lunes, 28 de mayo de 2012

De tierra caliente a la sabana, o como sufrir en una caminata despiadada

Están las excursiones fuertes, luego las palizas y finalmente la caminata La Vega – El Dintel. Las advertencias de dureza del folleto de la Fundación Salsipuedes ni de lejos nos prepararon para algo que resultó ser una auténtica gesta: 20 kilómetros, TODOS en ascenso (la mayoría en un ascenso bastante fuerte) y un grupo que más que caminantes parecían participantes en la carrera del siglo…

Desayuno en el Alto del Vino. Foto: Jorge Bela
Desayuno en el Alto del Vino
Todo comenzó con un plácido desayuno en el Alto del Vino, lugar donde termina (o empieza, según de donde venga uno) la sabana de Bogotá. En poco más de media hora la buseta nos bajó a La Vega, un tranquilo y caluroso pueblo, lleno de flores por todos lados, donde los lugareños nos sonreían con la tranquila amabilidad colombiana. Unos ejercicios de calentamiento, un pintoresco puente sobre el río, y comenzó nuestro ascenso. El calor pronto se convirtió en sofocante. El grueso del grupo desapareció casi de forma inmediata. El ascenso era cada vez más pronunciado. Toya ya tenía sendas ampollas en menos de una hora. El camino serpenteaba entre el verdísimo paisaje andino, y al fondo se veía la Cuchilla del Tablazo, un imponente risco famoso por la cantidad de aviones que contra él se han estrellado intentando aterrizar en Bogotá.
Ejercicios de Calentamiento en La Vega. Foto: Jorge Bela
Ejercicios de Calentamiento en La Vega
Después de dos horas de subida sin parar, alcanzamos al grupo, sesteando en una pradera. A los dos minutos de nuestra llegada, impulsados sus integrantes como por un resorte, el grupo en pleno se puso de nuevo en marcha, desapareciendo en segundos. A Toya y a mi no nos quedó más remedio que seguir la marcha, acordándonos de más de una madre. A las tres horas de ascenso casi vertical, miré el GPS y aún no habíamos llegado ni a la mitad del camino. Presa de una pájara monumental, no vi otra opción que sentarme sobre una roca en medio del camino que sube casi vertical. Recuperándome como pude, alcancé a Toya y llegamos al lugar del almuerzo. Ni que decir tiene que a los diez minutos el grupo se puso en pié y reanudó la marcha. No nos quedó más remedio que seguir.
El camino y al fondo la Cuchilla del Tablazo
El camino y al fondo la Cuchilla del Tablazo
Con la ascensión el clima se hizo más fresco, pero el sudor seguía brotando. El camino también se fue volviendo mas suave, pero aún nos quedaban horas de marcha. Toya estaba a punto de las lágrimas, yo la animaba ocultando los dramáticos datos que el GPS mostraba: faltaban muchos kilómetros, todos ellos cuesta arriba.  El agua se había acabado hace tiempo. Nuestro único consuelo era el espectacular paisaje.

A los 2.800 metros, tras 1.600 de ascensión ininterrumpida, el guía Segundo se unió a nosotros. El camino era ya completamente plano, y el final estaba a la vista: a penas dos kilómetros más. Segundo nos narraba historias de terror sobre esta caminata: abandonos, caídas, evacuaciones urgentes en burros alquilados… consolaba escuchar que otros habían salido aún peor parados que nosotros.

La llanura, a partir de 2.800mts, alberga varias ganaderías famosas de toros de lidia
Finalmente llegamos: el resto del grupo estaba en la puerta de la tienda tomando cervezas. A nuestra llegada prorrumpieron en aplausos. Yo me acordé de nuevo de sus madres.

Toya, sonriente a pesar de las penalidades, y el propietario de la tienda de El Dintel
No soy quejica. Estoy acostumbrado a caminar por la montaña, he hecho el Camino de Santiago, he escalado un monte de 5.000 metros, y hace un par de semanas corrí el Maratón de Madrid. La caminata El Valle – El Dintel es, sin embargo, punto y aparte. Es la excursión más dura que recuerdo. Tras una pequeña discusión erudita, el grupo estuvo de acuerdo en que también es la más dura de las que organiza Salsipuedes. La memoria hace sus trucos, y hoy, aunque sigo cansado, recuerdo con mayor intensidad los buenos momentos que los sufrimientos. Mi admiración por los magníficos atletas que componían nuestro grupo, y por Toya que anduvo durante horas con unas dolorosas ampollas. Aunque a veces no lo parezca, no hay nada mejor que caminar por la montaña, y no hay montañas más hermosas que los Andes.




1 comentario:

  1. Nos encanta la montaña, esa zona es muy bella... que pueblo recomendaría para vivir por allá, ojalá con vista a los nevados? ... muchas gracias

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