Fútbol en el Parque de la 93


Leo en la prensa que el alcalde de Barcelona ha impedido que se instalen pantallas para ver los partidos de la Eurocopa. Aunque no soy muy futbolero, me alegro de que en Bogotá hayan sabido encontrar los patrocinios necesarios y se han instalado pantallas. Mi favorita es la del Parque de la 93, que además me trae muy buenos recuerdos pues fue allí donde vi los mejores partidos del pasado campeonato mundial.
Eurocopa en el Parque de la 93. Foto: Jorge Bela
Eurocopa en el Parque de la 93. Foto: Jorge Bela
En Colombia hay tanta afición al fútbol como en cualquier otro lado, pero llevan un prolongado periodo de mala suerte, y la selección nacional no ha dado muchas alegrías a sus seguidores. Esto lo compensan con un atento seguimiento de lo que sucede en los grandes campeonatos del mundo. A mi me sorprendió la cantidad de gente que se agolpa en los bares y restaurantes para ver partidos clásicos como el Madrid/Barcelona (y sí, en Bogotá hay más seguidores culés que madridistas). Yo suelo ir al restaurante Isola, descubierto por Juan y Palmira durante su visita del año pasado. Tienen televisiones por todos lados, y siempre que hay un buen partido se llena (si es fin de semana, la gente se agolpa también fuera de la terraza).

Ayer fui al Parque de la 93 a ver el partido entre España y Portugal. Había muchísima gente, sobre todo en la primera parte, ya que coincidía con la hora del almuerzo. La mayor parte de los espectadores eran, lógicamente, colombianos, pero se veía alguna que otra camiseta de España (no vi ninguna lusa, pero si escuché a algunas personas hablando portugués). En los momentos tensos la cosa se animaba rápidamente, y en los espectaculares saques de falta de Cristiano Ronaldo, durante los ceremoniosos pasos que daba antes del chute, se podía cortar el aire con un cuchillo. No percibí que apoyaran más a un equipo que a otro, simplemente se celebraban las buenas jugadas, los momentos emocionantes.

Siento que en Barcelona no se pusieran las pantallas en la calle. Yo ayer lo pasé muy bien viendo el partido en la cosmopolita capital de Colombia.


Por mi barrio: colgados y ¡frescos!



Nunca he visto tanta gente colgada como en Bogotá. Muchos edificios, como el mío, tienen ventanales que solo se pueden limpiar desde fuera. No es raro ver empleados municipales subidos a las copas de los enormes urapanes, talando las ramas muertas. Casi no pasa un día en mi  barrio sin que alguien se descuelgue por una cuerda.


 El caso es que las alturas no parecen importarles. Nunca se les ve apresurados, o temerosos. Toman cafés, se detienen a charlar, silban para llamar la atención de sus compañeros. Están “frescos”, lo que en Colombia quiere decir tranquilos, despreocupados, contentos.


Entre café y plátanos, en una excursión “violenta”

Que nadie se asuste, no hubo derramamiento de sangre  ni asaltos. Todo lo contrario, tan solo nos cruzamos con gente amable, sonriente y hospitalaria, como sucede de forma sistemática en el campo por toda Colombia. “Violento” es una expresión que se usa mucho aquí para referirse a cualquier cosa que se da con mucha fuerza, de la misma forma que “de pronto” no quiere decir súbitamente, sino quizás. Pero dejémonos de palabras y empecemos la ascensión desde “El Boquerón” (palabra, ejem, que quiere decir “abertura grande,” no solo pez teleósteo, fisóstomo, semejante a la sardina, y que no tendría sentido alguno en medio de los Andes).

Café recién cosechado, secándose al sol. Foto: Jorge Bela
La carretera asciende plácidamente, buscando las curvas de nivel de la pendiente, aunque nuestro guía, Gustavo Alonso, nos lleva por atajos más empinados. No en vano se trata de una excursión clasificada como “si”, el grado más elevado de la escala creada por la Fundación Salsipuedes, reservado para sus caminatas más temibles. La suavidad del comienzo no engaña a nadie: sabemos de antemano que el desnivel a superar es de 1.200 metros, y que tenemos a penas unas horas para lograrlo. El calor es agobiante, y los caminantes vamos empapados en sudor. Soy el único extranjero del grupo, que asciende sin detenerse, bromeando y charlando animadamente.
Una peluquería en el camino. Foto: Jorge Bela.
Paramos a almorzar en Bateas, en una agradable fonda donde venden bebidas frías y algo de picar. Basta levantar la vista y observar las antenas del Cerro Quinini para saber que lo peor está por llegar. Entre tanto empieza el partido España-Francia y yo consulto constantemente el teléfono, esperando las buenas noticias que al final acabaron por llegar. Al salir de Bateas vimos algunas tiendas en la que vendían el café local, ya tostado y molido.

A punto de entrar en la plantación de cafetos.
Gustavo nos llevó hasta el camino que ya asciende, casi vertical, hacia las cumbres. En un punto, nos internamos en una espesa plantación de cafetos. Como el sol es tan fuerte en este país ecuatorial, el cafeto se planta siempre intercalado con plátanos, cuyas inmensas hojas lo protegen de los rayos solares. El desnivel es tan grande, que tuvimos ocasión de comprobar, y agradecer, la fortaleza tanto de los cafetos como de los bananos. Fue aquí donde, entre bromas, se declaró la caminata como “violenta”. Finalmente salimos de los cafetos, y alcanzamos la cota de los 1.800 metros. Desde allí se podían ver unas maravillosas vistas de la meseta de Fusagasugá. Por la hora, no llegamos hasta el Quinini, pero nadie lo echó en falta. 
Meseta de Fusagasugá. Foto: Jorge Bela
Un suave camino nos llevó hasta El Ocobo, donde compartimos con los locales la cerveza y la placidez de las tardes de sábado en los pueblos de Colombia. Sin duda, una excursión magnífica. Aquí se puede encontrar el "track" de la caminata, obtenido con mi GPS.

Tomando una cervecita en El Ocobo. Foto: Jorge Bela

Por mi barrio: una ciudad de árboles


En Bogotá hay un considerable déficit de árboles: según leo en el periódico de hoy, habría que plantar 1.400.000 para alcanzar el estándar internacional de un árbol por cada tres habitantes. Sin embargo, nadie lo diría paseando por mi barrio: aquí hay árboles por todas partes, tanto en los jardines de las viviendas como en los espacios públicos, como el Parque del Virrey. Mi vecino, sin ir más lejos, tiene un hermoso yarumo junto a su puerta.

Yarumo en Bogotá. Foto: Jorge Bela
Yarumo en Bogotá. Foto: Jorge Bela
Tan solo en las calles 92 y 94 hay cerca de 800 árboles, sobre todo urapanes y robles, algunos verdaderamente inmensos. Otro de mis vecinos tiene un árbol tan grande que ha sentido la necesidad de poner un pararrayos en su copa (algo que solo había visto en las sequoias de la Granja). Hay multitud de árboles cuya especie no soy capaz de identificar, pero he encontrado la referencia de una guía de árboles de Bogotá. En cuanto pueda comprarla publicaré una actualización a este post con una lista más completa de los árboles de mi barrio.

Robles y urapanes en la calle 92. Foto: Jorge Bela
Robles y urapanes en la calle 92. Foto: Jorge Bela
Los Cerros Orientales están repoblados con eucaliptus, y cuando las condiciones son propicias su olor llega hasta mi casa.
Cerros orientales: eucaliptos al amanecer. Foto: Jorge Bela
Cerros orientales: eucaliptos al amanecer. Foto: Jorge Bela
El mantenimiento de árboles tan grandes en una ciudad es muy complicado. Los urapanes estuvieron a punto de desaparecer en los años 90 debido a una plaga. Aún hoy es frecuente ver árboles que están recibiendo un tratamiento para prevenir el ataque de los insectos. El ayuntamiento se está tomando el asunto en serio, y todos los árboles están inventariados y marcados con una etiqueta. 
Calle 94. Foto: Jorge Bela
Calle 94. Foto: Jorge Bela
Las amenazas son, sin embargo, considerables. Para empezar, las viviendas unifamiliares están desapareciendo para dar paso a torres de pisos. Los nuevos vecinos no están muy contentos con que los árboles les tapen la luz y las vistas. También hay quien alega que los viejos árboles son un peligro, y deben ser sustituidos por especies más pequeñas. Ojalá no se salgan con la suya, y este barrio siga siendo un ejemplo de lo que podrían ser los barrios más inhóspitos de Bogotá, tan solo si se llenaran sus aceras de árboles…

Paseando por la ciclovía.


En Bogotá hay una gran falta de espacios para el disfrute público. Entre semana, las calles están totalmente congestionadas, repletas de coches y busetas que hacen sonar sus bocinas como si cada vez que lo hicieran les regalaran mil pesos. Los peatones son tratados como enemigos a batir por todos los conductores, y las busetas expulsan columnas de humo que serían la envidia de las chimeneas del Titanic. No hay suficientes parques, y los pocos que hay no son todavía completamente seguros, a pesar de que en este sentido las cosas han mejorado considerablemente. Es el resultado de un crecimiento urbano demasiado rápido, en el que nuevas zonas se van incorporando a la ciudad mientras que las más antiguas se van abandonando, o se dejan deteriorar. En algunos casos, como el Parque de la 93, es la iniciativa vecinal la que convierte un espacio descuidado y peligroso en un parque en el que se congregan los vecinos y juegan los niños.

Ciclovía, Carrera 7ª con 84. Foto: Jorge Bela
En 1976, la Alcaldía de Bogotá institucionalizó una práctica que había comenzado un par de años antes: el cierre al tráfico de algunas calles, y su apertura para los peatones y los ciclistas. La iniciativa ha sido un éxito, ya imitado en muchas ciudades del mundo (ojalá algún día tengamos un alcalde con la valentía suficiente para hacerlo en Madrid). Todos los domingos y festivos del año, 130 kilómetros de calles en Bogotá se llenan de gente que sale a disfrutar a tope de este espacio liberado de trancones, bocinazos y malos humos. Así he podido conocer tranquilamente, montado en mi bicicleta, barrios a los que tardaría horas en llegar cualquier día entre semana. También me encanta salir a correr por la carrera séptima, llegando hasta el Parque Nacional o, cuando estoy entrenado, hasta la Plaza Bolívar (8 kilómetros separan mi casa del centro de Bogotá).

Uno nunca se aburre en la ciclovía. La ciudad está sedienta de estos espacios de convivencia, y las calles temporalmente sin tráfico siempre está llenas de todo tipo de gente: pelaos en ciclas minúsculas, ancianas que pasean de la mano, atletas que trotan a toda velocidad con sus perros, familias que enseñan a sus hijas a montar en bicicleta.  Da igual en qué parte de la ciudad estemos: en todos lados es igual. No hay vendedores ambulantes, tan solo algunos puestos donde prestan asistencia a buen precio a los ciclistas. Por todos lados se ven jóvenes que patrullan las calles con un uniforme con los colores de la alcaldía: rojo y amarillo. Prestan un servicio de vigilancia, pero también llevan un botiquín de primeros auxilios, y están bien entrenados para administrar primeros auxilios. Lo puede comprobar cuando mi amiga Francesca tuvo una caída, con heridas aparatosas pero afortunadamente superficiales: la ayuda tardó muy pocos minutos en llegar.


Ayer fue un día soleado, espectacular. La 7ª estaba abarrotada de caminantes, deportistas y ciclistas. Esa es la Bogotá tranquila y apacible, que como un sueño desaparece puntualmente con el regreso de la semana laboral. El domingo que viene, de 7 de la mañana a 2, nos vemos de nuevo en la ciclovía.



Bienpueda, Salento.


Salento, capital del departamento del Quindío, ha logrado sobreponerse al terremoto que hace unos años causó graves daños en toda la región, y que afectó seriamente a la torre de su iglesia. Con pintorescos caserones paisas, un clima muy suave (está a 1.900 metros) y su proximidad al Valle de Cócora, se encuentra en una posición envidiable para recibir la creciente riada de turistas que desean conocer la zona cafetera. A todo estoy hay que añadir un nombre  de resonancia mediterránea.
Salento. Foto: Jorge Bela
Llegamos a nuestro hostal, el muy recomendable Ciudad deSegobre (de nuevo la conexión meditarránea), y su propietario rápidamente nos dio toda la información necesaria para visitar ese mismo día a una plantación de café, y también para la caminata del día siguiente por el Cocora. Las ventanas del hostal, siguiendo la tradición local, no tienen cristales: tan solo contraventanas que se pueden cerrar por módulos si llueve o al caer la noche.
Salento. Foto: Fernando Conchello
Dejamos las mochilas y nos dirigimos hacia la plantación, a unos cinco kilómetros del pueblo. Desde el camino se puede ver el Quindío precipitándose valle abajo, e interminables plantaciones de café en las laderas. El agradable paseo se vio amenizado por un enorme loro multicolor que descansaba en un árbol, pero que no quiso posar el tiempo suficiente para sacar las cámaras de fotos. En la  finca cafetera nos dieron un tour que incluía todo el proceso, desde la planta hasta el torrefactado. Nuestro guía portaba un machete que usó en un par de ocasiones para cortar muestras de plantas .
Salento. Foto: Fernando Conchello
Por la noche iniciamos el habitual periplo de búsqueda de un lugar para cenar, y en el proceso decidimos entrar en una tiendita de artesanías. Fue allí donde escuche por primera vez la que es mi expresión favorita en Colombia: “bien pueda.” Al abrir la puerta y poner un pié en el recinto, la salentina que atendía lo dijo, de tal forma que parecía una sola palabra. Yo, que no entendí, hice una mueca, a lo que la salentina añadió: “bienpueda, siga:” estaba claro, bienpueda es algo asó como “adelante.” En Bogotá no se escucha frecuentemente, pero cada vez que lo oigo, disfruto. Es una palabra amistosa donde las haya, quizá sintetice mejor que ninguna otra la hospitalidad colombiana.
Salento. Foto: Fernando Conchello
Después de la cena tomamos una cerveza en un bar de la plaza. En la entrada unos jóvenes charlaban animadamente. Al fondo, en la barra, un tipo serio, de bigote blanco, ruana, y cara de no bromear nunca, dialogaba con su botella de Néctar. Una pareja conversaba en una mesa. Nos sentamos en la barra, y el camarero nos explicó que viene de Armenia de jueves a sábado, a poner música. De pronto, el tipo serio pidió al camarero que llevara una cerveza a la pareja sentada en la mesa, quienes la aceptaron sin ni siquiera levantar la mirada. Por los altavoces sonaba a todo volumen “Mi único amigo.” El camarero nos dio una lección magistral sobre el vallenato.

Bienpueda, Salento.

Aguas turbulentas


Para los aficionados al cine, Bogotá no es una buena ciudad. Las películas llegan tarde, o nunca, salvo las grandes producciones norteamericanas. Algunos cines especializados (Cine Colombia de Avenida Chile, Cinemanía en la 93 o Cinema Paraíso –mi favorito—en Usaquén) hacen lo que pueden, pero aún así no hay muchas razones para estar contento. Sin embargo, de cuando en cuando hay alguna sorpresa, como sucedió el viernes pasado con el estreno de Aguas turbulentas (DeUsynlige), una película noruega de la que no había oído hablar. Su director es Erik Poppe (tampoco sabía nada de él) y se filmó en 2008, aunque creo que a España aún no ha llegado. Por qué de repente se estrenan películas como esta, es una pregunta cuya respuesta no conozco, pero que intentaré averiguar en los próximos meses.


Entre tanto, Aguas turbulentas me pareció una película excelente. Relata la historia del retorno a un pequeño pueblo noruego de un ex-presidiario liberado tras cumplir condena por el homicidio de un niño. Consigue trabajo como organista de una iglesia, pero el reencuentro con la madre del niño asesinado es inevitable. Poppe va desgranando los temas de una forma magistral: la culpabilidad, la justicia, el perdón, la verdad, el odio, la religión. Parece imposible sacar adelante una película tan ambiciosa como esta, pero en DeUsynlige, que dista de ser una película perfecta, Poppe lo logra, conmovedoramente.

Pudiera parecer que un argumento tan dramático es exagerado, imposible. Sin embargo, tanto en Colombia como en España constituye una realidad cotidiana y dolorosa. Con el fin de los conflictos armados, llega el dilema de cómo cerrar las profundas heridas que inevitablemente dejan. En España son célebres casos como el de un etarra que tras ser liberado al cumplir su condena, abrió un comercio en el mismo edificio donde vivía la madre de una de las personas que asesinó.  En Colombia, donde el conflicto ha tenido una gravedad mucho mayor, y aún sigue vivo, se acaba de aprobar una ley de rango constitucional conocida como el  Marco Jurídico para la Paz. Esta ley concede amplios poderes al presidente a la hora de hacer posibles concesiones en un futuro proceso de paz, incluyendo la excarcelación de convictos.

En ambos países hay quienes consideran que la aplicación estricta de las más duras leyes penales es la única solución justa al conflicto, la única que salvaguarda los derechos de las víctimas.  También hay quienes consideran que la única forma de cerrar el ciclo interminable de violencia es negociar una salida que permita la reinserción ciudadana de los antiguos combatientes. Esta negociación incluiría la admisión de la verdad, la restitución de los bienes arrebatados, etc... La traducción de estos grandes principios a una realidad cotidiana es justo el tema de DeUsynlige.

En Colombia las cosas nunca son lo que parecen, quizá el estreno de esta película justo en la semana que se aprueba el nuevo marco jurídico no sea una simple casualidad. En todo caso recomiendo sin reservas esta película, donde no se encontrarán moralinas ni respuestas, tan solo cuestiones durísimas que quedan abiertas para que cada espectador saque sus propias conclusiones.

Aguapanela pá los colibríes



Palmeras de cera en el Valle de Cocora. Foto: Jorge Bela
Palmeras de cera en el Valle de Cocora. Foto: Jorge Bela
En el hostal nos advirtieron de la necesidad de utilizar botas, y  nos ofrecieron unas “botas pantaneras” (botas de goma que en España se llaman “katiuskas”). Yo llevaba mis buenas botas de montaña, y rechacé la oferta, sin saber todavía que estaba cometiendo un error. Los “willis” esperaban aparcados en plaza de Salento,  listos para llevarnos al parque, a unos 11 kilómetros del pueblo. Las lluvias habían sido constantes en los días anteriores, pero hoy parecía que íbamos a tener un respiro. El Valle del Cócora nos esperaba.

Willis en Salento. Foto: Fernando Conchello
Willis en Salento. Foto: Fernando Conchello
Comenzó nuestro ascenso, y pronto pudimos comprobar que las katiuskas no son un lujo en esta caminata: los caminos ascienden encajonados entre amenazantes vallas electrificadas. Carteles de madera recuerdan a los caminantes que las praderas junto al camino son propiedad privada, y que está totalmente prohibido pisarlas. Lo malo es que el camino está en pésimo estado: por él transitan caballos que los desgastan, y las lluvias torrenciales hacen el resto. Barro, huecos, charcos inmensos hacen casi imposible el ascenso. Así durante un par de horas, aunque los caminantes que nos precedían, llegado un punto especialmente complicado, deciden desobedecer los carteles e internarse en las praderas (nosotros hicimos lo mismo: las vallas electrificadas estaban, a fin de cuentas, desconectadas).

Cruzando el Quindío. Foto: Fernando Conchello
Cruzando el Quindío. Foto: Fernando Conchello
El suplicio termina cuando ya nos internamos en el bosque, donde el camino está en mucho mejor estado. Empiezan a aparecer de nuevo carteles, esta vez recordándonos que el acceso al recinto al que nos dirigimos cuesta 3.000 pesos, aunque incluye café o agua panela. Tenemos que atravesar el  río en varias ocasiones, sobre precarios puentes de madera no aptos para personas con vértigo. De nuevo las botas katiuskas hubieran venido bien para poder evitar los puentes.  Finalmente llegamos al refugio de colibríes, nuestro primer destino en la caminata. Los propietarios de esta finca han preparado varios comederos, que contienen agua con panela. Curiosamente, a nosotros nos ofrecen la misma bebida, solo que caliente. Hace rato que llueve, y se agradece tener una tacita hirviendo entre las manos.


La panela es el jugo de la caña de azúcar, cocido a altas temperaturas hasta que espesa, y luego solidificado en moldes que le dan una característica forma rectangular. En Colombia se toma disuelta en agua, a veces aromatizada con limón o con especias como clavo o canela. Confieso que no me gusta mucho, pero aquí se bebe muy frecuentemente, para aliviar el frío, cuando uno está enfermo, para desayunar….Yo pido el chocolate mejor, pero a mi alrededor los caminantes y los colibríes por igual parecen encantados con la dulcísima agua panela.

Seguimos caminando, aunque la lluvia ya no da tregua. Llegamos hasta un punto desde donde nos dijeron se divisa una espectacular vista del valle, pero nada conseguimos ver, pues estaba completamente tapada por las nubes. Un nuevo descanso, otra bebida caliente (tinto esta vez) y comenzamos el descenso. Poco a poco la lluvia fue cesando, y de pronto comenzó a despejar la niebla: nos dimos cuenta de que estábamos en medio del bosque de palmeras de cera. Al principio sólo podíamos ver los troncos, pero a medida que la niebla se deshacía, pudimos empezar a ver las copas. Estábamos calados, muertos de frío y con barro hasta el cuello, pero aún así disfrutamos de un paisaje único.  Al fondo del valle, como tan a menudo sucede en Colombia, se encuentra un gigantesco nevado, pero nunca lo conseguimos ver.  En el páramo, a los pies del nevado, nace el río Quindío, el mismo en el que estuve a punto de caer un par de veces.

Palmeras de cera. Foto: Fernando Conchello
Palmeras de cera. Foto: Fernando Conchello
Pensando en las palmeras de cera, en Simón Bolívar -- quién estuvo por este valle en una de sus andanzas heroicas--, y en las cumbres nevadas, nos dirigimos a un pequeño restaurante . Éramos los únicos clientes,  y aún así nos prepararon una trucha recién pescada. Mientras salía, nos sirvieron una agüita panela para entrar en calor

Por mi barrio: cebras de colores en el Virrey


Al regresar de Medellín me encontré con que uno de los pasos de cebra que utilizo habitualmente estaba pintado con los colores de la bandera de Bogotá: rojo y amarillo. El cruce de la Carrera 11 con la calle 88 es muy utilizado por familias, corredores y paseantes de todas las edades, pues atraviesa el Parque del Virrey, formando una barrera incómoda de superar. No hay semáforos cerca, y los coches, busetas y motos aceleran todo lo que pueden en este tramo. Los pasos de cebra estaban despintados, y los motoristas hacían caso omiso a los mismos.

Cebra de colores, K11-88. Foto: Combo 2600
Si los rolos (o bogotanos) son excepcionalmente amables y educados en el trato cotidiano, sufren una transformación instantánea en cuanto se suben a sus vehículos. Toda la educación desaparece en ese momento, y se ve transformada por la mayor insolidaridad posible: Bogotá es la ciudad en la que encuentro más difícil conducir de todas las que conozco. Los peatones son considerados como el enemigo a batir, y los pasos de cebra una invitación para pisar el acelerador a fondo. En 2011 murieron 564 peatones en accidentes viales en Bogotá, y hace a penas un mes un anciano murió atropellado por un autobús justo en el lugar del que estamos hablando.

Tengo la suerte de vivir cerca del Parque del Virrey, y salgo a correr por él todas las mañanas que no llueve. Es un lugar perfecto para entrenar (al medio día está abarrotado de deportistas, practicantes de yoga, acróbatas: una verdadera delicia), pero cada vez que toca cruzar la 11 (o cualquier otra vía en que no haya semáforo) se pasa un verdadero mal rato. Parece ser que hace algunos años los esfuerzos de alcaldes pasados tuvieron buenos resultados, y mejoró el civismo de los automovilistas, pero las cosas han ido hacia atrás ante la desidia de los alcaldes más recientes, que tenían otras prioridades (baste apuntar que el alcalde saliente está en la cárcel acusado de corrupción).

Pintando la cebra de colores. Foto: Combo 2600
Por todo esto me pareció una excelente iniciativa que se repintara con colores el paso de cebra, pero ¿quién lo había hecho? Tras hacer algunas pesquisas, una noticia en El Tiempo me puso sobre la pista: se trata de una iniciativa ciudadana llevada a cabo por un colectivo llamado Combo 2600, formado por jóvenes y cuyo lema es “querer, pensar, y hacer ciudad.” El pasado 26 de mayo, dentro de la iniciativa de movilización ciudadana 100 en un día, decidieron recuperar la pintura de este peligroso cruce:¡bravo por ellos! El nuevo alcalde de la ciudad, Gustavo Petro, enfatizó durante su campaña la necesidad de dar protagonismo a los peatones, pero poco se ha hecho en los seis meses desde que llegó al Palacio Liévano (sede de la alcaldía local). Ojalá tome nota de esta iniciativa ciudadana. Entre tanto, los peatones tendremos que seguir asumiendo riesgos cada vez que tengamos que cruzar una calle.

De revuelterías por los barrios de Medellín

Tomamos la buseta cerca de la plaza de San Antonio, donde una escultura de Botero quebrada por una bomba, descansa junto a su reproducción intacta, sirviendo tanto de recordatorio del pasado violento de la ciudad, como de su firme voluntad de seguir adelante. En pocos minutos empezamos a subir por las calles de San Salvador, que serpentean siguiendo las curvas de nivel de los cerros, a diferencia de otras comunas donde las calles siguen la cuadrícula urbana, formando cuestas inconcebiblemente empinadas. El barrio está lleno de vida, de gente de todo tipo que pasea en el devenir de sus tareas cotidianas. En las esquinas, algunos vendedores ambulantes venden frutas ralladas, junto a tiendas de abarrotes que sirven también de cafés, bares incluso ocasionales restaurantes. Es un día entre semana, por la mañana, y las sillas están apiladas, esperando que caiga la tarde y, con el fin de la jornada laboral, aparezcan los clientes (los domingos, me dicen, están repletos, y sirven como epicentro de la vida social). El ambiente es tranquilo, agradable. Las casas ya no son repeticiones de cubos de ladrillos, se han cubierto de estuco, de ventanas de madera ornamentada, sus pisos tienen baldosas multicolores y bien cuidadas.

Cristo Rey, San Salvador, Medellín. Foto: Jorge Bela
Cristo Rey, San Salvador, Medellín
Preguntamos a un pelao como llegar al morro de Cristo Rey, y nos señala una calle, empinada, como no podía ser de otra forma. Por el camino encontramos muchos comercios. Sobre un supermercado, un cartel enorme nos conmina a "pedir huevo." Las revuelterías (tiendas en las que se encuentran todo tipo de verduras y alguna que otra cosa) se alternan con peluqueros, papelerías…

San Salvador, Medellín
El cristo está ubicado en un parque, sobre un promontorio desde el que se puede ver prácticamente todo Medellín. Sin embargo, en el parque observamos varios grupos de personas que no nos inspiran confianza. En Medellín, a pesar del considerable avance que se ha producido en las dos últimas décadas, sigue habiendo problemas de seguridad. Escogemos ser prudentes, y rodeamos el parque, no sin cierta rabia. Justo debajo del Cristo, hay una plataforma desde la cual observamos las hermosas vistas.

El descenso es muy rápido. Las calles en cuesta nos devuelven en pocos minutos a la plaza Santo Domingo. Buscamos el paradero de la buseta que nos llevará a nuestro siguiente destino: Manrique. El vehículo arranca ya lleno de gente. Una pareja de chavales jóvenes charla de forma desinhibida. El bus se va vaciando a medida que ascendemos. En Manrique las calles siguen la cuadrícula de la ciudad, y las que la cruzan de este a oeste parecen verticales. Esto explica por qué el Metrocable (extensión del metro que asciende por las laderas en varios puntos de Medellín) ha tenido tanto éxito entre los habitantes de las comunas: reduce a minutos desplazamientos que antes se contaban por horas.

Manrique, Medellín
Una vez más encontramos un barrio lleno de vida. Al igual que en San Salvador, las viviendas se están consolidando, cuidadas y embellecidas por sus propietarios, quienes frecuentemente incorporan motivos decorativos reminiscentes de sus regiones de origen. En las aceras, comercios. Si alzamos la vista, Medellín se extiende por todo el valle, brillando bajo el sol de verano. Como contrapunto, hampones de aspecto amenazante, ubicados en los puntos de entrada a la comuna, nos recuerdan que aún queda mucho camino por recorrer para que Manrique sea un lugar completamente seguro para sus habitantes.

Manrrique, Medellín
En pocos minutos llegamos a la Avenida Carlos Gardel (hay mucha afición al Tango en Medellín, y aquí perdió la vida en accidente aéreo el cantante). La avenida se ha dedicado completamente a un nuevo modo de transporte: el Metrobus. La movilidad ha sido una prioridad para los ayuntamientos locales, y en esto están a años luz de Bogotá, que sigue debatiendo por donde deber ir el siempre futuro metro...

Metrobús, Medellín

Me dicen que en las comunas por las noches las calles están llenas de vida. Pude comprobarlo en Bello, donde me invitaron a una estupenda cena el sábado. Al salir, ya de noche cerrada, había gente por todos lados, y por todos lados se escuchaba música. Al pié del barrio me mostraron un enorme centro comercial, construido recientemente donde antes solo había un potrero. También estaba lleno de gente, atraída por incontables bares y restaurantitos. Parecía que la ciudad entera quería disfrutar del buen clima del Valle de Aburrá.

Son pocos los turistas que se adentran en los barrios. Yo tuve la suerte de contar con Diego, que tuvo la paciencia y la generosidad de enseñármelos. Aprovecho para darle, una vez más,  las gracias.

Manrique, Medellín

Chinos en el bus Medellín - Bogotá


Bus que nos llevó a Bogotá
La mayoría de las estaciones de autobús que conozco son sombrías y amenazantes, no así la Terminal del Norte de Medellín, lugar donde comienza mi viaje de regreso a Bogotá. Luminosa y aireada, la terminal se extiende en tres niveles, con muchos restaurantes y tiendas donde se puede encontrar de todo. En el tercer piso, docenas de damas se entregaban a un animado ejercicio de rumba aerobica, ¡algo que solo resulta imaginable en Colombia! 15 minutos antes de la salida empiezan a llamar a los pasajeros: una señora con  un monumental televisor de plasma, un turista de aspecto alemán, una familia con dos bebés de pocas semanas (o chinos, como se conoce a los niños por estas tierras), y poco más. Todo está listo para una salida puntual a las 11.30: daba comienzo el viaje de algo más de 400km y nueve horas hacia Bogotá.


El bus comienza su ascenso por las laderas del Valle de Aburrá, dejando unas vistas espectaculares de Medellín: la despedida perfecta. Una vez fuera del valle, la carretera, todavía de doble carril por cada sentido, serpentea plácidamente entre pueblos en los que sus habitantes disfrutan del buen tiempo de esta mañana de domingo. Los pasajeros en el bus reclinan sus cómodos butacones, juegan con sus pantallas individuales de video y se protegen como pueden del despiadado aire acondicionado. En no mucho tiempo la carretera se hace de un solo carril y empiezan las curvas: tenemos que descender desde algo más de 2.000metros hasta el valle del Magdalena.  En muchas cañadas ha habido desprendimientos, y la carretera está en obras. El conductor parece relajado, como si no le importaran los precipicios y las interminables revueltas. Los chinos empiezan a llorar.

Al cabo de un par de horas, llegamos a Puerto Triunfo, primer pueblo que encontramos ya en el valle. La temperatura es de 28C, pero en el bus seguimos como en un congelador. Al pasar por delante de la puerta de la Hacienda Nápoles, símbolo del poder de Pablo Escobar y del narcotráfico, despertamos por unos momentos del sopor del viaje. El pulso se sigue acelerando cuando en pocos minutos cruzamos por primera vez el Magdalena.

Una pasajera dormita en el bus
El viaje vuelve a ser plácido. La mayoría de los os pasajeros dormitan, abrigándose como pueden: uno no debe viajar en bus por Colombia sin llevar una pequeña manta en la mochila. Avanzamos por el valle y podemos comprobar que se está  construyendo lentamente un segundo carril en la autopista. Cruzamos por segunda vez el río en La Dorada -- puente que está fuertemente protegido por el ejército -- y seguimos avanzando entre un paisaje muy agradable. Finalmente cruzamos el río por tercera vez, en Honda, y paramos a almorzar en un restaurante ubicado al lado de la carretera.  Si nos acercamos al río desde el puente podemos ver la ciudad en la distancia:  espero poder visitarla en un futuro no muy lejano.
Honda desde el puente
Quedan a penas 170 kilómetros para llegar a Bogotá, pero se tardan unas tres horas en recorrerlos. Primero hay que ascender un empinado puerto para llegar a Guaduas (900 metros), luego subir y bajar otro puerto igual de complicado para llegar a Villeta (800metros) y finalmente el tercer puerto, y el más brutal, para llegar a El Dintel (2.800 metros) y de ahí ya descender a Bogotá. Ese último tramo lo recorrí en una caminata agotadora: en bus se hace mucho más descansadamente.

La orografía endiablada de Colombia, y el mal estado de sus carreteras, desaniman a muchos turistas a realizar viajes por tierra. Sin embargo, es la mejor manera de conocer el país. El viaje Medellin-Bogotá es muy largo, pero se hace corto. Los buses, al menos en las rutas principales, son muy cómodos. También suele haber rutas nocturnas, algo más rápidas, pero se pierde el disfrute del paisaje. Mi próximo viaje, probablemente a Cali, también será en bus,  con o sin chinos.

Masonic House of the Temple: a Wonder Hidden in Plain Sight

Masonic House of the Temple. Photo: Jorge Bela There is plenty of invocation to classical architecture in Washington. Even modern buil...