martes, 11 de septiembre de 2012

Museo del Caribe en Barranquilla: ¡Chévere!

Expresiones locales. Muso del Caribe. Foto: Jorge Bela
Si alguien piensa que pronto se acabarán las expresiones colombianas y ya no podré incluir más, se equivoca de cabo a rabo. Basta con echar un vistazo al cartel de expresiones locales que se encuentra en el Museo del Pacífico de Barranquilla: ¡tengo cuerda para largo!

El viernes pasado estuve en Barranquilla. Tan solo disponía de unas horas, y no quería perderme la desembocadura del Magdalena, lo que me dejaba muy poco tiempo para lo demás. Decidí visitar el Museo del Caribe, y luego pasear por el centro, para intentar tomar el pulso a la ciudad.

Barranquilla no es una ciudad amable hacia el turista. Hay tan solo un punto de información, ubicado en la sala de llegada de pasajeros del aeropuerto. Yo andaba con prisa, pero aún así lo busqué y no fui capaz de encontrarlo. Tuve que dirigirme a la ciudad sin información, y sin mapa. En Colombia es muy difícil encontrar mapas urbanos, por eso es tan importante conseguirlos en los puntos de información turística (muy abundantes, por ejemplo, en Bogotá). Las autoridades barranquilleras son conscientes de este problema, me dijeron, y están estudiando la forma de subsanarlo.

El aeropuerto no está lejos de la ciudad, y en pocos minutos llegué al museo, un oasis turístico en medio del caos urbano propio de los centros históricos de toda América Latina. En la puerta se amontonaban varios grupos de estudiantes de los primeros ciclos, cuyos profesores intentaban disciplinar con éxito irregular: obviamente salir de las aulas y visitar el museo se convertía en una fiesta para estos pequeños. Ya desde el momento en que se compra la entrada, se percibe el orgullo con el que todos los empleados tratan a su museo, probablemente sea un orgullo compartido por mucha gente en la ciudad. La visita se hace de arriba a abajo: uno toma el ascensor y hasta el último piso, y va bajando hasta llegar a la salida. Las exhibiciones sobre la cultura, la naturaleza, las costumbres y las artes son muy interesantes, y es imposible no contagiarse de la incontrolable alegría de los estudiantes.

Barranquilla, vista desde el Museo. Foto: Jorge Bela
Tras visitar el museo, caminé por el recientemente renovado Paseo Bolívar. En muchos tramos las aceras están invadidas por comercio informal, y la actividad es considerable. Me encantó la Plaza de San Nicolás, que también acaba de ser reformada, y con unos resultados espectaculares. Barranquilla estaba sufriendo una brutal ola de calor (en una ciudad que ya es de por sí calurosa) y mi ropa chorreaba sudor: yo miraba con envidia a los barranquilleros que se pasean frescos, como si cualquier cosa.

La visita relámpago a Barranquilla me ha sabido a poco, ni siquiera a aperitivo: espero tener la ocasión de volver pronto.

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