martes, 29 de mayo de 2012

Los Cerros Orientales de Bogotá


Cuando los exploradores españoles, que habían subido por las empinadas rutas prehispánicas en busca del siempre elusivo dorado, llegaron a la sabana de la actual Bogotá, se quedaron maravillados.  Encontraron una inmensa pradera surcada por ríos que se perdían en el horizonte entre incontables meandros, una tierra fértil, y un clima perfecto (además, ¡sin mosquitos!). Algo mucho más valioso que cualquier tesoro metálico. Al fondo, una cordillera marcaba el fin de la pradera: se trata de los hoy conocidos como Cerros Orientales. A sus pies pudieron observar columnas de humo: allí se encontraban los asentamientos de los muiscas, únicos habitantes de la sabana hasta entonces.
Cerros de Bogotá al atardecer
Muchos siglos han transcurrido desde entonces, y ahora Bogotá ocupa una parte considerable de la sabana. Los ríos han sido canalizados y bajan contaminados, pues nueve millones de personas conviven en un espacio que antes ocupaban a penas unas decenas de miles. Sin embargo, al oriente, los cerros siguen presidiendo el paisaje, su perfil aún casi intacto. Están protegidos por ley, pero la presión urbanística es formidable y en algunas laderas se pueden ver asentamientos, en ocasiones de viviendas de lujo. He visto fotos de los años 40 y aparecen desnudos, pero ahora están completamente cubiertos de árboles, en su mayoría eucaliptus. Su conservación es esencial para la supervivencia de Bogotá: son la última barrera natural entre la ciudad y el páramo, que está justo detrás de las crestas. Si se destruyera el páramo, Bogotá se quedaría sin suministro de agua.

Los Cerros desde mi ventana
Desde mi ventana tengo una vista espectacular a los cerros. Todas las mañanas lo primero que hago es echar un vistazo, escudriñarlos por cualquier signo que indique el tiempo que va a hacer (siempre es inútil). Desde el portal de mi edificio se llega a la primera cañada, ya por encima de la línea urbanizada, en apenas media hora caminando. Rápidamente se va ganando altura, y las vistas se vuelven espectaculares. A pesar de la urbe gigantesca, uno puede hacerse una idea de cómo era el paisaje cuando llegaron los primeros europeos. En menos de dos horas se llega al páramo, aunque todavía no he hecho esa excursión. Recomiendan que es mejor tener precaución al caminar por esa zona despoblada, mejor hacerlo en grupo. Para los que no caminen, existe un teleférico y un funicular que llevan al santuario de Montserrate, a 3.15s metros de altura, y visita obligada para todo turista

Bogotá desde los Cerros
Los Cerros tienen una dimensión práctica: basta elevar la vista y uno ya sabe donde está el oriente. Así es muchísimo más fácil orientarse en Bogotá que en la mayoría de las capitales latinoamericanas. Pero son sobre todo un tesoro natural, el mejor parque de la ciudad imaginable. Ojalá sepan los rolos defenderlos de las amenazas que los acechan.

Montserrate se impone sobre el centro de Bogotá

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