Múcura: el mayor lujo es la tranquilidad


Durante nuestra primera noche en Múcura descargó una tormenta impresionante. Lloviznaba cuando nos acostamos, y seguía lloviendo cuando nos despertamos, pero lo mas fuerte, incluyendo incontables rayos, vino a horas indeterminadas, sacándonos de nuestros por otro lado plácidos sueños. Los empleados del hotel estaban felices: “hacía 6 meses que no llovía, y ha hacía falta.” El pararayos funcionó a la perfección, y a la hora del desayuno la lluvia y los nubarrones oscuros se fueron alejando. Lo bueno, la dirección daba luz verde a la inmersión, lo malo, los que íbamos a bucear no pudimos darnos el festín que nos apetecía: las arepas de huevo tendrían que esperar al día siguiente.


Nuestro programa de actividades era intenso. Teníamos un solo día, que podíamos haber empleado perfectamente en disfrutar de la playa, del baño y del careteo por las inmediaciones del hotel. Sin embargo, participamos en la mayor cantidad de actividades posible. Primero, una inmersión con bombonas. Después, un paseo en kayak. A continuación el almuerzo. Por la tarde excursión de careteo y observación de delfines. Finalmente, un paseo en barca al atardecer para conocer los islotes cercanos, incluyendo Tintipan, donde la noche anterior hicimos el baño nocturno,  Santa Cruz, una isla fascinante y singular a la que dedicaré un post más adelante.


De todas las actividades, quizá la que mas disfruté fue el careteo, pues el fondo marino es espectacular en el arrecife cercano a la isla, la temperatura del agua perfecta, y hay una gran cantidad de peces. Las inmersiones con bombona siempre son atractivas y tienen un encanto singular, pero los colores y los detalles se disfrutan mas a menor profundidad. En todo caso, el hotel tiene un acuerdo con una escuela de buceo de Cartagena que suministra todo el equipo necesario para la inmersión


Una vez en tierra disfrutamos del happy hour, con cocteles a mitad de precio y un ambiente relajado sobre la playa, hasta la hora de la cena de despedida, para la cual nos vestimos todos de blanco. Los más aguerridos del grupo participaron después en un karaoke, pero yo estaba demasiado cansado y me fui a dormir mas temprano. La música se apaga, en todo caso, a las 11 de la noche.


En Punta Faro el mayor lujo es la tranquilidad, junto con la simpatía de todo el personal. Hay habitaciones de lujo, pero a mi me asignaron una standard, que era amplia y muy agradable. No se trata de un “all inclusive,” aunque en el precio de la habitación se incluyen las tres principales comidas, que son muy buenas. Los menús son respetuosos con el medio ambiente, evitándose la pesca de especies locales (se trata de un parque submarino con alta protección).


Eso sí, conviene llevar protector solar y un repelente de mosquitos, pues éstos pueden hacer su aparición al atardecer y al amanecer, sobre todo si ha llovido como fue el caso durante nuestra visita. El hotel no es barato, pero considerando su ubicación remota y la dificultad de la operación, se pueden considerar ajustados. El costo de la lancha rápida desde Cartagena es de 150.000 pesos. El viaje es cómodo y entretenido.


Mi agradecimiento al Hotel Punta Faro y a Viva Colombia por invitarme a participar en este blog trip.

Baño luminoso en el Caribe Colombiano

Playa del Hotel Punta Faro. Foto: Jorge Bela

“ese resplandor contagioso que me queda en las manos,
ese río luminoso en que hundo mis brazos”

En estos hermosísimos versos de Vicente Aleixandre (el poema completo va al final) pensaba mientras me sumergía en las aguas tranquilas de la Isla Tintipan. Uno a uno los ocupantes de la lancha, anclada entre los manglares interiores de la isla, saltamos en plena oscuridad y con cierto recelo. La temperatura perfecta del agua ayudó a vencer los temores iniciales. Tal y como nos anunciaron, el movimiento de nuestros cuerpos desencadenaba el efecto fosforescente del plancton, y el agua brillaba entre cascadas de tenues estrellas. Solo por este momento valió la pena el viaje a la isla de Múcura, en el Archipiélago de San Bernardo, uno de los lugares mas hermosos y singulares de Colombia.

Higuerón. Isla Múcura. Foto: Jorge Bela

Pero el largo día había comenzado muchas horas antes, en el aeropuerto de Bogotá donde un grupo de periodistas abordamos el vuelo que nos llevaría hasta Cartagena. Allí tomamos una lancha rápida (500 caballos de potencia en cada uno de sus dos inmensos motores, según me dijo el capitán), rumbo a Múcura. La travesía duró algo mas de hora y media, y en el Hotel Punta Faro nos recibieron haciendo sonar la campana que cuelga de un higuerón centenario. Nada mas desembarcar nos topamos con un cartel que anunciaba “el fin del afán,”  y unos banquitos bajo el árbol en los que nos acomodaron para explicarnos algunas cosas: en hotel las habitaciones no tienen llave (para los mas temerosos hay cajas de seguridad en todas ellas), se trata de una isla absolutamente tranquila y sin inquietudes de seguridad. Nos detallaron los horarios de las comidas, incluidas en el precio. Finalmente nos explicaron las medidas necesarias para mantener el equilibrio ecológico de la isla, aunque a este fascinante tema dedicaré un post mas adelante.

Un rincón del Hotel Punta Faro. Foto: Jorge Bela

Tras el reparto de habitaciones y una vuelta por la playa tomamos el delicioso almuerzo, que es tipo buffet aunque la comida la sirven empleados del hotel. Después, a disfrutar del baño, a hacer algo de careteo por la zona, donde ya se pueden ver cantidades ingentes de peces tropicales…una tarde tranquila y, desde luego, sin afán. Para rematar, durante el atardecer un masaje extraordinario por parte de Noelia, una paisa que me confesó que su oficina, abierta al Caribe, es la mejor del mundo. Cuando ya parecía imposible que la cosa mejorara, nos convocaron al paseo nocturno por los manglares de la isla vecina, Tintipán, para sentir la experiencia del plancton fosforescente. Tuvimos mucha suerte, pues no siempre se puede realizar esta actividad: se deben dar circunstancias muy precisas, como cielos despejados y sin luna, que solo se dan pocos días cada mes.

 La amabilidad del personal del Hotel es extraordinaria. En la foto: Juan Carlos.
Al regreso al hotel, una cena, ligera pues al día siguiente teníamos programado el buceo muy temprano. Pero eso ya lo contaré en mi próximo post. Ahora les dejo con el poema de Vicente Aleixandre.

Noelia en su oficina. Foto: Jorge Bela

* Mi agradecimiento a Viva Colombia y al Hotel Punta Faro por invitarme a participar en este blog trip




Muelle del Hotel El Faro, Múcura. Foto: Jorge Bela
Ven siempre, Ven
Vicente Aleixandre (premio Nobel 1977)

No te acerques. Tu frente, tu ardiente frente, tu encendida frente,
las huellas de unos besos,
ese resplandor que aun de día se siente si te acercas,
ese resplandor contagioso que me queda en las manos,
ese río luminoso en que hundo mis brazos,
en el que casi no me atrevo a beber, por temor después a ya una dura vida de lucero.

No quiero que vivas en mí como vive la luz,
con ese ya aislamiento de estrella que se une con su luz,
a quien el amor se niega a través del espacio
duro y azul que separa y no une,
donde cada lucero inaccesible
es una soledad que, gemebunda, envía su tristeza.

La soledad destella en el mundo sin amor.
La vida es una vívida corteza,
una rugosa piel inmóvil,
donde el hombre no puede encontrar su descanso,
por más que aplique su sueño contra un astro apagado.

Pero tú no te acerques. Tu frente destellante, carbón encendido que me arrebata a la propia conciencia,
duelo fulgúreo en que de pronto siento la tentación de morir,
de quemarme los labios con tu roce indeleble,
de sentir mi carne deshacerse contra tu diamante abrasador.

No te acerques, porque tu beso se prolonga como el choque imposible de las estrellas,
como el espacio que súbitamente se incendia,
éter propagador donde la destrucción de los mundos
es un único corazón que totalmente se abrasa.

Ven, ven, ven como el carbón extinto oscuro que encierra una muerte;
ven como la noche ciega que me acerca su rostro;
ven como los dos labios marcados por el rojo,
por esa línea larga que funde los metales.

Ven, ven, amor mío; ven, hermética frente, redondez casi rodante
que luces como una órbita que va a morir en mis brazos;
ven como dos ojos o dos profundas soledades,
dos imperiosas llamadas de una hondura que no conozco.

¡Ven, ven, muerte, amor; ven pronto, te destruyo;
ven, que quiero matar o amar o morir o darte todo;
ven, que ruedas como liviana piedra,
confundida como una luna que me pide mis rayos!



Vigía del Fuerte y su Parque Educativo


Barca en el río Atrato. Foto: Jorge Bela
Vigía del Fuerte ha estado en las noticias esta semana. Atrás han quedado los días en que esta zona del río Atrato, el más caudaloso de Colombia, saltaba a los diarios y noticieros por los enfrentamientos entre grupos armados. Esta semana la inauguración de un parque educativo, el primero del departamento, y de una nueva escuela para los indígenas Emberá han sido el motivo de las noticias. Educación frente a los problemas de violencia y exclusión: son los nuevos tiempos en Colombia.

Casa preparadas para las crecidas. Foto: Jorge Bela
Hace un par de semanas tuve la fortuna de conocer Vigía del Fuerte. Fue a penas una visita de unas horas, pero me dejó una fuerte impresión. Llegamos en helicóptero, en un hermosísimo viaje desde Medellín (solo se puede llegar por vía aérea o por el río: 8 horas de navegación desde la costa). Un grupo de periodistas viajamos invitados por la Gobernación de Antioquia para conocer de cerca las obras del parque educativo y de la escuela, financiada por ellos y la Fundación Fraternidad. Todo estaba siendo rematado para su inauguración, que finalmente se produjo esta semana.


Instalaciones del Parque Educativo de Vigía del Fuerte. Foto: Jorge Bela
Ya escribí en otro lugar sobre la idea de los parques educativos, lanzada por el gobernador Fajardo siguiendo el proyecto implementado con éxito en Medellín. Al igual que en la capital, lo que se busca es generar espacios de convivencia con un fuerte carácter formativo. Las instalaciones deportivas, las nuevas tecnologías, las bibliotecas y los espacios para los ensayos forman parte integral de estos proyectos. Vigía del Fuerte compitió con el resto de los municipios del departamento, y logró obtener uno, el primero de todos, al que han llamado Saberes Ancestrales. En el proyecto se contempla que los equipamientos deportivos y educativos sirvan de marco para la transmisión de las tradiciones ancestrales tanto de las comunidades afrodescendientes como de las indígenas. La creación de estos equipamientos supone la mayor inversión pública realizada en la ciudad en todos los tiempos.

Myriam Serna, alcaldesa de Vigía del Fuerte. Foto: Jorge Bela
Durante la visita tuvimos ocasión de conocer a la alcaldesa, Myriam Serna. La fortaleza de esta mujer, que crió a seis hijas antes de dedicarse a la política, es indudable. “Yo no sabía qué poner en la solicitud del parque,” nos dijo, “pero sí supe buscar a la mejor gente de Vigía del Fuerte para que me ayudara. En seguida me di cuenta de que ésta era una oportunidad que no nos podíamos permitir desperdiciar.” Nos acompañó durante toda la visita, con una sonrisa constante en el rostro. Su tenacidad ha sido decisiva  para que se obtuviera la concesión del parque. En Vigía aún queda mucho por hacer: la ciudad carece de agua corriente, alcantarillado, y la central eléctrica –demasiado ruidosa, molesta e instalada en pleno centro de la ciudad – a penas suministra corriente unas horas al día, pero las cosas parecen estar marchando en la buena dirección.

Estudiantes de Vigía del Fuerte. Foto: Jorge Bela
El viaje aéreo desde Medellín es hermoso. Se sobrevuelan ríos y cordilleras, hasta divisar el Atrato y sus incontables meandros que rompen la monotonía de la jungla. En Vigía del Fuerte nos esperaba una banda de música arrancando compases de cumbia entre el calor fluvial. El contraste entre la gran y cosmopolita capital y la pequeña ciudad selvática no puede ser mayor. La belleza del lugar es inmensa. Aunque no es fácil llegar, constituye una visita inolvidable.

Ceremonia de bendición y entrega de regalos. Foto: Jorge Bela
Algún día me gustaría remontar el Atrato desde Turbo, mezclado con los lugareños, para regresar a Vigía del Puerto: sin duda un viaje fascinante. La construcción de los parques ha tenido como consecuencia la apertura de hoteles para los trabajadores llegados de fuera, que ahora quedan listos para viajeros de negocios y para turistas. Un lugar más en Colombia, hermoso y hasta hace muy poco cerrado al mundo exterior, que se abre para los visitantes que busquen lugares excepcionales, apartados de las rutas más trilladas y masificadas.

Espectacular río Atrato desde el aire. Foto: Jorge Bela
Como siempre recuerdo, cuando se exploran zonas recientemente abiertas al turismo es imprescindible contratar guías locales que conozcan bien la zona, y asesorarse muy bien sobre la región que se visita. También, al tratarse de una región tropical, es necesario vacunarse contra algunas enfermedades, por lo que se recomienda consultar al servicio de salud local al menos diez días antes de viajar.

El Camino de Santiago recordado desde Colombia


Ya lo he dicho en otras ocasiones, hay viajes que tienen un poder transformativo: no solo entretienen, o divierten, sino que generan cambios duraderos en nuestras vidas. En los viajes también se aprende, y a menudo las razones que nos impulsaron a iniciarlos se difuminan, incluso se hace irrelevantes, en el torrente de eventos inesperados que inevitablemente se producen. Esto queda perfectamente ilustrado en el divertidísimo blog sobre su viaje en bicicleta por Camboya y Vietnam de mi amiga Yamila.


Pero el Camino de Santiago es singular por muchas razones. La más evidente es que se hace caminando, algo completamente inusual en nuestra civilización. También es muy claro su significado religioso, espiritual e histórico, aunque se pueda realizar sin problemas ignorando estos tres aspectos. Finalmente, en su versión moderna, tiene un principio y un fin alejado de los aeropuertos o de las grandes terminales de transporte: se empieza al borde de un camino, y se termina al borde de otro: siempre avanzando en una dirección, siempre manteniendo el foco en un punto: Santiago de Compostela.


Es la segunda vez que he hecho el Camino. La primera lo hice desde Madrid. En esa ocasión salí de mi casa, econtrándome con mi amigo Fernando en el portal. De ahí partimos, sin tocar un vehículo de tracción mecánica hasta nuestra llegada a pié a Compostela. Atravesamos Castilla la Vieja de sur a norte, y de éste a oeste, hasta adentrarnos en Galicia. En esa ocasión conocí por primera vez Tierra de Campos y lugares mágicos como Peñaflor de Hornija. También me sentí en comunión con los gallegos que durante siglos bajaban a Castilla para las cosechas, en su lucha perenne contra la pobreza y el hambre. Su viaje aún está recogido en incontables toponimias que aguardan ser descubiertas en los mapas más detallados. Durante esas semanas aprendí lo poco que necesitamos para ser completamente felices, algo que Yamila también aprendió en Camboya y Vietnam.


La semana pasada me invitó Fernando de nuevo a recorrer las últimas etapas del Camino. No lo dudé. Nos acompañaron Carmen y Pepe. Fue un grupo perfecto. Los kilómetros fluían en medio de interminables conversaciones sobre los temas mas variados, sin acuerdos ni desacuerdos, tan solo intercambios de puntos de vista. Empezar el camino en Galicia da una perspectiva totalmente nueva de las etapas. Los paisajes estaban espectaculares, verdes y trufados de flores. Me temía aglomeraciones, pero no se produjeron. Fueron 116 kilómetros, pero los recuerdo como 16. Inevitablemente, por el camino se hacen amigos, ya sea campesinas que trabajan junto al camino, u otros peregrinos, algunos con historias realmente excéntricas que es difícil escuchar en otros contextos.



Hay incontables guías del Camino, muchas gratuitas y muy completas, y hay muchos caminos. El más concurrido es el francés, por eso quizá recomiendo considerar algún otro, aunque suelen conllevar mayores esfuerzos. Todos son buenos, en todos se aprende, y de todos se regresa transformado.




Taxi Tienda, innovación y comercio en Medellín

Espectaculares luces multicolores en el Taxi Tienda. Foto: Jorge Bela

Ya lo he dicho en otra ocasión, Medellín es el motor industrial de Colombia, cuna del emprendimiento y lugar donde parece que todo es posible. Por eso no me sorprendió demasiado cuando en la salida del primer día del WUF7, al parar un taxi se detuvo el regentado por Uriel Zuliaga. En su tarjeta  de visita lo deja casi completamente claro: “mecatos, recargas, gorras, entre otros.” Y es que su vehículo no es un simple transporte, es todo un Taxi Tienda, en el que los pasajeros pueden comprar infinidad de cosas, desde una linterna hasta una botellita de aguardiente. Sin duda ambas cosas pueden venir muy bien en ciertas horas de la animada noche de la capital de Antioquia. Pero los pasajeros diurnos pueden recargar sus celulares— el Taxi Tienda dispone de datáfono – incluso picotear unas tradicionales  arepas.

Uriel Zuluaga, propietario del Taxi Tienda. Foto: Jorge Bela
Pero esto no es todo lo que ofrece Uriel a sus afortunados clientes: el taxi está equipado con un sofisticado sistema lumínico con bombillos LED que proyectan haces multicolores en todas direcciones. La música acomnpaña. Uriel lo tiene claro:”para salir adelante uno tiene que esforzarse al máximo. Las cosas han estado muy feas en Medellín y ahora toca redoblar el trabajo.”  Se siente muy orgulloso de su ingenio comercial, en la mejor yradición local, y me advierte de que ya ha salido en varias publicaciones y en programas de televisión. “Los clientes quedan encantados, y yo siento que hago el mejor servicio posible.”

El tráfico es lento en la hora pico, y Uriel me va mostrando su amplio abanico de productos. No necesito nada, pero dan ganas de comprar alguna cosa. Me resisto, estoy de paso en Medellín, y no puedo acumular cosas que no preciso. Sin embargo, es fácil imaginar clientes adquiriendo una linternita con la que detectar huecos en la puerta de sus casas, o pelaos rumbo a una agitada noche de reguetón compartiendo media de un exquisito "tapa azul.” Los precios son competitivos, fruto del fino olfato comercial del propietario del Taxi Tienda.


Finalmente llegamos a mi destino. Uriel se despide y le veo alejarse por la Avenida del Poblado . Las luces multicolores en su interior hacen al Taxi Tienda reconocible a gran distancia. Le deseo a Uriel el mayor de sus éxitos en este emprendimiento!






Nota: a alguno les recordará esta historia a la del mambo taxi, de fama internacional hace algunos años.







Recuérdame esas historias de Magangué....


Mercedes Viñas y Alfonso de la Hoz, padres del autor del post.

Post escrito por Juan de la Hoz

Cuando era un niño en Barranquilla, mis padres hablaban de un tal Gabito, con quien habían compartido adolescencia en los pueblos polvorientos e hirvientes de la rivera del Magdalena. Las historias fantásticas que contaban de ese "pariente" excéntrico y fantasioso llenaban muchas de nuestras conversaciones vespertinas.

Algún tiempo después descubrí que no era un pariente a quienes mis padres veían de cuando en vez cuando pasaba de visita por Barranquilla, sino el más grande escritor en lengua castellana. Cuando leí Cien Años de Soledad ocurrió una revelación: muchas de las historias de la novela eran historias que describían mitológicos personajes de mi propia familia, desde el bisabuelo neura que se había encerrado en su cuarto de la cola del patio a hacer pececitos de oro, pasando por la parienta que había nacido sin lengua y estuvo encerrada en su cuarto toda su vida, hasta aquella mujer de mágica belleza que un día desapareció del patio mientras colgaba la ropa.

Ese era el mundo y las historias que contaban mis padres mientras hablaban de Gabito, el de las medias amarillas y la imaginación desmesurada. El mito se hacía realidad en mi propia casa con la presencia de mi abuela, Fernanda Atencia del Carpio, de quien con seguridad Gabito tomo prestado el nombre de uno de los personajes de Cien Años de Soledad. Mi abuela tenía una bacinilla con bisel de hoja de oro, lo que hacia aún más mágico el paralelo.

Cuenta la leyenda familiar que en la época en que mis padres y Gabito vivían en Cartagena, la casa de mis padres era refugio del joven escritor los días en que no alcanzaba a llegar a la pensión y terminaba dormido en el sofá entre parranda y parranda. En esa casa estuvo, tirado en el suelo de algún rincón y envuelto en una corbata, el manuscrito de la Hojarasca. Algunos años después, en 1955, aparece un tiraje de 4.000 ejemplares de esa, su primera novela. Mi padre lo conservo con mimo durante toda su vida y lo recibí yo como un regalo y un recuerdo de aquel "pariente" excéntrico. La última vez que se vio con mi padre, uno de esos mediodías ardientes de Barranquilla, Gabito le grito en mitad del restaurante: PRIMOOOO, con esa voz inolvidable que hacia temblar los vidrios y retumbar el caribe.

 El círculo se cerró muchos años después con una llamada repentina en Ciudad de México. Del otro lado de la línea, Gabo me decía: recuérdame esas historias de tus padres en Magangue. Que buenos tiempos...




De Támesis. Antioquia, a Buckingham: soñando un mundo más abierto, más cercano

Támesis, Antioquia
Ya lo he dicho antes: Támesis es un lugar en el que apetece estar. Perfectamente ubicado en el occidente de Antioquia, en una meseta a mil metros sobre el Cauca, tiene un clima insuperable. En el centro de su plaza hay una terraza con mesitas, que recuerda mucho a las de España, donde uno puede tomar cualquier cosa y ver como pasan los lugareños en sus quehaceres cotidianos, observar las inmensas rocas y cascadas que lo presiden, y todo ello sin que nadie le moleste. Allí tuve la ocasión de conocer a  mucha gente entrañable e interesante, como lo es Diego Echeverry, para quien el mundo no tiene fronteras, ni distancias, ni límite alguno que resista el poder de la imaginación.

Diego Echeverry. Foto: Jorge Bela
Desde muy joven, Diego decidió no conformarse con los hermosos confines urbanos de su municipio, y comenzó a escribir cartas a jefes de estado de países lejanos. Ante nada se detuvo: presidentes, reyes, emperadores, incluso sumos pontífices recibieron sus misivas selladas en Támesis, Antioquia. Uno puede imaginarse el respingo que darían algunos de ellos al recibir un mensaje tan respetuoso, tan pacífico, con tanta curiosidad, desde un pequeño pueblo ubicado en el corazón de una tierra sacudida por la violencia. Para ellos sería la primera pista del verdadero sentir colombiano, la primera ocasión de romper con los lugares comunes que eran tan frecuentes en aquellos años. Diego se había convertido, sin quererlo, en embajador de la paz en Colombia.

Támesis logró escapar, a fuerza de empeño, de gran parte de la violencia que desangró tantos lugares de Antioquia. Tal vez fuera este ambiente excepcional el que permitió que surgiera la voluntad de comunicación con el mundo de Diego. Desde el oriente antioqueño, una firme voluntad de abrirse al todos los paises, de que se supiera que esa región es hermosa, y que no desea permanecer encerrada en sí misma.

El mundo ha cambiado vertiginosamente desde que Diego comenzara a escribir, y a recibir incontables respuestas igualmente cordiales a su apertura. En Antioquía se ha avanzado de forma muy significativa hacia la paz, y Támesis ya recibe regularmente la visita de turistas colombianos y extranjeros. También las comunicaciones se han revolucionado irreversiblemente. Ahora ya es muy infrecuente el envío de cartas por el servicio postal, siendo mucho más preponderante el correo elcetrónico. También se han abierto nuevas posibilidades de comunicación,  como lo es la creación de blogs, que permiten a cualquiera con voluntad de hacerlo la posibilidad de una expresión constante y abierta.

Támesis, uno de mis pueblos favoritos en Colombia. Foto: Jorge Bela
A mi me gustaría muchísimo que Diego comenzara a escribir un blog. Podría empezar contando sus peripecias con el envío de cartas, y las hermosas respuestas que ha recibido. Pero también sería extraordinario que de forma regular utilizara su talento y su imaginación para narrar crónicas desde Támesis. Las cosas más cotidianas cobran un interés inesperado cuando son contadas con cariño. De esta forma puede ayudar a seguir dando a conocer a Támesis más allá de los confines de Antioquia, incluso de Colombia. Los destinatarios no serían ya los jefes de estado, sino nosotros, todos aquellos que amamos Colombia y queremos conocer mejor este gran país, y que sigue siendo un gran desconocido fuera de sus fronteras.

Fue un placer visitar Támesis, y tener la oportunidad de conocer a gente excepcional como Diego. Ojalá tenga pronto la ocasión de regresar.

NOTA: Como siempre hago, insisto en la conveniencia de contratar guías locales, salvo que se conozca muy bien la zona que se visita. En el caso de Támesis recomiendo la empresa que nos prestó guianza en nuestra visita, Eco Cartama. Nuestro viaje estuvo organizado por el Buró de Medellín y la Gobernación de Antioquia.


La ALO: ¿urbanismo a fuerza de bandazos?

Humedal Juan Jaramillo. Foto: Cárlos Avellaneda

A menudo, cuando a primera hora de la mañana leo los titulares de la prensa, entre sobresalto y sobresalto se fija una idea en mi cabeza: Bogotá no tiene quien la quiera (y me permito parafrasear al maestro). En efecto, decisiones cruciales se toman a base de bandazos, y problemas cuya solución requiere el mayor consenso posible se dirimen en bizantinos e interminables conflictos judiciales. Tal parece ser el caso con la Avenida Longitudinal de Occidente, conocida como ALO, y que hasta el momento no es sino una franja de 100 metros de ancho que atraviesa misteriosamente el occidente de la ciudad.

Plan del IDU. Fuente: Fernando de la Carrera

La idea de la ALO nació como fruto de otros tiempos. Por entonces se tenía una visión completamente distinta de una la ciudad que a su vez nada tenía que ver con la Bogotá actual. A comienzos de los años 60, siguiendo las directrices que había marcado Le Corbusier una década antes, se diseñaron dos grandes avenidas de alto tráfico para cruzar Bogotá de norte a sur y facilitar así las conexiones por tierra. La más occidental de estas avenidas es lo que ahora conocemos como ALO. Se reservaron los terrenos, que son propiedad del distrito, y que por entonces estaban mayoritariamente fuera de la malla urbana (Bogotá ocupaba a penas un 20% de la superficie que ocupa ahora). La ciudad, sin embargo, ha crecido imparable, dejando esos terrenos intactos de forma aparentemente milagrosa. En ellos están los escasos restos de los otrora inmensos humedales de Bogotá: a penas un 2% de los que había no hace tantos años.

Barrio construido en zonas inundables. Foto: El Tiempo
Es imposible resumir las vicisitudes, idas y venidas, y dramas políticos que han envuelto a la ALO desde entonces, baste con recordar que la alcaldía elegida en 2011 decidió parar la construcción de la autopista y dedicar los terrenos a la instalación de varios equipamientos públicos. Las razones son poderosas: el impacto de una gran vía de peaje atravesando la ciudad es brutal. Por un lado se convierte en barrera segregadora; por otro tiene efectos devastadores sobre el medio ambiente, firmando la sentencia de muerte de los restos de humedales, y generando cantidades inaceptables de gases contaminantes. Los detractores del parón también tienen argumentos de peso, especialmente la necesidad de abrir un corredor que descongestione el centro de la ciudad y que dé movilidad a los enormes barrios del occidente bogotano. En estas estábamos cuando el alcalde fue inhabilitado y uno de los primeros anuncios del flamante alcalde encargado fue que la ALO sí se construiría. Bandazo al canto…

Luchando inútilmente con el agua. Foto; Bogotá desde el Aire, Ed. Villegas
Hace poco publiqué un artículo sobre el proyecto del corredor verde de Cali. Sobre unas antiguas vías de ferrocarril que cruzan la ciudad de norte a sur  también se había a aprobado la construcción de una gran autopista de peaje. Afortunadamente la nueva alcaldía hizo propia la idea surgida de un taller conjunto de la Universidad del Valle y de la de San Buenaventura que proponía la creación de un parque lineal. El proyecto resultante permite conjugar el desarrollo de transporte público de alta capacidad pero de bajo impacto ecológico con la creación de un parque que cumple una función integradora. Investigando sobre el tema, logré encontrar una iniciativa similar en Bogotá liderada por Mauricio Pinilla, con la colaboración de Fernando de la Carrera, y Juan García, todos ellos de la Universidad de los Andes. Recogida en revistas extranjeras, incluso japonesas, ha tenido escasa repercusión local: “nadie es profeta en su propia tierra,” me comentó Fernando. La iniciativa propone soluciones alternativas al tráfico, la integración de la ALO con los ciclocarriles existentes, la construcción moderada de viviendas y comercios, etc...

Proyecto propuesto. Fuente: F. de la Carrera
La capital de Colombia necesita menos bandazos, menos peleas bizantinas, y más soñadores, más gente con la ambición de que se convierta en la gran ciudad que ya debería ser. “Podría ser mejor que los Campos Elíseos, que el Paseo de Gracia,” afirma Mauricio. Y tiene razón: el clima es idóneo para el diseño de hermosas avenidas, basta ver el porte de los árboles que crecen donde los dejan.

La construcción de una gran autopista ya no es de este tiempo. Escuchemos a los que piensan soluciones alternativas, y abramos espacios útiles de diálogo. Bogotá merece que sus habitantes la queramos.



Hotel al Alba, un jardín en Choachí

Plaza de Choachí al atardecer. Foto: Jorge Bela
Nadie ha sabido hacer mejor los jardines que los árabes, y en España hubo un tiempo que supimos aprender la lección. El juego del agua, el perfecto equilibrio entre la luz y la sombra vegetal, la tranquilidad absoluta. Por el camino de la historia mucho de lo aprendido se perdió, y por eso me sorprende y me encanta ver renacida esa tradición en los lugares más inesperados. Eso es precisamente lo que me sucedió este fin de semana en el pequeño Hotel Al Alba, en Choachí.

Un descanso en el salón abierto del hotel. Foto: Jorge Bela
No es fácil llegar la primera vez, por eso recomiendo consultar el mapa que tienen en su página de Facebook. En la puerta nos recibió Adriana, su propietaria, con la mayor y más hospitalaria de las sonrisas. Tras de nosotros cerró las puertas recubiertas con chamizo, y nos acompañó a dejar las maletas en la habitación (una de las a penas cuatro que tiene el hotel). Frente a nuestra puerta, una fuente con surtidor: “era el punto en el que llegaba el agua del acueducto a la casa original,” nos explicó. La reforma mantuvo la estructura original casi intacta, aunque en la parte posterior se añadieron los baños, con un techo translúcido que da una luminosidad extraordinaria.

Estanque en el jardín. Foto: Jorge Bela
Tras dejar las maletas, Adriana nos dio la “vueltica” por la finca, un auténtico laberinto vegetal, con agua brotando por todos los lugares, pequeños surtidores, estanques, y hasta algunos reservorios, escondidos bajo los arrayanes, plátanos, mandarinos, cafetos, orquídeas…. "La primera casita la compramos hace ya 20 años, y la segunda – donde están las habitaciones – la compramos a su anciana propietaria algunos años después. Decidimos mantener sus cultivos, café y mandarinos principalmente, y cada año le llevábamos a la señora, que se había trasladado al pueblo con su hija, su cosecha de mandarinas. Pepitas, las llamaba ella.” En torno de los cultivos, aún productivos, fue surgiendo el jardín exuberante.

Comedor. Foto: Jorge Bela
Adriana maneja sabiamente los tiempos, y consiguió que a penas coincidiéramos con el resto de los huéspedes del hotel. Casi no los vimos, y cenamos, almorzamos y desayunamos solos en el extraordinario comedor. Para aquéllos que precisen de un aislamiento total, una de las habitaciones, la “pizzería,” está ubicada en una pequeña casita al fondo de la finca. El desayuno, incluido en el precio, es abundante y delicioso, y la cocina para el almuerzo y la cena es cuidada y muy fresca. “Aquí somos muy lentos,” nos advirtió la propietaria nada mas llegar. “Prisa” es una palabra en lengua incomprensible en un hotel en el que lo que se respira es tranquilidad. Mauricio, esposo de Adriana, nos dio la más cordial y hospitalaria bienvenida, algo que tanto se disfruta en Colombia, a la hora del almuerzo.

Adriana. Foto: Jorge Bela
No es fácil para los turistas conocer una parte esencial de la vida colombiana como son las fincas de fin de semana. El Hotel del Alba es un lugar perfecto para lograrlo. Por la noche incluso se cierran los surtidores para que el descanso sea absoluto. Y lo es…

Pollo estofado. Foto: Jorge Bela

Ascensión al páramo mas hermoso de Colombia



Entré en el restaurante con el sonido de las campanas de la iglesia de San Juanito, Meta, que anunciaban la misa de las 6:30AM. Aún así, fui el último en llegar. No había tiempo que perder, y el desayuno fue abundante y delicioso, pero rápido. Nos esperaba una larga caminata con un desnivel brutal: 1800 metros (que, en efecto, tendríamos que subir para luego descender). Salimos a buen paso, pero nos detuvimos brevemente a visitar el antiguo noviciado, origen del pueblo en su momento, y hoy abandonado. En la huerta del edificio comenzamos un ascenso que solo terminaría cuatro horas después, ya en el páramo de Chingaza.

Antiguo noviciado de San Juanito. Foto: Jorge Bela

Tras salir del pueblo atravesamos zonas cultivadas y potreros con ganado. Sin embargo, los cultivos terminan donde comienza el bosque de niebla: se trata de zona ya protegida y el contraste es inmediato. Los potreros desaparecen y se ven sustituidos por una vegetación espesa. Nuestro grupo incluía dos expertos conocedores de botánica, que identificaban con precisión las incontables variedades de orquídeas que encontrábamos en las márgenes del camino. A ratos las cuestas eran muy empinadas, a ratos no tanto, pero el ascenso era implacable. El calor que encontramos en San Juanito se fue tornando más fresco, y finalmente llegamos a la cota de las nubes, que nos impedían ver el paisaje y nos refrescaba con una intermitente llovizna.

Cruces en el camino. Foto: Jorge Bela

A poco más de 3000msnm llegamos al páramo, tal y como había anunciado nuestro guía Miller. Allí encontramos unas cruces de madera que los lugareños tienen como tradición hacer cuando llegan a ese punto. Aunque estábamos muy cansados, aún nos quedaban más de 400 metros de ascenso. Yo prefiero subir caminando despacio, y hacer el menor número de descansos posibles, y aunque en los grupos suele suceder que no hay ritmos uniformes, curiosamente casi siempre se encuentra un ritmo de avance y pausa agradable para todos. Finalmente llegamos a nuestro destino, una pequeña casa forestal construida por el Acueducto, en cuyo porche frontal, a cubierto de la llovizna constantes, almorzamos. Tuvimos la suerte de que dos caminantes subieron verdaderas exquisiteces: dos botellas de buen vino tinto, mejillones en escabeche, aceitunas de aperitivo….¿quien puede pedir más? Miller se rascaba la cabeza con curiosidad dudando si probar los mejillones, alimento que por primera vez veía.

El camino ascendente. Foto: Jorge Bela

El vino hizo su mágico efecto, y la comida transcurrió entre bromas y charlas. Finalmente, tuvimos que emprender el descenso. Al llegar al bosque de niebla, ésta desapareció casi completamente, y pudimos ver los imponentes barrancos del cañón del Guaitiquía. Los jirones de nubes daban una perspectiva única a los farallones de Medina. Durante el descenso el grupo se fue estirando, y yo me quedé solo, disfrutando del silencio absoluto y de los incontables pájaros que se cruzaron en mi camino. Entre éstos una pava enorme, que parecía no sentir estrés alguno ante mi presencia.

Miller con las montañas que ascendimos al fondo. Foto: Jorge Bela

En San Juanito todavía no hay mucho turismo. La presencia de policía de élite fuertemente armada y de soldados del ejército de tierra nos recuerdan que el pueblo, ahora totalmente tranquilo y hospitalario, no hace mucho fue escenario del conflicto. Por estas razones considero imprescindible ir siempre acompañados de guías locales. Nuestro viaje lo organizaron mis amigos de Caminantes del Retorno Laura y Carlos, como siempre de forma perfecta. De nuevo mi agradecimiento por abrir estos caminos tan maravillosos.

Farallones de Medina. Foto: Jorge Bela

Masonic House of the Temple: a Wonder Hidden in Plain Sight

Masonic House of the Temple. Photo: Jorge Bela There is plenty of invocation to classical architecture in Washington. Even modern buil...