Seis consideraciones a tener en cuenta antes de viajar a Colombia (Parte 1)



Unos amigos madrileños me han pedido consejo sobre su inminente viaje a Colombia. A raíz de las conversaciones que he tenido con ellos surgió la idea de escribir este post. Se trata de consideraciones generales que espero sean de interés para todo aquel que esté considerando visitar este hermoso país.


1. Oportunidad

Colombia está en un momento singular de su historia: la prosperidad económica y la expectativa de la finalización del larguísimo conflicto ha puesto bajo el foco internacional los ingentes atractivos turísticos que habían permanecido mayoritariamente ocultos hasta fechas muy recientes. Aunque el número de visitantes extranjeros está creciendo de forma exponencial, el volumen total sigue siendo aún relativamente pequeño. Salvo en lugares como Cartagena de Indias, con una larga tradición turística, y algunos otros puntos igualmente concurridos, aún es posible disfrutar de auténticas maravillas naturales casi en completa soledad. Esto va a cambiar, sin duda, a medio plazo, por lo que conviene aprovechar esta oportunidad sin demora.





2. Seguridad

El conflicto armado ha quedado circunscrito a ciertas regiones geográficas, pero en ocasiones éstas son las sumamente hermosas e interesantes para los visitantes.  A medida que aumenta la seguridad en el país, mayor es el interés que estas zonas, antes completamente inaccesibles, ofrecen a los turistas. La mejor prevención es la información: antes de adentrarnos en zonas que pueden presentar problemas de seguridad, lo mejor es informarse muy cuidadosamente sobre la situación en ese momento. En caso de la menor duda, la única opción razonable es evitar la zona y visitar cualquier otra: no olvidemos que la mayor parte del país ya no presenta problemas de este tipo. Los incidentes de turistas con grupos armados han sido muy escasos en los últimos años.

Por otro lado conviene no olvidar las precauciones habituales para evitar los delitos comunes. De nuevo, la mejor defensa es la buena información, y sobre todo no “dar papaya,” expresión colombiana equivalente a la española: “no dar pié.” En este caso se traduce en no hacer exhibiciones de objetos de alto valor, no adentrarse por barrios inseguros, desconocidos o solitarios, evitar en lo posible tomar taxis en la calle, etc…




3. Prudencia

La imponente geografía colombiana es una de las razones que convierten a este país en uno de los más hermosos del mundo. Recorriendo distancias relativamente pequeñas se puede pasar de un glaciar con nieves perpetuas a una jungla de temperaturas tropicales. Esta orografía, junto con la ubicación ecuatorial, exige adoptar ciertas precauciones, sobre todo cuando nos alejamos de los núcleos urbanos. Lluvias torrenciales, crecidas súbitas de los ríos, desprendimientos rocosos, el mal de altura, por poner tan solo algunos ejemplos, pueden jugar una mala pasada a turistas desprevenidos. Conviene ser especialmente cuidadoso en la alta montaña, donde es fácil perderse o sufrir un percance,  por lo que resulta obligatorio ir acompañado, y en ciertas rutas contratar a guías expertos. También en las zonas calientes hay insectos y serpientes sumamente venenosos.

Colombia se aproxima a los 50 millones de habitantes, pero la población está concentrada en la región andina y en los núcleos urbanos. Fuera de ellos hay vastas regiones casi totalmente despobladas. De nuevo, el mejor consejo es informarse muy detalladamente de las rutas que se van a seguir, y llevar los medios adecuados para superar cualquier pérdida o incidente (mapas, GPS, botiquín de primeros auxilios).





Panela: de la tierra a la taza

Bloques de panela, ya casi listas. Foto: Jorge Bela
Confieso que no tenía muy claro como se elabora la panela. Sabía que se sacaba de la caña de azúcar, pero poco más. La semana pasada estuve en Chitavindá, una finca en Villeta dedicada desde tiempo inmemorial al cultivo de la caña, y que en los últimos años se ha abierto al turismo, para permitir pasar un día agradable junto a una piscina, pero sobre todo para que adultos y niños urbanícolas puedan observar todo el proceso de elaboración de la panela. Para quien no conozca el término, la panela son unos bloques de azúcar sin refinar, generalmente rectangulares. En Colombia se utiliza muchísimo, sobre todo en la elaboración de bebidas calientes, a veces con limón.

Una de las tres formas de plantar la caña. Foto: Jorge Bela
En Chitavindá nos mostraron las tres técnicas de plantación de la caña (se escoge una u otra dependiendo de si la estación es seca y lluviosa) así como los métodos exclusivamente manuales de cuidados y recolección. También nos mostraron los árboles de jagua, siempre presentes en los cañaverales pués su madera se utiliza para hacer los moldes, y sus frutos antiguamente para elaborar tinta, y los de balso y guásimo, cuyos frutos se utilizan en la elaboración final de la panela. Tras un agradable y caluroso paseo por la plantación nos montamos en un Jeep Willys nos llevaron a un trapiche, lugar en el que se extrae el jugo de la caña y se elabora la panela.

Molino de caña de azúcar. Foto: Jorge Bela
Tan solo en Villeta hay 463 trapiches, lo que da idea de que se trata de una industria artesanal, casi familiar. Salvo porque el molino estaba impulsado por un motor, el que visitamos funcionaba exactamente igual que podía haber funcionado hace mil años. Primero se extrae el líquido de la caña, y los restos se ponen a secar. El liquido se traslada a unas vasijas donde se mezcla con jugos de los frutos de balso y guasito, cuyos mucílagos absorven como por arte de magia las impurezas, como restos de tierra y de fibras. Con los estos de caña de moliendas anteriores, ya secos, se alimenta un horno que va calentando el jugo, a temperaturas cada vez superiores a medida que se traslada a cubetas consecutivas. Poco a poco va adquiriendo su característico color tostado, y mayor espesor. Finalmente se traslada a una cubeta sin calefactor, para que enfríe y espese. De ahí se vierte sobre los moldes de jagua, y de ahí ya directamente se empaqueta.

Calentando en jugo de la caña. Foto: Jorge Bela

El trabajo es incesante, desde el molino, la persona que alimenta el horno, los que agitan el líquido, y finalmente los que lo expanden sobre los moldes: nadie se toma ni un solo minuto de descanso. Por un lado entra la caña, por otro salen las cajas ya con los bloques de panela empacados. Es un espectáculo que vale la pena ver. Los productores se han asociado y se están organizando para coordinar la producción, las visitas turísticas y la adopción de buenas prácticas de elaboración orgánica (sin químicos y sin pesticidas): los consumidores podrán estar seguros de que están comprando un producto artesanal, pero de la máxima calidad.
La panela, en sus moldes. Foto: Jorge Bela
La visita al Chitavindá se organizó como parte del Blogtrip Villeta, patrocinado por los hoteles Villeta Resort y Villeta Boutique.






Caminata a Las Moyas, con terrorífica visita a las cuevas del mismo nombre

Las famosas moyas de los Cerros Orientales de Bogotá. Foto: Jorge Bela
Desde que llegué a Bogotá estaba soñando con llegar hasta las cumbres más altas de los Cerros Orientales. En los atardeceres veo en la lejanía unas antenas cuyas lucecitas brillan casi imperceptibles. Finalmente tuve la ocasión de hacerlo, en una caminata organizada, entre otros, por Guillermo Silva. La cita era a las 7, relativamente tarde para este tipo de convocatorias, y aún esperamos a que llegara la policía que nos iba a dar protección durante el trayecto. Valió la pena, y la satisfacción era grande cuando por fin el grupo, de más de 40 personas, se puso en marcha y comenzó la ascensión cerca del Club Metropolitan.
El grupo comienza la ascensión. Foto: Jorge Bela
A medida que avanzaba la ascensión, el grupo se fue estirando como una gran serpiente: a la cabeza iban los más rápidos, verdaderos atletas de la montaña para quienes el desnivel era un aliciente para acelerar el paso. En la cola los sufridores, con cara congestionada, la respiración a tope y gesto suplicante. Pero no había misericordia: la caminata proseguía casi sin descanso rumbo a las cumbres. Pronto desaparecieron los árboles, y la espectacular vista de la ciudad se hizo aparente. Un poco más arriba pudimos ver los primero frailejones, con sus rara vez vistas flores amarillas en pleno apogeo. Es un verdadero milagro que en el término municipal de una megaurbe puedan crecer plantas tan frágiles. Es obligación de todos los bogotanos defender por todos los medios este tesoro ecológico que son los Cerros Orientales.

Frailejones en la capital de Colombia. Foto: Jorge Bela
Bogotá desde sus cerros. Foto: Jorge Bela

Llegando a la cima. Foto: Jorge Bela

Finalmente alcanzamos la cumbre y el grupo se tomó un descanso. Animados por el buen tiempo, brotaron las conversaciones y los caminantes comenzaron a conocerse mejor. Un lagarto collarejo posó largamente para los fotógrafos: aún seguía completamente inmóvil sobre un frailejón cuando nos marchamos. La caminata siguió plácidamente durante un buen rato, llaneando entre las espectaculares moyas, que despertaron todo tipo de especulaciones sobre su origen geológico. Finalmente descendimos hacia San Luis, entre rumores—falsos—de que nos habíamos perdido. De San Luis a la Finca las Moyas, lugar en el que se encuentra la cueva, hay a penas un corto paseo.

Lagarto collarejo, posando. Foto: Jorge Bela
Ya en la Finca descansamos un rato, tomamos tinto y compramos deliciosas empanadillas. El ambiente relajado y distendido, que pronto descubriríamos  para nada anticipaba lo que nos esperaba. Finalmente nuestro guía nos llevó hasta la boca de la gruta. El comienzo era un descenso de unos 4 metros por una precaria y resbaladiza escalera. El guía repetía a grito pelado donde debíamos poner cada pié para llegar sin contratiempo a suelo firme. El suelo luego no resultó ser tan firme, pues en río cubría la zona mas plana de la cueva, lo que nos obligaba a encaramarnos en las rocas, saltando de una a otra. Tal y como nos había anticipado el guía, no pasamos nada de frío, sino que mas bien sudábamos por el esfuerzo. La cueva es hermosa, y amplia: el esfuerzo valió la pena. Los niños fueron quienes mejor lo pasaron, aunque todos nos sentimos un poco niños durante el kilómetro largo que recorrimos bajo tierra. Una brisa nos indicó que ya estábamos llegando a la salida, y a los pocos vimos de nuevo la luz. Las docenas de linternas frontales se fueron apagando una a una.
Yamila abre camino en la gruta. Foto: Jorge Bela
En resumen, una gran excursión, con grandes vistas, buen ejercicio, fauna, flora y motivos geológicos interesantes, y sobre todo buena compañía. Sin duda, lo mejor que ofrece Bogotá es su gente y los Cerros Orientales. Volveremos a explorarlos muy pronto.

A la salida de la cueva, todos tenemos las manos negras. 
Para los amantes de los datos, recorrimos unos 9 kilómetros, sin contar la gruta, y alcanzamos una altura máxima de 3.289 metros. Todos los datos y el track se pueden encontrar aqui.




Primer Cumpleaños

Chocoramo como tarta de cumpleaños. Foto: Jorge Bela
Chocoramo como tarta de cumpleaños. Foto: Jorge Bela

Hoy hace exactamente un año que comencé a escribir Que Pena con Usted, un blog de Colombia. Mi hermana Tere llevaba tiempo animándome a que me pusiera a escribir, “lo que fuera,” y Toya se sumó sugiriendo que escribiera un blog sobre mis vivencias y mis viajes en Colombia, y dándome buenos consejos sobre cómo hacerlo. Fue justo el 8 de mayo de 2012 cuando pedí por primera vez a los lectores que me regalaran un minuto. Desde entonces, he escrito 91 posts, he recibido  83.791 visitas y tengo 2.705 en mi comunidad de Facebook. En las primeras semanas, en las que muy poca gente me leía, fue definitivo el apoyo que me dieron mis hermanos, primos, amigos y por supuesto Jesús. Ahora es fundamental la interacción que tengo con mi comunidad en Facebook, a quienes ya incluyo dentro de mi círculo de amistades.

Estoy celebrando el cumpleaños en un lugar incomparable: la Casa Amarilla en Mompox, quizá la ciudad mas hermosa de Colombia. A lo largo de estos meses uno de los temas centrales del blog ha sido los contrastes de la alucinante geografía de este país, como uno aún estando en picos permanentemente nevados, a 10 grados bajo cero, sabe que está cerca de los valles tropicales que se alternan entre las cordilleras. Ayer mismo comentando con Carmen, encargada de la Casa Amarilla, que en Bogotá estaba diluviando, nos dijo que ya lo sabía: le bastaba con ver como el caudal del gran Magdalena estaba subiendo rápidamente para saber que en las cordilleras estaba diluviando. Por eso no hay mejor lugar para celebrar el aniversario, y para celebrar Colombia, que la orilla de este inmenso río. Ayer estuve horas mirando sus aguas fluir, con paso acelerado hacia el Caribe. recordando el baño que tomé en las lagunas heladas de El Cocuy. Ya escribí hace unos meses que las cordilleras son la columna vertebral de Colombia, y los ríos sus venas.

No quiero aburrirles más con autobombo y celebraciones. Les dejo con sus quehaceres cotidianos. Yo me voy a zampar el Chocoramo, y a disfrutar de mi último día completo en Mompox. Espero que me sigan regalando de cuando en cuando un minuto, a cambio yo les seguiré ofreciendo Qué Pena con Usted. Aquí les espero.









La Casa de las Ventanas Amarillas

La Casa Amarilla, Mompox. Foto: Jorge Bela
Cuando éramos niños casi cada domingo mis padres nos montaban a los cinco hermanos en su Seat 1500 familiar blanco,  y nos subían a la sierra de Madrid. A nosotros nos encantaba el plan: allí nos encontrábamos con mis primos, casi 30,  y nos divertíamos en total libertad. El viaje era, sin embargo tedioso, con tráfico intenso, paradas a tomar gasolina, trancones y otros trastornos. Cuando ya empezábamos a subir el puerto, tras una larga hora de trayecto, mi padre nos retaba sistemáticamente: “a ver quién es el primero que ve la casa con las ventanas amarillas.” Los más pequeños nos poníamos en tensión, escudriñando el horizonte y dejando temporalmente de lado el constante alboroto. Y es que en medio de la sierra se alzaba enigmática y desafiante una casa de piedra con las ventanas pintadas de amarillo. Nunca sabré qué impulsó a sus propietarios a tomar una decisión tan insólita, todavía más en los años sesenta del siglo pasado, un período nada propicio a los desafíos en la península Ibérica. La casa todavía existe, y sus ventanas están aún relucientes, como si las repintaran cada año en una confirmación constante de que no se trató de un error, ni de un capricho, sino de una decisión que los herederos de los que la tomaron han decidido mantener.

En todo esto pensaba cuando recibí las instrucciones de viaje de mi colega bloguero y escritor Richard McColl. Es el propietario de un hotel en Mompox, sabiamente regentado por su suegra Esther y su tía Carmen cuando él está ausente. De hecho, su iniciativa hotelera fue pionera en una de las ciudades más hermosas de Colombia, pero que ha dormitado aislada durante siglos, arrullada por los brazos del gran Magdalena. Del texto que me mandó, con exhaustivos detalles sobre poblaciones, desvíos, advertencias y consejos, solo presté atención a la última frase: “llega hasta  el río, y  junto a la iglesia de Santa Bárbara, la más icónica de Colombia, busca una casa amarilla, ese es mi hotel.” El viaje por tierra de Bogotá a Mompox es largo, pero a mi se me hizo corto. Cada pocos instantes imaginaba como sería la llegada al hotel, el encuentro con el río, el legendario calor de las tardes momposinas, la casa amarilla...



Las ventanas de la Casa Amarilla son negras. Se trata de una antigua y amplia casona, con un agradable patio, y tanto suites,  incluso con vistas al río, como cuartos sencillos al alcance de todos los presupuestos. Ahora descanso en su azotea mientras mi cámara dispara foto tras foto, tratando de captar no solo la belleza, sino también la atmósfera tranquila y apacible de este atardecer fluvial. Antes estuve deambulando por las callejuelas de Mompox, viendo la gente en su transitar cotidiano, con el telón de fondo del gran río de Colombia. Desde los muros que protegen a la ciudad de las crecidas, algunos pelaos dan brincos y se echan al agua, incluso se dejan arrastrar por las fuertes corrientes río abajo donde les esperan otros amigos. Nadie parece tener prisa por aquí, y mientras termino tranquilamente mi cerveza pienso que me siento en casa en el hotel Amarillo de Richard McColl.

Patio de la Casa Amarilla, Mompox. Foto: Jorge Bela



Tesoros ocultos de Bogotá: el Camino de Choachí


Flores silvestres en el Camino de Choachí. Foto: Jorge Bela
Durante los tiempos de la colonia se construyeron muchos caminos empedrados para facilitar las comunicaciones entre Santa Fé (hoy Bogotá), y las ciudades más importantes. Muchos de estos caminos utilizaron como base rutas prehispánicas: aunque parezca sorprendente, el comercio entre la región andina y las costas era ya intenso antes de la llegada de los españoles. En una entrada anterior de mi blog de Colombia ya hable del Camino Real de Honda, el mas importante e imponente, como las mejores calzadas romanas. Hacía tiempo que quería conocer el que une Bogotá con Choachí, también en Cundinamarca, pero ya rumbo a los llanos orientales.

El camino empedrado está en buen estado. Foto: Jorge Bela
Aunque la seguridad de la carretera que une Bogotá con Choachí hace tiempo que es muy elevada, la ruta a pié sigue presentando retos de seguridad en el tramo de los cerros urbanos. Además, algunos propietarios han tomado medidas para impedir el paso de los caminantes, apropiándose de una vía que no les pertenece (este problema es universal, en España también sucedió cuando se re-abrió el Camino de Santiago, pese a ser patrimonio de la humanidad). En consecuencia, mis amigos de Caminantes del Retorno decidieron comenzar la caminata  en el páramo, a la altura del kilómetro 21 de la carretera a Choachí.

Espectacular cascada en el Camino de Choachí. Foto: Jorge Bela
Al bajar de la buseta llovía, lo que confería al páramo su ambiente mágico en indescriptible. Tras una caminata de media hora llegamos al camino empedrado. Carlos Avellaneda nos dio una pequeña charla introductoria, y nos advirtió del peligro que suponen las piedras mojadas: son grandes y lisas, y cubiertas de verdín, por lo que los resbalones son una amenaza muy seria. Dicho lo cual, comenzó a descender, y a los tres pasos: patapúm: ¡el primer resbalón del día fue el suyo! El grupo, de unas 20 personas, avanzaba cauteloso. Laura, esposa de Carlos, cerraba la comitiva. Los resbalones se sucedían sin interrupción. A media caminata un excursionista afirmó haberse caído ya ocho veces. Mi amigo Javier se cayó cuatro…No es por presumir, pero yo no llegué a caerme, aunque en algunos resbalones hice auténticas piruetas circenses.

Arepas y calorcito en el camino. Foto: Jorge Bela
El camino descendía empinado. A las cuatro horas llegamos a la carretera, donde Carlos nos llevó hasta un desayunadero. El calor de la estufa, y las deliciosas arepas nos devolvieron el ánimo. También vendían tinto y chorizos, pero yo no me animé. Los propietarios nos contaron que solo abren los fines de semana, pero que en un buen domingo pueden llegar a vender 800 arepas. Yo me zampé dos y quedé como nuevo.

Choachí al fondo. Foto: Jorge Bela
Retomamos el camino y a las tres horas ya pudimos divisar Choachí en la distancia. Las recientes lluvias, llegadas tras un prolongado verano, habían estimulado las plantas y pudimos ver incontable variedad de flores. Uno de los caminantes las fue identificando una a una, y yo maldije no haber llevado el cuaderno para apuntar los nombres. Tras casi ocho horas de caminata llegamos a Choachí: la plaza estaba llena de gente, disfrutando de la tarde de domingo. La lluvia ya había escampado. Nosotros nos sentamos a descansar, a tomar una cervecita, y a prepararnos para el regreso a Bogotá. Una vez más quedé pensando sobre lo improbable y lo maravilloso que haya caminos como estos, paisajes naturales tan hermosos, tan increíblemente cerca de la inmensa urbe que es Bogotá.
Flores en el Camino de Choachí. Foto: Jorge Bela

Flores en el Camino de Choachí. Foto: Jorge Bela

Flores en el Camino de Choachí. Foto: Jorge Bela

Flores en el Camino de Choachí. Foto: Jorge Bela



Carrera Merrell de Guatavita: el mundo está loco, loco, loco…

Estado de las zapatillas tras la carrera. Foto: Jorge Bela
La mañana amaneció lluviosa y oscura: un pésimo augurio para la temida carrera Merrell de Guatavita. Abocado a la misma ante la sorprendente insistencia de mi amiga Constanza Escobar, y apartadas como malas hierbas las tentaciones de retirarme en el último momento, solo me quedaba tomar la salida y enfrentarme a los 9,5 km de distancia. Aunque muchísimo mas suave que sus hermanas mayores de 21 y 42kms -- cuyos perfiles son además mucho mas violentos -- el reto era considerable, y a la falta de entrenamiento había que sumar una opípara cena en casa de amigos la noche anterior.

Cuando llegamos a Guatavita casi milagrosamente dejó de llover, y la lluvia no volvió a hacer su aparición hasta bastante tiempo después de acabada la carrera. Junto a la meta (que también servía como arco de salida) los corredores hacían ejercicios de calentamiento bajo las instrucciones de dos atléticos jovenzuelos. “Si a penas puedo hacer estos ejercicios previos, ¿cómo voy a hacer la cerrera?”, me preguntaba en silencio. El único foco de alegría lo ponían unas enormes fuentes de fruta lista para ser distribuida entre los corredores a su llegada. El minutero avanzaba cortando como un cuchillo sobre un estado anímico que alternaba entre la impaciencia y el deseo de que la hora de la salida no llegara nunca.

Constanza Escobar y Carola Echeverry me dan ánimos antes de la salida.

Para bien o para mal, finalmente llegó. Unos 600 corredores tomamos la salida, la mayoría ataviados con la camiseta oficial, blanca y naranja. A diferencia de otras carreras, en esta nadie parecía tener mucha prisa. Corrimos unos minutos por Guatavita, y en seguida tuvimos un aperitivo del festín que nos esperaba: un pequeño repecho en el quela hierba había desaparecido, y que los corredores tenían dificultades para superar. Se observaron las primeras caídas, y las primeras manchas en ropa y calzado.

Durante la carrera. Foto: www.DeporteNET.com
Por una suave cuesta comenzamos a atacar la montaña. El camino era un barrizal, empinado y peligroso. El ritmo de la carrera disminuyó, formándose trancones puntuales. Al final de la subida prácticamente todos caminábamos. El paisaje se empezó a hacer espectacular. El embalse de Tominé se alejaba, dejando paso a enormes praderas de un color verde intenso. De pronto me di cuenta de que estábamos en plena montaña, embarrados, sufriendo y resbalándonos a cada instante, pero disfrutando de un espectáculo sin igual.

Los siguientes kilómetros transcurrieron por una carretera destapada, en un estado mucho mejor que el camino de arcilla. Comencé a confiarme. Siguiendo el flujo general, corría en plano y en las bajadas, y caminaba, a buen ritmo, en las subidas más empinadas. Un jeep pidió paso con urgencia, anunciando que llevaba una corredora enferma. Luego supimos que se trataba de la sobrina de Constanza, pero afortunadamente fue solo un ataque alérgico, que aunque potencialmente peligroso, respondió inmediatamente al tratamiento médico y todo quedó en un susto.

De pronto los organizadores anunciaron que solo quedaban dos kilómetros, y yo comencé a saborear las mieles de la llegada a meta. Pero lo que no anunciaron es que esos últimos kilómetros eran en realidad un tobogán casi vertical, de arcilla batida sobre arcilla perfectamente lisa. Los corredores intentaban agarrarse a la vegetación, pero todo era en vano: las caídas se sucedían como en una película de cine mudo. Debo aclarar que yo no llegué a caerme….

¡La medalla! Foto: Jorge Bela
Finalmente, la meta y las deliciosas frutas recién cortadas, que devoré aunque mis manos estaban llenas de arcilla. Una vez que había pasado todo, el sentimiento era de felicidad completa, y de una conexión aún mayor con las hermosas montañas de Colombia: ¡Gracias Constanza!



Las cosas bien hechas: la Fundación Baltasar Garzón

Baltasar Garzón. Foto: Jorge Bela
En mis tiempos de estudiante viví en primera persona los procesos de transición a la democracia en América Latina. Estuve en el parlamento en Brasilia durante muchas de las votaciones de la constitución del 88. En ese mismo año escuché en directo a través de una radio de onda corta, con una larguísima antena de alambre, los resultados del plebiscito en Chile. Unos años mas tarde, me quedé pegado ante el televisor cuando unos lores con peluca anunciaban, en un idioma ininteligible, que el Reino Unido concedía la extradición de Pinochet a España. En todas esas cosas pensaba durante los breves minutos que esperé en su despacho de Bogotá a Baltasar Garzón.

A su llegada me saludó afablemente, y de inmediato me pidió que le tuteara, pese a mi tendencia inicial, acentuada por la costumbre habitual en Colombia, de tratarle de usted. La primera impresión fue la de un hombre muy duro, con una mirada de acero que no se apartaba ni un segundo de la mía. Sin embargo, en ningún momento sentí esa dureza proyectada hacia mi, por el contrario, el trato fue cordial desde el inicio, incluso amistoso. Cuando comencé a explicarle que la entrevista iba a centrarse en las actividades de su fundación, ya me sentía completamente cómodo.

Entramos en materia casi sin preámbulo. Aunque se creó en diciembre de 2011, la Fundación Internacional Baltasar Garzón comenzó a operar en 2012, pues las dificultades burocráticas en España ralentizaron el proceso. La vinculación profesional de Garzón con Colombia se remonta a los años 90, lo que explica que este país fuera uno de los primeros en los que la FIBGAR comenzó a trabajar. Las actuaciones se han centrado en tres ámbitos: la cooperación técnica, la formación  y la divulgación.  Dentro del primero, se enmarca el apoyo a la fiscalía en técnicas de investigación de la gran criminalidad, la capacitación de abogados que defienden la restitución de tierras, y el apoyo en temas de derechos sindicales en la región de Cali.



En el apartado de formación, y como resultado de la prolongada relación de Garzón con Manuel Ramiro Muñoz, quien forma parte del patronato de la FIBGAR, se han creado becas universitarias para estudiantes indígenas, de las cuales se han otorgado ya ocho, dos de las cuales son de posgrado. Los estudiantes se comprometen a reintegrarse a sus comunidades durante algún tiempo tras la culminación de los estudios. Con la Universidad del Externado están trabajando para crear un programa de master en derechos humanos. Finalmente, en el ámbito de la divulgación, destaca el programa de Capital TV sobre derechos humanos, y se está preparando un programa de radio.

Es muy difícil mantener el foco cuando se entrevista a Garzón. Por ejemplo, cuando le pregunto sobre los casos que está llevando pro-bono desde su bufete, empieza por enumerar el caso de Julian Assange. Toca hacer un esfuerzo de voluntad inmenso para no saltar de inmediato a ese tema. Así ,de forma constante van surgiendo asuntos que por si solos serían merecedores de una larga entrevista. Pero ha transcurrido más de una hora e intuyo que va llegando el momento de ir terminando.

Garzón enumera los proyectos que tiene en México, Argentina, Ecuador, El Salvador,  y algunos de alcance hemisférico. También tiene proyectos en España, como uno de apoyo en la Cañada Real de Madrid, en el que colabora con sacerdotes, o un documental sobre la  pobreza, o un libro sobre xenofobia y antisemitismo… También está trabajando en una biblioteca virtual de derechos humanos, de acceso libre y universal.

En los último minutos hablamos informalmente sobre Colombia. Garzón es optimista. De nuevo le brillan los ojos cuando habla del inmenso potencial de este país. Como ejemplo cita la cercanía geográfica de Bogotá a los llanos, ahora separados más que por la distancia por una infraestructura insuficiente. Una vez que se venzan esas barreras, el potencial para el crecimiento y la prosperidad es inmenso, afirma convencido. Finalmente me acompaña hasta el ascensor para despedirme. El tiempo ha volado, y yo regreso a mi casa dando vueltas a todas las cosas sobre las cuales no he tenido oportunidad de conversar con él. Ojalá pueda hacerlo en un futuro cercano.




Un pueblo llamado El Cocuy

El Cocuy. Fotografía: Luis Fernando Sarmiento
El Cocuy, un pueblo de poco más de 5.000 habitantes, ha conseguido fama universal por dar su nombre a la Sierra Nevada y al Parque Natural Nacional que se encuentran en las inmediaciones de su término municipal (algo que, por otro lado, incomoda a los habitantes del cercano El Güican y que reclaman su protagonismo: los buses de Bogotá suelen detenerse en ambos pueblos,  en ambos se puede pagar el ingreso al PNN).  Son muchos los viajeros que llegan por la mañana temprano, y tras hacer las gestiones mínimas con las autoridades, parten directos rumbo a la sierra. Al regreso, también es habitual pasar a penas unas horas, quizá cenar algo y tomar el bus nocturno hacia la capital. En una ocasión lo tuve que hacer así, pero el resto de las veces que ha visitado la zona he procurado pasar al menos una noche en este pueblo, que bien vale una visita por si mismo.


Maqueta de los nevados. Foto: Jorge Bela
Fundado en el siglo XVI, conserva su aire rural y accesible. En el centro las calles perfectamente trazadas discurren entre edificios pintados con absoluta uniformidad: paredes blancas y carpintería verde claro. Las llegadas y salidas de los buses suelen congregar a mucha gente en la plaza, que acude a recibir o despedir viajeros, o a entregar mercancía para el transporte.  En la misma plaza está el Hotel Casa Muñoz, una muy buena opción para pasar la noche: económico, sencillo, con abundante agua caliente, y gran amabilidad en recepción.  A mi me permitieron dejar algún bulto hasta mi regreso de la sierra, y por una pequeñísima cantidad me facilitaron tomar una ducha, soñada tras seis días en el monte, a mi regreso, antes de abordar el bus.

Edificios pintados de blanco y verde. Foto: Jorge Bela
Aunque como sucede en casi toda Colombia la gente se acuesta temprano, durante el día se ve a mucha gente por las calles: de madrugada los hombres se agolpan en una tienda de abarrotes en la esquina de la plaza, que sirve también como desayunadero, a la espera de que lleguen sus transportes hacia el campo, protegidos del relente con sus ruanas. Más tarde los niños se apresuran para no llegar tarde a la escuela, y el resto de los comercios abren perezosamente sus puertas. El clima es templado, está a 2.700 msnm, y las vistas a los alrededores son espectaculares. Me han hablado de unas termales cercanas, que al parecer están muy bien, pero aún no las conozco. En el centro de la plaza principal hay una maqueta de la Sierra Nevada que ayuda a comprender los límites geográficos de las excursiones futuras y pasadas: una maqueta en relieve es muchísimo mas útil a estos efectos que cualquier mapa.

Niños saliendo de la iglesia. Foto: Jorge Bela
Por descontado, el mejor día de la semana es el domingo. Hay niños jugando por todos lados, familias paseando o comiendo algo en los restaurantes, jóvenes compitiendo en la cancha deportiva, en ocasiones música en la plaza … vida por todos lados en este pequeño y acogedor pueblo de Boyacá. Se que los caminantes y escaladores muchas veces tienen el tiempo justo, pero para todo aquel que disponga del lujo del tiempo,  sobre todo a los extranjeros que no conozcan la vida en los pueblos de Colombia, recomiendo plenamente que consideren quedarse al menos un día completo.


Plaza de El Cocuy. Foto: Jorge Bela



El Museo del Estanquillo, o la urna de Monsiváis

Urna de las cenizas de Monsiváis, por Francisco Toledo. Foto: Jorge Bela
En la 4ª planta del edificio La Esmeralda, en pleno centro histórico del DF, se encuentra expuesta una llamativa urna de barro. Tal y como explica el texto que la acompaña, escrito por Elena Poniatowska, en ella se pueden entrever iguanas, mariposas, tortugas, peces, jaibas, cangrejos cantando al unísono. La forma redondeada del recipiente parece dar un abrazo interminable a su contenido. La cabeza de gato recuerda al Monsiváis de los días “en que sonreía.” Y es que esta magistral urna, una auténtica corona, en palabras de Poniatowska, fue creada por Francisco Toledo para acoger las cenizas de su gran amigo Carlos Monsiváis.

Vista de las calles Madero e Isabel la Católica desde la terraza del museo. Foto: Jorge Bela
Solo por ver esta urna ya vale la pena acercarse al Museo del Estanquillo (Isabel la Católica 26, esquina Madero), que es el actual ocupante de la mayor parte del edificio La Esmeralda. La creación del museo se empezó a gestar antes de la muerte de Monsiváis, con el propósito de albergar la inmensa colección, de más de 12.000 objetos, que acumuló el escritor a lo largo de su vida. El nombre lo escogió el propio Monsiváis, haciendo referencia a los atiborrados y desordenados comercios que reciben ese nombre en México. Henoc de Santiago, flamante director de la institución, nos indicó que la mayor parte de la colección se encuentra guardada en depósitos, y se va exhibiendo como parte de las sucesivas exposiciones temporales.

Nosotros vimos una exposición sobre el ilustrador y caricaturista José Guadalupe Posada, organizada con motivo del centenario de su muerte. Guadalupe fue, a fin de cuentas, un cronista de su tiempo, en eso guarda un considerable paralelismo con Monsiváis. Ambos fueron también figuras populares, tanto por su trabajo como en persona. Crítico a menudo con el poder, no se qué pensaría al ver sus obras expuestas en la calle Madero, presidente al que detestó. Allí están sus famosas calaveras Catrina y Adelita.

Calavera Catrina. Foto:  Artdaily.org
La segunda exposición que vimos es de la obra de Francisco Toledo relacionada con Carlos Monsiváis. En ella se exponen 268 piezas, o bien comentadas por el escritor, o bien relacionadas con su obra, como el Nuevo catecismo para indios remisos. También se puede ver un cuadro de un gato que envió a su amigo como regalo. La exposición me pareció espléndida, llena de humor, de cariño, de complicidad entre ambos artistas y amigos. Uno puede pasarse horas y horas viendo cada detalle en una pintura, apreciando cada palabra irónica en un texto. El interminable abrazo del gato de la urna funeraria cobra un sentido completamente nuevo después de ver la exposición.

Monsiváis, por Francisco Toldeo. Foto: Jorge Bela
El domingo estuve recorriendo la distancia que separa el parque de Chapultepec y el centro histórico. El corte dominical del tráfico en el Paseo de la Reforma, la recuperación del monumento de la revolución y de la Alameda, y la peatonalización de la calle Madero ha convertido a este inmenso eje en un gran espacio público, impensable hace a penas unos años. El centro histórico del DF está así recuperando la importancia y el valor ciudadano que nunca debió haber perdido. El Museo del Estanquillo, ubicado en una antigua y lujosa joyería, es a su vez una pequeña joya en esta ciudad inmensa. Una razón más apara acercarse y disfrutar de el espléndido centro histórico de la capital mexicana.

Masonic House of the Temple: a Wonder Hidden in Plain Sight

Masonic House of the Temple. Photo: Jorge Bela There is plenty of invocation to classical architecture in Washington. Even modern buil...