sábado, 6 de octubre de 2012

La vuelta a la sierra: Boquerones de altura



Vista desde el Alto de la Sierra. Al fondo: el Alto del Castillo. Foto: Martín Jiménez Garzón
ATENCIÓN: En el 2013 PNN de Colombia ha prohibido el acceso a la parte oriental del parque, respondiendo a una petición de la comunidad U'Wa. Se recomienda informarse con las autoridades del parque antes de iniciar una excursión por esta zona.

Dice una canción popular española que por el monte “corren las sardinas”. Lo cierto es que las montañas de Colombia están llenas de boquerones, aunque con este término no se refieren aquí, al contrario de lo que es habitual en España, al pariente menor de las sardinas, sino a la primera acepción del término en el diccionario de la RAE: una abertura grande. Y es una suerte la existencia de estos boquerones o aperturas serranas,  pues permiten el paso a los caminantes, como milagrosas puertas abiertas entre los gigantes infranqueables.

El Alto de la Sierra. Foto: Alejandro Cavanzo
Son seis los boquerones que hay que atravesar en la vuelta a la Sierra Nevada de El Cocuy (excursión que ningún montañero que visite Colombia debería perderse). Al menos seis cuyo nombre conozco, pues alguno más se atraviesa en los cinco días que dura la caminata. Si se hace de norte a sur, como la hicimos nosotros, el primer paso es el del Cardenillo, y toma el nombre del río que allí nace. Está a 4.400m, y nosotros lo atravesamos con ayuda de caballos. La lluvia que nos acompañó en esa primera jornada se convirtió en una dura nevada en el punto más alto del trayecto.

En la segunda jornada primero ascendimos a Alto de los Frailes, 4200 m, un simple calentamiento para lo que venía a continuación: el brutal Alto de la Sierra, con cerca de 4.800m, y unos 700 metros de ascensión casi continua, los últimos 100 sumamente empinados. El boquerón se divisa desde lejos, y tiene un aspecto amenazador, casi brutal. Uno no sabe ni como llega a la cima, casi sin respiración, y con algo de mareo. Los 14 kilos de la mochila desde luego no ayudan, y tampoco la lluvia que hizo su aparición en la última media hora. Pero una vez que se consigue, la alegría es inmensa, y se olvida casi de forma instantánea la dureza de la ascensión. Pese a la lluvia y al agotamiento, el descenso hacia la acogedora Cueva Larga, lugar de nuestra segunda pernocta, no se hizo demasiado largo.

Llegando al Alto del Castillo. Foto: Alejandro Cavanzo
En la tercera jornada hicimos frente al Alto del Castillo, un nombre imponente para un paso que, tras la paliza del día anterior, no se nos hizo demasiado duro. Nuestros corazones ya se estaban aclimatando a la altura, y eso ayudaba mucho en las subidas. Antes de iniciar la jornada pudimos ver que el Alto de la Sierra estaba completamente cubierto de nieve (cuando lo atravesamos en día anterior no tenía ni gota), y también la encontramos al llegar al Alto del Castillo, a unos 4.600 m.

En la cuarta jornada nos topamos con el Alto de los Balcones, que sobre el papel parece uno de los más sencillos, pues a penas está a 4.400 metros. Sin embargo, en los últimos metros el brutal abismo se abre demasiado cerca del lugar por el que se accede al boquerón. No es un lugar excesivamente peligroso, simplemente no es apto para caminantes que padezcan vértigo. Una vez superado el trance, el acceso es sencillo y el descenso hacia el siguiente valle es tranquilo, aunque aún resta pasar otro alto menor antes de llegar al lugar de la cuarta acampada: la Laguna de la Plaza.
Camino hacia un boquerón. Foto: Jorge Bela
Alejandro, protegiéndose del viento y la lluvia, llamando desde Cusirí. Foto: Jorge Bela
En el último día tuvimos dos tazas de caldo: El Patio de los Bolos y el Alto de Cusirí. El primero es relativamente suave, aunque impresiona el tamaño de las piedras entre las que discurre el camino (y los derrumbes aparentemente recientes: mejor no demorarse mucho en este paso). El segundo es quizá el más fuerte de la caminata, por lo empinado: son 300 metros de desnivel que hay que superar en ascenso constante, casi una hora de esfuerzo máximo. En el alto nos esperaba el primer rayo de cobertura telefónica. Alejandro, defendiéndose de la lluvia con todo su arsenal de impermeables, hizo la milagrosa llamada con la que concertó el transporte de regreso a El Cocuy. Empezamos el descenso y la lluvia cesó: ya solo nos quedaban unas tres horas de agradable y suave caminata hasta llegar a la finca de los Herrera, donde nos encontraríamos con la camioneta.

Atrás quedan los seis boquerones, que conozco como se conoce a las personas. Ahora casi he perdido el recuerdo del esfuerzo necesario para superarlos, pero tengo una memoria cada vez más viva de una excursión magnífica.


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