Chicha: la bebida de los dioses

Jóvenes tomando chicha en la Candelaria. Foto: Toya Viudes
La Chicha, término que significa bebida de los dioses, está viviendo un renacimiento en Bogotá. De ser la principal bebida en tiempos prehispánicos, pasó a ser prohibida en 1948, con un decreto que tuvo vigencia legal hasta 1991. La prohibición nunca fue efectiva en el ámbito doméstico, pero si sirvió para que acabara el consumo masivo, al tiempo que la cerveza pasó a convertirse en la bebida más consumida en Colombia.
Calle del Embudo en Bogotá. Foto: Jorge Bela
La tradición se mantuvo en los pueblos, los barrios y las casas, y ahora en Bogotá la chicha está una vez más despertando interés, sobre todo entre los jóvenes. El epicentro de este movimiento es la calle del Embudo, en la Candelaria, que comparte con la bebida un origen prehispánico. Allí chicheras como Cecilia Delgado, Claudia Hernández, Mercedes Bulla o Yaimi recuperan recetas ancestrales que sirven en grandes totumos a una clientela predominantemente joven, que se toma un descanso en su trayecto desde alguna de las universidades cercanas hasta sus casas.
pequeño totumo, obsequio de las chicheras. Foto: Jorge Bela
Cecilia compartió su receta (excepto algunos condimentos que mantuvo en secreto):  la base es el maíz (en mazorca cuando es bueno, si no es preferible usar harina), clavo, anís, rayadura de naranja, y panela artesanal que ha de ser muy “mercochudita”, es decir, de muy buena calidad y pegajosa. Se hierve todo por cinco minutos, se deja enfriar y se traslada a moyos de barro, donde se deja fermentar, tapada, al menos ocho días, batiendo una vez cada uno de ellos. Transcurrido el plazo se cuela, se endulza y se deja fermentar cinco horas más. Mercedes nos reveló su secreto: añade piña.
Chichería en la Calle del Embudo. Foto: Bogotá Bike Tours.
En un ambiente festivo recorrimos las chicherías de la Calle del Embudo: son pequeños locales de dos pisos, completamente recubiertos de grafitis que dejan los estudiantes (“pintamos cada año, pero no hay manera,” nos explican las propietarias), con numerosos huecos entre las complicadas estructuras de madera y adobe: el lugar perfecto para la charla, el coqueteo, incluso la conspiración, como sucedió en la época de la independencia. Los enormes totumos se comparten, y el tiempo parece detenerse en un remanso de paz en el ojo del torbellino de una ciudad gigantesca como Bogotá. ¡Brindemos por Cecilia, Claudia, Mercedes, Yumi! Sobre ellas, y el resto de chicheras de Colombia descansa el reto de mantener viva esta tradición milenaria.

¿En qué pais se puede ser papá, hijo y hermano a la vez? En Colombia, por supuesto!

Un padre y su hijo pedalean en la Ciclovía. Foto: Jorge Bela
Confieso que hay muchos términos que se usan de una forma en Colombia que no tengo nada clara. Uno de ellos es “papá”. El diccionario no ayuda: según la RAE, es una “forma coloquial de padre, respecto a sus hijos”. Entonces, ¿cómo explicar lo que vi recientemente en un café?: un padre llamaba a su hijo de cinco años “papá”. En ocasiones perfectos desconocidos me han llamado “papá,” con gran susto por mi parte la primera vez, admito. Cada vez que lo escucho, se despierta toda mi atención, a ver si ato cabos, y tras varias observaciones empíricas creo que “papá” en Colombia se usa coloquialmente como forma afectiva de expresar cariño y respeto. Cuando se usa en el sentido de la RAE siempre va con el posesivo: “mi papá,” salvo cuando uno es efectivamente el padre…


Padres, hijos y hermanos en la Ciclovía. Foto: Jorge Bela

Lo miso sucede con “mi hijo” y “mi hermano”: aquí no se trata de indicar parentescos, sino grados de amistad, de confianza. Todavía no tengo nada claro en qué momento usar cada una de estas expresiones, ni cuales son las sutilezas que cada una de ellas conlleva. Por eso procuro evitar utilizarlas, quizá algún lector de este blog pueda aclarar las cosas un poco.

En todo caso, nadie se debe sorprender, ni alarmar, si en Colombia a uno le convierten en padre, en hijo y en hermano a lo largo de una sola conversación. Seguiremos informando…

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Feria de Arte en Odeón

Obra de Juan Pablo Echeverri. Foto: Jorge Bela
Obra de Juan Pablo Echeverri. Foto: Jorge Bela
El lunes pasado estuve en la Feria de Arte Contemporáneo, en el Espacio Odeón. Junto con artBO y Sincronía, convirtieron por unos días a Bogotá en el epicentro del mercado del arte en América Latina. La Feria de Arte es, por su propia naturaleza, mucho menor en números que la gigantesca artBO, pero no es pequeña: 18 galerías y artistas colombianos, cubanos, argentinos y hasta un japonés. La Fundación que gestiona el odeón organizó coloquios, presentaciones, incluso performances aprovechando el magnífico espacio que gestionan.

Espacio Odeón. Foto: Jorge Bela
Espacio Odeón. Foto: Jorge Bela

Espacio Odeón. Foto: Jorge Bela
Espacio Odeón. Foto: Jorge Bela
Y es que el Espacio Odeón merece mención aparte. Fundado como un cine en los años 40, paso a funcionar como teatro Popular de Bogotá en los años 60, hasta que cayó en el abandono y la ruina a partir de 1997.No fue hasta la segunda década de este siglo cuando el teatro recobró el pulso, ahora como sede de una fundación cultural gestionada por cuatro mujeres: Tatiana Rais (Directora), Vanessa Adatto (Relaciones Públicas), Maria Fernanda Currea (Gerente de Proyectos) y Juliana Steiner (Gerente Administrativa).


Juan Carlos Zaldívar. Foto: Jorge Bela
Lavamanos luminoso de Juan Carlos Zaldívar. Foto: Jorge Bela


El año pasado se presentó la primera edición de la Feria Internacional de Arte, pero ha sido este año en el que la fundación ha cogido vapor de crucero y, con el espacio plenamente consolidado, ofrece una programación cultural a lo largo de todo el año que vale la pena seguir.







artBO: en la feria, el arte despega en Bogotá


Oniria, de Nadín Ospina. Galeria el Museo. Foto: Jorge Bela
 El domingo estuve en artBO, la mayor feria de arte de Colombia. Las cifras hablan por si solas: docenas de galerías, más de 400 artistas y 40.00 visitantes, algo impensable hace muy pocos años. Y sospecho que esto no es nada más que el principio, como lo fueron las primeras ediciones de ARCO, y que en muy poco tiempo artBO será un evento con una repercusión muchísimo mayor.

Observando una obra. Foto: Jorge Bela
La voz se ha corrido y había galerías de muchísimos países: España, Cuba, México, Francia, EEUU, Brasil, Italia, Chile y un largo etcétera. Al ser el penúltimo día de la feria, y domingo, los asistentes eran mayoritariamente curiosos y amantes del arte, pero los numerosos puntos rojos (pequeños y difíciles de ver, pero omnipresentes) atestiguaban el paso de coleccionistas con intenciones serias. Sin duda el lunes, ya sin el gentío dominical, se cerraron muchas operaciones. artBO no ha hecho públicas cifras de ventas.
Largas colas en la entrada. Foto: Jorge Bela
No soy experto en arte, pero lo paso muy bien en este tipo de ferias. Siempre se ven cosas que llaman la atención, o se encuentran obras de artistas que conozco y admiro, como una instalación de Oniria, de Nadín Ospina, en la Galería el Museo. Inevitablemente, también se ven cosas que provocan un demorado rascado de cabeza, pero no tengo otra opción que pensar que se trata del fruto de mi desconocimiento y no tanto de que la pieza sea un extraño bodrio.

Luminoso de Wilson Díaz. Foto: Jorge Bela
No fue la única feria de arte que tuvo lugar en Bogotá la semana pasada. En Usaquén se celebró Sincronía, abierta a jóvenes artistas. Por falta de tiempo no pude verla. También se celebró una interesantísima Feria de Arte Contemporáneo en Odeón, un espacio que por si mismo vale la pena visitar. En un próximo blog hablaré de esta feria. Que el arte esté cobrando tal protagonismo en Bogotá, es un indicador adelantado del cambio de prioridades que la prosperidad está trayendo a Colombia. Bienvenida sea.


Vuelta a la Sierra: las Lagunas

Laguna de los Verdes. Foto: Alejandro Cavanzzo
Laguna de los Verdes. Foto: Alejandro Cavanzo
ATENCIÓN: En el 2013 PNN de Colombia ha prohibido el acceso a la parte oriental del parque, respondiendo a una petición de la comunidad U'Wa. Se recomienda informarse con las autoridades del parque antes de iniciar una excursión por esta zona.

Dicen los geólogos que los nevados de El Cocuy se elevaron a los largo de millones de años, en un proceso que califican de relativamente rápido en los términos que habitualmente manejan. Sin embargo, para los caminantes, sobre todo para quien los observa desde su cara oriental, da la impresión de que se levantaron en un violento cataclismo, en a penas unas horas. Y el proceso no se detuvo: los saltos de agua, los constantes aludes de nieve, y los peligrosamente recientes derrumbes de rocas dan un brutal dinamismo al paisaje.
Laguna de la Isla. Foto: Alejandro Cavanzo
Pero toda la turbulencia y vertiginosidad de las moles verticales se vuelve calma y tranquilidad en las lagunas que jalonan la vuelta de la sierra. Aprovechando cualquier espacio horizontal, las aguas se toman un prolongado descanso antes de seguir su veloz descenso hacia el Magdalena o el Orinoco. No sorprende que los campamentos se hagan junto a las lagunas, no solo por su belleza, sino por la paz que reina en su entorno. Cada una tiene un color, y sus aguas tienen un sabor diferenciado según los minerales que hayan arrastrado en su camino.

Las tiendas, cerca de la Laguna del Pañuelo. Foto: Alejandro Cavanzo
La primera jornada concluye en la Laguna de los Verdes, la más baja de la caminata (menos de 4.000 metros). En la segunda jornada caminamos junto a la de la Isla, y tras agotador boquerón de la Sierra, sobrepasamos la del Avellanal, pues decidimos acampar bajo la protección de la Cueva Larga. En la tercera jornada, rumbo al Alto del Castillo pasamos junto a la del Rincón, siendo nuestro destino la del Pañuelo. Sin embargo, antes de llegar encontramos una laguna, que no tiene nombre, con una acogedora playita, y decidimos acampar allí: yo me sentía como si hubiera llegado al Ritz! Esa noche estuvimos escuchando hasta muy tarde el ronco sonido de las avalanchas de nieve que caían desde los gigantes. En la cuarta jornada bordeamos la Laguna del Pañuelo (a pocos minutos del lugar de nuestra acampada) y la de Hoja Larga (en realidad una serie de lagunillas pequeñas) y llegamos a la majestuosa Laguna de la Plaza: la mayor y más hermosa de todas. Desde allí pudimos contemplar el Toti, pico que escalamos en enero de este año.


El Toti, desde la Laguna de la Plaza. Foto: Jorge Bela
El último día, como no podía ser de otra, tuvimos una despedida espectacular: desde el Alto de Cusirí se desciende al Valle de Las Lagunas, con la de Parada, Cuadrada y Pintada, entre incontables lagunillas menores, y cascadas descendiendo desde los picos nevados. Es una jornada agotadora, pero es inmensa la felicidad con la que se llega al final de la caminata


Jorge, Carlos Fernando y Alejandro, en la Laguna de la Plaza. Foto: A. Cavanzo





Victor Correa: pionero, emprendedor, y amante de los nevados.



Victor Correa. Foto: Guaicani
No llegué a conocer a Victor Correa, pero si intercambié unos correos electrónicos con él cuando estaba buscando la forma de conocer el PNN de El Cocuy. La empresa de guianza que fundó está entre las más conocidas de la zona, y son incontables los montañeros que han recorrido los nevados con ellos. Su simpatía, su capacidad emprendedora, y su inagotable energía constituyen un ejemplo de lo mejor que Colombia puede ofrecer. He sentido muchísimo su desaparición, desde la semana pasada, en el Himalaya, cuando intentaba hacer cumbre en el Manaslu. Comparto la tristeza la conmoción y el duelo que sin duda se vive estos días en El Cocuy y en El Güican. Aunque nunca le conocí, le voy a echar de menos la próxima vez que recorra ese maravilloso parque natural. Buen camino, Víctor.

La vuelta a la sierra: Boquerones de altura



Vista desde el Alto de la Sierra. Al fondo: el Alto del Castillo. Foto: Martín Jiménez Garzón
ATENCIÓN: En el 2013 PNN de Colombia ha prohibido el acceso a la parte oriental del parque, respondiendo a una petición de la comunidad U'Wa. Se recomienda informarse con las autoridades del parque antes de iniciar una excursión por esta zona.

Dice una canción popular española que por el monte “corren las sardinas”. Lo cierto es que las montañas de Colombia están llenas de boquerones, aunque con este término no se refieren aquí, al contrario de lo que es habitual en España, al pariente menor de las sardinas, sino a la primera acepción del término en el diccionario de la RAE: una abertura grande. Y es una suerte la existencia de estos boquerones o aperturas serranas,  pues permiten el paso a los caminantes, como milagrosas puertas abiertas entre los gigantes infranqueables.

El Alto de la Sierra. Foto: Alejandro Cavanzo
Son seis los boquerones que hay que atravesar en la vuelta a la Sierra Nevada de El Cocuy (excursión que ningún montañero que visite Colombia debería perderse). Al menos seis cuyo nombre conozco, pues alguno más se atraviesa en los cinco días que dura la caminata. Si se hace de norte a sur, como la hicimos nosotros, el primer paso es el del Cardenillo, y toma el nombre del río que allí nace. Está a 4.400m, y nosotros lo atravesamos con ayuda de caballos. La lluvia que nos acompañó en esa primera jornada se convirtió en una dura nevada en el punto más alto del trayecto.

En la segunda jornada primero ascendimos a Alto de los Frailes, 4200 m, un simple calentamiento para lo que venía a continuación: el brutal Alto de la Sierra, con cerca de 4.800m, y unos 700 metros de ascensión casi continua, los últimos 100 sumamente empinados. El boquerón se divisa desde lejos, y tiene un aspecto amenazador, casi brutal. Uno no sabe ni como llega a la cima, casi sin respiración, y con algo de mareo. Los 14 kilos de la mochila desde luego no ayudan, y tampoco la lluvia que hizo su aparición en la última media hora. Pero una vez que se consigue, la alegría es inmensa, y se olvida casi de forma instantánea la dureza de la ascensión. Pese a la lluvia y al agotamiento, el descenso hacia la acogedora Cueva Larga, lugar de nuestra segunda pernocta, no se hizo demasiado largo.

Llegando al Alto del Castillo. Foto: Alejandro Cavanzo
En la tercera jornada hicimos frente al Alto del Castillo, un nombre imponente para un paso que, tras la paliza del día anterior, no se nos hizo demasiado duro. Nuestros corazones ya se estaban aclimatando a la altura, y eso ayudaba mucho en las subidas. Antes de iniciar la jornada pudimos ver que el Alto de la Sierra estaba completamente cubierto de nieve (cuando lo atravesamos en día anterior no tenía ni gota), y también la encontramos al llegar al Alto del Castillo, a unos 4.600 m.

En la cuarta jornada nos topamos con el Alto de los Balcones, que sobre el papel parece uno de los más sencillos, pues a penas está a 4.400 metros. Sin embargo, en los últimos metros el brutal abismo se abre demasiado cerca del lugar por el que se accede al boquerón. No es un lugar excesivamente peligroso, simplemente no es apto para caminantes que padezcan vértigo. Una vez superado el trance, el acceso es sencillo y el descenso hacia el siguiente valle es tranquilo, aunque aún resta pasar otro alto menor antes de llegar al lugar de la cuarta acampada: la Laguna de la Plaza.
Camino hacia un boquerón. Foto: Jorge Bela
Alejandro, protegiéndose del viento y la lluvia, llamando desde Cusirí. Foto: Jorge Bela
En el último día tuvimos dos tazas de caldo: El Patio de los Bolos y el Alto de Cusirí. El primero es relativamente suave, aunque impresiona el tamaño de las piedras entre las que discurre el camino (y los derrumbes aparentemente recientes: mejor no demorarse mucho en este paso). El segundo es quizá el más fuerte de la caminata, por lo empinado: son 300 metros de desnivel que hay que superar en ascenso constante, casi una hora de esfuerzo máximo. En el alto nos esperaba el primer rayo de cobertura telefónica. Alejandro, defendiéndose de la lluvia con todo su arsenal de impermeables, hizo la milagrosa llamada con la que concertó el transporte de regreso a El Cocuy. Empezamos el descenso y la lluvia cesó: ya solo nos quedaban unas tres horas de agradable y suave caminata hasta llegar a la finca de los Herrera, donde nos encontraríamos con la camioneta.

Atrás quedan los seis boquerones, que conozco como se conoce a las personas. Ahora casi he perdido el recuerdo del esfuerzo necesario para superarlos, pero tengo una memoria cada vez más viva de una excursión magnífica.


¿Quiere ver uno de los valles más hermosos del planeta?: Siga más, sumercé



ATENCIÓN: En el 2013 PNN de Colombia ha prohibido el acceso a la parte oriental del parque, respondiendo a una petición de la comunidad U'Wa. Se recomienda informarse con las autoridades del parque antes de iniciar una excursión por esta zona.

Llegar al Valle de los Cojines no es nada fácil, pero olvidarlo es imposible. De norte a sur, como hicimos nosotros la travesía de la sierra, se llega al Valle en la tercera jornada. Atrás quedan ya tres pasos: el del Cardenillo, el de los Frailes y el de la Sierra (con 4.800m el más alto de todo el trayecto).
Uno de los miles de cojines que jalonan el Valle. Foto: Jorge Bela
La segunda noche acampamos al abrigo de la Cueva Larga, protegidos de la lluvia que cayó abundante. La Cueva está a 4.300 metros de altura, y por la noche mi corazón batía acelerado intentado suministrar el escaso oxígeno disponible a esa altura (no bajaba de las 110 pulsaciones, mientras en Bogotá en reposo tengo unas 55). Al despertar, el cielo estaba cubierto de nubes, que poco a poco fueron invadiendo todo el valle, en forma de niebla. Recogimos el campamento y continuamos la caminata, siendo nuestro primero destino del día el Valle de los Cojines.


El camino era bueno, y lo seguimos confiados. Alejandro tuvo una primera intuición y consultamos el mapa y el GPS, pero todo parecía correcto. Seguimos descendiendo, charlando animadamente (los ascensos son mucho mas silenciosos, por razones obvias), y de pronto la niebla comenzó a despejarse: vimos entonces un inmenso valle que descendía abruptamente hacia los llanos. Alejandro se dio cuenta de forma inmediata de que habíamos tomado un camino equivocado. Dimos la vuelta hasta que encontramos el camino correcto, mucho menos marcado. Tuvimos suerte, pues solo nos desviamos unos 15 minutos, peor suerte tuvieron unos excursionistas que hace una década estuvieron 40 días perdidos por los llanos al equivocarse en ese mismo lugar. 

Valle de los Cojines. Foto: Jorge Bela
Finalmente y ya con la niebla casi totalmente despejada, llegamos al espléndido Valle de los Cojines. Tiene unos cinco kilómetros de largo, por uno de ancho, formando un rectángulo casi perfecto. En ambos extremos caen cascadas, que lo inundan permanentemente. Miles de cojines absorben el agua que no transcurre por el río que atraviesa el valle de sur a norte. Es una visión espectacular: parece que somos los primeros seres humanos en llegar a este sitio tan hermoso.

Cartel oficial que anima a los caminantes: "siga más sumerce". 
Los cojines pueden llegar a ser enormes, con casi dos metros de diámetro. Pese a parecer musgos, son plantas fuertes, con raíces que pueden llegar a tener metros de profundidad. Las autoridades del Parque piden que no se pisen, pues como los  corales, pueden morir ante el mas pequeño roce humano. A la derecha, los gigantes nevados vigilan el Valle, y alimentan generosamente su sed incansable. Espero poder volver algún día a este lugar que no se parece a ningún otro que yo haya visto.

Nueva visita al Museo del Oro: ¡El patrimonio no se vende!


Disco Rotatorio. Museo del oro.


Ayer regresé a Bogotá después de estar seis días dando la vuelta a la Sierra Nevada de El Cocuy, la caminata más espectacular que he hecho en mi vida. Dormir bajo los gigantes nevados compensa con creces el aislamiento total (no hay señal alguna de celular), la lluvia y el cansancio de jornadas de siete, y hasta nueve, horas caminando.

Nada más llegar a Bogotá, fui con Toya a la presentación de una exposición temporal en el Museo del Oro: “Una mirada desde el patrimonio arqueológico.” Si las montañas son la columna vertebral de Colombia, el patrimonio cultural es su sistema nervioso, el lugar donde reside el subconsciente, la identidad del país.

La exposición es pequeña, sobre todo en medio de la inmensidad del Museo del Oro, a penas unos paneles informativos, pero es sumamente interesante. Muestra como hasta mediados del siglo XIX los objetos de oro se consideraban sobre todo como materia prima, generalmente a fundir. Con el tiempo, los coleccionistas dieron a los objetos un valor mucho mayor que los materiales con los que estaban hechos, y se compraban y vendían libremente.

No fue hasta entrado el Siglo XX cuando se tomo conciencia del verdadero valor de los objetos arqueológicos, y pasaron de ser material comercial a ser patrimonio de la Nación. En 1969 el Banco de la república compró un poporo Quimbaya, dando así inicio a la colección que hoy constituye el impresionante Museo del Oro. La protección del patrimonio arqueológico se fue plasmando en distintas leyes, incluso en la constitución de 1991: ya nadie puede ser propietario de un patrimonio que solo corresponde a la Nación. Quienes ahora tengan en su poder objetos de este tipo, pueden ser tenedores, pero están sujetos a la obligación de mantenerlos, y de registrarlos. Y es precisamente el agotamiento del plazo legal para el registro, que termina en 2013, lo que ha impulsado que se haga esta exposición temporal.

La presentación corrió a cargo del antropólogo del Museo del Oro Héctor García, uno de los curadores de la exhibición, que logró transmitir su entusiasmo a los presentes. El patrimonio histórico no son solo los objetos precolombinos, aclaró, sino también toda la herencia patrimonial de los tiempos coloniales y de la república. Vale la pena echar un vistazo a esta exposición temporal.

Hector García, antropólogo del Museo del Oro. Foto: Toya Viudes



Peatonalización de la Carrera Real, ¿desparche o buen gobierno?

Figura ceremonial en el Museo del Oro. Foto: Jorge Bela

Ayer estuve paseando por la Carrera 7ª, antigua Carrera Real del Comercio. La recorrí desde la Calle 86 hasta la Plaza Bolívar, donde desemboca. Históricamente ha sido una de las calles más importantes de Bogotá, y se construyo sobre un camino prehispánico. En tiempos de la colonia, el nombre escogido atestigua la relevancia que le quisieron otorgar, y sobre ella se edificaron las iglesias y conventos más destacados de le época (todos, menos el de Santo Domingo que fue demolido parcialmente, aún existen. A lo largo del siglo XIX  y principios del XX se llenó de palacetes y casas señoriales, algunas de las cuales permanecen, la mayoría convertidas en embajadas. A mediados del siglo XX sirvió para la construcción de sucesivos centros financieros, por lo que a sus costados descansa gran parte de la actividad económica de la ciudad: todo lo que se hace, o deja de hacer, en esta vía, genera gran polvareda y controversias públicas que parecen no tener fin.

Cartel que indica que comienza la zona peatonalizada. Foto: Jorge Bela
Esta semana ha entrado en vigor la peatonalización de la Carrera 7º desde la calle 26 hasta la Plaza Bolívar. La medida, tomada personalmente por el alcalde Gustavo Petro, ha generado una gran polémica. Urbanistas, historiadores, asociaciones de comerciantes, periodistas, todos quieren tener una opinión al respecto. Entre las razones esgrimidas en contra de la peatonalización, están el que servirá como imán para los vendedores ambulantes, aumentará la inseguridad, y dificultará el acceso—ya de por si complicado—al centro, lo que redundará en un perjuicio para los comerciantes locales y un deterioro de la calidad de vida. El Alcalde responde que se tomarán las medidas para que todo esto no ocurra, y que se recuperará un espacio público valioso, como un primer paso de la revitalización del centro.

La peatonalización se ha hecho con un mínimo trabajo previo sobre la vía. Tan solo se han instalado unas jardineras con plantas, y se ha aumentado significativamente la vigilancia policial. También se ha anunciado que se permitirá la instalación de terrazas frente a los comercios existentes, lo que dará a la carrera un aire a las grandes vías peatonales de Europa.

Debate urbano convocado por Combo2600
Recuerdo bien que cuando se empezaron a peatonalizar las calles del centro de Madrid, los comerciantes y las asociaciones de vecinos se opusieron frontalmente. El tiempo fue demostrando que  han sido medidas positivas, y la última  peatonalización llevada a cabo, en el barrio de Las Letras a penas contó con oposición alguna. Sin embargo, las peatonalizaciones fueron siempre precedidas de importantes trabajos de adecuación y transformación en las vías, cosa que no ha sucedido en Bogotá. El próximo miércoles 26, mis amigos de Combo2600 organizan un seminario sobre este tema, que no me pienso perder.

Caminata a favor de la lucha contra el cáncer de mama
Entre tanto, el pasado domingo la 7ª era una fiesta. A los miles de ciclistas, corredores y paseantes que la transitan cada domingo (el tráfico se corta en toda su longitud y queda a disposición del resto de los ciudadanos) ser sumaba una marcha en apoyo de la lucha contra el cáncer de mama: música, diversión y literalmente decenas de miles de personas disfrutando. Yo aproveché para visitar el Museo del Oro, que esa gratuito los domingos. El tiempo dirá si la peatonalización de la 7º ha sido otra manifestación del desparche del alcalde, o una visión genial que contribuyó a la regeneración del hermoso centro histórico de Bogotá.

Atardece y anochece en Bogotá, en el día del amor y la amistad

Atardecer en Bogotá. Foto: Jorge Bela
Hoy es el día del amor y la mistad en Colombia. No he conseguido averiguar por qué se celebra la tercera semana de septiembre, pero sí que se celebra hace unos treinta años, y que está amenazado nada menos que por San Valentín, influencias anglosajonas, me dicen. Hoy es el día en que se intercambian regalos los enamorados, pero también los amigos, novedad que me parece muy acertada. Hay quien defiende que San Valentín debería ser para los enamorados, y septiembre para los amigos. Yo no me pronuncio, todo me parece bien siempre que nos acordemos de los seres queridos, y no caigamos en el frenesí comercial. Quizá en marzo debería haber un día de los hermanos....En todo caso el día del amor y la amistad no debe ser tan inocuo como suena, pues las autoridades han decretado el toque de queda, a partir de las once de la noche, de los menores de edad. 

Amanece en Bogotá
Para celebrar tan señalado día, quiero compartir con todos mis amigos del blog dos pequeñas películas que he hecho con un atardecer y un amanecer en Bogotá, ambas de esta semana. Los atardeceres cerca del ecuador son previsibles (siempre duran lo mismo) y espectaculares. Desde mi casa veo salir el sol detrás de los Cerros orientales. No puedo ver como desaparece puntualmente a las seis al fondo de la sabana, pero si puedo ver los destellos reflejándose en los edificios y en las montañas, que cada tarde parecen incendiarse. Tengo una amiga que vive en los cerros, y espero poder sacar la película que me falta: la del atardecer.
Atardecer en Bogotá

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Masonic House of the Temple: a Wonder Hidden in Plain Sight

Masonic House of the Temple. Photo: Jorge Bela There is plenty of invocation to classical architecture in Washington. Even modern buil...