martes, 5 de junio de 2012

Chinos en el bus Medellín - Bogotá


Bus que nos llevó a Bogotá
La mayoría de las estaciones de autobús que conozco son sombrías y amenazantes, no así la Terminal del Norte de Medellín, lugar donde comienza mi viaje de regreso a Bogotá. Luminosa y aireada, la terminal se extiende en tres niveles, con muchos restaurantes y tiendas donde se puede encontrar de todo. En el tercer piso, docenas de damas se entregaban a un animado ejercicio de rumba aerobica, ¡algo que solo resulta imaginable en Colombia! 15 minutos antes de la salida empiezan a llamar a los pasajeros: una señora con  un monumental televisor de plasma, un turista de aspecto alemán, una familia con dos bebés de pocas semanas (o chinos, como se conoce a los niños por estas tierras), y poco más. Todo está listo para una salida puntual a las 11.30: daba comienzo el viaje de algo más de 400km y nueve horas hacia Bogotá.


El bus comienza su ascenso por las laderas del Valle de Aburrá, dejando unas vistas espectaculares de Medellín: la despedida perfecta. Una vez fuera del valle, la carretera, todavía de doble carril por cada sentido, serpentea plácidamente entre pueblos en los que sus habitantes disfrutan del buen tiempo de esta mañana de domingo. Los pasajeros en el bus reclinan sus cómodos butacones, juegan con sus pantallas individuales de video y se protegen como pueden del despiadado aire acondicionado. En no mucho tiempo la carretera se hace de un solo carril y empiezan las curvas: tenemos que descender desde algo más de 2.000metros hasta el valle del Magdalena.  En muchas cañadas ha habido desprendimientos, y la carretera está en obras. El conductor parece relajado, como si no le importaran los precipicios y las interminables revueltas. Los chinos empiezan a llorar.

Al cabo de un par de horas, llegamos a Puerto Triunfo, primer pueblo que encontramos ya en el valle. La temperatura es de 28C, pero en el bus seguimos como en un congelador. Al pasar por delante de la puerta de la Hacienda Nápoles, símbolo del poder de Pablo Escobar y del narcotráfico, despertamos por unos momentos del sopor del viaje. El pulso se sigue acelerando cuando en pocos minutos cruzamos por primera vez el Magdalena.

Una pasajera dormita en el bus
El viaje vuelve a ser plácido. La mayoría de los os pasajeros dormitan, abrigándose como pueden: uno no debe viajar en bus por Colombia sin llevar una pequeña manta en la mochila. Avanzamos por el valle y podemos comprobar que se está  construyendo lentamente un segundo carril en la autopista. Cruzamos por segunda vez el río en La Dorada -- puente que está fuertemente protegido por el ejército -- y seguimos avanzando entre un paisaje muy agradable. Finalmente cruzamos el río por tercera vez, en Honda, y paramos a almorzar en un restaurante ubicado al lado de la carretera.  Si nos acercamos al río desde el puente podemos ver la ciudad en la distancia:  espero poder visitarla en un futuro no muy lejano.
Honda desde el puente
Quedan a penas 170 kilómetros para llegar a Bogotá, pero se tardan unas tres horas en recorrerlos. Primero hay que ascender un empinado puerto para llegar a Guaduas (900 metros), luego subir y bajar otro puerto igual de complicado para llegar a Villeta (800metros) y finalmente el tercer puerto, y el más brutal, para llegar a El Dintel (2.800 metros) y de ahí ya descender a Bogotá. Ese último tramo lo recorrí en una caminata agotadora: en bus se hace mucho más descansadamente.

La orografía endiablada de Colombia, y el mal estado de sus carreteras, desaniman a muchos turistas a realizar viajes por tierra. Sin embargo, es la mejor manera de conocer el país. El viaje Medellin-Bogotá es muy largo, pero se hace corto. Los buses, al menos en las rutas principales, son muy cómodos. También suele haber rutas nocturnas, algo más rápidas, pero se pierde el disfrute del paisaje. Mi próximo viaje, probablemente a Cali, también será en bus,  con o sin chinos.

4 comentarios:

  1. jeje, muy curioso, enhorabuena por el blog :)

    ResponderEliminar
  2. Ese viaje en autobús al revés, Bogotá-Medellín, lo hice en 1993, y lo recuerdo como interminable, pero también como el descubrimiento de los paisajes maravillosos de Colombia. También que en un par de ocasiones nos paró el ejército, y nos ponían a todos los varones con las manos en el autobús para el cacheo, y había que ver la cara de asombro de los soldaditos colombianos al revisar el pasaporte de un español "de paseo" por Colombia. Tiempos que ya no volverán, afortunadamente para los colombianos! Jaime

    ResponderEliminar
  3. Una descripción perfecta de lo que es y lo que supone viajar por tierra en Colombia. Me trajiste muchos recuerdos a la mente.

    ¡Gracias por tu blog, gracias por hablar de Colombia!

    Besos desde este lado del charco.

    ResponderEliminar