Hotel del Salto: del sueño al olvido

En 1928 abrió sus puertas el Hotel el Salto. Pequeño, coqueto y de arquitectura armoniosa, no podía estar mejor ubicado: justo en frente del Salto del Tequendama, una de las más hermosas cascadas que he visto en mi vida. Durante décadas, el sueño de los hoteleros que lo construyeron se multiplicó en las estancias de familias, recién casados, amantes furtivos, incluso desolados que pasaron la noche allí dudando si unirse a la larga lista de suicidas que decidieron poner fin a sus penas tirándose cascada abajo.
Salto del Tequendama. Foto de Zeafra/Oxigénate
Salto del Tequendama
La Sabana de Bogotá tiene un solo punto de desagüe, y es este salto creado por la deidad Bochica, según la tradición muisca. El río Bogotá y sus afluentes, como el Salitre, el Tunjuelo o el Fucha, fluyen lentamente por las praderas, formando meandros donde no han sido aún canalizados, pero al aproximarse al Tequendama la velocidad empieza a incrementarse, y el río tranquilo se vuelve apresurado y amenazante, hasta precipitarse más de 150 metros en el salto. De ahí hasta su desembocadura transcurre entre cañadas y precipicios, bajando más de 2.000 metros en una corta distancia, hasta el abrazo final del Magdalena. Al contrario de lo que sucede con la mayoría de los ríos, el Bogotá nace sereno y reposado, volviéndose impetuoso y violento con el transcurso del tiempo.

Río Bogotá al norte de la Sabana
El río Bogotá fluye tranquilo al norte de la saba,
Pero el tiempo no ha sido generoso con el río Bogotá ni con el Tequendama. La construcción de una centra hidroeléctrica justo antes del salto supone que éste se quede casi sin caudal durante largos periodos (especialmente en las estaciones secas). El crecimiento brutal de la ciudad ha tenido como consecuencia la contaminación más despiadada: en los tramos anteriores al salto el río tiene un 0% de oxígeno, y la vida es totalmente imposible en su cauce. Es muy triste pensar que las aguas del Tunjuelo, que nacen en la pureza absoluta del paramo de Sumapaz, están totalmente muertas a penas unos kilómetros más abajo. El hotel está ahora abandonado, incapaz de hacer frente a estos problemas. Sigue, sin embargo, generando sueños, pues se ha convertido en fértil fuente de historias y leyendas de fantasmas, que de cuando en cuando encuentran un hueco en los periódicos de la capital.
Hotel El Salto. Foto: Arturo Aparicio
Hotel El salto
El futuro debe ser mejor que el presente, pues está en marcha un ambicioso proyecto de limpieza y descontaminación del Río Bogotá. Como todas las grandes obras en Colombia, avanza a paso de tortuga y siempre quedan dudas sobre su terminación, pero en este caso no se trata de un lujo: la supervivencia de Bogotá depende de la recuperación del complejo sistema hidrográfico de la Sabana. También las comunidades que sufren su mala condición desde el Tequendama hasta el Magdalena aguardan esperanzados la conclusión de los trabajos.

Los Cerros Orientales de Bogotá


Cuando los exploradores españoles, que habían subido por las empinadas rutas prehispánicas en busca del siempre elusivo dorado, llegaron a la sabana de la actual Bogotá, se quedaron maravillados.  Encontraron una inmensa pradera surcada por ríos que se perdían en el horizonte entre incontables meandros, una tierra fértil, y un clima perfecto (además, ¡sin mosquitos!). Algo mucho más valioso que cualquier tesoro metálico. Al fondo, una cordillera marcaba el fin de la pradera: se trata de los hoy conocidos como Cerros Orientales. A sus pies pudieron observar columnas de humo: allí se encontraban los asentamientos de los muiscas, únicos habitantes de la sabana hasta entonces.
Cerros de Bogotá al atardecer
Muchos siglos han transcurrido desde entonces, y ahora Bogotá ocupa una parte considerable de la sabana. Los ríos han sido canalizados y bajan contaminados, pues nueve millones de personas conviven en un espacio que antes ocupaban a penas unas decenas de miles. Sin embargo, al oriente, los cerros siguen presidiendo el paisaje, su perfil aún casi intacto. Están protegidos por ley, pero la presión urbanística es formidable y en algunas laderas se pueden ver asentamientos, en ocasiones de viviendas de lujo. He visto fotos de los años 40 y aparecen desnudos, pero ahora están completamente cubiertos de árboles, en su mayoría eucaliptus. Su conservación es esencial para la supervivencia de Bogotá: son la última barrera natural entre la ciudad y el páramo, que está justo detrás de las crestas. Si se destruyera el páramo, Bogotá se quedaría sin suministro de agua.

Los Cerros desde mi ventana
Desde mi ventana tengo una vista espectacular a los cerros. Todas las mañanas lo primero que hago es echar un vistazo, escudriñarlos por cualquier signo que indique el tiempo que va a hacer (siempre es inútil). Desde el portal de mi edificio se llega a la primera cañada, ya por encima de la línea urbanizada, en apenas media hora caminando. Rápidamente se va ganando altura, y las vistas se vuelven espectaculares. A pesar de la urbe gigantesca, uno puede hacerse una idea de cómo era el paisaje cuando llegaron los primeros europeos. En menos de dos horas se llega al páramo, aunque todavía no he hecho esa excursión. Recomiendan que es mejor tener precaución al caminar por esa zona despoblada, mejor hacerlo en grupo. Para los que no caminen, existe un teleférico y un funicular que llevan al santuario de Montserrate, a 3.15s metros de altura, y visita obligada para todo turista

Bogotá desde los Cerros
Los Cerros tienen una dimensión práctica: basta elevar la vista y uno ya sabe donde está el oriente. Así es muchísimo más fácil orientarse en Bogotá que en la mayoría de las capitales latinoamericanas. Pero son sobre todo un tesoro natural, el mejor parque de la ciudad imaginable. Ojalá sepan los rolos defenderlos de las amenazas que los acechan.

Montserrate se impone sobre el centro de Bogotá

De tierra caliente a la sabana, o como sufrir en una caminata despiadada

Están las excursiones fuertes, luego las palizas y finalmente la caminata La Vega – El Dintel. Las advertencias de dureza del folleto de la Fundación Salsipuedes ni de lejos nos prepararon para algo que resultó ser una auténtica gesta: 20 kilómetros, TODOS en ascenso (la mayoría en un ascenso bastante fuerte) y un grupo que más que caminantes parecían participantes en la carrera del siglo…

Desayuno en el Alto del Vino. Foto: Jorge Bela
Desayuno en el Alto del Vino
Todo comenzó con un plácido desayuno en el Alto del Vino, lugar donde termina (o empieza, según de donde venga uno) la sabana de Bogotá. En poco más de media hora la buseta nos bajó a La Vega, un tranquilo y caluroso pueblo, lleno de flores por todos lados, donde los lugareños nos sonreían con la tranquila amabilidad colombiana. Unos ejercicios de calentamiento, un pintoresco puente sobre el río, y comenzó nuestro ascenso. El calor pronto se convirtió en sofocante. El grueso del grupo desapareció casi de forma inmediata. El ascenso era cada vez más pronunciado. Toya ya tenía sendas ampollas en menos de una hora. El camino serpenteaba entre el verdísimo paisaje andino, y al fondo se veía la Cuchilla del Tablazo, un imponente risco famoso por la cantidad de aviones que contra él se han estrellado intentando aterrizar en Bogotá.
Ejercicios de Calentamiento en La Vega. Foto: Jorge Bela
Ejercicios de Calentamiento en La Vega
Después de dos horas de subida sin parar, alcanzamos al grupo, sesteando en una pradera. A los dos minutos de nuestra llegada, impulsados sus integrantes como por un resorte, el grupo en pleno se puso de nuevo en marcha, desapareciendo en segundos. A Toya y a mi no nos quedó más remedio que seguir la marcha, acordándonos de más de una madre. A las tres horas de ascenso casi vertical, miré el GPS y aún no habíamos llegado ni a la mitad del camino. Presa de una pájara monumental, no vi otra opción que sentarme sobre una roca en medio del camino que sube casi vertical. Recuperándome como pude, alcancé a Toya y llegamos al lugar del almuerzo. Ni que decir tiene que a los diez minutos el grupo se puso en pié y reanudó la marcha. No nos quedó más remedio que seguir.
El camino y al fondo la Cuchilla del Tablazo
El camino y al fondo la Cuchilla del Tablazo
Con la ascensión el clima se hizo más fresco, pero el sudor seguía brotando. El camino también se fue volviendo mas suave, pero aún nos quedaban horas de marcha. Toya estaba a punto de las lágrimas, yo la animaba ocultando los dramáticos datos que el GPS mostraba: faltaban muchos kilómetros, todos ellos cuesta arriba.  El agua se había acabado hace tiempo. Nuestro único consuelo era el espectacular paisaje.

A los 2.800 metros, tras 1.600 de ascensión ininterrumpida, el guía Segundo se unió a nosotros. El camino era ya completamente plano, y el final estaba a la vista: a penas dos kilómetros más. Segundo nos narraba historias de terror sobre esta caminata: abandonos, caídas, evacuaciones urgentes en burros alquilados… consolaba escuchar que otros habían salido aún peor parados que nosotros.

La llanura, a partir de 2.800mts, alberga varias ganaderías famosas de toros de lidia
Finalmente llegamos: el resto del grupo estaba en la puerta de la tienda tomando cervezas. A nuestra llegada prorrumpieron en aplausos. Yo me acordé de nuevo de sus madres.

Toya, sonriente a pesar de las penalidades, y el propietario de la tienda de El Dintel
No soy quejica. Estoy acostumbrado a caminar por la montaña, he hecho el Camino de Santiago, he escalado un monte de 5.000 metros, y hace un par de semanas corrí el Maratón de Madrid. La caminata El Valle – El Dintel es, sin embargo, punto y aparte. Es la excursión más dura que recuerdo. Tras una pequeña discusión erudita, el grupo estuvo de acuerdo en que también es la más dura de las que organiza Salsipuedes. La memoria hace sus trucos, y hoy, aunque sigo cansado, recuerdo con mayor intensidad los buenos momentos que los sufrimientos. Mi admiración por los magníficos atletas que componían nuestro grupo, y por Toya que anduvo durante horas con unas dolorosas ampollas. Aunque a veces no lo parezca, no hay nada mejor que caminar por la montaña, y no hay montañas más hermosas que los Andes.




Colombia a dos velocidades


Cuando vine a Colombia mi amigo venezolano Víctor me advirtió: ¡que no se te pegue el listo! No tenía ni idea de a qué se refería, pero tardé muy poquito tiempo en darme cuenta: “listo” es una de las palabras más repetidas en las conversaciones informales. A veces la he escuchado a un ritmo de cinco veces por minuto, tres o cuatro veces seguidas: “listo, listo, listo….” ¿Y qué quiere decir? Pues se trata de una muletilla (interjección en términos académicos) que expresa aceptación, algo así como el “vale” en Español, o el ya casi universal “okey” anglosajón. Ni que decir tengo que ya se me ha pegado…¿listo?

Un caballo pasta plácidamente en el norte de Bogotá. Foto: Jorge Bela
Un caballo pasta plácidamente en el norte de Bogotá
Tan colombiana como esta expresión es la convivencia  simultánea de dos formas de aproximarse a la vida cotidiana: una acelerada, casi frenética, y otra tranquila, sin prisas. Es inútil hacer generalizaciones: una de las riquezas de este país es precisamente su inmensa diversidad cultural. Sin embargo, en Bogotá, que se ha convertido en un crisol de todas las regiones de Colombia, se pueden observar dos ritmos, dos velocidades, y uno nunca sabe con cual de las dos se va a topar. Mejor, en todo caso, armarse de paciencia. Si todo va bien, pues ¡listo!, pero si la cosa se demora, y se demora, y se demora…. entonces siempre cabe recurrir a la meditación, a las técnicas de relajación, a la música de plancha…

Quizá una buena metáfora sea que en Bogotá conviven las carretas tiradas por caballos (aquí las llaman zorras), con los coches deportivos más exóticos (quien quiera comprarse un Ferrari o un Lamborghini, tiene un concesionario a su disposición). Las zorras están en vías de desaparición, pues la ley dictamina que deben retirarse de la circulación. Ya debían haber desaparecido el 31 de enero de este año, pero como sucede tantas veces la realidad social se impone a la legislación voluntarista, y el Gobierno retrasó la fecha prevista por un año. Quedan censados aún 2.470 carreteros, 2.400 carretas y 1.709 caballos: el 31 de enero del 2013 veremos cuantas siguen en circulación. Será interesante contrastar entonces el dato con el de los Ferraris y Lamborghinis vendidos a lo largo de 2012.

Lamborghini descapotable esperando dueño en Bogotá

Un raspao para los pelaos de Cartagena


Confieso que me resistí a ir a Cartagena. Por un lado estaba encantado descubriendo todo lo que ofrecen las cordilleras andinas, y por otro Cartagena me parecía un destino demasiado conocido, demasiado turístico, y además inevitable tarde o temprano. Finalmente tuve una ocasión de oro para ir, encima invitado, y afortunadamente no la desperdicié: Cartagena me encantó.

Vendedor de raspaos (granizados) en Cartagena. Foto: Jorge bela
Vendedor de raspaos (granizados) en Cartagena
Ya empecé a disfrutar en el avión -- el viaje por tierra lleva unas 18 horas -- pues estuvimos largo rato  sobrevolando el imponente río Magdalena. El Magdalena, principal ruta de acceso desde la costa a Bogotá hasta entrado el siglo XX, transcurre entre las cordilleras Oriental (donde se ubica Bogotá) y Central, desembocando en Barranquilla, a 1.500 kilómetros de su nacimiento. En su inmensa cuenca vive cerca del 80% de la población Colombiana. El segundo río en importancia para el país es el Cauca, que discurre entre las cordilleras central y Occidental, y que es además el principal afluente del Magdalena. Pero ya tendremos ocasión de hablar de los grandes ríos más adelante, hoy nos ocupamos de la que en Colombia llaman Perla del Caribe.

Río Magdalena. Foto: Jorge Bela
Río Magdalena
Para empezar, lo ya conocido: Cartagena es una ciudad muy, muy bonita. Los muros que antaño sirvieron como defensa contra piratas y potencias extranjeras, parece que han servido para frenar el ataque más atroz de todos: el de la especulación inmobiliaria. Dicen que el letargo económico en que cayó la ciudad tras los prolongados conflictos del siglo XIX y la pérdida de importancia relativa de su puerto, también ayudó a conservar su abundante patrimonio histórico. A mediados del siglo XX la ciudad empezó a despertar, y los viejos caserones  y conventos abandonados volvieron a la vida convertidos en hoteles, algunos espectaculares. El puerto, profundo y naturalmente a salvo de las tormentas, volvió a ocupar su lugar entre los tres más importantes del país.

Plaza de Santa Clara
Pero Cartagena es también una ciudad llena de vida. Su título de patrimonio de la Humanidad hace temer  que sea una ciudad museo, como tantas ciudades en Europa cuyos habitantes han sido desplazados de sus cascos históricos, ya convertidos en meros cascarones de actividad comercial turística. En La Heroica (otro nombre que recibe Cartagena, ùes nunca fue conquistada), se ven pelaos por todas partes, hay universidades, centros culturales, mercados y mercadillos de y para locales. La vinculación entre el casco histórico y el resto de la ciudad sigue siendo intensa, y locales y turistas conviven y disfrutan simultáneamente de sus espacios. Y con tanto pealo, ¡no sorprende la cantidad de vendedores de raspao que hay por todos lados!

Chiva rumbera
Tras el cambio de siglo, la creciente demanda turística ha hecho que la zona con hoteles y restaurantes se amplíe al barrio popular de Getsemaní, fuera de las murallas. Los amantes de los grandes hoteles con vistas al mar pueden dirigirse a Bocagrande, donde a los ya existentes habrá que sumar los que están en construcción. La prosperidad sin duda se puede observar en Cartagena, y sea bienvenida si sirve para resolver los muchísimos problemas que esta hermosa ciudad sigue arrastrando.

Cartagena desde mi hotel. Al fondo: Bocagrande. Foto: Jorge Bela
Cartagena desde mi hotel. Al fondo: Bocagrande.

Una ñapa de nostalgia en el océano de la prosperidad


Mi barrio parece un criadero de grúas. No pasa un día sin que empiece una obra, se cubra de cristales una fachada, se anuncie una inauguración. Ahora le ha tocado el turno a la esquina sur de mi manzana. Hasta la semana pasada estaba ocupada por un edificio de tres pisos, construido a mediados del siglo pasado, y pintado de un rojo mate, ya muy desgastado. Llevaba tiempo cerrado y oscuro cuando yo llegué aquí, y en el desagüe del balcón del último piso crecía un enorme ficus, ignorante de su próximo destino. Hacía tiempo que lo rondaban ingenieros con teodolitos y cintas métricas. De pronto lo empezaron a vigilar día y noche guardas jurados. Un día lo rodearon ejecutivos de mirada tensa y operarios que hicieron catas en todo su perímetro. Era obvio que el edificio tenía los días contados.

La semana pasada sucedió lo inevitable: el lunes muy temprano empezó la demolición. Primero con martillos, después apareció una grúa. La actividad y el ruido se volvieron incesantes. Quizá el edificio no tenga gran valor arquitectónico, pero es el exponente de una etapa ya pasada, de una Bogotá que está desapareciendo. En el cartel donde se anuncian los permisos obtenidos y el plazo de ejecución -- dos años --  se puede leer que el nuevo edificio tendrá ocho plantas, y un solo apartamento por planta. Los habitantes del futuro edificio tendrán la misma vista maravillosa hacia los cerros orientales que tengo yo ahora.
Pintura del jinete con capa verde. Foto: Jorge Bela
Pintura del jinete con la capa verde
Pero la demolición nos entregó a los paseantes una ñapa (ñapa en Colombia es la propina, un pedazo pequeño de algo que entregan en los mercados a los buenos clientes): en las paredes de una habitación, visibles tras la caída de la fachada, apareció una pintura. Se trata de un jinete cabalgando sobre un caballo blanco, con una capa verde y un vestido rojo. Quizá Santiago, en actitud de carga. Nunca sabremos quién realizó esa pintura, ni lo que para el pintor significaba, pero a nosotros nos recuerda que en ese edificio transcurrió la vida cotidiana de personas: sus afanes, sus tristezas, sus miedos, sus sueños. La demolición nos entregó una efímera ñapa de nostalgia.

A finales de esta semana ya no quedará nada del edificio que ocupaba la esquina sur de mi manzana. En el solar dará comienzo el ritual frenético de la construcción. Es posible que las obras terminen antes de que yo me marche de Bogotá. Ahora mismo son muchas las ilusiones que se centran en esta obra: las de los que participarán en la misma, ahuyentando el fantasma del desempleo; la de los arquitectos y diseñadores, que verán como su trabajo va tomando forma; la de los futuros habitantes, que esperan impacientes el buen fin de los trabajos. Ojalá yo esté aquí todavía en el día en que se haga la inauguración. Probablemente entonces ya nadie recuerde la extraña pintura del jinete con capa verde.

¿Y que más? El Camino Real de Honda


En los tiempos de la colonia, para los viajeros cuyo destino era Bogotá llegar a los puertos colombianos era solo la mitad del viaje. La otra mitad suponía remontar el río Magdalena, tarea ardua y peligrosa, hasta Honda, y desde allí recorrer los últimos 130 kilómetros por un empinadísimo camino empedrado. Se hacía en tres agotadoras jornadas, cada metro cuesta arriba, pues el camino salva un desnivel de más de 2.500 metros. El viaje de la costa a Santa Fé requería al menos tres semanas.

El camino empedrado se empezó a construir en el siglo XVI, pero no se terminó hasta cien años más tarde. Se utilizaron las técnicas que ya empleaban los romanos en sus calzadas, con el mismo resultado: siglos después, una parte significativa del camino sigue en perfecto estado de conservación, a pesar de su abandono en el siglo XIX. Sin embargo, son muchas las amenazas que se ciernen sobre él, y depende de la iniciativa de organizaciones como la Fundación Senderos y Memoria el que se conozca y se respete este importantísimo patrimonio histórico, que además tiene un considerable potencial turístico.

Camino Real de Honda. Foto: Santiago Leuro
Camino Real de Honda. Foto: Santiago Leuro
Fue precisamente en una caminata organizada por la Fundación Senderos y Memoria cuando tuve ocasión de conocer el Camino Real de Honda. Hicimos el trayecto Albán-Chimbé, de unos quince quilómetros, afortunadamente cuesta abajo. A lo largo de este tramo el camino está muy bien conservado, y se puede observar perfectamente como su estructura es muy similar a la de las calzadas romanas que estudiamos en el colegio y que aún se pueden ver por toda Europa. En Albán desayunamos, y disfrutamos de su pintoresca plaza, llena de vida. Santiago Leuro, de la Fundación, nos explicó que es posible hacer el camino desde algunos kilómetros de Honda hasta el comienzo de la Sabana de Bogotá. Hay pueblos o ciudades intermedias que permiten encontrar lugares de descanso y abastecimiento.

Antigua posada. Foto: Jorge Bela
Antigua posada. Foto: Jorge Bela
Durante la excursión, caminando por las piedras bien conservadas, iba imaginando como sería el trasiego cotidiano en otros tiempos. Por ese camino subían todas las mercancías que llegaban a Bogotá desde la península. El tráfico de carros, mulas y arrieros debía ser intenso. Por ese camino bajó Bolívar en su último viaje rumbo a Santa Marta. Por ese camino huyó apresuradamente el último virrey colonial…

A juzgar por el éxito que ha tenido la recuperación de caminos históricos en Europa (siendo el de Santiago el mas destacado, pero no el único), sin duda el Camino Real de Honda se puede convertir en un importante destino turístico. Los paisajes son espectaculares, como lo es el cambio del clima caluroso de Honda hasta el templado de la Sabana de Bogotá. Espero poder hacerlo pronto y escribir más detalles sobre el Camino Real en este blog.

"A Santa Fé: 10 leguas." Foto: Jorge Bela
"A Santa Fé: 10 leguas." Foto: Jorge Bela
En el Camino de Santiago es costumbre entre los caminantes saludarse deseándose mutuamente “buen camino.” Aquí en Colombia la cosa puede ser más complicada, pues rara vez un saludo se zanja con una sola frase: lo normal es concatenar “hola” “como estás” “que hubo” “como amaneció” y otras muchas, que cuando terminan suelen desembocar en un “y que más,” expresión sumamente desconcertante para los recién llegados. Cualquier camino, con tanta ceremonia en los encuentros, se puede hacer interminable. Propongo desde ya que el saludo de los futuros caminantes del Camino real se reduzca a un escueto “y que más.” ¿Se aprueba la moción?




¡Hace mucho invierno!!!!! Los fenómenos de El Niño y La Niña


En Colombia el tiempo es cosa de niños (y de niñas), pero estos sustantivos no esconden ningún juego: son los nombres de dos fenómenos meteorológicos que tienen un impacto potencialmente devastador sobre el país. “La Niña” consiste en un enfriamiento inusual de las aguas del Pacífico, y su resultado es el aumento considerable de las lluvias. “El Niño” es el fenómeno contrario: un calentamiento de las aguas del Pacífico y una fuerte sequía en todo el país.

Arco iris sobre los Cerros Orientales de Bogotá. Foto: Jorge Bela
Arco iris sobre los Cerros Orientales de Bogotá
Aún en condiciones normales, la predicción del tiempo es sumamente difícil en Colombia. Mientras que en Europa y Estados Unidos es normal que las previsiones tengan un espacio destacado en los informativos, aquí a penas se mencionan. La brutal diversidad geográfica (tres descomunales cordilleras atraviesan el país de norte a sur), y su ubicación en plena zona de convergencia intertropical ( la franja en la que se encuentran los chorros de aire frío y cálido que circulan de oeste a este en la zona ecuatorial) son la causa. Para complicar más las cosas, la convergencia intertropical no está siempre en el mismo lugar, sino que se desplaza de norte a sur de forma cíclica, dando lugar a cuatro estaciones más o menos regulares: dos lluviosas (abril-junio y septiembre-noviembre) y dos “secas” (diciembre-marzo y julio-septiembre).

Desde 2010 se ha producido una “niña” fortísima, con resultados desastrosos en toda la región: inundaciones, deslaves, desplazamientos: más de un millón de damnificados solo en Colombia. Ahora los expertos dan por concluido el ciclo, y las cosas están volviendo a la normalidad. Desde enero, la mayor parte de los días he podido salir a hacer footing, pues ha amanecido más o menos soleado.

Atardece en Bogotá. Foto:Jorge Bela
Atardecer en Bogotá

Sin embargo, uno no puede confiarse. En Bogotá los rolos presumen de que en un mismo día tienen las cuatro estaciones. No se sabe si esto es bueno o malo, pero no les falta razón: haga el tiempo que haga, es prudente salir de casa siempre con jersey, paraguas y gafas de sol. El sol ecuatorial es tan fuerte, sobre todo a 2.600 metros de altura, que muchas personas abren también el paraguas cuando está despejado. Uno puede entrar en el supermercado con cielo totalmente azul, y salir para encontrase con una tromba de agua.

Con tanta confusión climática, no sorprende que las palabras tengan aquí un significado distinto. Por ejemplo, “invierno” no se refiere a una estación, sino a una situación meteorológica. Aquí no se “está” en invierno (algo que no tiene sentido en los países ecuatoriales), sino que “hace invierno.” Y si llueve mucho, y hace mucho frío, entonces “hace mucho invierno.” Pero que nadie se alarme, ya estamos en tiempos mejores y en Colombia hace mucho, pero que mucho, verano.

El tiempo da mucho de qué hablar, y más en estas latitudes. Ya tendremos ocasión de hacerlo en entradas posteriores.

En el Amazonas, mejor no tocar la Rokola con las manos mojadas


“Mira, parece brócoli,” me indica Diego asomándose por la ventanilla. Así es, la selva amazónica vista desde el avión parece una interminable huerta en la que los brotes de brócoli cubren todo hasta donde alcanza la vista. El vuelo es corto, a penas dos horas, pero Leticia (la capital del departamento colombiano de Amazonas), es un mundo completamente distinto a Bogotá. Para empezar, no hay apenas coches: tan solo un enloquecido enjambre de motos que circulan a toda velocidad. No es raro ver a familias enteras (padre, madre, hijos y la compra del día) en una moto. Cruzar la calle no es ninguna broma, pero los locales parecen más divertidos que molestos ante las torpezas de los turistas que desconocen los códigos básicos de supervivencia en tan inusual ciudad.

Puerto de Leticia (Foto: Jorge Bela)
Puerto de Leticia (Foto: Jorge Bela)
Desde mi hotel, situado en la plaza del pueblo (que recuerda a cualquier plaza de América Latina) se tardan a penas cinco minutos en llegar al puerto, y desde allí se hace visible un pequeño brazo del inmenso Amazonas. No sería hasta el día siguiente, en una excursión organizada por uno de los numerosos operadores turísticos de Leticia, que veríamos el río en toda su extensión. Esa tarde la pasamos descansando en la piscina del hotel, compartiendo el espacio con dos inmensas guacamayas que repetían, con una voz sobrenatural, “corre, corre, caballero.” Por la noche nos acercamos a Taguatinga, ya en territorio brasileño. No hay frontera (a partir de cierta calle, Leticia se convierte en Taguatinga, y punto), pero sí que se nota una diferencia considerable. Si en Leticia han replicado el modelo de pueblo colonial con sus plazas y calles numeradas, en Taguatinga parecen haberse inspirado en Sao Paulo, y las grandes avenidas se pierden en la distancia, mientras que la apretada cuadrícula que rodea al puerto local carece de cualquier respiro. El idioma, los olores, incluso los andares de la gente nos recordaban a cada instante que ya no estábamos en Colombia.

Río Amazonas. Leticia, Colombia.Foto: Jorge Bela
Río Amazonas. Leticia, Colombia.
Al día siguiente la barca nos esperaba en el muelle de Leticia. Tras una corta navegación, llegamos al cauce principal del río. En la otra orilla: Perú. Nuestro primer destino fue un lugar donde habitualmente se congregan los delfines rosados. Allí nos esperaban puntualmente, y entre todos los turistas reinaba la excitación y el regocijo al ver a estas extrañas –y feas, todo hay que decirlo—criaturas. Intenté sacar alguna fotografía de sus piruetas, pero no lo conseguí: tan solo logré captar sus lomos traviesos. Cuando ya el espectáculo se hizo aburrido, seguimos río arriba hacia un poblado indígena, donde nos obsequiaron con un baile folclórico participativo. Finalmente, subimos por un afluente de aguas negras, hasta un remanso de una belleza sobrecogedora.

Río Amazonas. Leticia, Colombia.Foto: Jorge Bela
Río Amazonas. Leticia, Colombia.
El Amazonas fluye lentamente. Nada hace recordar sus violentos orígenes en las descomunales cordilleras andinas. En los llanos va recogiendo el agua de las constantes lluvias tropicales, que se suma al caudal original nacido en las cumbres heladas. Dicen que las aguas de origen montañoso son las claras, mientras que aquellas de origen selvático tienen el inconfundible color negro. Leticia está a penas a noventa metros sobre el nivel del mar, pero más de tres mil kilómetros la separan de Belén, desembocadura del río. El lentísimo caudal se ensancha docenas e kilómetros en época de lluvias, y se retira en las temporadas secas. El agua que tocamos durante nuestra excursión aún tardará semanas en llegar al lejano mar Atlántico. Nada parece tener prisa en Leticia.

Leticia, Colombia.Foto: Jorge Bela
Los peligros del Amazonas
De vuelta al hotel, un leve almuerzo en la piscina. Nos llama la atención el cartel: “Por favor, no tocar la Rokola con las manos mojadas.” Con la humedad ambiental y la constante amenaza de tormentas, no parece buena idea tocar la Rokola en ningún caso. Un último paseo por la plaza, y escuchamos el estruendo de miles de cotorras que llegaban a su lugar de descanso: los árboles del parque. Ya de noche, mucho después de que cesara el último aleteo, las cotorras seguían chillando con la misma fuerza. Probablemente se contaban qué habían hecho durante el día, qué habían visto en la selva, qué habían comido, y qué planes tenían para el día siguiente. Sin embargo, los excrementos caían de forma incesante de los árboles, y no hacia aconsejable permanecer mucho tiempo escuchando tan interesantes historias. Mejor escapar cuanto antes. Rumbo al hotel, en la esquina, encontramos un animado bar en el que se escuchan rancheras. El lugar perfecto para tomar una cerveza y disfrutar de las templadas noches amazónicas.
Río Amazonas. Leticia, Colombia.Foto: Jorge Bela
Río Amazonas. Leticia, Colombia.

Me rasco porque me rasca: la Ciudad Perdida de los Tayrona

Mariposa 89 (Diaethria clymena) Foto de Fernando Conchello
Mariposa 89 (Diaethria clymena)) Foto: Fernando Conchello
Las ciudades perdidas, largamente sepultadas bajo junglas remotas, son iguales a los sueños. Uno imagina primero su construcción, a lo largo de siglos. Después, su apogeo, con miles de habitantes manteniéndola, defediéndola de todo enemigo, ampliando y embelleciendo sus edificios. Finalmente la decadencia, lenta, casi impercetible para sus habitantes, que siempre esperan la llegada de tiempos mejores. El retorno de la jungla,  que pacientemente había esperado a la desaparición del último humano, es el silencioso epílogo de una historia que supera cualquier imaginación.

La Ciudad Perdida de los Tayrona fue abandonada a lo largo del siglo XVI, tras casi siete siglos de existencia, probablemente debido a una epidemia traída por los conquistadores europeos. Fueron los saqueadores de restos arqueológicos quienes la descubrieron en 1973, y camparon a sus anchas hasta  1976, cuando el Instituto Colombiano de Arqueología puso fin al expolio. Hoy está fuertemente protegida y constituye una de las joyas del patrimonio histórico colombiano.

Llegar no es fácil: hay que recorrer unos 30 kilómetros, en unas tres jornadas. La caminata se contrata con guía, cocinero y mula de carga para subir la comida (también es posible contratar mulas para subir los equipajes individuales). El camino es una suave ascensión, siempre junto al río Buritaco, aunque hay que atravesarlo en cuatro ocasiones. Cuando you fui, el río estaba bajo y era fácil cruzarlo, pero no siempre es así, y en todo caso es imprescindible llevar sandalias de agua. Los caminos embarrados hacen imprescindible el uso de buenas botas.

El paisaje es alucinante, da la impresión de estar en un jardín botánico interminable. Los árboles descomunales hubieran sembrado el terror en los planetas pequeños de El Principito. Pájaros de canto inaudito, mariposas enigmáticas, incluso serpientes letales mantienen en tensión a los caminantes. El calor es considerable, y las lluvias muy frecuentes. Es imposible aburrirse. El cocinero se adelantó y nos dejaba frutas peladas en los puntos de descanso, algo profundamente agradecido por todos. Todo el camino nos sentimos protegidos por las nieves perpetuas del Pico Bolívar, el más alto de Colombia, que se alza directamente sobre el mar y proyecta su sombra sobre toda la Sierra.

Escalera hacia la Ciudad Perdida (Foto Jorge Bela)
Escaleras hacia la Ciudad Perdida (Foto Jorge Bela)
Nuestro excelente guía se aseguraba de que fuéramos los primeros en salir, y por eso éramos también los primeros en llegar a los campamentos, y podíamos escoger los mejores sitios. También teníamos tiempo para darnos un baño en el Buritaco. Dormir en hamacas en medio de la selva, con un coro infatigable de ranas y sapos croando cual orquesta sinfónica,  es una experiencia memorable. Las cenas deliciosas.

El cuarto día, temprano, nos dirigimos a la ya cercana Ciudad Perdida. Tras cruzar el río una vez más, encontramos, en mitad de la jungla, unas escaleras que ascienden interminablemente por la ladera. Son miles de escalones, que se pierden entre la vegetación. Subirlas es como caer poco a poco en un sueño hermoso. No sin fatigas, se alcanza la primera plataforma, y desde allí se salta de plataforma en plataforma hasta alcanzar el centro de la ciudad, la plaza ceremonial. Arriba del todo, hay un retén de soldados, sonrientes y divertidos con los turistas, pero que recuerdan un pasado turbulento aún reciente.

Plataformas ceremoniales (Foto Jorge Bela)
Plataformas ceremoniales (Foto Jorge Bela)
Al medio día regresamos al campamento, e inmediatamente iniciamos el regreso hacia el punto de partida, un pueblo con nombre sugerente: Machetepelao (también conocido como El Mamey). Serán dos días de descenso, dos días más de disfrutar de la selva. Muchos caminantes llevan los galones de la batalla: atroces picaduras de mosquitos (yo me libré gracias a una mezcla de Menticol con Nopiquex, un secreto que me fue compartido en Taganga). Aquí en Colombia no se dice “me pica,” sino “me rasca.” Con tanto mosquito por medio, no era extraño escuchar “me rasco porque me rasca.” Tras una ultima comilona en Machetepelao nos dirigimos al Parque Tayrona. Pero esa es ya otra historia, otro sueño.
Track de la excursión

¡Qué berraquera! los nevados de El Cocuy

Si algo caracteriza a Colombia, son sus montañas. Quien la imagine como una sucesión de puertos tropicales y junglas trufadas de pájaros exóticos, se equivoca completamente: las montañas son la ortografía y la gramática del país. Los ríos gigantescos que lo cruzan solo son posibles porque nacen y transcurren entre descomunales cordilleras. Las junglas más espesas, como la que rodea a la Ciudad Perdida, descansan a la sombra de picos permanentemente nevados. Ciudades como Cartagena, Barranquilla o Santa Marta, no serían lo que son si no estuvieran estrechamente vinculadas con sus parientes ubicadas a miles de metros de altitud. Y esta vinculación no es reciente: ya desde tiempos precolombinos los intercambios comerciales entre las culturas andinas y las costeñas eran intensos.

El Cóncavo y el Pan de Azúcar

Pero sobre todas las montañas colombianas ejercen su reinado indiscutible los nevados. Aún no he conseguido saber exactamente cuantos son, docenas en todo caso. Las nieves perpetuas se encuentran a partir de, aproximadamente, 4.700 metros. Hasta hace algunas décadas se podía encontrar un glaciar en las inmediaciones de Bogotá, El Pico nevado (4.560metros), pero se derrumbó en un terremoto y no ha vuelto a aparecer. A lo largo del siglo XX ha desaparecido el hielo glacial en al menos seis picos, lo que constituye un aviso sobre el peligro que el calentamiento global supone para estas maravillas naturales.

Las yeguas esperan su carga con el Cóncavo al fondo
Las yeguas esperan su carga, con el Cóncavo al fondo
Yo he tenido la suerte de visitar el Parque Nacional de El Cocuy en dos ocasiones, haciendo cumbre en el Toti. La subida al campamento base (a 4.500metros) es muy fuerte y la falta de oxígeno no ayuda, pero cualquier persona entrenada en caminatas puede hacerla (también es posible subir a caballo). Las vistas son únicas. Los glaciares crujen espectacularmente con los cambios e temperatura (10ºC bajo cero por la noche, 20ºC sobre cero durante el día si hace sol). En otros blogs daré detalles sobre la excursión, pero ahora baste decir que es una auténtica berraquera.

Cumbre El Toti
Cumbre El Toti
Berraco es un término característicamente colombiano. Que nadie lo busque en el diccionario de la RAE, ni siquiera los astutos que de dirijan a la grafía académica (escrita con “v”) encontrarán su acepción colombiana. Berraco tiene un sentido generalmente positivo, y significa persona con valor, fortaleza, talento. Como adjetivo indica furia, o también importancia y complejidad. Una berraquera se refiere, finalmente, a algo grande, que exige esfuerzo y tenacidad, que produce auténtico entusiasmo: justo lo que se siente al llegar al borde de los glaciares de El Cocuy.

Aquí se puede encontrar un estudio sesudo sobre el estado de los glaciares en Colombia.

¿Me regalan un minuto?


Colombia es un país que está en boca del mundo entero. Y ya  no son las malas noticias que antes se escuchaban casi en exclusividad. Ahora en este país se vive un optimismo contagioso, una sensación de que los problemas que durante demasiado tiempo lo condenaron a cerrarse sobre si mismo, están en vías de solución. Aeropuertos completamente desbordados son el mejor indicador de una situación nueva: los extranjeros han perdido el miedo y se acercan a un país que aún no ha sufrido los estragos del turismo masivo. Los índices de crecimiento económico, los flujos de inversión extranjera, y los precios e los hoteles de negocios dan idea también de que la prosperidad local ya no es un secreto. Los retos son sin duda descomunales, pero las circunstancias sumamente favorables. Si además sumamos la decidida voluntad de salir adelante y el inmenso potencial material y humano de Colombia, creemos que el optimismo actual está plenamente justificado.



Yo he caído por casualidad en medio de todo esto. Llevo ya algún tiempo viviendo en Bogotá, y viajando por todo el país. Son incontables las anécdotas que surgen cuando se vive en un país extranjero: no existe la rutina. Por ejemplo, no pasa un día sin que alguien utilice una expresión que me llame la atención, o sin que a algún interlocutor le llame la atención algo que yo diga. Por eso he decidido utilizar una expresión muy colombiana para titular el blog: “que pena con usted” (ya tendré tiempo de ir contando los significados que tiene, pero adelanto que rara vez antecede a nada bueno...). Y es por eso que la primera entrada tiene por título otra: “¿me regalan un minuto?.”

En este blog iré recogiendo esas anécdotas cotidianas, con la esperanza de que su suma llegue a dar una impresión de lo que es vivir la prosperidad colombiana como un extranjero. Pero un minuto es todo lo que he pedido, y hoy no quiero alargar el blog. Mañana más.

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