lunes, 21 de mayo de 2012

Una ñapa de nostalgia en el océano de la prosperidad


Mi barrio parece un criadero de grúas. No pasa un día sin que empiece una obra, se cubra de cristales una fachada, se anuncie una inauguración. Ahora le ha tocado el turno a la esquina sur de mi manzana. Hasta la semana pasada estaba ocupada por un edificio de tres pisos, construido a mediados del siglo pasado, y pintado de un rojo mate, ya muy desgastado. Llevaba tiempo cerrado y oscuro cuando yo llegué aquí, y en el desagüe del balcón del último piso crecía un enorme ficus, ignorante de su próximo destino. Hacía tiempo que lo rondaban ingenieros con teodolitos y cintas métricas. De pronto lo empezaron a vigilar día y noche guardas jurados. Un día lo rodearon ejecutivos de mirada tensa y operarios que hicieron catas en todo su perímetro. Era obvio que el edificio tenía los días contados.

La semana pasada sucedió lo inevitable: el lunes muy temprano empezó la demolición. Primero con martillos, después apareció una grúa. La actividad y el ruido se volvieron incesantes. Quizá el edificio no tenga gran valor arquitectónico, pero es el exponente de una etapa ya pasada, de una Bogotá que está desapareciendo. En el cartel donde se anuncian los permisos obtenidos y el plazo de ejecución -- dos años --  se puede leer que el nuevo edificio tendrá ocho plantas, y un solo apartamento por planta. Los habitantes del futuro edificio tendrán la misma vista maravillosa hacia los cerros orientales que tengo yo ahora.
Pintura del jinete con capa verde. Foto: Jorge Bela
Pintura del jinete con la capa verde
Pero la demolición nos entregó a los paseantes una ñapa (ñapa en Colombia es la propina, un pedazo pequeño de algo que entregan en los mercados a los buenos clientes): en las paredes de una habitación, visibles tras la caída de la fachada, apareció una pintura. Se trata de un jinete cabalgando sobre un caballo blanco, con una capa verde y un vestido rojo. Quizá Santiago, en actitud de carga. Nunca sabremos quién realizó esa pintura, ni lo que para el pintor significaba, pero a nosotros nos recuerda que en ese edificio transcurrió la vida cotidiana de personas: sus afanes, sus tristezas, sus miedos, sus sueños. La demolición nos entregó una efímera ñapa de nostalgia.

A finales de esta semana ya no quedará nada del edificio que ocupaba la esquina sur de mi manzana. En el solar dará comienzo el ritual frenético de la construcción. Es posible que las obras terminen antes de que yo me marche de Bogotá. Ahora mismo son muchas las ilusiones que se centran en esta obra: las de los que participarán en la misma, ahuyentando el fantasma del desempleo; la de los arquitectos y diseñadores, que verán como su trabajo va tomando forma; la de los futuros habitantes, que esperan impacientes el buen fin de los trabajos. Ojalá yo esté aquí todavía en el día en que se haga la inauguración. Probablemente entonces ya nadie recuerde la extraña pintura del jinete con capa verde.

3 comentarios:

  1. Hola Jorge :)

    Me gusta tu forma de escribir, haces que cosas tan "normales" como una demolición tengan un toque diferente, algo de ilusión, magia, nostalgia, recuerdo... en fin, me parece ¡¡chévere!!

    Pudimos notar en nuestro viaje a Bogotá el crecimiento inmobiliario de la ciudad, esta entrada del blog es un claro ejemplo, además mi hermano nos contó que un apartamento pude subir de precio de 1 hasta 5 millones de pesos en una semana... me suena conocido y me resulta muy preocupante...

    ¿En qué barrio vives Jorge?

    Un saludo cariñoso de esta colombo-española.

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    1. ¡Muchas gracias por tus comentarios! No creas que a veces no siento reparo de hablar de un país que no es el mío, y de utilizar expresiones que a veces no estoy seguro si las entiendo bien. ¡Tus ánimos me sirven mucho por eso!!!!

      El boom inmobiliario en Bogotá en efecto recuerda a otros, y es preocupante. La escalada de precios que describes es totalmente real: los millones parece que los regalan. Ya hace un año el Economist advertía de que el mercado inmobiliario local, sobre todo en los estratos superiores, empieza a burbujear.

      Yo vivo en La Cabrera, muy cerquita del Andino..

      Abrazos y ¡gracias de nuevo!

      Jorge

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  2. Gracias a Rafael Salazar que me aclara que la pintura es un San Jorge basado en un icono de la Escuela de Novgorod.

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