jueves, 28 de febrero de 2013

Levantando el telón en Gaira Cumbia House

Escenario de Gaira. Foto: Jorge Bela

Han pasado casi tres años, pero aún recuerdo la primera vez que estuve en Gaira. Recién llegado a Bogotá, no sabía muy bien a donde iba, pero los amigos que me invitaron me aseguraron que era un lugar “chévere.” Al llegar comprobé que el local, no muy grande, estaba completamente lleno de  gente cenando y charlando, disfrutando de la música de fondo. Nos ubicaron en una mesa pegada a un enorme telón rojo. Pedimos tragos y la cena, y nos sumamos a la animación general. Al cabo de un tiempo, por las escaleras que unen la sala principal con el segundo piso, empezaron a bajar músicos que recorrieron el local al tiempo que la expectación crecía. Los meseros se apresuraban a retirar velas, platos vacíos y demás accesorios sobrantes de las mesas. De pronto se levantó el telón y en ese momento comprendí donde estaba: tras la cortina se escondía un escenario con un tamaño descomunal en proporción al local, repleto de instrumentos y de artistas que en ese mismo momento empezaron a tocar, a cantar, a bailar y a bromear. El sonido perfecto no dejaba lugar a duda: estaba en un templo de la música.

Los Cumbieros en Acción. Foto: Jorge Bela

No soy a penas rumbero, pero jamás rechazo una invitación para ir a Gaira. La comida es deliciosa, sin embargo es la música lo que me supone un imán irresistible. El jueves pasado estuvimos de nuevo, aunque esta vez fue muy especial. Nicolás Acosta, responsable de comunicación, nos enseñó los lugares que rara vez son vistos por el público, y que constituyen el corazón oculto de Gaira.  Llegamos temprano para tener la oportunidad de charlar tranquilamente, y tuvimos una conversación muy interesante sobre los orígenes y los significados de todo lo que íbamos a ver. Eso sí: distó mucho de ser tranquila, pues Nicolás se levantaba súbitamente para mostrarnos algo, o para que escucháramos un músico que acababa de entrar en la sala: imposible no contagiarse de su entusiasmo.

Clarinete de Lucho Bermúdez
Recorrimos el local de arriba abajo, trepando por empinadas escaleras y atravesando puertas que uno ni siquiera ve si no presta atención. El local ocupa el lugar de la casa de Guille y Carlos Vives, en la que en los 90 los hermanos abrieron un restaurante, con su madre Araceli al frente de la cocina. En 2007 se reformó completamente, aunque se conservaron las referencias simbólicas más importantes: la chimenea, junto a la que los hermanos cantaban amenizando las veladas con familiares y amigos, y los elementos arquitectónicos del valle del Magdalena: el techo de zinc, la estructura de madera y las paredes de cal propias de las casas de la zona bananera. No en vano fue entre los bananos del Magdalena donde nació la cumbia, fruto de un crisol de culturas que incluye hasta influencias del blues.

Mesero de Gaira. Foto: Jorge Bela
En nuestro recorrido pudimos contemplar algunos de los recuerdos que sirven simultáneamente de decoración y de homenaje: el clarinete de Lucho Bermúdez, una Fender de Juanes, el saxo de Pablo Montoya, ¡incluso una falda de Shakira! También hay lugar para líderes destacados, como una foto de Eliécer Gaitán y un poster  original de la campaña de Carlos Galán. Uno puede pasarse la tarde entera simplemente mirando todas estas cosas, pero nosotros no teníamos tiempo casi de detenernos: llegamos a la parte más alta del edificio, donde se ubica el centro tecnológico de Gaira: la imponente mesa de sonido y de luces (que luego supimos puede ser suplida por una simple tableta electrónica), el centro de cálculo que permite gestionar desde las comandas hasta los inventarios, y diversas oficinas, entre ellas las de Nicolás. Detrás del escenario se encuentra el “sancta sanctorum” de Gaira: el camerino de Carlos Vives: informal y amistoso, se pone a disposición de todos los artistas invitados. También visitamos una pequeña plataforma justo ubicada sobre el escenario, donde es posible seguir los espectáculos sin ser visto.


Nicolás nos desvela los secretos de Gaira. Foto: Jorge Bela

Pero ya está demasiado larga esta entrada, mañana la terminaré, hablando de lo realmente importante: la comida y sobre todo la música de Gaira, mi lugar favorito en Bogotá.



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