Recuérdame esas historias de Magangué....


Mercedes Viñas y Alfonso de la Hoz, padres del autor del post.

Post escrito por Juan de la Hoz

Cuando era un niño en Barranquilla, mis padres hablaban de un tal Gabito, con quien habían compartido adolescencia en los pueblos polvorientos e hirvientes de la rivera del Magdalena. Las historias fantásticas que contaban de ese "pariente" excéntrico y fantasioso llenaban muchas de nuestras conversaciones vespertinas.

Algún tiempo después descubrí que no era un pariente a quienes mis padres veían de cuando en vez cuando pasaba de visita por Barranquilla, sino el más grande escritor en lengua castellana. Cuando leí Cien Años de Soledad ocurrió una revelación: muchas de las historias de la novela eran historias que describían mitológicos personajes de mi propia familia, desde el bisabuelo neura que se había encerrado en su cuarto de la cola del patio a hacer pececitos de oro, pasando por la parienta que había nacido sin lengua y estuvo encerrada en su cuarto toda su vida, hasta aquella mujer de mágica belleza que un día desapareció del patio mientras colgaba la ropa.

Ese era el mundo y las historias que contaban mis padres mientras hablaban de Gabito, el de las medias amarillas y la imaginación desmesurada. El mito se hacía realidad en mi propia casa con la presencia de mi abuela, Fernanda Atencia del Carpio, de quien con seguridad Gabito tomo prestado el nombre de uno de los personajes de Cien Años de Soledad. Mi abuela tenía una bacinilla con bisel de hoja de oro, lo que hacia aún más mágico el paralelo.

Cuenta la leyenda familiar que en la época en que mis padres y Gabito vivían en Cartagena, la casa de mis padres era refugio del joven escritor los días en que no alcanzaba a llegar a la pensión y terminaba dormido en el sofá entre parranda y parranda. En esa casa estuvo, tirado en el suelo de algún rincón y envuelto en una corbata, el manuscrito de la Hojarasca. Algunos años después, en 1955, aparece un tiraje de 4.000 ejemplares de esa, su primera novela. Mi padre lo conservo con mimo durante toda su vida y lo recibí yo como un regalo y un recuerdo de aquel "pariente" excéntrico. La última vez que se vio con mi padre, uno de esos mediodías ardientes de Barranquilla, Gabito le grito en mitad del restaurante: PRIMOOOO, con esa voz inolvidable que hacia temblar los vidrios y retumbar el caribe.

 El círculo se cerró muchos años después con una llamada repentina en Ciudad de México. Del otro lado de la línea, Gabo me decía: recuérdame esas historias de tus padres en Magangue. Que buenos tiempos...




De Támesis. Antioquia, a Buckingham: soñando un mundo más abierto, más cercano

Támesis, Antioquia
Ya lo he dicho antes: Támesis es un lugar en el que apetece estar. Perfectamente ubicado en el occidente de Antioquia, en una meseta a mil metros sobre el Cauca, tiene un clima insuperable. En el centro de su plaza hay una terraza con mesitas, que recuerda mucho a las de España, donde uno puede tomar cualquier cosa y ver como pasan los lugareños en sus quehaceres cotidianos, observar las inmensas rocas y cascadas que lo presiden, y todo ello sin que nadie le moleste. Allí tuve la ocasión de conocer a  mucha gente entrañable e interesante, como lo es Diego Echeverry, para quien el mundo no tiene fronteras, ni distancias, ni límite alguno que resista el poder de la imaginación.

Diego Echeverry. Foto: Jorge Bela
Desde muy joven, Diego decidió no conformarse con los hermosos confines urbanos de su municipio, y comenzó a escribir cartas a jefes de estado de países lejanos. Ante nada se detuvo: presidentes, reyes, emperadores, incluso sumos pontífices recibieron sus misivas selladas en Támesis, Antioquia. Uno puede imaginarse el respingo que darían algunos de ellos al recibir un mensaje tan respetuoso, tan pacífico, con tanta curiosidad, desde un pequeño pueblo ubicado en el corazón de una tierra sacudida por la violencia. Para ellos sería la primera pista del verdadero sentir colombiano, la primera ocasión de romper con los lugares comunes que eran tan frecuentes en aquellos años. Diego se había convertido, sin quererlo, en embajador de la paz en Colombia.

Támesis logró escapar, a fuerza de empeño, de gran parte de la violencia que desangró tantos lugares de Antioquia. Tal vez fuera este ambiente excepcional el que permitió que surgiera la voluntad de comunicación con el mundo de Diego. Desde el oriente antioqueño, una firme voluntad de abrirse al todos los paises, de que se supiera que esa región es hermosa, y que no desea permanecer encerrada en sí misma.

El mundo ha cambiado vertiginosamente desde que Diego comenzara a escribir, y a recibir incontables respuestas igualmente cordiales a su apertura. En Antioquía se ha avanzado de forma muy significativa hacia la paz, y Támesis ya recibe regularmente la visita de turistas colombianos y extranjeros. También las comunicaciones se han revolucionado irreversiblemente. Ahora ya es muy infrecuente el envío de cartas por el servicio postal, siendo mucho más preponderante el correo elcetrónico. También se han abierto nuevas posibilidades de comunicación,  como lo es la creación de blogs, que permiten a cualquiera con voluntad de hacerlo la posibilidad de una expresión constante y abierta.

Támesis, uno de mis pueblos favoritos en Colombia. Foto: Jorge Bela
A mi me gustaría muchísimo que Diego comenzara a escribir un blog. Podría empezar contando sus peripecias con el envío de cartas, y las hermosas respuestas que ha recibido. Pero también sería extraordinario que de forma regular utilizara su talento y su imaginación para narrar crónicas desde Támesis. Las cosas más cotidianas cobran un interés inesperado cuando son contadas con cariño. De esta forma puede ayudar a seguir dando a conocer a Támesis más allá de los confines de Antioquia, incluso de Colombia. Los destinatarios no serían ya los jefes de estado, sino nosotros, todos aquellos que amamos Colombia y queremos conocer mejor este gran país, y que sigue siendo un gran desconocido fuera de sus fronteras.

Fue un placer visitar Támesis, y tener la oportunidad de conocer a gente excepcional como Diego. Ojalá tenga pronto la ocasión de regresar.

NOTA: Como siempre hago, insisto en la conveniencia de contratar guías locales, salvo que se conozca muy bien la zona que se visita. En el caso de Támesis recomiendo la empresa que nos prestó guianza en nuestra visita, Eco Cartama. Nuestro viaje estuvo organizado por el Buró de Medellín y la Gobernación de Antioquia.


La ALO: ¿urbanismo a fuerza de bandazos?

Humedal Juan Jaramillo. Foto: Cárlos Avellaneda

A menudo, cuando a primera hora de la mañana leo los titulares de la prensa, entre sobresalto y sobresalto se fija una idea en mi cabeza: Bogotá no tiene quien la quiera (y me permito parafrasear al maestro). En efecto, decisiones cruciales se toman a base de bandazos, y problemas cuya solución requiere el mayor consenso posible se dirimen en bizantinos e interminables conflictos judiciales. Tal parece ser el caso con la Avenida Longitudinal de Occidente, conocida como ALO, y que hasta el momento no es sino una franja de 100 metros de ancho que atraviesa misteriosamente el occidente de la ciudad.

Plan del IDU. Fuente: Fernando de la Carrera

La idea de la ALO nació como fruto de otros tiempos. Por entonces se tenía una visión completamente distinta de una la ciudad que a su vez nada tenía que ver con la Bogotá actual. A comienzos de los años 60, siguiendo las directrices que había marcado Le Corbusier una década antes, se diseñaron dos grandes avenidas de alto tráfico para cruzar Bogotá de norte a sur y facilitar así las conexiones por tierra. La más occidental de estas avenidas es lo que ahora conocemos como ALO. Se reservaron los terrenos, que son propiedad del distrito, y que por entonces estaban mayoritariamente fuera de la malla urbana (Bogotá ocupaba a penas un 20% de la superficie que ocupa ahora). La ciudad, sin embargo, ha crecido imparable, dejando esos terrenos intactos de forma aparentemente milagrosa. En ellos están los escasos restos de los otrora inmensos humedales de Bogotá: a penas un 2% de los que había no hace tantos años.

Barrio construido en zonas inundables. Foto: El Tiempo
Es imposible resumir las vicisitudes, idas y venidas, y dramas políticos que han envuelto a la ALO desde entonces, baste con recordar que la alcaldía elegida en 2011 decidió parar la construcción de la autopista y dedicar los terrenos a la instalación de varios equipamientos públicos. Las razones son poderosas: el impacto de una gran vía de peaje atravesando la ciudad es brutal. Por un lado se convierte en barrera segregadora; por otro tiene efectos devastadores sobre el medio ambiente, firmando la sentencia de muerte de los restos de humedales, y generando cantidades inaceptables de gases contaminantes. Los detractores del parón también tienen argumentos de peso, especialmente la necesidad de abrir un corredor que descongestione el centro de la ciudad y que dé movilidad a los enormes barrios del occidente bogotano. En estas estábamos cuando el alcalde fue inhabilitado y uno de los primeros anuncios del flamante alcalde encargado fue que la ALO sí se construiría. Bandazo al canto…

Luchando inútilmente con el agua. Foto; Bogotá desde el Aire, Ed. Villegas
Hace poco publiqué un artículo sobre el proyecto del corredor verde de Cali. Sobre unas antiguas vías de ferrocarril que cruzan la ciudad de norte a sur  también se había a aprobado la construcción de una gran autopista de peaje. Afortunadamente la nueva alcaldía hizo propia la idea surgida de un taller conjunto de la Universidad del Valle y de la de San Buenaventura que proponía la creación de un parque lineal. El proyecto resultante permite conjugar el desarrollo de transporte público de alta capacidad pero de bajo impacto ecológico con la creación de un parque que cumple una función integradora. Investigando sobre el tema, logré encontrar una iniciativa similar en Bogotá liderada por Mauricio Pinilla, con la colaboración de Fernando de la Carrera, y Juan García, todos ellos de la Universidad de los Andes. Recogida en revistas extranjeras, incluso japonesas, ha tenido escasa repercusión local: “nadie es profeta en su propia tierra,” me comentó Fernando. La iniciativa propone soluciones alternativas al tráfico, la integración de la ALO con los ciclocarriles existentes, la construcción moderada de viviendas y comercios, etc...

Proyecto propuesto. Fuente: F. de la Carrera
La capital de Colombia necesita menos bandazos, menos peleas bizantinas, y más soñadores, más gente con la ambición de que se convierta en la gran ciudad que ya debería ser. “Podría ser mejor que los Campos Elíseos, que el Paseo de Gracia,” afirma Mauricio. Y tiene razón: el clima es idóneo para el diseño de hermosas avenidas, basta ver el porte de los árboles que crecen donde los dejan.

La construcción de una gran autopista ya no es de este tiempo. Escuchemos a los que piensan soluciones alternativas, y abramos espacios útiles de diálogo. Bogotá merece que sus habitantes la queramos.



Hotel al Alba, un jardín en Choachí

Plaza de Choachí al atardecer. Foto: Jorge Bela
Nadie ha sabido hacer mejor los jardines que los árabes, y en España hubo un tiempo que supimos aprender la lección. El juego del agua, el perfecto equilibrio entre la luz y la sombra vegetal, la tranquilidad absoluta. Por el camino de la historia mucho de lo aprendido se perdió, y por eso me sorprende y me encanta ver renacida esa tradición en los lugares más inesperados. Eso es precisamente lo que me sucedió este fin de semana en el pequeño Hotel Al Alba, en Choachí.

Un descanso en el salón abierto del hotel. Foto: Jorge Bela
No es fácil llegar la primera vez, por eso recomiendo consultar el mapa que tienen en su página de Facebook. En la puerta nos recibió Adriana, su propietaria, con la mayor y más hospitalaria de las sonrisas. Tras de nosotros cerró las puertas recubiertas con chamizo, y nos acompañó a dejar las maletas en la habitación (una de las a penas cuatro que tiene el hotel). Frente a nuestra puerta, una fuente con surtidor: “era el punto en el que llegaba el agua del acueducto a la casa original,” nos explicó. La reforma mantuvo la estructura original casi intacta, aunque en la parte posterior se añadieron los baños, con un techo translúcido que da una luminosidad extraordinaria.

Estanque en el jardín. Foto: Jorge Bela
Tras dejar las maletas, Adriana nos dio la “vueltica” por la finca, un auténtico laberinto vegetal, con agua brotando por todos los lugares, pequeños surtidores, estanques, y hasta algunos reservorios, escondidos bajo los arrayanes, plátanos, mandarinos, cafetos, orquídeas…. "La primera casita la compramos hace ya 20 años, y la segunda – donde están las habitaciones – la compramos a su anciana propietaria algunos años después. Decidimos mantener sus cultivos, café y mandarinos principalmente, y cada año le llevábamos a la señora, que se había trasladado al pueblo con su hija, su cosecha de mandarinas. Pepitas, las llamaba ella.” En torno de los cultivos, aún productivos, fue surgiendo el jardín exuberante.

Comedor. Foto: Jorge Bela
Adriana maneja sabiamente los tiempos, y consiguió que a penas coincidiéramos con el resto de los huéspedes del hotel. Casi no los vimos, y cenamos, almorzamos y desayunamos solos en el extraordinario comedor. Para aquéllos que precisen de un aislamiento total, una de las habitaciones, la “pizzería,” está ubicada en una pequeña casita al fondo de la finca. El desayuno, incluido en el precio, es abundante y delicioso, y la cocina para el almuerzo y la cena es cuidada y muy fresca. “Aquí somos muy lentos,” nos advirtió la propietaria nada mas llegar. “Prisa” es una palabra en lengua incomprensible en un hotel en el que lo que se respira es tranquilidad. Mauricio, esposo de Adriana, nos dio la más cordial y hospitalaria bienvenida, algo que tanto se disfruta en Colombia, a la hora del almuerzo.

Adriana. Foto: Jorge Bela
No es fácil para los turistas conocer una parte esencial de la vida colombiana como son las fincas de fin de semana. El Hotel del Alba es un lugar perfecto para lograrlo. Por la noche incluso se cierran los surtidores para que el descanso sea absoluto. Y lo es…

Pollo estofado. Foto: Jorge Bela

Ascensión al páramo mas hermoso de Colombia



Entré en el restaurante con el sonido de las campanas de la iglesia de San Juanito, Meta, que anunciaban la misa de las 6:30AM. Aún así, fui el último en llegar. No había tiempo que perder, y el desayuno fue abundante y delicioso, pero rápido. Nos esperaba una larga caminata con un desnivel brutal: 1800 metros (que, en efecto, tendríamos que subir para luego descender). Salimos a buen paso, pero nos detuvimos brevemente a visitar el antiguo noviciado, origen del pueblo en su momento, y hoy abandonado. En la huerta del edificio comenzamos un ascenso que solo terminaría cuatro horas después, ya en el páramo de Chingaza.

Antiguo noviciado de San Juanito. Foto: Jorge Bela

Tras salir del pueblo atravesamos zonas cultivadas y potreros con ganado. Sin embargo, los cultivos terminan donde comienza el bosque de niebla: se trata de zona ya protegida y el contraste es inmediato. Los potreros desaparecen y se ven sustituidos por una vegetación espesa. Nuestro grupo incluía dos expertos conocedores de botánica, que identificaban con precisión las incontables variedades de orquídeas que encontrábamos en las márgenes del camino. A ratos las cuestas eran muy empinadas, a ratos no tanto, pero el ascenso era implacable. El calor que encontramos en San Juanito se fue tornando más fresco, y finalmente llegamos a la cota de las nubes, que nos impedían ver el paisaje y nos refrescaba con una intermitente llovizna.

Cruces en el camino. Foto: Jorge Bela

A poco más de 3000msnm llegamos al páramo, tal y como había anunciado nuestro guía Miller. Allí encontramos unas cruces de madera que los lugareños tienen como tradición hacer cuando llegan a ese punto. Aunque estábamos muy cansados, aún nos quedaban más de 400 metros de ascenso. Yo prefiero subir caminando despacio, y hacer el menor número de descansos posibles, y aunque en los grupos suele suceder que no hay ritmos uniformes, curiosamente casi siempre se encuentra un ritmo de avance y pausa agradable para todos. Finalmente llegamos a nuestro destino, una pequeña casa forestal construida por el Acueducto, en cuyo porche frontal, a cubierto de la llovizna constantes, almorzamos. Tuvimos la suerte de que dos caminantes subieron verdaderas exquisiteces: dos botellas de buen vino tinto, mejillones en escabeche, aceitunas de aperitivo….¿quien puede pedir más? Miller se rascaba la cabeza con curiosidad dudando si probar los mejillones, alimento que por primera vez veía.

El camino ascendente. Foto: Jorge Bela

El vino hizo su mágico efecto, y la comida transcurrió entre bromas y charlas. Finalmente, tuvimos que emprender el descenso. Al llegar al bosque de niebla, ésta desapareció casi completamente, y pudimos ver los imponentes barrancos del cañón del Guaitiquía. Los jirones de nubes daban una perspectiva única a los farallones de Medina. Durante el descenso el grupo se fue estirando, y yo me quedé solo, disfrutando del silencio absoluto y de los incontables pájaros que se cruzaron en mi camino. Entre éstos una pava enorme, que parecía no sentir estrés alguno ante mi presencia.

Miller con las montañas que ascendimos al fondo. Foto: Jorge Bela

En San Juanito todavía no hay mucho turismo. La presencia de policía de élite fuertemente armada y de soldados del ejército de tierra nos recuerdan que el pueblo, ahora totalmente tranquilo y hospitalario, no hace mucho fue escenario del conflicto. Por estas razones considero imprescindible ir siempre acompañados de guías locales. Nuestro viaje lo organizaron mis amigos de Caminantes del Retorno Laura y Carlos, como siempre de forma perfecta. De nuevo mi agradecimiento por abrir estos caminos tan maravillosos.

Farallones de Medina. Foto: Jorge Bela

El MIlagrito, hierbas aromáticas y vistas en un albergue campestre



En su búsqueda de nuevas experiencias para compartir con turistas tanto locales como extranjeros, 5 Bogotá nos llevó hasta el Milagrito, en una vereda de la Calera, muy cerquita de Bogotá. Lo primero que llama la atención son las espléndidas vistas campestres, algo que no deja de sorprender en un lugar tan cercano a la megaurbe Bogotá, y que solo se explica por la protección férrea que le confieren los Cerros orientales. Aún así, algunas mansiones se elevan en el horizonte, lo que hace pensar que mas allá de las barreras naturales, será necesaria protección adicional para evitar el deterioro de tan hermosos paisajes.


Allí nos recibió Ana, que nos mostró las habitaciones del albergue rural, que cuentan con una decoración moderna, luminosa y agradable. Tras unas breves presentaciones, pasamos directamente al opíparo desayuno que nos habían preparado:  arepas de La Calera, sabiamente adoptadas de su Boyacá original, queso campesino y doble crema, agua panela recién hecha, tinto y frutas variadas. Los compañeros del programa Travesía sacaron sus bártulos y se pusieron a filmar: estaban recogiendo varias experiencias organizadas por 5 Bogotá para el programa que se emitirá este fin de semana.


El Milagrito trabaja con ONGs locales para obtener las materias primas necesarias para sus experiencias. En esta ocasión se trataba de la elaboración de un aromatizador orgánico y totalmente natural. En la huerta pudimos recortar las hierbas aromáticas que nos parecieran mas interesantes, con la ayuda experta de Ana, que nos aconsejaba. Dentro de la casa había especias como canela o clavo, y cítricos que ya habían sido cortados anteriormente. La técnica es sencilla, basta dejar hervir las hierbas recién cortadas y las especies durante unos minutos. La mezcla tiene un olor delicioso. Entre tanto, en unos pequeños tarros se colocan hierbas y especias adicionales, “las que se hierven pierden su color,” nos explicó Ana. Al terminar la cocción se cuela el elixir y se introduce en los tarritos. Una vez fríos, se pone la tapa y están listos para llevarlos a casa. Tras la preparación nos quedamos sentados en el frente de la casa charlando y disfrutando del paisaje tranquilamente.


5 Bogotá está haciendo una labor encomiable al descubrir y poner al alcance de los visitantes y de los locales una serie de experiencias que complementan los planes turísticos mas conocidos de Bogotá. Para los extranjeros supone una posibilidad de realizar una inmersión mucho mayor en la cultura colombiana, y para los locales abre un abanico de planes singulares y para todas las edades.


En una hora estábamos de regreso en Bogotá. Había sido una mañana de campo deliciosa, y en mi mochila llevaba el recuerdo del tarrito aromático que yo mismo había preparado.



Las cosas bien hechas: Elly Burckhardt y el Bulevar del Río de Cali

Elly Burckhardt y en el Bulevar del Río. Foto: Jorge Bela
Quedamos en vernos a la puerta del Hotel Intercontinental. Con gran puntualidad bajó de una enorme camioneta con su hijo Juan Manuel, y, tras una breve presentación, nos pusimos en marcha, dando comienzo el paseo por el Bulevar del Río. A pocos metros del Hotel nos encontramos con un obstáculo: antes de llegar al Bulevar, es necesario cruzar la Avenida Colombia por una zona sin semáforos. Elly Burckhardt, a pesar de su edad y con sus recientes problemas de salud ya felizmente superados, se lanzó sin miedo, del brazo de Juan Manuel, cruzando entre los coches de una forma que sólo son capaces de acometer los colombianos. Yo les seguí como pude. “Es una pena que el proyecto no se pudo llevar a cabo en su totalidad, por razones de presupuesto,” me dijo justo en el momento que todos logramos superar el peligro.

Bulevar del Río, Cali. Foto: Jorge Bela

Las primeras horas de la noche habían ahuyentado el calor, y una suave y fresca brisa descendía de las montañas, tal y como me habían dicho que sucedería. Por el Bulevar había gente paseando, caminando de regreso hacia sus casas, trotando con auriculares, es decir, la escena habitual que uno espera encontrar en un bulevar en cualquier ciudad contemporánea.  “Las cosas eran muy diferentes hace un par de años,” explicó Lilly, “la Avenida Colombia, que había sido una arteria principal en el centro de Cali, se había convertido en una autopista saturada de tráfico y polución, intransitable para los peatones, e insegura.” Me mostró un edificio de viviendas que fue el primero que diseño en su carrera. Aunque el hermoso diseño es aún visible, también lo es el deterioro que ha sufrido, paralelo al de la avenida sobre la que se levanta. “Los departamentos se vendían por nada, nadie quería vivir sobre una calle atascada, ruidosa y llena de humo.” La suerte la tuvieron los últimos que compraron: ahora es uno de los lugares mas deseables de la ciudad.

Bulevar del Río, Cali. Foto: Jorge Bela
Retirar el tráfico y la polución y devolver la Avenida a los peatones supuso una inversión cuantiosa: la construcción del túnel urbano mas largo de Colombia, que se inicia cerca del Hotel Intercontinental y termina 980 metros después. El bulevar que se ha construido sobre él tiene, por tanto, casi un kilómetro. El diseño decorativo ha sido cuidadoso, marcado por las características técnicas del túnel: no puede acoger árboles de mucho porte, y se han de tener en cuenta elementos como las torres de ventilación. Elly revisa los elementos uno por uno, tocando barandillas, incluso haciendo comentarios sobre la evolución de ciertas plantas. La proximidad inmediata al río, que al no estar canalizado tiene un aspecto casi campestre, y sus enormes árboles, hacen que el paseo sea todavía mas agradable.
Río Cali. Foto: Jorge Bela
Sin embargo, el deterioro de algunos edificios nos recuerda que ésta es una obra reciente. Aún queda mucho por hacer para recuperar totalmente la zona. Un pequeño autobús, parte del sistema de transporte público de la ciudad, circula muy despacito por el Bulevar. No se pudo suprimir de todo el tráfico, pero si se buscó una solución que permita una convivencia entre peatones y transporte público. Agentes de seguridad vigilan discretamente la zona.

Elly y Juan Manuel. Foto. Jorge Bela
Como todas las obras públicas en Colombia, ésta estuvo marcada por la controversia y la oposición en sus inicios. A Elly se le encienden los ojos cuando ella misma saca el tema, y debate punto por punto las críticas. El tiempo ha dado la razón a los que apoyaron el proyecto: el Bulevar del Río se ha convertido en una iniciativa de vanguardia en la recuperación de la ciudad para los ciudadanos, tras años de políticas que primaban el transporte motorizado. El alcalde actual, que no es el que encargó el proyecto, acaba de otorgar a Elly la máxima condecoración al mérito público. Ahora proyectos aún mas ambiciosos en Cali, como el corredor verde, tienen un precedente en el que mirarse, del que aprender.

Una vez terminado el paseo, Elly y Juan Manuel me invitaron a comer unas empanaditas caleñas en una animada terraza junto al río. Nos zampamos nada menos que 30. Yo había pasado una excelente tarde en Cali.

El urbanismo y la transformación de Medellín

Medellín. Foto: Jorge Bela
Medellín ha experimentado una profunda transformación: en a penas dos décadas ha pasado de ser una ciudad castigada por la violencia, la escasez de servicios sociales y la desigualdad, a convertirse en un modelo para toda América Latina de cómo combatir éstos graves problemas.

El urbanismo, aunque no ha sido el único factor, ha desempeñado un papel crucial en este proceso. En Medellín el urbanismo ha demostrado tener un carácter social y una ambición cívico-pedagógica. Los proyectos acometidos han mejorado la equidad territorial, integrando en la ciudad los asentamientos informales, antes completamente aislados. El ejemplo mas conocido son los metrocables. Pero quizá lo mas significativo ha sido que las intervenciones urbanas se han planificado y acometido mediante procesos participativos. Los beneficiarios de las intervenciones, en gran medida comunidades informales, fueron consultados en el proceso de diseño y la toma de decisiones, proceso a través del cual mejoraron su capacidad de autogestión y de participación política. 
Les invito a que lean el artículo que escribí al respecto en URB.IM

La Laguna Sagrada de Iguaque

Laguna de Iguaque. Foto: Jorge Bela
Villa de Leyva es un lugar delicioso para pasar un fin de semana. Si se logra evitar los temibles trancones, en carro y bus se puede llegar en menos de tres horas desde Bogotá. Hay hoteles de gran lujo, con precios acordes a tanto nivel, pero también hay hoteles y hostales para todos los presupuestos, y con un servicio mas que aceptable. De hecho, es uno de los destinos en Colombia mejor preparados para recibir a todo tipo de turistas. El clima suave, mas seco y caliente que Bogotá –aunque conviene no olvidar llevar algo de abrigo para las noches – también es favorable. Pero el perfecto estado de conservación del pueblo colonial, y la magnífica plaza mayor son sus mayores atractivos, y nunca defraudan.

Serpiente petrificada. Foto: Jorge Bela
Sin embargo, como tan a menudo sucede en Colombia, basta alejarse unos pocos kilómetros del casco urbano para encontrar lugares maravillosos y radicalmente distintos. Uno de estos lugares es la laguna sagrada de Iguaque, a 3.800 msn y por lo tanto en pleno páramo.

El Páramo. Foto: Jorge Bela
La entrada al Santuario de Fauna y Flora de Iguaque, nombre que recibe el PNN en el que está ubicada la laguna, está a unos quince kilómetros de Villa de Leyva. La ascensión es empinada y fatigosa: requiere un nivel de forma física suficiente para tal empeño. Uno de los aspectos mas fascinantes de esta caminata es la cantidad de ecosistemas que se atraviesan en pocas horas: desde el clima templado y seco del inicio al magnífico páramo andino, pasando por el bosque de niebla. Los ríos caudalosos nos recuerdan que los páramos son imbatibles captadores de lluvia, razón suficiente para cuidarlos y protegerlos. En una poza escondida, entre cascadas, pudimos observar la serpiente petrificada, guardiana secreta del camino.

Caminando por el Páramo. Foto: Jorge Bela

La laguna se encuentra a 3.800 msn, en un paraje espectacular. Mientras nuestro grupo siguió la caminata hasta la cima de la montaña, tres caminantes decidimos quedarnos y disfrutar tranquilamente del paisaje. El viento, cuyas ráfagas arreciaban de cuando en cuando, erizaba la superficie de otra forma lisa de la laguna, creando imágenes extrañas. Unos caminantes arrojaron una piedra al agua, lo que provocó una regañina de una familia indígena que disfrutaba con nosotros del entorno: “mejor no enfurecer la laguna,” advirtieron, “si se llega a enfadar lanzará una tromba de agua sobre quienes la molesten.” Dicho y hecho, momentos después del incidente se formaron unos nubarrones negrísimos y parecía que estaba a punto de iniciarse el segundo diluvio universal. Afortunadamente a la laguna se le pasaron los malos humos y en poco tiempo volvió  a brillar el sol.

Villa de Leyva. Foto: Jorge Bela

Esa noche llegamos agotados al hotel, pero eso no fue impedimento para que nos dejáramos arrastrar por el buen ambiente y la deliciosa rumba que se genera cada noche en la plaza de Villa de Leyva.



Mínimo vital del agua en Bogotá: ¿Una medida justa y bien implementada?


El agua de Bogotá es potable y deliciosa, algo excepcional en las grandes ciudades de América latina. Esto se debe a su proximidad a abundantes fuentes de agua, especialmente los páramos de Chingaza y Sumapaz, y a una buena gestión del recurso. La mayor parte del agua consumida actualmente proviene de la represa de Chingaza, ubicada a unos 50 kilómetros de Bogotá. Sin embargo, la misma proximidad de la mega urbe supone un riesgo para los frágiles ecosistemas de los páramos: Sumapaz comienza en el mismo término municipal de la capital.
A partir de febrero de 2012, Bogotá estableció mediante decreto el derecho a un mínimo vital de agua, un derecho reconocido por las Naciones Unidas. El decreto establece que para los estratos 1 y 2, los primeros 12m3 consumidos en cada periodo de facturación serán suministrados de forma gratuita. A partir de dicho consumo se aplicarán las tarifas habituales para dichos estratos. Esta cuota supone una asignación gratuita de unos 50 litros por persona y día.

¿Se trata de una medida adecuada y justa? Pueden leer el artículo que escribí al respecto en URB.IM.

No siga más, sumercé...

Alto de Cusirí. Foto: Jorge Bela
“Siga más, sumercé,” quizá mi frase favorita en Colombia. Un cartel con dicha expresión jalona cada uno de los imponentes boquerones que separan unos valles de otros en la incomparable “vuelta a la sierra” del PNN El Cocuy. Cuando uno los alcanza siente la emoción combinada del esfuerzo cumplido, una nueva y siempre maravillosa vista, y el estímulo de la cercanía creciente al punto de la próxima acampada. Sin embargo, la semana pasada al asomarme al alto de Cusirí y ver el singular cartel, no pude sino sentir una inmensa tristeza. La realidad es que ya no se puede seguir más: por orden de la autoridad, el paso de los caminantes más allá del boquerón ha quedado terminantemente prohibido.

El "lado prohibido" de Cusirí. Foto: Jorge Bela
Según la autoridad que regenta los PNN de Colombia, la prohibición de acceso a toda la vertiente oriental de la Sierra se debe a la solicitud de la comunidad U’Wa. Al parecer, esta vertiente tiene un carácter sagrado para el pueblo U’Wa, y no desean que sea visitada por los excursionistas. La autoridad ha decidido aceptar la solicitud, cerrando el paso de forma total.

Las plantas parecen corales en al PNN El Cocuy. Foto:Jorge Bela
Sin embargo,  las autoridades han implementado este cierre simultáneamente a la prohibición de acampada en todo el PNN salvo en tres puntos autorizados, lo que ha generado una considerable confusión. Estas restricciones se fundamentan no en  creencias religiosas, sino en un supuesto deterioro ambiental del Parque. Al parecer se han encontrado bacterias en el agua. También se ha prohibido el acceso a los caballos.

Silvia, Nico y Pepe de regreso hacia Sisuma. Foto: Jorge Bela
Hablando con unos y con otros, parece claro que se habían llegado a producir ciertos excesos, incompatibles con el mantenimiento de un ecosistema tan frágil como extraordinario. Incluso se habla de caravanas de 20 excursionistas, con otros tantos porteadores y varios cocineros, dejando basura y excrementos a su paso. En las fechas pico, docenas, quizá cientos de caballos, arrasaban los caminos y la vegetación. Algo había que hacer, no cabe duda. Pero las restricciones impuestas parecen excesivas: no parece adecuado pasar del descontrol a la restricción extrema. Y la concentración de los excursionistas en tres puntos puede ser más dañina que su dispersión. Probablemente la solución mas sostenible sea la del control, la educación y el cumplimiento de las normas, y no tanto las prohibiciones radicales.


Entre tanto, ahí quedan mis suspiros de tristeza y anhelo al ver la vertiente prohibida de Cusirí. Sin duda se puede conversar con las U’wa para permitir un acceso responsable y respetuoso a sus lugares sagrados, como sucede con los lugares sagrados de la mayoría de las culturas de nuestro entorno. Con dialogo y comprensión mutua todo es posible. Entre tanto, la incomparable “vuelta a la sierra” respira y descansa. Sus lagunas y sus jardines libres de toda presencia humana. Yo tuve la inmensa fortuna de recorrerla una vez, y desde entonces sueño con volver a hacerlo algún día, esperemos que no muy lejano.





Masonic House of the Temple: a Wonder Hidden in Plain Sight

Masonic House of the Temple. Photo: Jorge Bela There is plenty of invocation to classical architecture in Washington. Even modern buil...