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Taxi Tienda, innovación y comercio en Medellín

Espectaculares luces multicolores en el Taxi Tienda. Foto: Jorge Bela

Ya lo he dicho en otra ocasión, Medellín es el motor industrial de Colombia, cuna del emprendimiento y lugar donde parece que todo es posible. Por eso no me sorprendió demasiado cuando en la salida del primer día del WUF7, al parar un taxi se detuvo el regentado por Uriel Zuliaga. En su tarjeta  de visita lo deja casi completamente claro: “mecatos, recargas, gorras, entre otros.” Y es que su vehículo no es un simple transporte, es todo un Taxi Tienda, en el que los pasajeros pueden comprar infinidad de cosas, desde una linterna hasta una botellita de aguardiente. Sin duda ambas cosas pueden venir muy bien en ciertas horas de la animada noche de la capital de Antioquia. Pero los pasajeros diurnos pueden recargar sus celulares— el Taxi Tienda dispone de datáfono – incluso picotear unas tradicionales  arepas.

Uriel Zuluaga, propietario del Taxi Tienda. Foto: Jorge Bela
Pero esto no es todo lo que ofrece Uriel a sus afortunados clientes: el taxi está equipado con un sofisticado sistema lumínico con bombillos LED que proyectan haces multicolores en todas direcciones. La música acomnpaña. Uriel lo tiene claro:”para salir adelante uno tiene que esforzarse al máximo. Las cosas han estado muy feas en Medellín y ahora toca redoblar el trabajo.”  Se siente muy orgulloso de su ingenio comercial, en la mejor yradición local, y me advierte de que ya ha salido en varias publicaciones y en programas de televisión. “Los clientes quedan encantados, y yo siento que hago el mejor servicio posible.”

El tráfico es lento en la hora pico, y Uriel me va mostrando su amplio abanico de productos. No necesito nada, pero dan ganas de comprar alguna cosa. Me resisto, estoy de paso en Medellín, y no puedo acumular cosas que no preciso. Sin embargo, es fácil imaginar clientes adquiriendo una linternita con la que detectar huecos en la puerta de sus casas, o pelaos rumbo a una agitada noche de reguetón compartiendo media de un exquisito "tapa azul.” Los precios son competitivos, fruto del fino olfato comercial del propietario del Taxi Tienda.


Finalmente llegamos a mi destino. Uriel se despide y le veo alejarse por la Avenida del Poblado . Las luces multicolores en su interior hacen al Taxi Tienda reconocible a gran distancia. Le deseo a Uriel el mayor de sus éxitos en este emprendimiento!






Nota: a alguno les recordará esta historia a la del mambo taxi, de fama internacional hace algunos años.







El urbanismo y la transformación de Medellín

Medellín. Foto: Jorge Bela
Medellín ha experimentado una profunda transformación: en a penas dos décadas ha pasado de ser una ciudad castigada por la violencia, la escasez de servicios sociales y la desigualdad, a convertirse en un modelo para toda América Latina de cómo combatir éstos graves problemas.

El urbanismo, aunque no ha sido el único factor, ha desempeñado un papel crucial en este proceso. En Medellín el urbanismo ha demostrado tener un carácter social y una ambición cívico-pedagógica. Los proyectos acometidos han mejorado la equidad territorial, integrando en la ciudad los asentamientos informales, antes completamente aislados. El ejemplo mas conocido son los metrocables. Pero quizá lo mas significativo ha sido que las intervenciones urbanas se han planificado y acometido mediante procesos participativos. Los beneficiarios de las intervenciones, en gran medida comunidades informales, fueron consultados en el proceso de diseño y la toma de decisiones, proceso a través del cual mejoraron su capacidad de autogestión y de participación política. 
Les invito a que lean el artículo que escribí al respecto en URB.IM

Luces navideñas en Medellín


En pocos lugares del mundo se lleva la navidad más a gala que en Medellín.  El encendido de luces, que tiene gran tradición en toda Antioquia, ha encontrado la tormenta perfecta en la capital industrial del país: una colaboración entre las autoridades y las empresas privadas, sobre todo de energía y comunicaciones, que sumada a la legendaria laboriosidad paisa, han conseguido lo inimaginable. El epicentro de la celebración se extiende a lo largo del río Aburrá. Lo que habitualmente es una autopista se convierte durante los meses navideños en una gran avenida peatonal. Por un tiempo limitado los peatones recuperan un espacio usurpado por el tráfico rodado, y tienen acceso directo al frío en inquieto afluente del Cauca.


Pero casi nadie presta atención a las caliginosas aguas, pues todas las miradas se centran en el despliegue insólito de luces: sobre el río, junto a él, por todos lados aparecen bombillas – Leds, de bajo consumo, nos aclara el guía – agrupadas por temas y colores. Entre las luces, espacios visitables con alusiones a los motivos navideños: el portal, la visita de los reyes, etc. La Navidad es tiempo de alegría, y los miles de visitantes que cada día visitan las iluminaciones son buena prueba de ello. Aunque los niños disfrutan como locos, los adultos de todas las edades pasan también un buen rato, admirando tan espectacular e incesante espectáculo. La policía garantiza la seguridad, pero parace también formar parte de la alegría y el buen humor colectivo.



Los carros que circulan por las vías que aún tienen abiertas lo hacen despacio, desafiando cualquier afán, pues sus ocupantes tampoco quieren perderse nada. Sin embargo, de ser posible uno debe aventurarse a pié entre las luces, perderse algunas horas, incluso retornar en días distintos, pues no hay dos iguales. Las luces acaban compitiendo con los paseantes por ser las verdaderas estrellas del espectáculo. Como forastero, creo que al final es la gente de Medellín quien se lleva el premio: son los jóvenes que disfrutan en grupos o en parejas, los niños que se saben protagonistas temporales, los ancianos que vencen sus dolores y perezas para embarcarse en paseos mucho mas demorados de lo habitual. Por fin la ciudad es para sus ciudadanos, para su disfrute, para su felicidad. Todo lo demás pasa a segundo plano. Medellín vuelve a  ser el mejor vividero del mundo.



Este año además se está proyectando un show tridimensional sobre la fachada de la Catedral Metropolitana. Hace referencia a la historia del Valle de Aburrá, y vale la pena verlo. Su único inconveniente es que se hace muy corto, uno quiere seguir viendo más y mas. El año que viene se hará imprescindible retornar.


Y qué mejor manera que desear a los lectores unas felices fiestas que con imágenes de Medellín en diciembre! De corazón les deseo a todos los lectores del blog unas felices fiestas y un próspero año 2014.


Mi agradecimiento a la Gobernación de Antioquia y al Bureau de Medellín por invitarme a participar en este Press Trip 








¿Un café delicioso preparado con agua helada?: Sí, en el laboratorio del café

Cafetera para preparar café con agua helada. Foto: Jorge Bela
El café colombiano es necesariamente caro. Sus características singulares, y los procesos mayormente artesanales de recolección, selección, y tostión hacen que sea imposible competir con el precio, quedando solo espacio para competir por calidad. Y es precisamente la altísima calidad lo que ha sostenido la aceptación internacional del café de Colombia. Sin embargo, la mayor parte de la mejor producción se ha dedicado a la exportación, y el consumo interno se ha cimentado en producto no tan bueno, incluso importado.

Todo esto está cambiando en gran parte gracias a pequeños emprendedores que compran directamente el café a productores locales, a los que visitan personalmente, y con los que establecen un diálogo constante para conseguir que el café sea consistente cosecha tras cosecha y que tenga particularidades fácilmente identificables. Tal es el caso del Laboratorio del Café, ubicado en las instalaciones de la repostería Mikaela, en pleno Medellín.

Preparando el café antes de descascarillarlo. Foto: Jorge Bela
En el laboratorio han identificado una docena de productores ubicados en el eje cafetero, a los que compran prácticamente toda su producción. Cada café tiene su identidad propia, y llega con garantía absoluta de que en el proceso de recolección, lavado, secado y selección no se ha cometido error algún: ni un solo grano se recoge verde, ni uno ha sido dañado por insectos u hongos. Los lotes pequeños están perfectamente clasificados, con cuidadosas anotaciones. Para descascarillar el café utilizan una pequeña máquina, y luego lo tuestan a la perfección. La tostión es uno de los puntos más delicados del proceso: un exceso y toda la personalidad del café desaparece (es la técnica usada con los granos de peor calidad para disimular sus deficiencias). En el Laboratorio utilizan una máquina sumamente sofisticada, con un computador que registra en cada momento la temperatura y el grado de humedad del horno. Pero nada puede sustituir el criterio experto del tostador, que escudriña por una ventana los granos, y cada poco tiempo extrae una pequeña cantidad para comprobar como se va transformando el aroma (la fragancia es el término técnicamente correcto).

Tostando en el Laboratorio del Café. Foto: Jorge Bela

“Es importante que no transcurran demasiados meses desde la tostión,” nos aclara David Molina, gerente del Laboratorio, “y el café debe ser consumido idealmente no mas de una semana después de haber sido molido.” Para demostrarlo nos dieron a oler una bolsa de café comercial, molido hace tiempo, frente a una bolsa de su café, recién molido. La diferencia es espectacular. Pensando que había truco, hice la prueba en mi casa con un paquete que me traje de Medellín y otro del supermercado, recién abierto, y el resultado fue idéntico.

Barista en pleno trabajo en el Laboratorio del Café. Foto: Jorge Bela

Finalmente nos mostraron las numerosas máquinas que tienen para preparar el café, y con las que experimentan. Nos dieron a probar uno hecho con agua helada, que atraviesa el café gota a gota a lo largo de toda una noche. El sabor era intrigante, completamente diferente al café preparado de cualquiera de las formas tradicionales. No siempre es posible tener un buen café y menos recién molido y tostado, pero sin duda vale la pena. A todos los que estén en Colombia, los invito a procurarlo.

Postre de Mikaela con el que nos obsequiaron. Foto: Jorge Bela

Por la ruta del Oriente de Antioquia

El grupo al final del viaje. Foto: Jorge Bela
La semana pasada estuve invitado junto con otros tres periodistas a participar en un press trip (viaje organizado para dar a conocer destinos turísticos) por Medellín y algunos pueblos cercanos, parte de la la Ruta del Oriente Antioqueño. Aunque ya conocía algo de la capital de Antioquia, no conocía nada de sus alrededores, y no quedé decepcionado. Conocimos los secretos de los silleteros y como se preparan para el festival de las flores, subimos los mas de 700 escalones de la roca de Guatapé, observamos como se puede preparar un sorprendente café con agua helada (y mucha paciencia), aprendimos como se hacen las guitarras, las porcelanas decoradas a mano, y las materas, escuchamos a jovencísimos trovadores; y conocimos varios pueblos llenos de vida y de prosperidad, indiferentes a la atracción gravitatoria que ejerce la gran capital cercana. Como tan a menudo sucede en Colombia, por todos lados nos recibieron con una espectacular sonrisa.
El grupo estaba conformado por Paulina Parra, del Medellín Convention Bureau, Juan Pablo, y los periodistas Fabio, del Huila, Paul, australiano, y Assam, británico. En este tipo de viajes nunca faltan las anécdotas: desde tener que empujar entre todos la buseta que se había quedado atascada en el barro, hasta la ayuda que prestó sin dudar un momento Paul, el periodista australiano, a un anciano cuyo ternero había decidió escaparse. Muy bien la organización del viaje, a cargo del Medellín Convention Buró, y  la guianza a cargo de  Turismo en Medellín. A pesar de que la agenda fue agotadora, pasamos muy buenos momentos.

Paul ayuda a un campesino a recobrar su ternero.
Aprovecho la ocasión para agradecer a la Alcaldía de Medellín y a la Gobernación de Antioquia por invitarnos a participar en el press trip. A lo largo de la semana iré contando lo que vimos y aprendimos durante el mismo.

Assam y Paul revisan notas.


De revuelterías por los barrios de Medellín

Tomamos la buseta cerca de la plaza de San Antonio, donde una escultura de Botero quebrada por una bomba, descansa junto a su reproducción intacta, sirviendo tanto de recordatorio del pasado violento de la ciudad, como de su firme voluntad de seguir adelante. En pocos minutos empezamos a subir por las calles de San Salvador, que serpentean siguiendo las curvas de nivel de los cerros, a diferencia de otras comunas donde las calles siguen la cuadrícula urbana, formando cuestas inconcebiblemente empinadas. El barrio está lleno de vida, de gente de todo tipo que pasea en el devenir de sus tareas cotidianas. En las esquinas, algunos vendedores ambulantes venden frutas ralladas, junto a tiendas de abarrotes que sirven también de cafés, bares incluso ocasionales restaurantes. Es un día entre semana, por la mañana, y las sillas están apiladas, esperando que caiga la tarde y, con el fin de la jornada laboral, aparezcan los clientes (los domingos, me dicen, están repletos, y sirven como epicentro de la vida social). El ambiente es tranquilo, agradable. Las casas ya no son repeticiones de cubos de ladrillos, se han cubierto de estuco, de ventanas de madera ornamentada, sus pisos tienen baldosas multicolores y bien cuidadas.

Cristo Rey, San Salvador, Medellín. Foto: Jorge Bela
Cristo Rey, San Salvador, Medellín
Preguntamos a un pelao como llegar al morro de Cristo Rey, y nos señala una calle, empinada, como no podía ser de otra forma. Por el camino encontramos muchos comercios. Sobre un supermercado, un cartel enorme nos conmina a "pedir huevo." Las revuelterías (tiendas en las que se encuentran todo tipo de verduras y alguna que otra cosa) se alternan con peluqueros, papelerías…

San Salvador, Medellín
El cristo está ubicado en un parque, sobre un promontorio desde el que se puede ver prácticamente todo Medellín. Sin embargo, en el parque observamos varios grupos de personas que no nos inspiran confianza. En Medellín, a pesar del considerable avance que se ha producido en las dos últimas décadas, sigue habiendo problemas de seguridad. Escogemos ser prudentes, y rodeamos el parque, no sin cierta rabia. Justo debajo del Cristo, hay una plataforma desde la cual observamos las hermosas vistas.

El descenso es muy rápido. Las calles en cuesta nos devuelven en pocos minutos a la plaza Santo Domingo. Buscamos el paradero de la buseta que nos llevará a nuestro siguiente destino: Manrique. El vehículo arranca ya lleno de gente. Una pareja de chavales jóvenes charla de forma desinhibida. El bus se va vaciando a medida que ascendemos. En Manrique las calles siguen la cuadrícula de la ciudad, y las que la cruzan de este a oeste parecen verticales. Esto explica por qué el Metrocable (extensión del metro que asciende por las laderas en varios puntos de Medellín) ha tenido tanto éxito entre los habitantes de las comunas: reduce a minutos desplazamientos que antes se contaban por horas.

Manrique, Medellín
Una vez más encontramos un barrio lleno de vida. Al igual que en San Salvador, las viviendas se están consolidando, cuidadas y embellecidas por sus propietarios, quienes frecuentemente incorporan motivos decorativos reminiscentes de sus regiones de origen. En las aceras, comercios. Si alzamos la vista, Medellín se extiende por todo el valle, brillando bajo el sol de verano. Como contrapunto, hampones de aspecto amenazante, ubicados en los puntos de entrada a la comuna, nos recuerdan que aún queda mucho camino por recorrer para que Manrique sea un lugar completamente seguro para sus habitantes.

Manrrique, Medellín
En pocos minutos llegamos a la Avenida Carlos Gardel (hay mucha afición al Tango en Medellín, y aquí perdió la vida en accidente aéreo el cantante). La avenida se ha dedicado completamente a un nuevo modo de transporte: el Metrobus. La movilidad ha sido una prioridad para los ayuntamientos locales, y en esto están a años luz de Bogotá, que sigue debatiendo por donde deber ir el siempre futuro metro...

Metrobús, Medellín

Me dicen que en las comunas por las noches las calles están llenas de vida. Pude comprobarlo en Bello, donde me invitaron a una estupenda cena el sábado. Al salir, ya de noche cerrada, había gente por todos lados, y por todos lados se escuchaba música. Al pié del barrio me mostraron un enorme centro comercial, construido recientemente donde antes solo había un potrero. También estaba lleno de gente, atraída por incontables bares y restaurantitos. Parecía que la ciudad entera quería disfrutar del buen clima del Valle de Aburrá.

Son pocos los turistas que se adentran en los barrios. Yo tuve la suerte de contar con Diego, que tuvo la paciencia y la generosidad de enseñármelos. Aprovecho para darle, una vez más,  las gracias.

Manrique, Medellín

Chinos en el bus Medellín - Bogotá


Bus que nos llevó a Bogotá
La mayoría de las estaciones de autobús que conozco son sombrías y amenazantes, no así la Terminal del Norte de Medellín, lugar donde comienza mi viaje de regreso a Bogotá. Luminosa y aireada, la terminal se extiende en tres niveles, con muchos restaurantes y tiendas donde se puede encontrar de todo. En el tercer piso, docenas de damas se entregaban a un animado ejercicio de rumba aerobica, ¡algo que solo resulta imaginable en Colombia! 15 minutos antes de la salida empiezan a llamar a los pasajeros: una señora con  un monumental televisor de plasma, un turista de aspecto alemán, una familia con dos bebés de pocas semanas (o chinos, como se conoce a los niños por estas tierras), y poco más. Todo está listo para una salida puntual a las 11.30: daba comienzo el viaje de algo más de 400km y nueve horas hacia Bogotá.


El bus comienza su ascenso por las laderas del Valle de Aburrá, dejando unas vistas espectaculares de Medellín: la despedida perfecta. Una vez fuera del valle, la carretera, todavía de doble carril por cada sentido, serpentea plácidamente entre pueblos en los que sus habitantes disfrutan del buen tiempo de esta mañana de domingo. Los pasajeros en el bus reclinan sus cómodos butacones, juegan con sus pantallas individuales de video y se protegen como pueden del despiadado aire acondicionado. En no mucho tiempo la carretera se hace de un solo carril y empiezan las curvas: tenemos que descender desde algo más de 2.000metros hasta el valle del Magdalena.  En muchas cañadas ha habido desprendimientos, y la carretera está en obras. El conductor parece relajado, como si no le importaran los precipicios y las interminables revueltas. Los chinos empiezan a llorar.

Al cabo de un par de horas, llegamos a Puerto Triunfo, primer pueblo que encontramos ya en el valle. La temperatura es de 28C, pero en el bus seguimos como en un congelador. Al pasar por delante de la puerta de la Hacienda Nápoles, símbolo del poder de Pablo Escobar y del narcotráfico, despertamos por unos momentos del sopor del viaje. El pulso se sigue acelerando cuando en pocos minutos cruzamos por primera vez el Magdalena.

Una pasajera dormita en el bus
El viaje vuelve a ser plácido. La mayoría de los os pasajeros dormitan, abrigándose como pueden: uno no debe viajar en bus por Colombia sin llevar una pequeña manta en la mochila. Avanzamos por el valle y podemos comprobar que se está  construyendo lentamente un segundo carril en la autopista. Cruzamos por segunda vez el río en La Dorada -- puente que está fuertemente protegido por el ejército -- y seguimos avanzando entre un paisaje muy agradable. Finalmente cruzamos el río por tercera vez, en Honda, y paramos a almorzar en un restaurante ubicado al lado de la carretera.  Si nos acercamos al río desde el puente podemos ver la ciudad en la distancia:  espero poder visitarla en un futuro no muy lejano.
Honda desde el puente
Quedan a penas 170 kilómetros para llegar a Bogotá, pero se tardan unas tres horas en recorrerlos. Primero hay que ascender un empinado puerto para llegar a Guaduas (900 metros), luego subir y bajar otro puerto igual de complicado para llegar a Villeta (800metros) y finalmente el tercer puerto, y el más brutal, para llegar a El Dintel (2.800 metros) y de ahí ya descender a Bogotá. Ese último tramo lo recorrí en una caminata agotadora: en bus se hace mucho más descansadamente.

La orografía endiablada de Colombia, y el mal estado de sus carreteras, desaniman a muchos turistas a realizar viajes por tierra. Sin embargo, es la mejor manera de conocer el país. El viaje Medellin-Bogotá es muy largo, pero se hace corto. Los buses, al menos en las rutas principales, son muy cómodos. También suele haber rutas nocturnas, algo más rápidas, pero se pierde el disfrute del paisaje. Mi próximo viaje, probablemente a Cali, también será en bus,  con o sin chinos.

En Medellín, la ciudad del perrenque industrial


Medellín se encuentra en el punto de tregua entre el clima borrascoso y frío de Bogotá y el calor asfixiante de la costa o del  Magdalena bajo. Calentito pero sin agobios, verde y luminoso, pero con muchos días despejados. Bien drenado por el río que comparte nombre con la ciudad que atraviesa de sur a norte, y protegido por las montañas la rodean completamente.

Vista desde la ventana de mi cuarto en el Hostal Buddha
El buen clima de Medellín se refleja en la cantidad de vida que hay en sus calles. Las terrazas abiertas, los paseos y las zonas comerciales están a menudo abarrotadas de gente. A la prosperidad que se siente en toda Colombia, en Medellín hay que sumar una gestión pública que muchos consideran modelo, y que ha permitido recuperar espacios deteriorados y convertirlos en lugares de convivencia y aprendizaje para todos. Ayer estuve en la Unidad Deportiva, un enorme complejo construido en los alrededores del estadio de fútbol, y en todas sus instalaciones se veía incansable actividad.

También estuve en el centro cultural de Moravia, único edificio en Medellín del gran arquitecto Rogelio Salmona. El edificio estaba repleto, hasta arriba de pelaos de todas las edades, ensayando sus instrumentos  musicales, charlando sobre Tchaikovsky, esperando a entrar en un aula. Moravia está pegado al jardín botánico, pero hasta hace muy poco se extendía en peligrosísimos asentamientos cosntruídos sobre un antiguo basurero. Tras entregar viviendas a sus habitantes, los asentamientos han sido demolidos, y en su lugar se está construyendo un jardín. Nada es perfecto en una ciudad con tantos contrastes como Medellín, pero  lo sucedido en Moravia hace concebir la esperanza de un futuro mejor, de una solución lenta pero sistemática de los problemas que se hacen evidentes con solo alzar la vista hacia los cerros del norte de la ciudad.
Moravia: construcción de un jardin donde antes había asentamientos.
Moravia: un jardín sobr el antiguo basurero. Foto: Diego Arcia
En caracol están mostrando una serie sobe la vida de Pablo Escobar. Algunas escenas están filmadas en Moravia. Hubo un tiempo en que la violencia y las mafias del narcotráfico se cobraban todo el protagonismo de Medellín.  Es extraordinario ver como Escobar y su mundo de muerte y violencia son ahora un recuerdo recreado en televisiones comerciales, mientras que Moravia es un barrio por el que se puede pasear, lleno de vida y de futuro. Aún hay demasiada delincuencia en Medellín, y sigue habiendo barrios bravos, donde es mejor ejercer la cautela. Hoy y mañana voy a visitar algunos de ellos.


Medellín tiene fama de ser el motor industrial de Colombia. Su cultura tradicionalmente ha sido la del trabajo y la innovación, o como dirían en la costa, le meten perrenque. Es decir, le meten fuerza, empeño a todo lo que hacen Como bogotá, ha sido imán para tantos desplazados que han causado los conflictos recientes

Tengo mucho que escribir sobre Medellín, ciudad que me entusiasma. No quiero aburrir con un post demasiado largo. Mañana más.

Masonic House of the Temple: a Wonder Hidden in Plain Sight

Masonic House of the Temple. Photo: Jorge Bela There is plenty of invocation to classical architecture in Washington. Even modern buil...