Levantando el telón en Gaira Cumbia House

Escenario de Gaira. Foto: Jorge Bela

Han pasado casi tres años, pero aún recuerdo la primera vez que estuve en Gaira. Recién llegado a Bogotá, no sabía muy bien a donde iba, pero los amigos que me invitaron me aseguraron que era un lugar “chévere.” Al llegar comprobé que el local, no muy grande, estaba completamente lleno de  gente cenando y charlando, disfrutando de la música de fondo. Nos ubicaron en una mesa pegada a un enorme telón rojo. Pedimos tragos y la cena, y nos sumamos a la animación general. Al cabo de un tiempo, por las escaleras que unen la sala principal con el segundo piso, empezaron a bajar músicos que recorrieron el local al tiempo que la expectación crecía. Los meseros se apresuraban a retirar velas, platos vacíos y demás accesorios sobrantes de las mesas. De pronto se levantó el telón y en ese momento comprendí donde estaba: tras la cortina se escondía un escenario con un tamaño descomunal en proporción al local, repleto de instrumentos y de artistas que en ese mismo momento empezaron a tocar, a cantar, a bailar y a bromear. El sonido perfecto no dejaba lugar a duda: estaba en un templo de la música.

Los Cumbieros en Acción. Foto: Jorge Bela

No soy a penas rumbero, pero jamás rechazo una invitación para ir a Gaira. La comida es deliciosa, sin embargo es la música lo que me supone un imán irresistible. El jueves pasado estuvimos de nuevo, aunque esta vez fue muy especial. Nicolás Acosta, responsable de comunicación, nos enseñó los lugares que rara vez son vistos por el público, y que constituyen el corazón oculto de Gaira.  Llegamos temprano para tener la oportunidad de charlar tranquilamente, y tuvimos una conversación muy interesante sobre los orígenes y los significados de todo lo que íbamos a ver. Eso sí: distó mucho de ser tranquila, pues Nicolás se levantaba súbitamente para mostrarnos algo, o para que escucháramos un músico que acababa de entrar en la sala: imposible no contagiarse de su entusiasmo.

Clarinete de Lucho Bermúdez
Recorrimos el local de arriba abajo, trepando por empinadas escaleras y atravesando puertas que uno ni siquiera ve si no presta atención. El local ocupa el lugar de la casa de Guille y Carlos Vives, en la que en los 90 los hermanos abrieron un restaurante, con su madre Araceli al frente de la cocina. En 2007 se reformó completamente, aunque se conservaron las referencias simbólicas más importantes: la chimenea, junto a la que los hermanos cantaban amenizando las veladas con familiares y amigos, y los elementos arquitectónicos del valle del Magdalena: el techo de zinc, la estructura de madera y las paredes de cal propias de las casas de la zona bananera. No en vano fue entre los bananos del Magdalena donde nació la cumbia, fruto de un crisol de culturas que incluye hasta influencias del blues.

Mesero de Gaira. Foto: Jorge Bela
En nuestro recorrido pudimos contemplar algunos de los recuerdos que sirven simultáneamente de decoración y de homenaje: el clarinete de Lucho Bermúdez, una Fender de Juanes, el saxo de Pablo Montoya, ¡incluso una falda de Shakira! También hay lugar para líderes destacados, como una foto de Eliécer Gaitán y un poster  original de la campaña de Carlos Galán. Uno puede pasarse la tarde entera simplemente mirando todas estas cosas, pero nosotros no teníamos tiempo casi de detenernos: llegamos a la parte más alta del edificio, donde se ubica el centro tecnológico de Gaira: la imponente mesa de sonido y de luces (que luego supimos puede ser suplida por una simple tableta electrónica), el centro de cálculo que permite gestionar desde las comandas hasta los inventarios, y diversas oficinas, entre ellas las de Nicolás. Detrás del escenario se encuentra el “sancta sanctorum” de Gaira: el camerino de Carlos Vives: informal y amistoso, se pone a disposición de todos los artistas invitados. También visitamos una pequeña plataforma justo ubicada sobre el escenario, donde es posible seguir los espectáculos sin ser visto.


Nicolás nos desvela los secretos de Gaira. Foto: Jorge Bela

Pero ya está demasiado larga esta entrada, mañana la terminaré, hablando de lo realmente importante: la comida y sobre todo la música de Gaira, mi lugar favorito en Bogotá.



De la Quebrada de la Vieja a Monserrate: una gran caminata entre amigos


Vista de Bogotá desde los Cerros Orientales. Foto: Jorge Bela
A las cinco de la mañana las calles en Bogotá no solo están puestas, sino que sobre ellas hay una cantidad sorprendente de personas, paseando mascotas, haciendo deporte, dirigiéndose a sus trabajos. Las luces de muchos apartamentos están encendidas, y uno puede adivinar a madres y padres preparando a sus hijos para la llegada del bus escolar, que pasará en una media hora a recogerlos. En Bogotá, como en el resto de Colombia, se madruga, y mucho.


Camino hacia Monserrate. Foto: Jorge Bela
Todo esto lo pude comprobar una vez más el viernes cuando a las cinco menos cuarto me lancé a la calle, para dirigirme a la Quebrada de la Vieja. Me disponía, junto con un grupo de unas 20 personas, a iniciar la caminata que me llevaría de la calle 72, en pleno centro financiero de Bogotá, hasta Monserrate. El ascenso por la quebrada fue surrealista: en plena oscuridad, nuestro grupo, al que se sumó el grupo de policías que vigilan la zona, se afanaba por llegar a la cota deseada sin romperse la crisma. Afortunadamente conozco las piedras casi de memoria, pero agradecí llevar en las manos los palos,  que me fueron muy útiles para mantener el equilibrio. Al finalizar el primer ascenso seguía siendo noche cerrada, como atestigua la foto de grupo que nos sacó Carlos Germán. El organizador de la caminata fue el gran caminante y conocedor a fondo de los Cerros Guillermo Silva.

El grupo, tras acabar el ascenso de la Quebrada de la Vieja. Foto: Carlos Rodríguez Medina
Seguimos avanzando y justo al amanecer  llegamos al Bosque del Silencio, uno de los muchos lugares mágicos de los espléndidos Cerros Orientales. Su nombre se debe al espeso musgo que cubre por completo el suelo, y que sirve como un perfecto amortiguador del sonido. El ritmo de la caminata era fuerte, y a penas nos detuvimos a sacar alguna fotografía. De ahí nos dirigimos a una poza, lo suficientemente grande para darse un chapuzón, de la que tomamos agua: es asombroso que tan cerca de la mayor ciudad del país se pueda encontrar agua pura y deliciosa.

Bosque del Silencio. Foto: Jorge Bela
El camino, bien marcado y sin dificultad, seguía avanzando por la cuerda de la sierra. El suelo es arcilloso, y puede ser muy resbaladizo tras las lluvias. De nuevo agradecí haber llevado palos, y recomiendo el uso de buenas botas para la caminata. No nos cruzamos con nadie en el camino, hasta que llegamos a las cercanías de Monserrate. Allí conocimos a José, que tiene siete mulas que utiliza para acarrear las mercancías desde la carretera de Choachí hasta los comercios de Monserrate, “11 kilómetros”, nos aclaró. Antes podían subir las mulas por el camino peatonal, pero desde que lo arreglaron ha quedado totalmente prohibido.

Jose, con sus mulas. Foto: Jorge Bela
Unas dos horas después de iniciar el recorrido, llegamos a Monserrate. En el grupo tan solo había cuatro extranjeros, curiosamente tres éramos españoles y un estadounidense. Durante el tiempo transcurrido fue inevitable hacer nuevos amigos. Algunos bajaron en el teleférico, otros preferimos hacerlo andando (es una paliza para las rodillas). Abajo nos esperaba un delicioso desayuno a base de tortilla francesa rellena, jugo y un excelente café. Una vez más, valió la pena el madrugón.

Antes de iniciar cualquier caminata en los Cerros Orientales es mejor informarse sobre las condiciones y recomendaciones más habituales. Un buen punto de partida es la Asociación de los Amigos de la Montaña, quienes han jugado un papel muy importante en la recuperación de este espacio natural para disfrute de los ciudadanos.






De parche por Salento

Solteritas y casadas en Salento. Foto: Jorge Bela
Salento los fines de semana es una verdadera maravilla. Sus calles habitualmente tranquilas se vuelven bulliciosas, llenas de visitantes y no solo de la región, sino de toda Colombia y del resto del mundo. No en vano este pequeño pueblo del Quindío es uno de los principales destinos turísticos del país. Muchas cosas son conocidas de Salento: sus pintorescos colores, las fincas cafeteras, el Valle de Cócora, el espectacular desnivel, (desde los 1.800 metros hasta los 4.800 y nieves perpetuas) el homenaje a una ciudad italiana de origen griego... pero lo que muchos visitantes extranjeros no saben es que basta cruzar unas palabras para lograr una sonrisa de los salentinos, y una breve conversación para hacer amigos. Como sucede en tantos lugares de Colombia, el secreto mejor guardado por Salento es su gente.

Asociación de Mujeres Unidas con Amor por Salento. Fotos: Jorge Bela
El fin de semana pasado estuve de parche en Salento con mis amigos Cata, Francesca, Diego, Matteo y Jesús. Estar en tan buena compañía no fue obstáculo para conocer un montón de gente que rápidamente se abrió a nosotros. Conocimos a las damas de la Asociación de Mujeres Unidas con Amor por Salento, que han abandonado las salas de sus hogares para reunirse a coser y vender sus artesanías en un hermoso local. 
Diego, Matteo, Cata, Francesca y Jesús,
 de parche por Salento
También conocimos a Mario, que vendía una galletas naranjas conocidas como solteritas, con una crema también naranja (aquí pueden ver la receta). Ana nos atendió en la cafetería Jesús Martín,  que para algunos sirve el mejor café en toda Colombia. Oscar pasó el día entero en el Mirador del Alto de la Cruz vendiendo una bebida caliente hecha a base de agua de jamaica, vino tinto, jengibre y panela, bastante popular con los turistas. Estuve cerca de una hora en el mirador, y si no le escuché cien veces ofreciendo su bebida, no le escuché ninguna, y cada vez repetía la lista de ingredientes con el mismo encanto seductor. Finalmente conocimos a Enrique y Luis, los propietarios del Hostal Ciudad de Segorbe, donde nos hospedamos, y que aunque ya han transcurrido cuatro años desde que inauguraron su local, conservan el mismo entusiasmo que sin duda tenían en los primeros días.

¿El mejor café de Colombia? Foto: Jorge Bela
No es la primera vez que visito Salento. Ya estuve allí hace casi exactamente dos años, pero es un lugar que uno no se cansa de visitar una y otra vez. Es un sitio al que estoy seguro de que volveré.

Oscar saluda a los lectores de Qué Pena con Usted. Foto: Jorge Bela



Perros en los cerros

Zac, ya en la cumbre. Foto: Jorge Bela
Hoy se me ha hecho tarde, y no voy a poder subir a los Cerros Orientales. Para poder ir sin afanes, tengo que salir de mi casa como muy tarde a las siete y cuarto (las puertas de la Quebrada de la Vieja se cierran a las 10 en punto). Es una pena, pues hace una mañana perfecta, casi sin nubes, y una temperatura ideal para caminar. La semana que viene no puedo fallar ni un solo día,  pues se acerca rápidamente mi caminata a El Cocuy, y no me queda otra opción que entrenarme lo más que pueda. Cuando termine de escribir este post, saldré a correr por el Virrey, no es lo mismo que una subida empinada, ¡pero siempre mejor que nada!

Caho espera a su dueño. Foto: Jorge Bela
Una de las cosas que hacen agradables los ascensos por la Quebrada de la Vieja es que se acaba por hacer amigos. Y no solo humanos, ¡también caninos!. Si los cerros son un paraíso para nosotros, no lo son menos para los perros. Gozan de total libertad, y pareciera que hasta disfrutan del paisaje y del aire puro. Los hay de todos tipos y tamaños: desde los hermosos cazadores de leones de Rodesia (hay al menos tres ejemplares), hasta perros salchicha que se mueven con sorprendente soltura entre las rocas. Mi favorito es un Jack Rusell llamado Arroz, que juguetea sin parar. Sus hermanos, pastores australianos, destacan por su temeridad kamikaze, pues se lanzan a una velocidad de proyectil sobre la espesura del bosque.

Red, con la lengua fuera. Foto: Jorge Bela
Los hay que buscan y esperan a sus amos pacientemente, mientras otros se divierten desapareciendo durante largos periodos de tiempo, ignorando cualquier llamada. Muchos disfrutan dándose baños aparatosos en el río,  para después retorcerse en el barro. Algunos miran a los caminantes con curiosidad, otros se asustan en cuanto te ven y salen escopetados. A mi me encantan los perros, y su presencia es otro incentivo que me anima a subir a la montaña cada mañana. Aquí les dejo con algunos de mis nuevos amigos.









De la planta a la taza: los misterios del mejor café del mundo

Finca "El Ocaso." Foto: Jorge Bela
Pocas cosas son a la vez tan cotidianas y tan desconocidas como el café. Si el origen de la mayoría de los alimentos que consumimos es mas o menos intuitivo, el del café no lo es tanto. Viene de una planta, y es una semilla, obviamente, pero el complicado proceso que es necesario seguir con precisión para obtener un café de la máxima calidad no es para nada evidente. Ayer estuve en la finca cafetera El Ocaso, muy cerquita de Salento, y sus propietarios, Gustavo  y Gloria Alberto Patiño nos guiaron por todo el proceso. Saben de lo que hablan: su café obtuvo el segundo puesto en la selecta competición internacional Taza de la Excelencia del año pasado.


Gustavo Alberto Patiño nos descubre los secretos del buen café. Foto: Jorge Bela
El primer secreto necesario es la paciencia: los árboles de café tardan tres años en entregar su primera cosecha. Las variedades utilizadas en El Ocaso son derivados de la arábica, en su forma “caturra” (o de bajo porte, lo que facilita la recolección), específicamente la denominada “castillo.” Esta variedad es resistentes a plagas como la roya, que pueden devastar plantaciones enteras. Las plantas pueden dar frutos hasta 20 años, momento en el que se deben plantar nuevos ejemplares.

Cosecha del día anterior, secando. Foto: Jorge Bela
El segundo secreto es la cuidadosa selección de las cerezas, nombre que reciben los frutos del café. Deben estar completamente maduros, es decir, completamente rojos: un solo grano parcialmente verde puede amargar toda una partida de café. También se debe vigilar que no estén dañados por plagas. En las mejores fincas de café la recolección se hace a mano, lo que permite desechar los ejemplares que no cumplan todos los requisitos de calidad. Este paso es fundamental, pues una vez seco, es imposible detectar  a simple vista si el fruto estaba verde. Las grandes plantaciones brasileñas, totalmente mecanizadas, producen necesariamente café de inferior calidad.

Diego ayuda a Gustavo en la preparación de una perfecta taza de café. Foto: Jorge Bela
El tercer secreto es cumplir rigurosamente los plazos para procesar el café cosechado: la pulpa o mucílago de las cerezas se separa utilizando una máquina semiautomática, tras lo que las semillas se dejan reposar durante un día- Al día siguiente las semillas se ponen a secar hasta que tienen un 11% de humedad. Después se eliminan cualquier impureza y se empacan para su venta. Si no se cumplen los plazos con precisión el café puede fermentar y avinagrarse, o estropearse.  Ya fuera de la finca el café se tuesta y se vende al público.

Flores ornamentales por toda la finca. Foto: Jorge Bela
Pese a todo lo anterior, uno nunca sabe cual es la calidad del café hasta que alcanza la taza. En ese momento los catadores profesionales son capaces de detectar defectos y cualidades imperceptibles hasta entonces. Quedar finalista en el concurso Taza de la Excelencia no es nada fácil, que lo consiguiera El Ocaso es plena validación del cuidado que ponen en sus cultivos y procesos de beneficio. Con total franqueza Gustavo y Gloria nos contaron que no han sido capaces de hacer un cultivo orgánico rentable, por lo que utilizan una mínima, y menguante, cantidad de fertilizantes. Fue un placer visitar esta pequeña finca cafetera en el corazón de Colombia, como lo fue compartir una taza del mejor café del mundo con sus propietarios.

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6 consideraciones a tener en cuenta antes de viajar en bus por Colombia




No hay mejor manera de conocer Colombia que recorrerlo en autobús, pero con viajes que pueden durar 10, 14 y hasta 16 horas, es prudente seguir estos seis consejos:

1. Comprar el mejor servicio disponible: las diferencias en comodidad son inmensas, mientras que en el precio no lo son tanto. Los mejores servicios tienen WiFi, asientos reclinables, baño, pantallas individuales, enchufes...los más económicos carecen de todo eso, y pueden ser muy apretados.

2. Llevar ropa de abrigo. Independientemente del destino, si el bus tiene aire acondicionado, lo normal es que vaya siempre a toda potencia. Sobre todo en los viajes nocturnos, el riesgo de congelación es muy real.

3. Vestir en capas. A pesar de lo expuesto en el punto anterior, si el viaje atraviesa tierras calientes (lo normal en viajes largos), puede en ocasiones hacer mucho calor. El problema es especialmente serio durante los trancones en los que el conductor apaga el aire acondicionado. Mejor llevar una camiseta de manga corta bajo las capas de abrigo, por si fuera necesario.

4. Portar al menos un litro de agua y algo de picar. Incluso en los servicios exprés, siempre se hace una parada para el almuerzo o cena, pero los trancones, desvíos y deslaves hacen que sea muy difícil saber cuando será la próxima oportunidad de alimentación.

5. Tener en mente que los horarios son aproximados. Retrasos de una hora son normales. Retrasos mucho más largos no son infrecuentes.

6. De ser posible, reservar en una línea exprés. Algunos servicios se detienen en cada semáforo, o ante la petición de cualquier viandante, para trayectos locales. En viajes largos, esto no resulta cómodo.

Con estas simples precauciones, los viajeros que escojan el bus podrán disfrutar de paisajes absolutamente espectaculares, y tomar contacto directo con Colombia y los colombianos, de una forma que los viajes en avión hacen imposible. Lo recomiendo encarecidamente.

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Escuela Taller de Bogotá: las cosas bien hechas

Patio de la Casa Venados. Foto: Jorge Bela
A pesar de la catarata de críticas que últimamente llueven sobre los sucesivos gobiernos españoles, algunas cosas si se hicieron bien. Una de ellas sin duda fue la iniciativa  de las escuelas taller, que se amplió a América Latina en los años 90, llegando a Bogotá en el año 2005. La filosofía de este proyecto era la de crear escuelas en las que se enseñara a jóvenes en riesgo de exclusión social oficios relacionados con la conservación del patrimonio histórico y cultural. De esta forma se daba una oportunidad a los jóvenes, al tiempo que se fomentaba la conservación del patrimonio.

Alberto Escovar: director de la Escuela Taller, en las obras de la Estación de la Sabana
Pero una buena idea no es nada sin una buena ejecución, y el equipo de la Fundación Escuela Taller de Bogotá, capitaneado por Alberto Escovar, ha sido todo un ejemplo. Desde sus inicios, la Escuela buscó tener financiación independiente, estrategia que ha demostrado ser plenamente certera ahora que los fondos de cooperación españoles han decrecido sustancialmente. Además, la búsqueda de independencia económica exige una gran disciplina, y un enfoque eminentemente práctico que redunda beneficiosamente en los propios planes de estudio. Los resultados están a la vista: los talleres iniciales de construcción, carpintería y cocina, se han ido consolidando y ampliando con el tiempo, y se han añadido nuevos talleres, sumamente innovadores, como el de construcción y montaje de escenografías, o con una tradición de siglos, como el de fabricación de instrumentos musicales (luthería) y de elaboración de papel artesanal. A los talleres formales hay que añadir cursos libres y certificados. Más de 400 alumnos pasan cada año por la Escuela Taller.
Fernando Roa, Jefe de Taller de Maderas, con algunos estudiantes.
Hace un par de semanas Alberto Escovar nos enseñó las instalaciones de la Escuela, que ya ocupa tres edificios: a pocas cuadras del Palacio Nariño la Casa Venados y la Casa Iregui, y, un poco más alejado del centro, un enorme edificio anexo a la Estación de la Sabana, cuya restauración acaba de concluir. Alberto es a la vez un torrente y una esponja. Un torrente en cuanto comparte su entusiasmo por el proyecto y su amplísima erudición sobre la historia y el patrimonio artístico colombianos (de la información que nos compartió ese día ha surgido más de una entrada de este blog), y una esponja en cuanto presta toda su atención a cualquier propuesta, a cualquier sugerencia que le hagas. Exponle una idea y sus ojos azules comienzan a brillar: “dígame, propóngame, hagámoslo,” en esos momentos parece que cualquier cosa es posible. Y las obras del edificio de la Estación Central son prueba tangible de que los más improbable puede hacerse realidad de la mano de Alberto, como  lo es también la reciente inauguración de la Escuela Taller de Buenaventura

Roble amargo en el taller de madera

En paralelo al crecimiento de los programas educativos, la Fundación ha seguido buscando formas de financiación, ofreciendo servicios de restauración de muebles – como las sillas del Teatro Colón—y abriendo el restaurante La Escuela o la Panadería y Cafetería ubicadas en el edificio Venados. Ahora están dando vueltas a la apertura del una tienda on-line en la que vender la artesanía de madera y de papel.

En estos tiempos bajos para España uno siente un rayito de orgullo al ver que una buena idea de mi país ha tenido tan espléndidos frutos en mi ciudad actual: Bogotá. ¡Enhorabuena a Alberto y a todo su equipo!

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Guatavita: mucho más que un paisaje




La Laguna de Guatavita es un lugar, por encima de todo, sumamente hermoso. Su forma casi perfectamente circular, casi como un cráter, solo se ve interrumpida por el tajo que hicieron unos cazatesoros para intentar drenarla (no lo consiguieron de esa forma). A menos de dos horas de Bogotá, es una visita muy recomendable para aquellos que quieran conocer los paisajes verdes que rodean la capital colombiana. Eso sí, desde el lugar en que se ingresa al recinto para llegar a la laguna propiamente dicha hay que ascender por un camino empinado, lo que exige una mínima condición física (el retorno se puede hacer en un autobús).



Pero la laguna de Guatavita es mucho más que un paisaje. Las leyendas que la rodean tienen una fuerza enorme, y siguen disparando la imaginación de todo el que visite el lugar, sin que el transcurso de los siglos logre matizar su fuerza. La narración es de sobra conocida: el nuevo Zipa, cacique de los muiscas, se cubría completamente de oro y se adentraba en la laguna, en cuyo centro se bañaba limpiándose completamente y así adquiriendo la sabiduría ancestral. A continuación se arrojaban a las lagunas ofrendas de oro. Los conquistadores españoles, al escuchar la leyenda, quisieron recuperar los tesoros. Ya en 1540 intentaron drenar la laguna con cubos y en 1580 hicieron el tajo que aún hoy se puede observar. Pero no fue hasta 1898 cuando una compañía inglesa logró vaciar por completo toda el agua, mediante la construcción de un túnel. Ninguno de estos esfuerzos resultó en la obtención de considerables cantidades de oro, y todos los empresarios que los impulsaron acabaron arruinados. Sin embargo, los pocos los objetos que se encontraron fueron fundidos y vendidos al peso, lo que si supone una considerable pérdida de patrimonio histórico.



Guatavita se convirtió en un popular lugar de descanso para los bogotanos, hasta el punto que el ecosistema se deterioró fuertemente. A finales del siglo pasado se convirtió en una reserva natural, y solo se puede acceder pagando una entrada y la visita se hace siempre con guía. Ya se aprecia la recuperación del entorno, incluso se ven jovencísimos frailejones que quieren recuperar el espacio que legítimamente les corresponde. El regreso de la caminata se pude hacer en bus, pero nosotros decidimos hacerlo caminando, disfrutando de las inmensas praderas que bordean la reserva natural, y soñando con encontrar algún tesoro perdido: no en vano en el 2006 se encontraron unas piezas en una olla, que se pueden contemplar en el Museo Nacional de Bogotá.

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En el mercado del Veinte de Julio, mejor no ser un cangrejo



Vista desde el segundo piso del mercado. Foto: Jorge Bela
Los mercados son visita obligada para cualquier turista que tenga algo más que unas horas para visitar una ciudad. Los colores, los olores, la atmósfera siempre son únicos, y  además permiten conocer con calma los productos propios de cada región, y lo que es más importante: sus nombres. En Bogotá el mercado más visitado es Paloquemao, el segundo mayor de la ciudad, pero quién quiera hacer la visita un domingo tiene la opción de visitar el del Veinte de Julio, en pleno funcionamiento, y además combinar su visita con la del Templo del Divino Niño, y el mercadillo callejero que se forma entre ambos. Menor que Paloquemao, tiene sin embargo un carácter local y tranquilo que permite al turista conocer por dentro como es uno de los barrios populares más característicos de la capital de Colombia.

Los cangrejos aguardan su destino. Yo tomé jugo de lulo. Foto: Jorge Bela
El edificio del mercado es moderno, y tiene una cubierta que deja pasar muchísima luz. Esto lo haría ideal para sacar fotos, sin embargo existe una cierta sensibilidad hacia este tema. Mi cámara es grande y aparatosa, y llamó la atención de un guardia de seguridad que me indicó que está prohibido fotografiar el mercado. Mis amigos, que usaban sus teléfonos móviles, no tuvieron problema, pero sí conviene pedir permiso antes de tomar un primer plano de un puesto.

Todo tipo de tubérculos. Mejor preguntar los nombres. Foto: Jorge Bela
Además de luminoso, el Mercado está limpio, y apetece sentarse a tomar un jugo, incluso picotear algo. En ambos extremos del mercado hay numerosos restaurantes que permiten degustar los productos que se venden por los puestos. En muchos de ellos pude observar una pequeña pecera con cangrejos: se usan para preparar una bebida con, según dicen, alto poder afrodisíaco: los “berraquitos,” cuya composición incluye chocolisto, cola granulada, vino, whisky, ostras, borojó, miel, una ampolleta de vitamina de embrión de pato, leche, y por supuesto, ¡un cangrejo vivo! Todos estos ingredientes se pasan por la batidora y se sirven con unas galletitas.  No se me antojó el berraquito, que además sale bastante caro.

Vista del mercado. Foto: Jorge Bela


Son pocos los turistas que se acercan al sur de Bogotá. En una mañana de domingo soleada, sin embargo, no hay mejor plan, mejor manera de conocer realmente esta inmensa ciudad, que dejar las cámaras en el hotel y acercarse al Veinte de Julio para disfrutar de su mercado, sus mercadillos y la espectacular iglesia del Divino Niño.

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20 de Julio: el Divino Niño



El Divino Niño es un auténtico fenómeno religioso en Bogotá. La pequeña imagen comprada por el padre Juan del Rizzo en 1933, se ha convertido en un intenso foco de devoción. Las autoridades eclesiásticas no le permitieron que la denominara Jesús de Praga, como era su intención, lo que dio origen la identificación de la imagen como el Divino Niño, y de éste con el barrio 20 de Julio, donde el Padre Rizzo ejercía su ministerio. Muy pronto se extendió la devoción hacia la imagen por todo Bogotá, lo que levó a la construcción de un primer templo que pronto se quedó pequeño, y en los años ochenta se construyó el santuario actual, al que en la actualidad acuden más de cien mil personas cada domingo del año.

Patio cubierto, adyacente al templo del Divino Niño
Patio cubierto, adyacente al templo del Divino Niño. Foto: Jorge Bela

Ayer estuvimos visitando el 20 de julio, bajo un sol espléndido: las altas temperaturas, insólitas en Bogotá, hacían pensar que estábamos en julio en Madrid. El inmenso santuario estaba abarrotado por fieles que seguían atentamente la misa. La energía del sacerdote en su sermón, y la activa y atenta participación de los feligreses contrastaba con la rutina que se percibe en muchas celebraciones litúrgicas en España. Fuera del santuario había miles de personas paseando, enredadas en un mercadillo laberíntico, comiendo en los numerosos restaurantes típicos (algunos de ellos solo abren los domingos), o dirigiéndose al espectacular mercado, completamente abierto el domingo, y sobre el que escribiré mañana.

Templo del Divino Niño, Bogotá
Templo del Divino Niño, Bogotá. Foto: Jorge Bela
No es muy habitual que los turistas visiten el sur de Bogotá. Para aquellos que deseen hacerlo, creo que la visita al 20 de Julio en domingo es la ocasión perfecta. Los que tengan fé sin duda encontrarán en la misa de este santuario un recuerdo imborrable, pero los que no la tengan podrán disfrutar de la intensidad de la vida cotidiana de esta ciudad inmensa, llena de gente amable y sonriente, en una atmósfera festiva y popular. Yo lo pasé genial ayer, en compañía de buenos amigos y bajo el sol radiante en el 20 de julio.

Cerros Orientales: deporte y meditación en un tesoro ecológico


Taiun Araki medita en los Cerros Orientales
Taiun Araki medita en los Cerros Orientales. Foto: Jorge Bela
Ya son varias las ocasiones en las que he escrito sobre los Cerros Orientales, auténtico tesoro oculto de Bogotá. Esta semana he subido cuatro veces con mi amiga Toya Viudes, buscando hacer ejercicio y prepararnos para la próxima ascensión a El Cocuy, que esperamos hacer la primera semana de marzo. Son unos 7 kilómetros de caminata con un ascenso total de unos 400 metros, con la habitual empinación andina. Uno llega a los repechos con la lengua fuera, pero feliz de lo logrado.  Cada día se siente la mejoría física. Espero que dure el buen tiempo y poder seguir haciendo este perfecto ejercicio diario. (Aqui puede ver el track de la caminata, sacado con mi GPS)

Perfil de la excursión y ritmo cardiaco, según mi pulsómetro
El camino está completamente vigilado por jovencísimos policías, pero hay que madrugar: las puertas se abren a las 5 en punto, y se cierran también puntualmente a las 10. Nosotros subimos a las 7, y ya se ve mucha gente bajando. Obviamente, los que suben sudan, sufren y jadean, mientras que los que bajan charlan tranquilamente. Muchos de los caminantes son habituales, y ya vamos conociendo a algunos, y a sus mascotas: la caminata es una maravilla para los amantes de los perros. Hoy viernes había mucha más gente de lo habitual, y por lo visto los sábados la afluencia es masiva, yo aprovecharé para descansar.
Los caminos de ascenso a los Cerros orientales de Bogotá son muy empinados
Empinado camino de ascenso. Foto: Jorge Bela
Aunque mi prioridad es la mejora de la forma física, por el camino encuentras personas con todo tipo de objetivos: paseo de mascotas, caminatas familiares, exploraciones pedagógicas. Poco antes de llegar al destino se atraviesa un denso pinar, cuya pinocha ha formado una mullida alfombra. Es un lugar mágico, silencioso. Ayer vimos un grupo haciendo yoga, saludando al sol recién salido. Hoy hemos encontrado a un monje budista, Taiun Araki, meditando. Al regreso nos hemos acercado a charlar con él, y nos ha contado que es japonés, y que ha venido a Colombia a sembrar la semilla de Buda.

Túnel bajo la Circunvalar que permite el acceso a los Cerros Orientales de Bogotá
Túnel bajo la Circunvalar que permite el acceso a los Cerros. Foto: Jorge Bela
A lo largo del camino los saludos se intercambian de forma incesante: los policías, los caminantes, todos devuelven una enorme sonrisa al saludo. Los Cerros Orientales de Bogotá son una auténtica maravilla.

Vista desde los Cerros orientales. Foto: Jorge Bela

Masonic House of the Temple: a Wonder Hidden in Plain Sight

Masonic House of the Temple. Photo: Jorge Bela There is plenty of invocation to classical architecture in Washington. Even modern buil...