Turkish Airlines: un viaje transatlántico a los buenos tiempos

Turkish Airlines. Foto: Jorge Bela
¿Desea salida de emergencia? No hay problema. Con estas amables palabras me alegró la tarde la señorita encargada de facturación de Turkish Airlines en el aeropuerto Dulles de Washington. En unos tiempos en los que muchas aerolíneas exigen abultados cobros por todo, que en algunos casos se acercan peligrosamente a la extorsión, en Turkish siguen sin cobrar por nada. Al entrar en el avión, un moderno Airbus 330-300, nos daba la bienvenida un nutrido grupo de la tripulación, incluyendo el Sky Chef. Y es que en Turkish visten a un tripulante con el atavío tradicional de los chefs, se supone que para cocinar los exquisitos platos de la clase preferente. Aún así, es un segundo síntoma claro de que en Turkish todavía están instalados en los buenos tiempos de la aviación.


Sky Chef. Foto: Turkish Airlines
A bordo Turkish Airlines. Foto: Jorge Bela
Al llegar a mi asiento, una tercera sorpresa: me esperaba un pequeño kit, con el logo del Institut Karité, París. Aunque no conocía la existencia de este aparentemente afamado instituto parisino, me causó muy buena impresión recibir el kit, detalle reservado a los pasajeros potentados en la inmensa mayoría de las aerolíneas de Europa occidental y de las Américas. Para los curiosos, el contenido es el siguiente: unas pantuflillas con el logo de Turkish, calcetines, tapones para los oídos, pasta y cepillo de dientes, antifaz y un carrito con crema para los labios. Todo de muy buena calidad, la verdad.
A bordo Turkish Airlines. Foto: Jorge Bela


A bordo Turkish Airlines. Foto: Jorge Bela
Una vez instalado en mi asiento y compartida la inevitable foto de los calcetines, me dispuse a iniciar el largo viaje de Washington a Estambul. El vuelo dura unas diez horas, pero la primera y la última son las más interesantes, por las vistas. Nada mas despegar, el avión sobrevuela Filadelfia y a continuación Nueva York, permitiendo a los pasajeros del lado izquierdo (fila A) disfrutar de unas vistas espectaculares de Manhattan. La llegada a Estambul también es espectacular.
Nueva York desde el aire. Foto: Jorge Bela
Comida en Turkish. Foto: Jorge Bela
Comida en Turkish. Foto: Jorge Bela
La comida es bastante rica, y la atención excepcional. Las bebidas alcohólicas, incluyendo un vino aceptable, son gratuitas. La atención de la tripulación es muy buena, y el viaje se hizo corto.

Del aeropuerto Ataturk había escuchado de todo: desde el fasto insuperable de su sala VIP (dicen que la mejor del mundo), hasta la pesadilla de los trámites de inmigración. Al estar en tránsito no tuve que sufrir inmigración, aunque sí un control de seguridad bastante pesado (pero eso es algo a lo que hay que irse acostumbrando: en Heathrow, por ejemplo, es mucho peor). Sin acceso a la afamada sala VIP, estuve deambulando por las salas del aeropuerto. Muchísima gente llena casi todos los rincones, y es entretenido ver las curiosas vestimentas de este lugar que es punto de encuentro entre oriente y occidente. Las cuatro horas que pasé allí se me hicieron pesadas. El abordaje del vuelo a Madrid fue caótico. El segundo salto, 4 horas hasta Madrid, fue muy similar al transatlántico, pero sin kit.



Comida en Turkish. Foto: Jorge Bela
Turkish está ofreciendo unas tarifas sumamente competitivas desde USA a España. Si el ahorro es significativo, y no hay demasiada prisa, vale la pena el rodeo. La experiencia a bordo es un viaje a otros tiempos, a los buenos tiempos en los que viajar en avión era un motivo de felicidad, y en el que las aerolíneas no se habían convertido en sucursales de Sierra Morena.


Las aerolíneas de bajo costo: una revolución en la forma de viajar (post invitado de Natalia Vasquez)


Foto: Natalia Palacio Vásquez
Recuerdo que años atrás, si quería viajar de Medellín a Bogotá y no podía hacerlo en avión debido a los altos costos, tenía que tomar un bus a la capital buscando un precio que se acomodara a mi bolsillo. Y aunque el pasaje salía mucho más barato, el tiempo que duraba el viaje por carretera (unas 8 horas, a veces más) era simplemente agotador.

Desde el año 2012, llegaron a Colombia las aerolíneas de bajo costo, ofreciendo a los usuarios un servicio con precios muy favorables a diferentes destinos nacionales. Pero no solo el precio era un motivo para viajar, el tiempo que invertíamos viajando por tierra, ahora sería aprovechado en nuestro destino favorito para compartir con la familia, amigos o simplemente explorar un lugar lleno de atractivos fascinantes.

Viva Colombia es la aerolínea de bajo costo más importante de Colombia y ocupa el tercer lugar entre las que más usan los pasajeros para realizar sus viajes, representando un 12% del mercado al año 2015. Un pasaje de avión saliendo de Medellín a Bogotá por Viva Colombia se puede conseguir desde $49.990 pesos, mientras que en bus este pasaje puede costar desde $65.000 pesos.

Este modelo busca reducir los costos por pasajero, eliminando algunos de los servicios que ofrecían las aerolíneas tradicionales. Ahora, si quieres viajar por una aerolínea de bajo costo debes tener en cuenta que existe un máximo de equipaje permitido por el cual no tienes que pagar ningún costo y que generalmente son 6kg equivalentes a una maleta pequeña o morral, equipaje suficiente para un viaje corto.

Gracias a esto hoy es posible que un estudiante que vive en la ciudad y quiere visitar a su familia en Cúcuta un fin de semana, pueda hacerlo con más frecuencia. O aquella persona que siempre soñó con conocer el mar y solo podía verlo en televisión, por Internet o revistas, ahora pueda programar su viaje a las mejores playas del país para disfrutar de esa experiencia que seguramente querrá volver a vivir más de una vez.

Por eso viajar es una de las experiencias más enriquecedoras que tenemos las personas para nuestra vida, no importa qué tan lejos vayamos y si estamos solos o acompañados. Cambiar de espacio, dejar la rutina por unos cuantos días, empacar solo lo necesario y lanzarnos al descubrir, es un sueño tangible y necesario. Y lo mejor de todo, es que una vez empezamos a hacerlo, ya estaremos pensando en el próximo destino.

¡Piensa en ese lugar que quieres conocer y busca tu vuelo al mejor precio!

Natalia Palacio Vásquez

Bogotá y la lucha contra el cambio climático

Arco Iris sobre los Cerros Orientales de Bogotá. Foto: Jorge Bela
Arco Iris sobre los Cerros Orientales de Bogotá. Foto: Jorge Bela
Bogotá es una ciudad especialmente vulnerable a los efectos del cambio climático. Aunque no se pueden achacar directamente a éste fenómeno, los efectos del la "niña" en 2010-2011, y los actuales efectos del "niño" ilustran perfectamente estos riesgos. La niña trajo graves inundaciones a la sabana, con el desbordamiento del río Bogotá y la anegación de varios barrios capitalinos. El niño, por el contrario, está trayendo una fuerte sequía, que amenaza el ya precario abastecimiento de aguas de muchas zonas de Bogotá, y que está resultando en pérdidas cuantiosas en el sector agrícola, así como incendios en zonas de alto valor ecológico, como los Cerros Orientales. Por supuesto, el suministro eléctrico, en gran parte de origen hidráulico, también está en peligro.

La saliente administración de Gustavo Petro ubicó al cambio climático en el centro de su mandato de cuatro años. reforzando iniciativas de administraciones anteriores, y adoptando nuevas. Algunas de éstas son especialmente ambiciosas, como el proyecto de adecuación hidráulica del Río Bogotá. Les invito a leer el artículo que sobre este tema, y sobre la necesidad de dar continuidad a estas iniciativas, en URB.IM, uno de los portales de urbanismo más influyentes del mundo.

Mompox: manteniendo viva una artesanía centenaria


Genys Pupo. Foto: Jorge Bela Kindelan
Para el visitante casual Mompox parece dormitar abrazado por el Magdalena, el gran río de Colombia. La hermosura de sus iglesias barrocas y de sus casonas, la excelente conservación del centro colonial, y el compás pausado de sus habitantes es lo primero que llama la atención a los turistas. Muchos se van felices solo con esto tras uno o dos días de visita. Yo, sin embargo, recomiendo pasar algunos días más, conociendo mejor los rincones, acostumbrándose al clima y a los ritmos que impone en la vida de los momposinos, probando los vinos dulces con sabor a frutas exóticas. Con el tiempo, algunas cosas que no se perciben de entrada se hacen visibles, como lo intrincado de sus forjados de hierro, o la calidad de sus muebles. Se pueden ver, sobre todo las mecedoras,  cuando la gente las saca en las tardes a la calle para disfrutar de las brisas fluviales. Esto no es una casualidad, el aislamiento que ha preservado la arquitectura centenaria, también ha favorecido la pervivencia de los oficios tradicionales, que se trasmiten generación tras generación. Durante los días que he pasado en Mompox he tenido la suerte de observar el trabajo de algunos de estos artesanos, y mi amiga Ruth Asens me propuso la idea de escribir un blog sobre ellos. Con la ayuda de Carmen, encargada de la Casa Amarilla, conseguí entrevistar a algunos. Aquí comparto lo que me mostraron.

La familia Pupo ha sido herrera desde tiempo inmemorial. A Genys la tradición le viene por parte de madre. Desde niña ayudaba con el fuelle, fascinada con el color intenso de la fragua. Lejos de ser observadora indiferente, prestaba mucha atención y aprendió cada detalle del trabajo de su tío Ernesto. Entonces todo se fraguaba, ahora se usa el soldador mucho más a menudo, nos aclara. Aun no ha perdido el amor por su oficio, y se dedica a él en un taller que comparte con su hermano. Es egresada de la Escuela Taller de Mompox, y también enseñó allá durante el tiempo  en que se impartía la materia. “Lo que hacemos nosotros es igual a la filigrana, solo que a escala mucho mayor,” me dijo secándose el sudor de la frente.  Puede hacer mucho calor en una fragua en un clima ya de por sí caluroso, pero Glenys no perdió la sonrisa ni por un momento mientras duró la entrevista.

El bisabuelo de Johny Sequea ya se dedicaba a la ebanistería. Él aprendió el oficio de su padre, pero también estudió por su cuenta catálogos y revistas de muebles, fijándose en cada remate, en cada técnica empleada. Uno de sus hijos, que nos observa desde el fondo del taller, ha decidido seguir la tradición familiar y está aprendiendo el oficio. Johny conoce perfectamente las características de cada madera local, que son las mas utilizadas en por él. Escucha con atención las instrucciones de los clientes, y propone soluciones siempre cordiales, buscando nuevas si las primeras no gustaron. Trabaja como docente de la Escuela Taller, y trabaja con desmovilizados que desean aprender el oficio y continuar la tradición. Su hermoso espacio de trabajo está presidido por una gran imagen de San José trabajando mientras conversa con su hijo.

Desde lejos los hornos de ladrillos parecen monumentos de una gran civilización extinguida. Son estructuras efímeras, pues el calor va cociendo los ladrillos que los conforman, así cada final de ciclo se van renovando casi completamente. Benny Van Strahlen lo sabe mejor que nadie: se ha dedicado desde siempre a este oficio, que aprendió de su padre. No es nada sencillo: hay que saber encontrar la mejor arcilla, dejar secar los ladrillos al sol durante al menos un día, y conocer los secretos de los hornos para que se cuezan sin romperse. En tiempos de mucha demanda llega a contratar hasta 20 personas para que le ayuden.  Es imprescindible escudriñar el cielo, pues una lluvia inoportuna puede echar a perder el trabajo de varios días. Ni siquiera cortar los ladrillos es fácil, toca disolver agua en serrín y remojar los moldes antes de acercarlos al barro. Es un espectáculo ver los patrones geométricos que forman los ladrillos, de distintos colores según la fase de preparación, primero extendidos para secarse bajo el sol, luego apilados para cocerse sobre los hornos.

De los artesanos y de su buen oficio depende en gran medida la supervivencia de las tradiciones en Mompox. En estos momentos hay muchas casas en restauración, y las carteras de encargos de todos ellos están a tope. También reciben pedidos del resto del país, e incluso del extranjero. Para quien tenga tiempo, vale la pena pasar a conocer sus talleres, su trabajo. Paren un mototaxi y pregunten por Genys, Johny, Beni o cualquier otro artesano de Mompox. Les recibirán siempre con una cordial sonrisa, y los visitantes, tanto adultos como niños, sin duda acabarán no solo conociendo mejor la que quizá sea la ciudad más hermosa de Colombia, sino también a algunas de las personas que hacen posible que esa belleza exista y se mantenga.

Ascensión al Pan de Azúcar desde Sisuma



Con Pepe en el Pan de Azúcar, Colombia. Foto: Orlando.

Al salir de la cabaña Sisuma, a eso de las 4 de la madrugada, parecíamos un gusanito de mineros: nuestras lámparas frontales cortaban el aire helado de la sierra, aunque su breve intensidad no era obstáculo para que desde el cielo completamente despejado un interminable océano de estrellas nos deslumbrara. La cuesta arriba comienza a pocos metros de la cabaña, pero el tiempo vuela entre jadeos y nerviosismo. En el camino adelantamos a otros caminantes que paran a descansar. Un poco más tarde son ellos los que nos adelantan. Antes de que rompiera el amanecer ya nos habíamos hecho amigos. Cuesta abajo no había rastro de otros montañeros: las frontales les hubiera delatado con facilidad.

Subiendo por el Paso del Conejo. Foto: Jorge Bela
En el recuerdo parece que fue cuestión de minutos, pero en todo caso antes de lo que esperábamos, nos encontramos en una pradera, justo al comienzo del temido y empinadísimo Paso del Conejo. Justo cuando nos disponíamos a comenzar el ascenso, entre la oscuridad apareció un caminante que descendía con paso titubeante. “Me he puesto muy enfermo, “ nos anunció, “con vómitos y todo. He tenido que bajar.” Nico le entregó una de las pastillas antisoroche que llevaba. Mi estómago se contrajo aún más por el nerviosismo. Estábamos a unos 4.300 msnm, y la jornada no había hecho más que empezar.
En el borde de nieve. Foto: Jorge Bela
Una vez superado, el Salto del Conejo, aunque duro, resultó menos fiero de lo que lo pintaban. Empinado, sí, pero sin ninguna dificultad técnica. Cuando llegamos a la parte más elevada ya se estaba haciendo de día: el espectáculo del amanecer entre las cumbres no nos decepcionó. El camino, ahora ya en suave ascenso, transcurría por unas enormes y comodísimas lajas. El sol, nada más hacer su aparición, empezó a calentar con fuerza. Superados el frío y la oscuridad, nuestros dos últimos enemigos eran la altura -- cada paso era un jadeo – y esos nervios verracos que no nos dejaban en paz.

Nico y pepe entran en calor con un combate de alta montaña. Foto: Jorge Bela


Silvia y Nicolás en la cordada. Foto: Jorge Bela

En el borde de la nieve nos colocamos los crampones y nos abrigamos lo mejor posible. El día era espléndido, pero el aire helado. Nos encordamos y comenzamos el lento ascenso: nuestro guía Orlando en primer lugar, yo en segundo, Silvia en tercero, Nicolás el cuarto, y cerrando la cordada Pepe. Una cordada tan larga es como un día de pesca, se avanza o se detiene según los tirones que se sienten: no hay otra comunicación mejor en estas circunstancias. Al principio a trompicones, después con mayor fluidez, dimos la vuelta al imponente Púlpito del Diablo, una auténtica maravilla natural, quizá la mas espectacular de Colombia. Seguimos el ascenso hasta unas rocas ubicadas al pié de la cumbre, a 5.000 metros, y allí tomamos descanso. Nicolás no se sentía bien del todo, y optó por quedarse, acompañado por Sonia.
Púlpito del Diablo, Colombia. Foto: Jorge Bela
Nosotros continuamos la marcha hasta el borde de la cumbre, un ascenso casi vertical (o eso me parecía), tras el cual avanzamos por la arista –si, abismo a ambos lados—a cuyo fin encontramos un estrecho pasillo de hielo. Cuando a penas faltaban unos metros, el guía encontró una grieta que le pareció demasiado peligrosa. “Hasta aquí se puede llegar,” nos anunció, “aunque nos hemos quedado a unos metros del final, sí hemos llegado a la cota máxima, por lo que se puede afirmar que hemos llegado a la cumbre.” Pepe protestó un poco, pero yo lo tuve claro: ni un paso mas allá de donde nos indicaba el guía. Unas fotos, unos minutos de contemplación del sobrecogedor espectáculo, y comenzamos el descenso.
La arista desde la cumbre. Foto: Pepe Zárate
Como ya pude comprobar en mi ascensión al Toti, la bajada en hielo es mas difícil que la subida. La arista no fue problema, pero el trozo casi vertical supuso un gran esfuerzo. Utilizamos toda la técnica aprendida y por fin llegamos a las rocas donde nos esperaban Silvia y Nico. En ese preciso momento se desataron finalmente los nervios acumulados durante toda la mañana, y por primera vez pude disfrutar del paisaje incomparable que ofrecen las montañas nevadas que rodean la Laguna Grande de la Sierra, un orgullo para Colombia. Sentí mucha mas emoción en ese momento que en la cumbre del Pan de Azúcar. Nico ya se encontraba mejor y comenzamos el descenso. Aunque habían transcurrido horas desde que salimos de la cabaña Sisuma, a mi me pareció que habían transcurrido a penas unos segundos.
Orlando descansa en una roca. Foto: Jorge Bela

Aprendiendo las técnicas. Foto: Jorge Bela
La cámara de Google. Foto: Jorge Bela


El Pan de Azúcar desde Sisuma al amanecer. Foto: Jorge Bela

El viaje es el destino: Una forma alternativa de llegar al aeropuerto de Medellín.

Silletero cerca de Medellín. Foto: Jorge Bela
Son muchas y bien conocidas las formas que hay para llegar de Medellín hasta su aeropuerto internacional en Río Negro: taxis, taxis compartidos, buses expresos, incluso busetas cumplen a la perfección su cometido, atendiendo a todo tipo de visitantes. Sin embargo, existe otra forma de llegar, mucho mas demorada,  perfecta para aquellos que piensan que el viaje es en sí el destino, y que permite disfrutar durante unas horas más la maravillosa capital de Antioquia. Si Usted no tiene afán (el itinerario propuesto puede demorar mas de 4 horas), va ligero de equipaje, y prefiere las pequeñas aventuras urbanas a la comodidad de los transportes exprés, siga leyendo.

El traslado comienza utilizando el mismísimo Metro de Medellín.  Desde la estación mas cercana a nuestro lugar de hospedaje debemos desplazarnos hasta la estación de Acevedo, donde tomaremos la línea K del Metrocable. Una vez en la estación de Santo Domingo, haremos el trasbordo a la línea L, donde comenzará el espectacular trayecto de 20 minutos que se inicia aún en las laderas urbanas, pero que pronto se adentra por la espesura del Parque Arví, sobrevolando las copas de sus inmensos árboles. La aventura ha dado su comienzo.
Parque Arví. Foto: Jorge Bela
Una vez que lleguemos a Piedras Blancas, final de la línea, tendremos la ocasión de disfrutar de un pequeño mercadillo. Allí podremos refrescarnos, comer algo, incluso comprar algún pequeño regalo de último momento. Conviene recordar que no tenemos afán alguno, y que disponemos de tiempo de sobra para llegar hasta el aeropuerto.

Desde la estación del Metrocable tendremos que tomar un transporte público, bien a Guarne o bien a Santa Elena. Justo frente a la puerta de la estación de Piedras Blancas hay un puesto de información turística, donde nos podrán aclarar cualquier duda que pudiéramos tener. Aunque no hay paraderos claramente marcados, basta preguntar a cualquier persona en la zona, y de paso comprobar una vez mas la proverbial amabilidad de los paisas.
Guarne, Antioquia. Foto: Jorge Bela
Como ya conocía Santa Elena, me decidí por Guarne como siguiente destino. Fundado en 1757, es un pueblito del oriente antioqueño hermoso, lleno de vida, y donde la ausencia de turistas permite la integración plena en la vida local. Santa Elena tiene una mayor frecuencia de comunicación en transporte público con el aeropuerto José María Córdoba, por lo que puede ser la opción mas práctica. La tradición silletera, y su espectacular papel en la feria de las flores han dado fama a este pequeño pueblo colindante con Medellín (hay tours organizados que permiten conocer las fincas donde se cultivan las flores y se explica la tradición).  Una vez en el centro de Santa Elena, hay que buscar el bus del Sistema de Transporte Público de Rionegro que lleva hacia el aeropuerto. Es necesario pedirle al conductor que entre dentro del recinto aeroportuario, porque no lo hace siempre.

Mucho se ha hablado de la diferencia entre los turistas y los viajeros. Se supone que estos últimos son quienes de verdad disfrutan de cada momento, de cada experiencia, de cada matiz que el viaje va ofreciendo. Es a los viajeros a quienes propongo que aprovechen el obligado traslado al aeropuerto para conocer un poquito mejor Medellín y sus fascinantes localidades colindantes.

Paneles solares en vivienda estrato 1: un proyecto piloto en Cali

Fotografía: WING
El desplome en los precios de los paneles fotovoltaicos, debido en gran parte a la producción masiva de estos dispositivos en China, ha abierto nuevas expectativas de generación eléctrica doméstica sostenible y económica. En Cali, donde las viviendas de estrato 1 y 2 ya reciben energía eléctrica subsidiada, la empresa de energía local está lanzando un plan piloto para comprobar si resulta rentable la instalación de paneles fotovoltaicos en viviendas individuales.Los paneles contarán con un contador bidireccional que permitirá devolver a la red cualquier excedente de energía eléctrica. Los posibles beneficios económicos que dichos paneles pudieran generar revertirían en las entidades que hoy por hoy asignan los subsidios, mientras que las familias seguirían beneficiándose de energía a precios reducidos. Con este modelo se busca evitar el impacto en incrementos de consumo que una nueva reducción de precio podría suponer.

Les invito a leer el artículo que al respecto he escrito para URB.IM, uno de los portales de urbanismo más influyentes del mundo.

Genio y Figura, por MS Battuta

Con el debido permiso, reproduzco este hermoso homenaje de Yamila a su amigo Steven (Originalmente publicado en el Blog MS Battuta

Nos conocimos a finales de 2012, recién llegada a Bogotá, en la piscina del hotel de la Ópera.

Desde ese momento, el que iba a convertirse en uno de mis grandes amigos y una de las personas que más admiré, me ayudó a instalarme en mi nuevo hogar en este país cuando mi madre regresó a España, compartimos cenas, almuerzos -que, por mucho que insistiera, nunca me dejó pagar-, risas y excursiones en una de las cuales, regresando de los Llanos orientales, recogimos a Linda, mi perra. Escuchó mis sueños, mis miedos, mis quejas y mis quebraderos de cabeza por esa misma perra de la que fungió como padre, con todo su amor y su paciencia, que eran enormes. Me acogió en su casa en diversas ocasiones en los años venideros; cuidó mis plantas, y dejó que los muebles que compramos juntos en el mercado de las pulgas frente a la Torre Colpatria acompañaran a los suyos mientras estuve viajando por Asia en bicicleta (como él también hiciera). Me abrió las puertas a la Colombia indígena, a la Colombia ecológica y vegetariana, y a la de la exclusión social, que él combatía igual que Gandhi: sonriendo y ayudando.

Steven Heller y Linda. Foto: Ms. Battuta
Mientras Óscar, con una kipa sobre la cabeza, acude en nombre de Linda, mi madre, mío y suyo propio, al velatorio que tiene lugar en la sinagoga de Bogotá, yo me despido de él igual que lo conocí: en el agua.

Junto con su perra me dirijo al mar de Providencia, la isla más alejada e incomunicada de Colombia que, por momentos, se asemeja a la cárcel de Mandela, dado que no puedo llegar a su familia, sus amigos y la gente querida a la que querría abrazar en estos momentos; y por otros se me antoja el mejor lugar para despedirme de él, en esta noche negra e insomne, escuchando el rumor de los olas y el canto de los grillos, respirando un aire tan puro que hace que hasta los colores sean más intensos, con una vela que encontré en la cocina, bajo las estrellas.

“Hola Yamila! Una noticia terrible. El domingo mataron a Steven cerca a los termales de San Francisco, por La Vega. Aparentemente estaba él con la novia en un paseo por la montaña e iban a almorzar con un amigo de ella, Óscar. En la montaña tres hombres los amenazaron con un arma, se los llevaron dentro del bosque, a Laura la amararon a un árbol, Steven gritó por ayuda y los hombres lo apuñalaron. Steven se desangró y murió. Laura pudo desamarrarse un tiempo después y cuando encontró a Steven ya estaba muerto (…)”.

Fue el mayor filántropo con el que me crucé en mi vida y en su muerte no pudo ser de otra forma: protegiendo a la persona amada.

Genio y figura… Ya lo dice el refrán.

Mi amigo protagonizó una de las situaciones que pongo como ejemplo a mis estudiantes para explicar el homicidio, el hurto agravado con violencia sobre las personas, la legítima defensa, la coautoría, y el debate acerca de la existencia o no de un concurso entre las lesiones y la muerte. Ello me hace sentir una disociación difícil de explicar.

Sólo muchas horas después de conocer la noticia caí en cuenta de que habría un culpable, alguien que, si lo encuentran, habrá de cumplir una pena por lo que hizo. Me sorprendió constatar que me da exactamente igual que eso ocurra. Ninguna parte de mi pide venganza o justicia, y sí amor hacia los seres con los que convivimos, sensibilidad y educación. Seguramente sorprendente en el caso de una profesora de Derecho. Cada molécula de mi cuerpo pide escribir y honrar así a una de las personas más sensibles, optimistas y amantes de la vida que esta tierra dio.

Aún incluso en su muerte me sigue mostrando el camino.

Steven me deja un gran ejemplo de vida. Sus verdes ojos chispeantes, los muchos y grandes momentos que me dedicó, y también sus zozobras y preocupaciones, me hablan de la importancia de tener un corazón grande en el que quepa todo el mundo –incluida yo, su amiga palestina-; de escuchar; de ser generoso, con la sonrisa, con el tiempo, con el dinero, con todos los seres con los que compartimos el planeta; de disfrutar de lo sencillo; de pasar más tiempo con la gente querida; de fijar nuestra atención en el presente, siendo conscientes del valor de cada momento que pasamos en esta tierra, y de nuestra responsabilidad para dotar a nuestra vida del sentido que cada uno de nosotros le queramos dar.

En los últimos tiempos conversamos a menudo acerca de sus planes futuros. Él se debatía entre tres opciones: trabajar un par de años más a ritmo trepidante con objetivo de ganar buen dinero para poder invertirlo, y dejar la arquitectura; dar, una vez más, la vuelta al mundo con su mochila al hombro; o poner todas sus energías en su proyecto de granja de permeacultura en Guatavita.

Mi amigo me habla de la importancia de cumplir los sueños ahora, porque el futuro es incierto.

Haciendo retrospectiva de los años que pasé en este país me doy cuenta de que viví momentos sublimes, junto con momentos complicados: sentí desamor y abandono, muchas veces dudé de mi capacidad de integrarme y comprender, otras tantas me sentí sola, la ciudad en la que vivo me resulta, a menudo, inhumana. También me robaron una bicicleta en la que resultó ser nuestra última salida, la última vez que compartí cuarto, carro, canciones, y bromas, con él. Hoy releo el post que escribí en aquella ocasión, incluidos la cita y el interrogante final, y parece ser una macabra broma del destino.
Steven Heller. Foto: Ms. Battuta
Hasta ahora lo tomé como parte de un aprendizaje, el aprendizaje de convertirme en una persona más abierta, comprensiva, experimentada y tolerante. Hoy tengo muchas dudas… El dramático final de uno de mis amigos más queridos, una de las personas que más amaba su país y, particularmente sus gentes; que más contribuyó a hacerlo un lugar habitable para todos; a quien nunca le faltó una sonrisa, una palabra comprensiva, una mirada amable, me hace pensar que mi futuro y el de Linda no está en una sociedad en la que personas con cuchillo o pistola en mano, se arrogan el derecho de sesgar la vida de los seres -llámense “Lili”, “Príncipe”, “Steven” o un sinnúmero de víctimas- que tuvieron la fatal suerte de cruzarse en su camino.

Gracias por haber sido parte de mi vida.

Buen viaje Steven.

Nemocón: el corazón de sal de Colombia

Mina de sal de Nemocón. Foto: Jorge Bela
Muchas personas piensan que fue el oro lo que despertó la codicia de Jiménez de Quesada y sus hombres, lo que les desvió de su ascenso por el Magdalena. Pero para algunos historiadores la realidad fue muy distinta: lo que llamó la atención de los exploradores españoles fueron los cargamentos de sal que transportaban los comerciantes prehispánicos. No es muy conocido el hecho de que durante siglos, si no milenios, antes de la llegada de los europeos, los intercambios comerciales en lo que hoy es Colombia, fueron muy intensos. Desde la costa, por ejemplo, llegaban, tras viajes interminables, las conchas de nácar hasta la actual sabana de Bogotá. La sal también era extraordinariamente valiosa en aquellos tiempos, y eran frecuentes los despachos desde las minas sabaneras hasta incontables puntos de las tres cordilleras y sus valles.
Mina de sal de Nemocón. Foto: Jorge Bela
La sal fue, por tanto, la razón por la que Colombia tiene su configuración actual. Por eso es imposible no sentir una emoción intensa cuando se visitan las minas de la sabana, que aún siguen, tras largos siglos, en activa explotación comercial. Han cambiado las técnicas, y la importancia económica de la sal ha experimentado un notable declive relativo, pero las vetas siguen siendo las mismas, los lugares siguen siendo los mismos, y nadie que visite la capital de Colombia debería perderse una visita a estas minas milenarias.
Mina de sal de Nemocón. Foto: Jorge Bela
Aunque la mina más conocida es la que incluye la Catedral de Sal en Zipaquirá, mi favorita es la de Nemocón, a unos 60 kilómetros de Bogotá. A ambas se puede acceder utilizando el Tren Turístico de la Sabana, el último tren de pasajeros que circula por territorio colombiano, y una experiencia ya de por si interesante (solo circula los domingos y en fiestas especiales). El pueblo de Nemocón es pequeño, pero muy auténtico, y con mucho encanto. Las casas han sido pintadas con llamativos colores y dibujos, y dispone de varios restaurantes donde sirven una comida sencilla pero en raciones inmensas: nadie se quedará con hambre (se pueden pedir medias raciones en la mayoría de los lugares). Un paseo por Nemocón es una oportunidad excelente de entrar en contacto con la amabilidad insuperable de la gente de la Sabana cundiboyacense.
Mina de sal de Nemocón. Foto: Jorge Bela
A la mina se accede caminando desde la plaza del pueblo, tras un paseo de diez minutos. La visita comienza en un pequeño e interesante museo, recién inaugurado, en el que se nos explica el origen de las minas, la evolución de las técnicas mineras, y los proyectos que existen para el futuro en la zona. Sin más dilación nos adentramos en la mina. En el descenso inicial conviene tener cuidado, pues el suelo puede estar resbaloso, pero después se camina con total facilidad.
Mina de sal de Nemocón. Foto: Jorge Bela
La mina ha sido cuidadosamente iluminada, y es espectacular. Los guías se esmeran en dar todo tipo de explicaciones, pero a mi me costaba prestar atención, pues mi mente se perdía por las inmensas naves de la mina. En una de las galerías han tallado un enorme corazón, que iluminan con luces rojas. Aunque la referencia es claramente romántica, a mi me pareció fascinante por otra razón: pese a las leyendas de El Dorado, lo cierto es que la Colombia contemporánea se fundó alrededor de estas minas. La Colombia contemporánea tiene el corazón de sal.

Arroz embrujado, un plato mágico en el norte de Bogotá

Arroz embrujado. Restaurante Brujas en Bogotá. Foto: Jorge Bela
Abel no tuvo que realizar largos viajes de estudio, ni consultar sesudas enciclopedias gastronómicas: al desarrollar la carta de Brujas — su nuevo restaurante — encontró la inspiración en la cocina de su abuela y en su natal Almería. Aunque la carta tiene reflejos de toda la cocina clásica española, los mayores acentos son andaluces, y eso es una suerte para todos los que adoramos y añoramos esa cocina del sur de España.
calamares a la romana: los mejores de Bogotá. Foto: Jorge Bela
Brujas está ubicado en el edificio de la Cámara de Comercio Hispano Colombiana, muy cerquita del Parque de la 93, uno de los epicentros de la gastronomía bogotana. El comedor del restaurante es relativamente pequeño, pero se abre a una amplia terraza, con varias mesas, que fue donde nosotros almorzamos. Allí es frecuente ver a Abel, o a sus socias, Araceli y Pilar, atendiendo a los clientes y revisando todos los detalles. La clientela es española y colombiana por igual, y el ambiente es distendido, compuesto mayoritariamente por gente de negocios a la hora del almuerzo (también se sirven cenas).
Croquetas variadas. Restaurante Brujas, Bogotá. Foto: Jorge Bela
La carta incluye platos fuertes, pero a nosotros nos apetecía más picar. Esta costumbre radicalmente española —y mediterránea—está cogiendo cada vez mas fuerza en Colombia. Cuando llegué hace cinco años era raro ver a gente compartir platos, pero ahora es mucho mas común, incluso hay restaurantes cuyas cartas se basan en este concepto, y están abarrotados.
Pitas, un guiño a la cocina de Oriente Medio. Foto: Jorge Bela
Con la asesoría de Abel, pronto llegamos a un consenso: empezar por los calamares rebozados, sin duda entre los mejores de Bogotá: crujientes y en su punto. A continuación probamos las pitas, una concesión a la comida de oriente medio, pero ajustada a los sabores andaluces con una sabrosa salsa de pisto. Cuando aún no habíamos terminado las pitas, aparecieron las croquetas variadas, también excelentes (el punto de fritura define la calidad de un restaurante). Finalmente, antes del plato principal, nos sirvieron unos extraordinarios espárragos con jamón serrano, un plato ligero, delicioso y de presentación espectacular.
Extraordinarios espárragos con jamón serrano.
Pero no podía faltar el arroz, y Abel nos recomendó el plato estrella de la casa: el arroz embrujado. Se trata de una versión almeriense de la tradicional paella, que en nada desmerece a la valenciana (algunos expertos que afirman que los mejores arroces de España se comen en la zona de Murcia / Almería, y por favor que nadie se ofenda con esto: son todos maravillosos). Pero Abel quiso hacer un guiño a la gastronomía colombiana, y tuvo la feliz idea de decorar el plato con chips hechos con papas de la sabana: un gran cierto.
Buen servicio en un ambiente distendido. Foto: Jorge Bela
Los platos compartidos, las botellas de vino, y la excelente compañía lograron el efecto inevitable: el tiempo transcurrió velozmente. Mi amiga Toya, maestra bloguera, murciana y excelente conversadora, impuso el postre: crema catalana, a la que Abel añadió una torta de chocolate caliente con helado.

Brujas es un gran restaurante español en Bogotá, espero tener la ocasión de regresar pronto.
Crema Catalana. Foto: Jorge Bela
Brujas:  Calle 90 18-16 Chico / Bogotá, Colombia / 2363982 - 6225768

Reserva los Andes: la naturaleza como terapia, y sin salir de Bogotá

Vistas incomparables de Bogotá desde la Reserva los Andes. Foto: Jorge Bela
Cuando Jorge Martínez decidió, hace varias décadas, comprar la maravillosa finca de 550ha ubicada en la frontera norte de los Cerros Orientales de Bogotá, lo tenía muy claro: su destino era la ganadería y el cultivo de papas. Sin embargo, las autoridades, que ya por entonces empezaban a afinar su sintonía a los vientos de la conservación ambiental, no se lo permitieron. Hoy Jorge cuenta con un tesoro  de valor incalculable: el último vestigio de bosque de niebla original ubicado en el término municipal de Bogotá.
Praderas en las que se puede acampar. Foto: Jorge Bela
Con el tiempo, Jorge fue abandonando progresivamente su vida laboral en la urbe, y pasando más  y mas tiempo en su querida finca. Hilda, su esposa, aún trabaja, pero visita la fina constantemente siempre que les sea posible. Ninguno de los dos puede pasar demasiado tiempo separados de la paz absoluta que reina en esa zona de los Cerros, ni de las vistas de la ciudad, quizá las mejores de todas las existentes.
Jorge no puede ocultar su amor for la finca. Foto: Jorge Bela
Desde hace algunos años quieren abrir este paraíso para el disfrute de los bogotanos y de todos los visitantes, tanto colombianos como extranjeros. El lugar se conoce como Parque Natural Reserva Andes. Su cercanía a la capital, la belleza de su bosque de niebla autóctono, convierten a la Reserva en un lugar perfecto para pasar un día o para un fin de semana en comunión con el silencio y la naturaleza. Con gran sabiduría, Hilda y Jorge han sabido evitar la tentación de erigir las ruidosas y vanas atracciones que proliferan en otros parques cercanos a Bogotá.  El silencio y la naturaleza son los protagonistas de cada minuto disfrutado en este entorno extraordinario.
Vistas hacia la zona de La Calera. Foto: Jorge Bela
Hay varias maneras de llegar a la reserva, tanto en vehículo privado como en transporte público, pero resulta imprescindible confirmar la reserva anticipadamente con Jorge. Aunque las instrucciones de llegada pueden parecer complicadas, no lo son. Lo que si es imprescindible tener en cuenta es que no se puede llegar en carro hasta la reserva. Desde el lugar en el que se encuentra el parqueadero hast la finca hay un suave paseo de unos 30 minutos a pie.
Doce kilómetros de caminos entre bosques y praderas. Foto: Jorge Bela
Para los que deseen pasar solo un día, hay caminatas de hasta 12 kilómetros, que recorren varios miradores y puntos de interés. Quienes deseen pasar la noche allá, es posible acampar en unas hermosas praderas desde las que se puede ver tanto la gran urbe, Bogotá, como la zona que rodea a la Calera: son unas vistas únicas.

Nunca llegaron ni las papas ni el ganado, y precisamente por eso ahora Hilda y Jorge nos pueden brindar a todos los bogotanos un aperitivo del paraíso terrenal, una intensa terapia para todos los que padecemos de los trancones y dolores de Bogotá. Es imposible no congraciarse con la inmensa capital de Colombia cuando la contemplamos desde el silencio y la belleza incomparables del Parque Natural Reserva Andes.

Masonic House of the Temple: a Wonder Hidden in Plain Sight

Masonic House of the Temple. Photo: Jorge Bela There is plenty of invocation to classical architecture in Washington. Even modern buil...