El Chorro de Quevedo: lugar de las fundaciones de Bogotá


Patio del Hotel Casa Galería. Al fondo, el Cerro de Guadalupe. Foto: Jorge Bela
Dice la tradición que el Chorro de Quevedo es el lugar en que los españoles fundaron su ciudad, la actual Bogotá. En realidad no se debería hablar de fundación, sino de refundación, pues el lugar que hoy ocupa la capital de Colombia ya estaba habitado cuando llegó Jiménez de Quesada en 1.538. Desde entonces, Bogotá se ha refundado muchas veces, pasando de las doce casas de su primer momento, a la mega urbe en la que convivo hoy en día con más de ocho millones de personas. La propia plaza del Chorro de Quevedo ha sufrido incontables transformaciones, siendo, por poner un ejemplo, su pieza central, la fuente o chorro, una reproducción de la original que se destruyó en un derrumbe a finales del siglo XIX.

Chorro de Quevedo. Foto: Jorge Bela
En todo caso, una cosa es obvia: Bogotá cuenta con un hermoso centro histórico, milagrosamente bien conservado, que constituye un poderoso imán para los turistas que visitan la capital. Pero las vicisitudes, los cambios y las re-fundaciones no han pasado de largo por La Candelaria, que así se llama el barrio colonial que asciende por las empinadas laderas hacia los Cerros Orientales.  Especialmente, a partir de los años 50, cuando el centro comenzó a ser abandonado por muchos ciudadanos y comercios que buscaron ubicaciones cada vez más al norte de la ciudad, la Candelaria se resintió con todo tipo de problemas, incluyendo el deterioro de los inmuebles y la inseguridad.

Calle del Embudo. Foto: Jorge Bela
Hoy en día la arepa se ha volteado una vez más, y la prosperidad ha regresado con fuerza a la Candelaria. Muchos inmuebles históricos se han restaurado, algunos por artistas, arquitectos y bohemios que se sintieron atraídos por un lugar singular. Los estudiantes también se pasean por sus callejuelas, dando vida a incontables locales comerciales. Finalmente, los turistas han perdido el miedo e incluyen el barrio entre las visitas imprescindibles en sus periplos.
Calle del Embudo. Foto: Jorge Bela
Las asociaciones de vecinos y de comercios locales han tenido mucho que ver con este resurgir de la Candelaria. Su lucha por llamar la atención de las autoridades sobre los problemas que quedan por resolver, combinada con iniciativas innovadoras de todo tipo, han sido determinantes. El Chorro de Quevedo está siendo testigo de una nueva refundación.

El martes pasado tuve la ocasión de conocer a Carlos Andrés Guerrero, de la Asociación Zona C, y a Jeanet Hernández Duarte, que acaba de abrir el Hotel Casa Galería en la Calle del Embudo, una de las más bonitas de Bogotá. El entusiasmo que muestran por la Candelaria es inagotable, al igual que su capacidad emprendedora. Espero tener ocasión de volver a verlos muy pronto.

Jeanet, Carlos Andrés y Toya, en Casa Galería. Foto: Jorge Bela

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1-3 a favor de Colombia: ¡al pelo!

Plaza Bolívar, epicentro de Bogotá. Foto: Jorge Bela
Ayer estuve en el centro histórico de Bogotá. Después del almuerzo, las calles y plazas estaban inusualmente vacías. Algo extraordinario estaba sucediendo, sin duda. Los ocasionales gritos, y las muchedumbres apelotonadas delante de los comercios me dieron la clave: jugaba la selección colombiana un partido importante. la tensión se mantuvo durante largo rato, pero de pronto se empezaron a escuchar sonoras manifestaciones de alegría: eran los goles colombianos.  Cuando esto sucedía, los escasos transeúntes se abalanzaban corriendo sobre cualquier lugar en el que hubiera un televisor: policías, cocineros, moteros, vendedores ambulantes, todos querían ver la repetición de la jugada, compartir el optimismo.

Transeuntes apelotonados frente a una diminuta TV en una sombrerería. Foto: Jorge Bela.

En Bogotá hay una enorme afición al fútbol. En los grandes torneos internacionales, instalan pantallas en los espacios públicos. Los partidos importantes, incluso los de ligas extranjeras, generan expectación, y los bares y restaurantes se llenan de grupos que se reúnen para verlos. Por razones obvias, he pasado grandes momentos futbolísticos desde que estoy en Bogotá, sobre todo en el Mundial y Copa de Europa pasados, pero también en los rallies Barcelona-Madrid, y otros muchos. Pero ya iba siendo hora de que los rolos tuvieran también sus alegrías propias. La selección colombiana no había tenido suerte en muchos años, y las dos victorias consecutivas han caído como un maná. Fue divertido y emocionante compartir su felicidad por las calles del centro de Bogotá.

Museo del Caribe en Barranquilla: ¡Chévere!

Expresiones locales. Muso del Caribe. Foto: Jorge Bela
Si alguien piensa que pronto se acabarán las expresiones colombianas y ya no podré incluir más, se equivoca de cabo a rabo. Basta con echar un vistazo al cartel de expresiones locales que se encuentra en el Museo del Pacífico de Barranquilla: ¡tengo cuerda para largo!

El viernes pasado estuve en Barranquilla. Tan solo disponía de unas horas, y no quería perderme la desembocadura del Magdalena, lo que me dejaba muy poco tiempo para lo demás. Decidí visitar el Museo del Caribe, y luego pasear por el centro, para intentar tomar el pulso a la ciudad.

Barranquilla no es una ciudad amable hacia el turista. Hay tan solo un punto de información, ubicado en la sala de llegada de pasajeros del aeropuerto. Yo andaba con prisa, pero aún así lo busqué y no fui capaz de encontrarlo. Tuve que dirigirme a la ciudad sin información, y sin mapa. En Colombia es muy difícil encontrar mapas urbanos, por eso es tan importante conseguirlos en los puntos de información turística (muy abundantes, por ejemplo, en Bogotá). Las autoridades barranquilleras son conscientes de este problema, me dijeron, y están estudiando la forma de subsanarlo.

El aeropuerto no está lejos de la ciudad, y en pocos minutos llegué al museo, un oasis turístico en medio del caos urbano propio de los centros históricos de toda América Latina. En la puerta se amontonaban varios grupos de estudiantes de los primeros ciclos, cuyos profesores intentaban disciplinar con éxito irregular: obviamente salir de las aulas y visitar el museo se convertía en una fiesta para estos pequeños. Ya desde el momento en que se compra la entrada, se percibe el orgullo con el que todos los empleados tratan a su museo, probablemente sea un orgullo compartido por mucha gente en la ciudad. La visita se hace de arriba a abajo: uno toma el ascensor y hasta el último piso, y va bajando hasta llegar a la salida. Las exhibiciones sobre la cultura, la naturaleza, las costumbres y las artes son muy interesantes, y es imposible no contagiarse de la incontrolable alegría de los estudiantes.

Barranquilla, vista desde el Museo. Foto: Jorge Bela
Tras visitar el museo, caminé por el recientemente renovado Paseo Bolívar. En muchos tramos las aceras están invadidas por comercio informal, y la actividad es considerable. Me encantó la Plaza de San Nicolás, que también acaba de ser reformada, y con unos resultados espectaculares. Barranquilla estaba sufriendo una brutal ola de calor (en una ciudad que ya es de por sí calurosa) y mi ropa chorreaba sudor: yo miraba con envidia a los barranquilleros que se pasean frescos, como si cualquier cosa.

La visita relámpago a Barranquilla me ha sabido a poco, ni siquiera a aperitivo: espero tener la ocasión de volver pronto.

El mes de las cometas en Cargatena

Tucán en el antiguo Convento de Santa Clara. Foto: Jorge Bela

En Cartagena, agosto es el mes de las cometas. A mediados de mes empiezan a soplar los vientos de la temporada, los más fuertes del año, y cientos de personas de toda Colombia toman posiciones bajo la muralla para poner sus cometas a volar. Las hay de todos tipos y colores, hechas a mano e industriales, grandes (inmensas) y pequeñas. Algunas son tan sofisticadas que parece mentira que vayan a volar. Otras parecen piñatas. Las menos se alzan tan alto que pudieran poner en peligro el tráfico aéreo. Algunas, finalmente, no vuelan.

Cientos de cometas sobrevuelan Cartagena. Foto: Jorge Bela
Dentro de las murallas no hay a penas espacios públicos amplios, pero del otro lado, bajo los baluartes, hay grandes explanadas fruto de sucesivos rellenos que han hecho retroceder al mar. En según que zonas ya no cabe nadie más, y las cuerdas de las cometas se enredan aparatosamente. Los jóvenes pasean sobre la muralla, y, en esta tarde de domingo, las parejas se van acurrucando en las troneras, esperando la última puesta de sol del fin de semana. Los turistas pasamos desapercibidos, casi nos escondemos para observar el panorama festivo, en un momento en el que la ciudad amurallada pertenece plenamente a sus únicos propietarios: los cartageneros.

Cartagena, al atardecer.
Pero a nosotros nos queda visitar el antiguo Convento de Santa Teresa, y nos adentramos por las calles, casi desiertas. Sin la fuerte brisa del mar, la ola de calor que padece la región se hace notar con fuerza. El antiguo convento es hoy un hotel, y subimos a la terraza a tomar un refresco y observar la vista. Son nuestros últimos minutos antes de regresar a Bogotá. Ya camino del aeropuerto, el taxi bordea la ciudad. Es casi de noche, pero incontables familias siguen disfrutando de la brisa, y de las cometas. Aún no nos hemos marchado, pero ya sentimos la nostalgia de dejar una ciudad tan hermosa, y tan llena de vida.

Cartagena. Foto: Jorge Bela





Párenle bolas a Bocas de Ceniza, el lugar donde desemboca el Magdalena

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Samuel Palacio, en el Tajamar. Al fondo, Barranquilla. Foto: Jorge Bela
El viernes estuve en Barranquilla. Con solo ocho horas por delante, tuve que escoger muy cuidadosamente qué visitar, pero una cosa tenía clara: quería ver la desembocadura del gran río Magdalena, la principal arteria de Colombia (aunque no sea el río más largo, ni el más caudaloso del país, si se puede decir que es el más importante, por su relevancia histórica, y porque en su cuenca vive el 80% de la población). Desde el centro, un taxi cobra 15.000 pesos hasta Bocas de Ceniza, nombre que recibe la desembocadura del río, pero mejor negociar con el taxista una tarifa por horas, que nos permita explorar sin agobios un lugar tan singular.


Río Magdalena serpenteando sin prisa alguna. Foto: Jorge Bela
A finales del siglo XIX se construyó el muelle en Puerto Colombia, que pasó a convertirse en la principal terminal marítima de Barranquilla. Sin embargo, desde comienzos del siglo pasado, las autoridades barranquilleras impulsaron una monumental obra de ingeniería: la construcción de dos tajamares en Bocas de Ceniza. Los tajamares al canalizar el río conseguirían que la fuerza de la corriente limpiara de forma natural los sedimentos, y permitirían la construcción de un puerto marítimo y fluvial en Barranquilla. La primera guerra mundial y la crisis del 29 interrumpieron el proyecto, que finalmente se inauguró en 1.936. Los tajamares cumplieron en parte su cometido, permitiendo que Barranquilla recuperara su importancia como puerto marítimo y fluvial, pero el río todavía debe ser dragado periódicamente.
Últimos metros del Tajamar que separa el Magdalena del Mar Caribe
Una vez que el taxi abandona el centro de la ciudad, atravesamos una zona industrial. Las fábricas jalonan el margen oriental del Magdalena, y constituyen un lugar obvio de expansión urbana una vez que cumplan su cometido económico. El taxista me mostró un lote en el que se van a construir cuatro torres un un centro de convenciones. "Aquí había una fábrica de vidrio." me dijo, "pero no pudo sobrevivir a los elevados impuestos y se marcharon a otro lugar."

Nos desviamos de la autopista y entramos en el pueblo de Bocas de Ceniza: ahora son los restaurantes de pescado los que bordean la carretera. Finalmente llegamos a una pequeña estación donde esperan los trenecitos que llevan hasta el final del tajamar. Estoy yo solo, y me indican que los trenes solo salen cuando hay grupos de al menos cuatro personas. La espera es incierta, pero me ofrecen una solución alternativa: Samuel, el sobrino del propietario de los trenes, me puede llevar en moto, o incluso me prestan una moto para que me vaya yo solo, y todo por el mismo precio. No me atreví a aventurarme por mi cuenta, y me decidí a ir con Samuel.
El Río Magdalena, con el puerto en su costado occidental, y Barranquilla al fondo. Foto: Jorge Bela
El calor en Barranquilla puede ser brutal, pero en el tajamar corre una fuerte brisa. Avanzamos sin casco, como en los buenos tiempos, y con un gran traqueteo, pues en muchos tramos no queda otro remedio que ir sobre las traviesas del tren. El lugar es espectacular: a la izquierda el mar caribe, con olas considerables, y a la derecha el inmenso río encauzado, de color marrón y arrastrando vegetación con una velocidad que da idea de la fuerza de las corrientes. Samuel me dice que es demasiado peligroso para bañarse. Entonces, le pregunto, ¿tu nunca te has bañado? a lo que me responde rápidamente que ellos se bañan todo el rato, que somos los turistas los que no debemos intentarlo. No lo pongo en duda.

Seguimos avanzando (son 8 kilómetros), y Samuel me explica que los trenes se hicieron para dar servicio al tajamar durante su construcción y posteriormente para su mantenimiento. Ahora cumplen una importante función turística. Cuando ya regresábamos, nos cruzamos con uno de los trenecitos que se dirigía a la punta. Los fines de semana, añade, viene a la zona muchísima gente de Baranquilla y de todos los lugares de la costa. El Caribe colombiano está a salvo de los huracanes, pero me dijo que sintieron con fuerza los efectos del lejano Katrina, y que las olas saltaban con facilidad sobre las rocas. 

Bocas de Ceniza es un lugar espectacular. Nadie que visite Barranquilla debería perdérselo. Párenle bolas (préstenle atención, en expresión colombiana), realmente vale la pena. Yo espero poder regresar algún día.






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Nueva subida a la Quebrada, dando innecesaria papaya...


Vista de la Sabana de Bogotá desde los Cerros Orientales. Foto: Jorge Bela
El jueves volví a subir a La Quebrada, esta vez con la intención de llegar hasta la imagen de la virgen, y sacar algunas fotos. Subí solo, y eso me facilitó conocer gente por el camino. En la cumbre conocí a Luis, quien me habló de la Asociación de Amigos de la Montaña. Ya en el descenso conocí a Lía Roux, que lleva 25 años subiendo cada día por la Quebrada. Me indicó un camino mágico, poco conocido por los numerosos caminantes que recorren el camino principal. También me puso los dientes largos con las caminatas al Bosque del Silencio, y con la travesía hasta Montserrate. Se fijó en mi cámara y me sugirió que es mejor no "dar papaya" (no dar pié, no poner las cosas fáciles): la seguridad es cosa de todos, y una forma de desincentivar los delitos en los Cerros Orientales es no subir con cámaras ostentosas, celulares caros, etc... Prometo seguir el consejo de Lía.

Lia Roux. Foto: Jorge Bela
Los Cerros desde los Cerros
Camino de ascenso. Foto: Jorge Bela
El camino atraviesa un espeso pinar.
Líquenes en el camino

La Quebrada de la Vieja, un tesoro oculto de Bogotá

Poza a 40 minutos caminando de mi casa en Bogotá. 
Bogotá es una ciudad inmensa, donde desplazarse de un sitio a otro es una carrera de obstáculos, y además una carrera a cámara lenta. Muchos barrios tienen poco arbolado, y faltan parques, aunque hay algunos hermosos, como el Simón Bolívar. Sin embargo, los Cerros Orientales son un espectacular tesoro ecológico. Siempre amenazados por la presión urbana, han sabido defender su patrimonio natural de forma casi milagrosa, aunque esta defensa sea precaria. 

No es fácil adentrarse en los Cerros. Los caminos son muy empinados, y si uno no sabe por donde va, puede acabar en un acantilado, o en una antigua cantera (hasta su protección legal en 1944, muchos materiales de obra se extraían de esta zona). También hay algunos problemas de seguridad. Por eso lo mejor es hacer las caminatas con alguien que los conozca, y seguir siempre sus consejos.

Túnel bajo la Avenida Circunvalar
La Quebrada de la Vieja es seguramente el mejor lugar para un primer contacto. Yo subí con mis amigos de Caminantes del Retorno, que organizan caminatas por los cerros los martes y jueves. Nos reunimos en el cruce de la 7ª con la 72, bajo las torres que jalonan uno de los mayores centros financieros de la ciudad. Es increíble que a penas a 10 minutos caminando desde allí, da comienzo una caminata espectacular.


La Quebrada está abierta solo hasta las 10 de la mañana, por lo que se hace imprescindible madrugar. Callejeando por la 70 se llega a un túnel que permite rebasar la de otra forma infranqueable Avenida Circunvalar, y justo después del túnel nos encontramos con la puerta de la reserva, donde dos policías nos desean los buenos días. La presencia policial es constante a lo largo del camino, lo que despeja cualquier duda sobre la seguridad.


Policías a caballo vigilan el camino hasta las 10.

El camino es empinado, acompaña al río La Vieja, que forma pozas y saltos de agua en su descenso hacia la sabana. El agua está limpia: parece mentira que estemos tan cerca del centro de Bogotá. Mucha gente sube y baja, sola, en grupo, con perros: se respira la misma sensación que en un parque urbano.

Existen varias rutas, siendo la mas conocida la que lleva a una imagen de la Virgen. Nosotros tomamos una que nos adentró en los cerros, hasta que logramos tener vistas del Parque Nacional y de los picos más elevados de la zona. Adelante, los llanos orientales. A la izquierda, Chingaza, y a la derecha Sumapaz. Pero se hace tarde y tenemos que regresar a Bogotá: a las 10 de cierran las puertas y no es fácil salir de la zona. Un guardabosques se asegura de que nadie quede perdido en el camino.

Un descanso en el empinado camino

En pocos minutos estamos en la 5ª con la 72, y nos encontramos con la actividad frenética de los ejecutivos que acuden a sus trabajos. Un pan de bono, un tinto, una conversación agradable, y empieza la jornada en la capital de Colombia


Vista desde los Cerros Orientales

En la página web de la Fundación Cerros de Bogotá se puede encontrar mucha información sobre la historia y los riesgos que la presión urbana ejerce sobre los Cerros orientales.

El Hotel del Salto del Tequendama cobra nueva vida

Hotel del Salto del Tequendama. Foto: El Espectador
Hace unas semanas escribí sobre el abandonado hotel del Salto del Tequendama:

http://quepenaconustd.blogspot.com/2012/05/hotel-del-salto-del-sueno-al-olvido.html

Al regresar a Bogotá me he encontrado con la noticia de que lo va a reabrir la Fundación Granja Económica El Porvenir, inicialmente como sala de exposiciones. La primera exposición será sobre ecosistemas subterráneos, pero el objetivo final es llamar la atención sobre la necesidad de recuperar el Río Bogotá. Una excelente noticia, y un buen plan para el fin de semana.

Aquí se puede leer la noticia completa en El Tiempo

Masonic House of the Temple: a Wonder Hidden in Plain Sight

Masonic House of the Temple. Photo: Jorge Bela There is plenty of invocation to classical architecture in Washington. Even modern buil...