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Colombia prohibida: lugares a los que no se debe / no se puede ir (4)

La entrada anterior se puede leer aquí.
Sierra Nevada de Santa Marta. Foto: 2mag7- just visiting :) 
5. Los picos Simón Bolívar y Cristóbal Colón, y el Nevado del Huila

Quienes lean mi blog saben que lo que mas me gusta del mundo son las montañas, y esto precisamente es para mi una de las mayores fuentes de felicidad en Colombia, país atravesado por tres inmensas cordilleras. Sin embargo, el acceso a los dos picos mas altos del país, el Simón Bolívar y su gemelo el Cristóbal Colón (ambos unos 5800msnm), es prácticamente imposible (en breve escribiré con mas detalle sobre como se puede conseguir), al igual que el de uno de sus nevados mas hermosos: el del Huila.
Nevados en la Sierra Nevada de Santa Marta desde Dibuya. Goto: Jorge Bela
La razón en ambos casos es similar: una combinación de factores que incluyen siempre problemas de seguridad generados por los grupos armados. En el caso del Huila se han visto complicados por la erupción del volcán, aunque ahora ya hay montañistas colombianos que están reintentando abrir alguna vía, pues hace ya mas de una década que el acceso está totalmente cerrado. Esta es una tarea exclusivamente para profesionales que conozcan bien la zona y sepan perfectamente lo que hacen.
Sierra Nevada de Santa Marta desde el aire. Foto: dominio público.
Los picos Bolívar y Colón se encuentran en la Sierra Nevada de Santa Marta, uno de los lugares mas hermosos del planeta. Este inmenso macizo se alza directamente sobre el nivel del mar, y es considerado como la mayor pared vertical que surge directamente del océano, al norte de Colombia. Los picos nevados están a penas a 40 km de la tropical costa caribeña. El acceso es complicado y técnico, y fue logrado por primera vez en 1939 por el colombiano Erwin Krauss. Se da la circunstancia de que es el primer nacional que alcanzó el pico mas alto de un país sudamericano. Además de los problemas de seguridad ya mencionado, estos picos son zonas sumamente sagradas para las poblaciones que habitan la sierra, entre ellos los arahuacos y los koguis, y se hace indispensable obtener su permiso antes de adentrase en la zona.
Ciudad Perdida, un destino al que si se puede ir y nadie se debería perder. Foto: Jorge Bela
Para aquellos que deseen conocer la Sierra Nevada y entrar en contacto con los koguis, recomiendo hace la caminata a la Ciudad Perdida, que se puede contratar a través de varias agencias de viajes locales (el acceso sin guía no está permitido). Es absolutamente maravillosa, y la Ciudad Perdida es uno de los lugares mas espectaculares del país.
Nevado del Huila. Foto: Martín Roca
El Nevado del Huila, por su parte, es el volcán mas alto de Colombia, y el pico mas elevado de la Cordillera Central. Entró en erupción en el 2007 y se produjeron nuevos eventos durante el 2008, aunque desde entonces no he encontrado erupciones registradas. Los problemas de seguridad en la zona y las erupciones han parado en seco el acceso a su cima. El organismo PNN de Colombia lo considera activo y ha prohibido terminantemente el acceso. Si se puede acceder a la laguna de Páez, pero, de nuevo, mejor tener en cuenta los posibles problemas de seguridad en la zona.

6. Yahé- Ayahuasca

En esta entrada no me refiero a un lugar, sino a una experiencia que está ganando en popularidad entre algunos visitantes a Colombia. La ayahuasca (también conocida como yahé o yagu) se refiere a una infusión de varias plantas que producen un fortísimo efecto alucinatorio. Su consumo tiene su origen en el Amazonas, siempre en un contexto ritual. Ahora se ha extendido a otras zonas de la región.
Ayahuasca. Foto: Galvis Henao
Los efectos son sumamente fuertes, e incluyen no solo alucinaciones muy intensas, sino diarreas, vómitos y nauseas que se pueden prolongar durante muchas horas. El error consiste en acercarse a esta ceremonia no como lo que es, un rito ancestral de una cultura muy singular, sino como una experiencia turística más, como una forma de diversión. Sus riesgos son claros. A penas hace un par de semanas murió un joven turista inglés de 19 años tras consumir yahé en el Putumayo.  El término ayahuasca quiere decir “soga de muerto,” pues para los chamanes permite al alma abandonar el cuerpo sin que este pierda la vida, pudiendo regresar mediante esa soga alucinógena.

No he participado nunca en este ritual, pero tampoco puedo recomendar a los demás que lo hagan. Muy en especial se debe evitar si se ofrece en un contexto turístico o recreativo. No es ninguna de estas dos cosas, y los riesgos son considerables. Como siempre recomiendo, mejor es informarse muy muy bien, y aprovechar las incontables maravillas que Colombia ofrece en total seguridad sin asumir riesgos que son perfectamente evitables.

En mi próximo post terminaré mi serie de la Colombia prohibida


San Juan de Dios, de la medicina al olvido

Hospital de San Juan de Dios. Foto: Nicolás Van Hemelryck
Cuando escribí hace unos meses sobre la Ciudad Perdida de los Tayrona hice mención a las extrañas sensaciones que provoca en los visitantes. Al  contemplar las piedras, ocultas en la jungla durante siglos, la imaginación se dispara, intentando dar forma a un fenómeno incomprensible: que un lugar tan hermoso, construido con tanto esfuerzo a lo largo de siglos, y que sirvió como escenario para la vida, generación tras generación, fuera finalmente abandonado. Uno cierra los ojos para tratar de ver a los antiguos habitantes en su deambular cotidiano por la ciudad, pero al volver a abrirlos es imposible cuadrar la imagen formada con la realidad visible. Hubo un día en que el último habitante de la Ciudad Perdida la abandonó. Como todos sus antecesores, esperaba días mejores, días que nunca llegaron. La vegetación y la vida animal sepultaron todos los restos visibles. Lo imposible se hizo presente.

Antiguo quirófano. Foto: Nicolás Van Hemelryck
Hace aproximadamente un año visité una exposición de fotografía, sobre un tema sin ninguna relación, en la que encontré indicios sobre cómo se puede explicar una pérdida tan inmensa. Se trata de “San Juan sin Dios,” del joven fotógrafo bogotano Nicolás Van Hemelryck. En ella documenta el estado en que se encuentra el hospital más antiguo de Colombia, y la vida de las personas que ahora lo usan como su casa. Fundado en tiempos de Felipe V, alcanzó cumbres de gran gloria científica y prestó un inmenso servicio no solo en la capital, puesto que recibía enfermos de toda Colombia. Hasta bien avanzado el siglo XX, era el principal hospital del país, y además era una pieza esencial en la formación de la escuela de medicina de la Universidad Nacional.

Interior de hospital. Foto: Nicolás Van Hemelryck

Aunque recibió apoyo público y donaciones privadas, algunas ingentes, la mala gestión y la corrupción arrastraron al hospital a una situación financiera delicada. Una reforma legal de 1993, en la que se privatizaba la mayor parte del sistema de salud colombiano, acabó por dar la puntilla a una institución que se ocupaba principalmente de las personas sin recursos.  En 1.999 dejaron de pagarse los salarios, y en el 2.001 cerró de hecho sus puertas. Sin embargo, el cierre se hizo en un limbo legal, pues los empleados no fueron despedidos formalmente. Muchos de ellos han seguido acudiendo a diario para sellar sus tarjetas, y evitar de esta forma perder sus ya tenues derechos. Algunas familias se vieron empujadas a la indigencia, y decidieron irse a vivir al hospital. Dicen que hoy en día allí habitan unas cien familias. Nicolás, que es escritor además de fotógrafo, narra de forma magistral el kafkiano proceso en un artículo de El Malpensante.

La maleza invade todo. Foto: Nicolás Van Hemelryck
En las pasadas elecciones, el actual alcalde, entonces candidato, hizo campaña reclamando la reapertura del hospital. Desde entonces se ha puesto en funcionamiento un consultorio en la antigua zona de maternidad (que era uno de los lugares con mayor prestigio del centro), pero la complejidad legal y financiera hace temer que no se avance mucho más. Entre tanto, el enorme hospital que hace no mucho fue el orgullo de todo un país, yace casi en ruinas, con amplios espacios ocupados por la maleza, y con cien familias que se aferran al edificio vacío como última esperanza de que se haga justicia, de que vengan tiempos mejores, para ellos y para todas las personas que necesitan atención médica y no la reciben.

Interior del Hospital. Foto: Nicolás Van Hemelryck
Con la exposición Nicolás abre las puertas de este lugar cerrado, y pide que los ojos de Bogotá se posen por un momento en lo que sus muros ocultan, en lo que la vegetación y el olvido van poco a poco cubriendo. Con ello reivindica implícitamente su recuperación, y también  la atención debida a sus antiguos trabajadores. Para mi, además, es una señal de alarma sobre la fragilidad de la actual prosperidad económica. Los colombianos deben estar atentos para que todo lo logrado, todo lo avanzado hasta el momento, no se pierda sin saberse muy bien como. Con eso en mente, quizás estemos a tiempo de impedir que el San Juan de Dios se convierta irreversiblemente en el Hospital Perdido de los bogotanos.


Me rasco porque me rasca: la Ciudad Perdida de los Tayrona

Mariposa 89 (Diaethria clymena) Foto de Fernando Conchello
Mariposa 89 (Diaethria clymena)) Foto: Fernando Conchello
Las ciudades perdidas, largamente sepultadas bajo junglas remotas, son iguales a los sueños. Uno imagina primero su construcción, a lo largo de siglos. Después, su apogeo, con miles de habitantes manteniéndola, defediéndola de todo enemigo, ampliando y embelleciendo sus edificios. Finalmente la decadencia, lenta, casi impercetible para sus habitantes, que siempre esperan la llegada de tiempos mejores. El retorno de la jungla,  que pacientemente había esperado a la desaparición del último humano, es el silencioso epílogo de una historia que supera cualquier imaginación.

La Ciudad Perdida de los Tayrona fue abandonada a lo largo del siglo XVI, tras casi siete siglos de existencia, probablemente debido a una epidemia traída por los conquistadores europeos. Fueron los saqueadores de restos arqueológicos quienes la descubrieron en 1973, y camparon a sus anchas hasta  1976, cuando el Instituto Colombiano de Arqueología puso fin al expolio. Hoy está fuertemente protegida y constituye una de las joyas del patrimonio histórico colombiano.

Llegar no es fácil: hay que recorrer unos 30 kilómetros, en unas tres jornadas. La caminata se contrata con guía, cocinero y mula de carga para subir la comida (también es posible contratar mulas para subir los equipajes individuales). El camino es una suave ascensión, siempre junto al río Buritaco, aunque hay que atravesarlo en cuatro ocasiones. Cuando you fui, el río estaba bajo y era fácil cruzarlo, pero no siempre es así, y en todo caso es imprescindible llevar sandalias de agua. Los caminos embarrados hacen imprescindible el uso de buenas botas.

El paisaje es alucinante, da la impresión de estar en un jardín botánico interminable. Los árboles descomunales hubieran sembrado el terror en los planetas pequeños de El Principito. Pájaros de canto inaudito, mariposas enigmáticas, incluso serpientes letales mantienen en tensión a los caminantes. El calor es considerable, y las lluvias muy frecuentes. Es imposible aburrirse. El cocinero se adelantó y nos dejaba frutas peladas en los puntos de descanso, algo profundamente agradecido por todos. Todo el camino nos sentimos protegidos por las nieves perpetuas del Pico Bolívar, el más alto de Colombia, que se alza directamente sobre el mar y proyecta su sombra sobre toda la Sierra.

Escalera hacia la Ciudad Perdida (Foto Jorge Bela)
Escaleras hacia la Ciudad Perdida (Foto Jorge Bela)
Nuestro excelente guía se aseguraba de que fuéramos los primeros en salir, y por eso éramos también los primeros en llegar a los campamentos, y podíamos escoger los mejores sitios. También teníamos tiempo para darnos un baño en el Buritaco. Dormir en hamacas en medio de la selva, con un coro infatigable de ranas y sapos croando cual orquesta sinfónica,  es una experiencia memorable. Las cenas deliciosas.

El cuarto día, temprano, nos dirigimos a la ya cercana Ciudad Perdida. Tras cruzar el río una vez más, encontramos, en mitad de la jungla, unas escaleras que ascienden interminablemente por la ladera. Son miles de escalones, que se pierden entre la vegetación. Subirlas es como caer poco a poco en un sueño hermoso. No sin fatigas, se alcanza la primera plataforma, y desde allí se salta de plataforma en plataforma hasta alcanzar el centro de la ciudad, la plaza ceremonial. Arriba del todo, hay un retén de soldados, sonrientes y divertidos con los turistas, pero que recuerdan un pasado turbulento aún reciente.

Plataformas ceremoniales (Foto Jorge Bela)
Plataformas ceremoniales (Foto Jorge Bela)
Al medio día regresamos al campamento, e inmediatamente iniciamos el regreso hacia el punto de partida, un pueblo con nombre sugerente: Machetepelao (también conocido como El Mamey). Serán dos días de descenso, dos días más de disfrutar de la selva. Muchos caminantes llevan los galones de la batalla: atroces picaduras de mosquitos (yo me libré gracias a una mezcla de Menticol con Nopiquex, un secreto que me fue compartido en Taganga). Aquí en Colombia no se dice “me pica,” sino “me rasca.” Con tanto mosquito por medio, no era extraño escuchar “me rasco porque me rasca.” Tras una ultima comilona en Machetepelao nos dirigimos al Parque Tayrona. Pero esa es ya otra historia, otro sueño.
Track de la excursión

Masonic House of the Temple: a Wonder Hidden in Plain Sight

Masonic House of the Temple. Photo: Jorge Bela There is plenty of invocation to classical architecture in Washington. Even modern buil...