lunes, 18 de marzo de 2013

Ascensión al Toti, en la Sierra Nevada de El Cocuy



Practicando técnicas de escalada en hielo. Foto: Jorge Bela
La Sierra Nevada de El Cocuy ofrece planes para todos los amantes de las montañas, desde aficionados que quieren acercarse a los nevados lo más posible y disfrutar del paisaje, hasta escaladas extremadamente técnicas que solo deben intentar los expertos. Ya hablé  en blogs anteriores sobre algunas de estas caminatas, de los boquerones de altura, de las lagunas y del increíble Valle de los Cojines, pero hoy quiero recordar mi ascensión al Toti, el primer pico de 5.000 metros al que he llegado. Es una ascensión de dificultad media, que cualquier persona con buena forma física puede realizar, pero siempre en compañía de guías profesionales y con el equipo técnico necesario.


Cargando el equipo en la camioneta en El Cocuy. Foto: Jorge Bela
El viaje desde Bogotá demora diez horas por la noche y 13 por el día (para mucho mas y encuentra trancones), y uno llega cansado a El Cocuy, pero la excitación por la próxima ascensión es tan grande, que lo que apetece es ponerse inmediatamente en marcha. Yo fui en coche particular, y llegué por la tarde, hospedándome en el hostal de mis amigos de Colombia Mountain Expedition, que también se encargaron de organizar la caminata y la ascensión. Al día siguiente temprano llegaron los últimos compañeros del grupo y nos pusimos en marcha hacia La Esperanza, punto de inicio de nuestra caminata. Avanzada la tarde, ya estábamos en nuestro lugar de acampado en la Laguna Grande de la Sierra, donde montamos el pequeño campamento. Durante el día, soleado, la temperatura rondaba los 20 grados, pero por la noche baja hasta 10 bajo cero, por lo que agradecimos la tienda de campaña común en la que cocinamos, cenamos y compartimos historias.

Subiendo hacia la Laguna Grande de la Sierra. Foto: Jorge Bela
Al día siguiente Antonio y Rafael, los guías de Colombia Mountain Expedition, nos dieron unas lecciones básicas sobre como avanzar sobre los glaciares, con énfasis en la seguridad.  Sobre la falda del glaciar del Cóncavo nos hicieron todo tipo de perrerías, entre otras nos obligaron a tirarnos a toda velocidad y a detenernos con el piolet. También nos enseñaron a hacer y deshacer los nudos más importantes en la cuerda de escalada. A lo largo del día el miedo al imponente desnivel y al hielo se fue matizando, y al final ya teníamos todos una mayor sensación de seguridad. Los guías determinaron que ya teníamos el nivel técnico necesario para intentar la ascensión al Toti.

Lecciones prácticas sobre el glaciar del Cóncavo. Foto: Jorge Bela
Amaneció parcialmente nublado, y los guías dieron el ok. Iniciamos la caminata, que pese a ser bastante larga con los nervios se nos hizo muy corta. Yo miraba al Toti y no me parecía posible llegar. Al borde del glaciar calzamos los crampones y nos encordamos. De nuevo, la ascensión por la falda nevada se nos hizo sorprendentemente corta. Casi sin darnos cuenta llegamos a los temidos cortados, y mi corazón se empezó a acelerar. Lo que de lejos parecían murallas infranqueables, se convirtieron en pasos milagrosamente sencillos. El temido vértigo no hizo su aparición, quizá por el hecho de ir encordado, quizá por la seguridad que me daban mis compañeros, quizás por los crampones y el piolet. En algunos puntos el desnivel era brutal, pero aún así en ningún momento sentí miedo. Lo que parecía imposible se cumplió y llegamos a la pequeña y rocosa cumbre: lo habíamos conseguido, ¡estábamos a cinco mil metros sobre el nivel del mar!

¡En la cumbre!


Al otro lado del pico se veían los espectaculares barrancos cayendo de forma inacabable hacia los llanos. Alejandro nos mostraba los valles por los que transcurre la vuelta de la sierra, excursión que haríamos seis meses después y que se ha convertido en mi favorita.

Vista del Toti desde la Laguna Grande de la Sierra. Foto: Jorge Bela
Estábamos disfrutando tanto del paisaje que nos costó trabajo ponernos en marcha, pero los guías nos advirtieron de que la noche se podía echar encima. Al llegar al borde del glaciar nos quitamos los crampones y recogimos el equipo que habíamos dejado en la mañana. En ese momento todo el cansancio acumulado se hizo presente, y el largo regreso hasta el campamento se hizo eterno. Yo llegué exhausto, deseando meterme en mi tiendita de campaña. Esa noche dormí profundamente, con el recuerdo de una ascensión inolvidable.



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