Google. Foto: Jorge Bela


El Pan de Azúcar desde Sisuma al amanecer. Foto: Jorge Bela

Colombia prohibida: destinos a donde no se puede -- o no se debe -- ir (1)

La Laguna de la Plaza. Foto: Jorge Bela
Colombia tiene muchísimos lugares extraordinarios que visitar. La mayoría de ellos son prácticamente desconocidos fuera de sus fronteras, y, si me apuran, muchos lo son también entre los propios colombianos. Esta circunstancia, probablemente efímera, permite conocer casi en soledad destinos que en otros países estarían abarrotados de turistas. La soledad es precisamente uno de los mayores lujos de viajar por Colombia, y lo que convierte al país probablemente en el más atractivo de américa latina para turistas que no busquen confort, grandes hoteles, o un servicio sofisticado. Para ellos ya hay resorts y lugares maravillosos en otros países, que podrán disfrutar en la feliz compañía de muchos otros viajeros.
Valle de los Cojines. Foto: Jorge Bela
La soledad y el desconocimiento son fruto, principalmente, de dos factores: la accidentada geografía del país -- Colombia está atravesada por nada menos que tres cordilleras descomunales -- y los sucesivos conflictos armados que han desaconsejado el turismo por amplios sectores del país. Los conflictos aún siguen vivos, esperemos que por poco tiempo, pero castigan a una extensión geográfica mucho menor. Esto ha permitido abrir destinos increíbles, como Caño Cristales, cerrados hasta hace relativamente poco tiempo. También avanza, aunque a paso muy lento, la construcción de nuevas infraestructuras que faciliten el transporte, acortando los tiempos de desplazamiento y abaratando los en muchas ocasiones exagerados precios.
Cojín en el PNN El Cocuy. Foto: Jorge Bela
Aún así, hay muchos lugares aún inaccesibles para los turistas. En algunos la barrera siguen los problemas de seguridad, derivados de los conflictos armados o de la delincuencia común. En otros casos hay restricciones administrativas, impuestas por motivos de conservación del patrimonio ecológico o histórico. En otros, resulta muy difícil o excesivamente costoso llegar, pues los operadores de transporte no los ofrecen o los cobran a precios prohibitivos.
Boquerón "El Castillo". Foto: Jorge Bela
Sin embargo, varios de estos destinos son tan hermosos que ejercen una especial fascinación hacia algunos visitantes, que deciden desafiar las leyes del país y las de la lógica, y adentrarse en ellos. No son pocos los que han pagado un precio demasiado elevado por hacerlo. Obviamente, mi recomendación es meridianamente clara: es una pésima idea adentrarse en lugares inseguros (mas adelante me referiré a algunos casos concretos). Tampoco es, desde luego,  buena idea desobedecer las leyes locales. En Colombia hay muchísimos lugares increíbles que se pueden visitar legalmente y con seguridad.
Último punto al que se puede llegar. Ya no se puede "seguir más." 
1. La Vuelta a la Sierra de El Cocuy

La lista tiene que ir necesariamente encabezada por el lugar que yo mas siento no poder visitar: el costado oriental del PNN de El Cocuy y Güican. Ya he contado en varias ocasiones como la caminata circular conocida como la Vuelta a la Sierra es la mas hermosa que he hecho en mi vida. Sus imponentes boquerones, las incontables lagunas y una variedad inimaginable de paisajes convierten a esta dura caminata de 5 días y 4 noches en una experiencia inolvidable. Y, por supuesto, el Valle de los Cojines, uno de los lugares mas hermosos del planeta, nos aguarda al tercer día.
Zona oriental de ls sierra, ahora prohibida a los visitantes. Foto: Jorge Bela
Sin embargo, la autoridad a cargo de los PNN ha prohibido el acceso a toda esta zona. La prohibición se basa en dos razones: un exceso puntual de visitantes estaba poniendo en peligro el frágil ecosistema de alta montaña, y en la caminata se atraviesan terrenos de los U’wa, que reclamaban fueran protegidos por su carácter sagrado. Yo he escrito anteriormente que la medida me parece exagerada, y confío que en un plazo no muy lejano se pueda acomodar las inquietudes ecológicas y de los U’wa, y se pueda reabrir esta majestuosa zona de Colombia. Entre tanto, hay sobrados lugares en el PNN de El Cocuy y el Güican donde se puede disfrutar legalmente de los nevados colombianos.

(La continuación se puede leer aquí)

No siga más, sumercé...

Alto de Cusirí. Foto: Jorge Bela
“Siga más, sumercé,” quizá mi frase favorita en Colombia. Un cartel con dicha expresión jalona cada uno de los imponentes boquerones que separan unos valles de otros en la incomparable “vuelta a la sierra” del PNN El Cocuy. Cuando uno los alcanza siente la emoción combinada del esfuerzo cumplido, una nueva y siempre maravillosa vista, y el estímulo de la cercanía creciente al punto de la próxima acampada. Sin embargo, la semana pasada al asomarme al alto de Cusirí y ver el singular cartel, no pude sino sentir una inmensa tristeza. La realidad es que ya no se puede seguir más: por orden de la autoridad, el paso de los caminantes más allá del boquerón ha quedado terminantemente prohibido.

El "lado prohibido" de Cusirí. Foto: Jorge Bela
Según la autoridad que regenta los PNN de Colombia, la prohibición de acceso a toda la vertiente oriental de la Sierra se debe a la solicitud de la comunidad U’Wa. Al parecer, esta vertiente tiene un carácter sagrado para el pueblo U’Wa, y no desean que sea visitada por los excursionistas. La autoridad ha decidido aceptar la solicitud, cerrando el paso de forma total.

Las plantas parecen corales en al PNN El Cocuy. Foto:Jorge Bela
Sin embargo,  las autoridades han implementado este cierre simultáneamente a la prohibición de acampada en todo el PNN salvo en tres puntos autorizados, lo que ha generado una considerable confusión. Estas restricciones se fundamentan no en  creencias religiosas, sino en un supuesto deterioro ambiental del Parque. Al parecer se han encontrado bacterias en el agua. También se ha prohibido el acceso a los caballos.

Silvia, Nico y Pepe de regreso hacia Sisuma. Foto: Jorge Bela
Hablando con unos y con otros, parece claro que se habían llegado a producir ciertos excesos, incompatibles con el mantenimiento de un ecosistema tan frágil como extraordinario. Incluso se habla de caravanas de 20 excursionistas, con otros tantos porteadores y varios cocineros, dejando basura y excrementos a su paso. En las fechas pico, docenas, quizá cientos de caballos, arrasaban los caminos y la vegetación. Algo había que hacer, no cabe duda. Pero las restricciones impuestas parecen excesivas: no parece adecuado pasar del descontrol a la restricción extrema. Y la concentración de los excursionistas en tres puntos puede ser más dañina que su dispersión. Probablemente la solución mas sostenible sea la del control, la educación y el cumplimiento de las normas, y no tanto las prohibiciones radicales.


Entre tanto, ahí quedan mis suspiros de tristeza y anhelo al ver la vertiente prohibida de Cusirí. Sin duda se puede conversar con las U’wa para permitir un acceso responsable y respetuoso a sus lugares sagrados, como sucede con los lugares sagrados de la mayoría de las culturas de nuestro entorno. Con dialogo y comprensión mutua todo es posible. Entre tanto, la incomparable “vuelta a la sierra” respira y descansa. Sus lagunas y sus jardines libres de toda presencia humana. Yo tuve la inmensa fortuna de recorrerla una vez, y desde entonces sueño con volver a hacerlo algún día, esperemos que no muy lejano.





Primer Cumpleaños

Chocoramo como tarta de cumpleaños. Foto: Jorge Bela
Chocoramo como tarta de cumpleaños. Foto: Jorge Bela

Hoy hace exactamente un año que comencé a escribir Que Pena con Usted, un blog de Colombia. Mi hermana Tere llevaba tiempo animándome a que me pusiera a escribir, “lo que fuera,” y Toya se sumó sugiriendo que escribiera un blog sobre mis vivencias y mis viajes en Colombia, y dándome buenos consejos sobre cómo hacerlo. Fue justo el 8 de mayo de 2012 cuando pedí por primera vez a los lectores que me regalaran un minuto. Desde entonces, he escrito 91 posts, he recibido  83.791 visitas y tengo 2.705 en mi comunidad de Facebook. En las primeras semanas, en las que muy poca gente me leía, fue definitivo el apoyo que me dieron mis hermanos, primos, amigos y por supuesto Jesús. Ahora es fundamental la interacción que tengo con mi comunidad en Facebook, a quienes ya incluyo dentro de mi círculo de amistades.

Estoy celebrando el cumpleaños en un lugar incomparable: la Casa Amarilla en Mompox, quizá la ciudad mas hermosa de Colombia. A lo largo de estos meses uno de los temas centrales del blog ha sido los contrastes de la alucinante geografía de este país, como uno aún estando en picos permanentemente nevados, a 10 grados bajo cero, sabe que está cerca de los valles tropicales que se alternan entre las cordilleras. Ayer mismo comentando con Carmen, encargada de la Casa Amarilla, que en Bogotá estaba diluviando, nos dijo que ya lo sabía: le bastaba con ver como el caudal del gran Magdalena estaba subiendo rápidamente para saber que en las cordilleras estaba diluviando. Por eso no hay mejor lugar para celebrar el aniversario, y para celebrar Colombia, que la orilla de este inmenso río. Ayer estuve horas mirando sus aguas fluir, con paso acelerado hacia el Caribe. recordando el baño que tomé en las lagunas heladas de El Cocuy. Ya escribí hace unos meses que las cordilleras son la columna vertebral de Colombia, y los ríos sus venas.

No quiero aburrirles más con autobombo y celebraciones. Les dejo con sus quehaceres cotidianos. Yo me voy a zampar el Chocoramo, y a disfrutar de mi último día completo en Mompox. Espero que me sigan regalando de cuando en cuando un minuto, a cambio yo les seguiré ofreciendo Qué Pena con Usted. Aquí les espero.









Un pueblo llamado El Cocuy

El Cocuy. Fotografía: Luis Fernando Sarmiento
El Cocuy, un pueblo de poco más de 5.000 habitantes, ha conseguido fama universal por dar su nombre a la Sierra Nevada y al Parque Natural Nacional que se encuentran en las inmediaciones de su término municipal (algo que, por otro lado, incomoda a los habitantes del cercano El Güican y que reclaman su protagonismo: los buses de Bogotá suelen detenerse en ambos pueblos,  en ambos se puede pagar el ingreso al PNN).  Son muchos los viajeros que llegan por la mañana temprano, y tras hacer las gestiones mínimas con las autoridades, parten directos rumbo a la sierra. Al regreso, también es habitual pasar a penas unas horas, quizá cenar algo y tomar el bus nocturno hacia la capital. En una ocasión lo tuve que hacer así, pero el resto de las veces que ha visitado la zona he procurado pasar al menos una noche en este pueblo, que bien vale una visita por si mismo.


Maqueta de los nevados. Foto: Jorge Bela
Fundado en el siglo XVI, conserva su aire rural y accesible. En el centro las calles perfectamente trazadas discurren entre edificios pintados con absoluta uniformidad: paredes blancas y carpintería verde claro. Las llegadas y salidas de los buses suelen congregar a mucha gente en la plaza, que acude a recibir o despedir viajeros, o a entregar mercancía para el transporte.  En la misma plaza está el Hotel Casa Muñoz, una muy buena opción para pasar la noche: económico, sencillo, con abundante agua caliente, y gran amabilidad en recepción.  A mi me permitieron dejar algún bulto hasta mi regreso de la sierra, y por una pequeñísima cantidad me facilitaron tomar una ducha, soñada tras seis días en el monte, a mi regreso, antes de abordar el bus.

Edificios pintados de blanco y verde. Foto: Jorge Bela
Aunque como sucede en casi toda Colombia la gente se acuesta temprano, durante el día se ve a mucha gente por las calles: de madrugada los hombres se agolpan en una tienda de abarrotes en la esquina de la plaza, que sirve también como desayunadero, a la espera de que lleguen sus transportes hacia el campo, protegidos del relente con sus ruanas. Más tarde los niños se apresuran para no llegar tarde a la escuela, y el resto de los comercios abren perezosamente sus puertas. El clima es templado, está a 2.700 msnm, y las vistas a los alrededores son espectaculares. Me han hablado de unas termales cercanas, que al parecer están muy bien, pero aún no las conozco. En el centro de la plaza principal hay una maqueta de la Sierra Nevada que ayuda a comprender los límites geográficos de las excursiones futuras y pasadas: una maqueta en relieve es muchísimo mas útil a estos efectos que cualquier mapa.

Niños saliendo de la iglesia. Foto: Jorge Bela
Por descontado, el mejor día de la semana es el domingo. Hay niños jugando por todos lados, familias paseando o comiendo algo en los restaurantes, jóvenes compitiendo en la cancha deportiva, en ocasiones música en la plaza … vida por todos lados en este pequeño y acogedor pueblo de Boyacá. Se que los caminantes y escaladores muchas veces tienen el tiempo justo, pero para todo aquel que disponga del lujo del tiempo,  sobre todo a los extranjeros que no conozcan la vida en los pueblos de Colombia, recomiendo plenamente que consideren quedarse al menos un día completo.


Plaza de El Cocuy. Foto: Jorge Bela



Ascensión al Toti, en la Sierra Nevada de El Cocuy



Practicando técnicas de escalada en hielo. Foto: Jorge Bela
La Sierra Nevada de El Cocuy ofrece planes para todos los amantes de las montañas, desde aficionados que quieren acercarse a los nevados lo más posible y disfrutar del paisaje, hasta escaladas extremadamente técnicas que solo deben intentar los expertos. Ya hablé  en blogs anteriores sobre algunas de estas caminatas, de los boquerones de altura, de las lagunas y del increíble Valle de los Cojines, pero hoy quiero recordar mi ascensión al Toti, el primer pico de 5.000 metros al que he llegado. Es una ascensión de dificultad media, que cualquier persona con buena forma física puede realizar, pero siempre en compañía de guías profesionales y con el equipo técnico necesario.


Cargando el equipo en la camioneta en El Cocuy. Foto: Jorge Bela
El viaje desde Bogotá demora diez horas por la noche y 13 por el día (para mucho mas y encuentra trancones), y uno llega cansado a El Cocuy, pero la excitación por la próxima ascensión es tan grande, que lo que apetece es ponerse inmediatamente en marcha. Yo fui en coche particular, y llegué por la tarde, hospedándome en el hostal de mis amigos de Colombia Mountain Expedition, que también se encargaron de organizar la caminata y la ascensión. Al día siguiente temprano llegaron los últimos compañeros del grupo y nos pusimos en marcha hacia La Esperanza, punto de inicio de nuestra caminata. Avanzada la tarde, ya estábamos en nuestro lugar de acampado en la Laguna Grande de la Sierra, donde montamos el pequeño campamento. Durante el día, soleado, la temperatura rondaba los 20 grados, pero por la noche baja hasta 10 bajo cero, por lo que agradecimos la tienda de campaña común en la que cocinamos, cenamos y compartimos historias.

Subiendo hacia la Laguna Grande de la Sierra. Foto: Jorge Bela
Al día siguiente Antonio y Rafael, los guías de Colombia Mountain Expedition, nos dieron unas lecciones básicas sobre como avanzar sobre los glaciares, con énfasis en la seguridad.  Sobre la falda del glaciar del Cóncavo nos hicieron todo tipo de perrerías, entre otras nos obligaron a tirarnos a toda velocidad y a detenernos con el piolet. También nos enseñaron a hacer y deshacer los nudos más importantes en la cuerda de escalada. A lo largo del día el miedo al imponente desnivel y al hielo se fue matizando, y al final ya teníamos todos una mayor sensación de seguridad. Los guías determinaron que ya teníamos el nivel técnico necesario para intentar la ascensión al Toti.

Lecciones prácticas sobre el glaciar del Cóncavo. Foto: Jorge Bela
Amaneció parcialmente nublado, y los guías dieron el ok. Iniciamos la caminata, que pese a ser bastante larga con los nervios se nos hizo muy corta. Yo miraba al Toti y no me parecía posible llegar. Al borde del glaciar calzamos los crampones y nos encordamos. De nuevo, la ascensión por la falda nevada se nos hizo sorprendentemente corta. Casi sin darnos cuenta llegamos a los temidos cortados, y mi corazón se empezó a acelerar. Lo que de lejos parecían murallas infranqueables, se convirtieron en pasos milagrosamente sencillos. El temido vértigo no hizo su aparición, quizá por el hecho de ir encordado, quizá por la seguridad que me daban mis compañeros, quizás por los crampones y el piolet. En algunos puntos el desnivel era brutal, pero aún así en ningún momento sentí miedo. Lo que parecía imposible se cumplió y llegamos a la pequeña y rocosa cumbre: lo habíamos conseguido, ¡estábamos a cinco mil metros sobre el nivel del mar!

¡En la cumbre!


Al otro lado del pico se veían los espectaculares barrancos cayendo de forma inacabable hacia los llanos. Alejandro nos mostraba los valles por los que transcurre la vuelta de la sierra, excursión que haríamos seis meses después y que se ha convertido en mi favorita.

Vista del Toti desde la Laguna Grande de la Sierra. Foto: Jorge Bela
Estábamos disfrutando tanto del paisaje que nos costó trabajo ponernos en marcha, pero los guías nos advirtieron de que la noche se podía echar encima. Al llegar al borde del glaciar nos quitamos los crampones y recogimos el equipo que habíamos dejado en la mañana. En ese momento todo el cansancio acumulado se hizo presente, y el largo regreso hasta el campamento se hizo eterno. Yo llegué exhausto, deseando meterme en mi tiendita de campaña. Esa noche dormí profundamente, con el recuerdo de una ascensión inolvidable.



¿Quiere ver uno de los valles más hermosos del planeta?: Siga más, sumercé



ATENCIÓN: En el 2013 PNN de Colombia ha prohibido el acceso a la parte oriental del parque, respondiendo a una petición de la comunidad U'Wa. Se recomienda informarse con las autoridades del parque antes de iniciar una excursión por esta zona.

Llegar al Valle de los Cojines no es nada fácil, pero olvidarlo es imposible. De norte a sur, como hicimos nosotros la travesía de la sierra, se llega al Valle en la tercera jornada. Atrás quedan ya tres pasos: el del Cardenillo, el de los Frailes y el de la Sierra (con 4.800m el más alto de todo el trayecto).
Uno de los miles de cojines que jalonan el Valle. Foto: Jorge Bela
La segunda noche acampamos al abrigo de la Cueva Larga, protegidos de la lluvia que cayó abundante. La Cueva está a 4.300 metros de altura, y por la noche mi corazón batía acelerado intentado suministrar el escaso oxígeno disponible a esa altura (no bajaba de las 110 pulsaciones, mientras en Bogotá en reposo tengo unas 55). Al despertar, el cielo estaba cubierto de nubes, que poco a poco fueron invadiendo todo el valle, en forma de niebla. Recogimos el campamento y continuamos la caminata, siendo nuestro primero destino del día el Valle de los Cojines.


El camino era bueno, y lo seguimos confiados. Alejandro tuvo una primera intuición y consultamos el mapa y el GPS, pero todo parecía correcto. Seguimos descendiendo, charlando animadamente (los ascensos son mucho mas silenciosos, por razones obvias), y de pronto la niebla comenzó a despejarse: vimos entonces un inmenso valle que descendía abruptamente hacia los llanos. Alejandro se dio cuenta de forma inmediata de que habíamos tomado un camino equivocado. Dimos la vuelta hasta que encontramos el camino correcto, mucho menos marcado. Tuvimos suerte, pues solo nos desviamos unos 15 minutos, peor suerte tuvieron unos excursionistas que hace una década estuvieron 40 días perdidos por los llanos al equivocarse en ese mismo lugar. 

Valle de los Cojines. Foto: Jorge Bela
Finalmente y ya con la niebla casi totalmente despejada, llegamos al espléndido Valle de los Cojines. Tiene unos cinco kilómetros de largo, por uno de ancho, formando un rectángulo casi perfecto. En ambos extremos caen cascadas, que lo inundan permanentemente. Miles de cojines absorben el agua que no transcurre por el río que atraviesa el valle de sur a norte. Es una visión espectacular: parece que somos los primeros seres humanos en llegar a este sitio tan hermoso.

Cartel oficial que anima a los caminantes: "siga más sumerce". 
Los cojines pueden llegar a ser enormes, con casi dos metros de diámetro. Pese a parecer musgos, son plantas fuertes, con raíces que pueden llegar a tener metros de profundidad. Las autoridades del Parque piden que no se pisen, pues como los  corales, pueden morir ante el mas pequeño roce humano. A la derecha, los gigantes nevados vigilan el Valle, y alimentan generosamente su sed incansable. Espero poder volver algún día a este lugar que no se parece a ningún otro que yo haya visto.

Masonic House of the Temple: a Wonder Hidden in Plain Sight

Masonic House of the Temple. Photo: Jorge Bela There is plenty of invocation to classical architecture in Washington. Even modern buil...