Hotel al Alba, un jardín en Choachí

Plaza de Choachí al atardecer. Foto: Jorge Bela
Nadie ha sabido hacer mejor los jardines que los árabes, y en España hubo un tiempo que supimos aprender la lección. El juego del agua, el perfecto equilibrio entre la luz y la sombra vegetal, la tranquilidad absoluta. Por el camino de la historia mucho de lo aprendido se perdió, y por eso me sorprende y me encanta ver renacida esa tradición en los lugares más inesperados. Eso es precisamente lo que me sucedió este fin de semana en el pequeño Hotel Al Alba, en Choachí.

Un descanso en el salón abierto del hotel. Foto: Jorge Bela
No es fácil llegar la primera vez, por eso recomiendo consultar el mapa que tienen en su página de Facebook. En la puerta nos recibió Adriana, su propietaria, con la mayor y más hospitalaria de las sonrisas. Tras de nosotros cerró las puertas recubiertas con chamizo, y nos acompañó a dejar las maletas en la habitación (una de las a penas cuatro que tiene el hotel). Frente a nuestra puerta, una fuente con surtidor: “era el punto en el que llegaba el agua del acueducto a la casa original,” nos explicó. La reforma mantuvo la estructura original casi intacta, aunque en la parte posterior se añadieron los baños, con un techo translúcido que da una luminosidad extraordinaria.

Estanque en el jardín. Foto: Jorge Bela
Tras dejar las maletas, Adriana nos dio la “vueltica” por la finca, un auténtico laberinto vegetal, con agua brotando por todos los lugares, pequeños surtidores, estanques, y hasta algunos reservorios, escondidos bajo los arrayanes, plátanos, mandarinos, cafetos, orquídeas…. "La primera casita la compramos hace ya 20 años, y la segunda – donde están las habitaciones – la compramos a su anciana propietaria algunos años después. Decidimos mantener sus cultivos, café y mandarinos principalmente, y cada año le llevábamos a la señora, que se había trasladado al pueblo con su hija, su cosecha de mandarinas. Pepitas, las llamaba ella.” En torno de los cultivos, aún productivos, fue surgiendo el jardín exuberante.

Comedor. Foto: Jorge Bela
Adriana maneja sabiamente los tiempos, y consiguió que a penas coincidiéramos con el resto de los huéspedes del hotel. Casi no los vimos, y cenamos, almorzamos y desayunamos solos en el extraordinario comedor. Para aquéllos que precisen de un aislamiento total, una de las habitaciones, la “pizzería,” está ubicada en una pequeña casita al fondo de la finca. El desayuno, incluido en el precio, es abundante y delicioso, y la cocina para el almuerzo y la cena es cuidada y muy fresca. “Aquí somos muy lentos,” nos advirtió la propietaria nada mas llegar. “Prisa” es una palabra en lengua incomprensible en un hotel en el que lo que se respira es tranquilidad. Mauricio, esposo de Adriana, nos dio la más cordial y hospitalaria bienvenida, algo que tanto se disfruta en Colombia, a la hora del almuerzo.

Adriana. Foto: Jorge Bela
No es fácil para los turistas conocer una parte esencial de la vida colombiana como son las fincas de fin de semana. El Hotel del Alba es un lugar perfecto para lograrlo. Por la noche incluso se cierran los surtidores para que el descanso sea absoluto. Y lo es…

Pollo estofado. Foto: Jorge Bela

Ascensión al páramo mas hermoso de Colombia



Entré en el restaurante con el sonido de las campanas de la iglesia de San Juanito, Meta, que anunciaban la misa de las 6:30AM. Aún así, fui el último en llegar. No había tiempo que perder, y el desayuno fue abundante y delicioso, pero rápido. Nos esperaba una larga caminata con un desnivel brutal: 1800 metros (que, en efecto, tendríamos que subir para luego descender). Salimos a buen paso, pero nos detuvimos brevemente a visitar el antiguo noviciado, origen del pueblo en su momento, y hoy abandonado. En la huerta del edificio comenzamos un ascenso que solo terminaría cuatro horas después, ya en el páramo de Chingaza.

Antiguo noviciado de San Juanito. Foto: Jorge Bela

Tras salir del pueblo atravesamos zonas cultivadas y potreros con ganado. Sin embargo, los cultivos terminan donde comienza el bosque de niebla: se trata de zona ya protegida y el contraste es inmediato. Los potreros desaparecen y se ven sustituidos por una vegetación espesa. Nuestro grupo incluía dos expertos conocedores de botánica, que identificaban con precisión las incontables variedades de orquídeas que encontrábamos en las márgenes del camino. A ratos las cuestas eran muy empinadas, a ratos no tanto, pero el ascenso era implacable. El calor que encontramos en San Juanito se fue tornando más fresco, y finalmente llegamos a la cota de las nubes, que nos impedían ver el paisaje y nos refrescaba con una intermitente llovizna.

Cruces en el camino. Foto: Jorge Bela

A poco más de 3000msnm llegamos al páramo, tal y como había anunciado nuestro guía Miller. Allí encontramos unas cruces de madera que los lugareños tienen como tradición hacer cuando llegan a ese punto. Aunque estábamos muy cansados, aún nos quedaban más de 400 metros de ascenso. Yo prefiero subir caminando despacio, y hacer el menor número de descansos posibles, y aunque en los grupos suele suceder que no hay ritmos uniformes, curiosamente casi siempre se encuentra un ritmo de avance y pausa agradable para todos. Finalmente llegamos a nuestro destino, una pequeña casa forestal construida por el Acueducto, en cuyo porche frontal, a cubierto de la llovizna constantes, almorzamos. Tuvimos la suerte de que dos caminantes subieron verdaderas exquisiteces: dos botellas de buen vino tinto, mejillones en escabeche, aceitunas de aperitivo….¿quien puede pedir más? Miller se rascaba la cabeza con curiosidad dudando si probar los mejillones, alimento que por primera vez veía.

El camino ascendente. Foto: Jorge Bela

El vino hizo su mágico efecto, y la comida transcurrió entre bromas y charlas. Finalmente, tuvimos que emprender el descenso. Al llegar al bosque de niebla, ésta desapareció casi completamente, y pudimos ver los imponentes barrancos del cañón del Guaitiquía. Los jirones de nubes daban una perspectiva única a los farallones de Medina. Durante el descenso el grupo se fue estirando, y yo me quedé solo, disfrutando del silencio absoluto y de los incontables pájaros que se cruzaron en mi camino. Entre éstos una pava enorme, que parecía no sentir estrés alguno ante mi presencia.

Miller con las montañas que ascendimos al fondo. Foto: Jorge Bela

En San Juanito todavía no hay mucho turismo. La presencia de policía de élite fuertemente armada y de soldados del ejército de tierra nos recuerdan que el pueblo, ahora totalmente tranquilo y hospitalario, no hace mucho fue escenario del conflicto. Por estas razones considero imprescindible ir siempre acompañados de guías locales. Nuestro viaje lo organizaron mis amigos de Caminantes del Retorno Laura y Carlos, como siempre de forma perfecta. De nuevo mi agradecimiento por abrir estos caminos tan maravillosos.

Farallones de Medina. Foto: Jorge Bela

El MIlagrito, hierbas aromáticas y vistas en un albergue campestre



En su búsqueda de nuevas experiencias para compartir con turistas tanto locales como extranjeros, 5 Bogotá nos llevó hasta el Milagrito, en una vereda de la Calera, muy cerquita de Bogotá. Lo primero que llama la atención son las espléndidas vistas campestres, algo que no deja de sorprender en un lugar tan cercano a la megaurbe Bogotá, y que solo se explica por la protección férrea que le confieren los Cerros orientales. Aún así, algunas mansiones se elevan en el horizonte, lo que hace pensar que mas allá de las barreras naturales, será necesaria protección adicional para evitar el deterioro de tan hermosos paisajes.


Allí nos recibió Ana, que nos mostró las habitaciones del albergue rural, que cuentan con una decoración moderna, luminosa y agradable. Tras unas breves presentaciones, pasamos directamente al opíparo desayuno que nos habían preparado:  arepas de La Calera, sabiamente adoptadas de su Boyacá original, queso campesino y doble crema, agua panela recién hecha, tinto y frutas variadas. Los compañeros del programa Travesía sacaron sus bártulos y se pusieron a filmar: estaban recogiendo varias experiencias organizadas por 5 Bogotá para el programa que se emitirá este fin de semana.


El Milagrito trabaja con ONGs locales para obtener las materias primas necesarias para sus experiencias. En esta ocasión se trataba de la elaboración de un aromatizador orgánico y totalmente natural. En la huerta pudimos recortar las hierbas aromáticas que nos parecieran mas interesantes, con la ayuda experta de Ana, que nos aconsejaba. Dentro de la casa había especias como canela o clavo, y cítricos que ya habían sido cortados anteriormente. La técnica es sencilla, basta dejar hervir las hierbas recién cortadas y las especies durante unos minutos. La mezcla tiene un olor delicioso. Entre tanto, en unos pequeños tarros se colocan hierbas y especias adicionales, “las que se hierven pierden su color,” nos explicó Ana. Al terminar la cocción se cuela el elixir y se introduce en los tarritos. Una vez fríos, se pone la tapa y están listos para llevarlos a casa. Tras la preparación nos quedamos sentados en el frente de la casa charlando y disfrutando del paisaje tranquilamente.


5 Bogotá está haciendo una labor encomiable al descubrir y poner al alcance de los visitantes y de los locales una serie de experiencias que complementan los planes turísticos mas conocidos de Bogotá. Para los extranjeros supone una posibilidad de realizar una inmersión mucho mayor en la cultura colombiana, y para los locales abre un abanico de planes singulares y para todas las edades.


En una hora estábamos de regreso en Bogotá. Había sido una mañana de campo deliciosa, y en mi mochila llevaba el recuerdo del tarrito aromático que yo mismo había preparado.



Las cosas bien hechas: Elly Burckhardt y el Bulevar del Río de Cali

Elly Burckhardt y en el Bulevar del Río. Foto: Jorge Bela
Quedamos en vernos a la puerta del Hotel Intercontinental. Con gran puntualidad bajó de una enorme camioneta con su hijo Juan Manuel, y, tras una breve presentación, nos pusimos en marcha, dando comienzo el paseo por el Bulevar del Río. A pocos metros del Hotel nos encontramos con un obstáculo: antes de llegar al Bulevar, es necesario cruzar la Avenida Colombia por una zona sin semáforos. Elly Burckhardt, a pesar de su edad y con sus recientes problemas de salud ya felizmente superados, se lanzó sin miedo, del brazo de Juan Manuel, cruzando entre los coches de una forma que sólo son capaces de acometer los colombianos. Yo les seguí como pude. “Es una pena que el proyecto no se pudo llevar a cabo en su totalidad, por razones de presupuesto,” me dijo justo en el momento que todos logramos superar el peligro.

Bulevar del Río, Cali. Foto: Jorge Bela

Las primeras horas de la noche habían ahuyentado el calor, y una suave y fresca brisa descendía de las montañas, tal y como me habían dicho que sucedería. Por el Bulevar había gente paseando, caminando de regreso hacia sus casas, trotando con auriculares, es decir, la escena habitual que uno espera encontrar en un bulevar en cualquier ciudad contemporánea.  “Las cosas eran muy diferentes hace un par de años,” explicó Lilly, “la Avenida Colombia, que había sido una arteria principal en el centro de Cali, se había convertido en una autopista saturada de tráfico y polución, intransitable para los peatones, e insegura.” Me mostró un edificio de viviendas que fue el primero que diseño en su carrera. Aunque el hermoso diseño es aún visible, también lo es el deterioro que ha sufrido, paralelo al de la avenida sobre la que se levanta. “Los departamentos se vendían por nada, nadie quería vivir sobre una calle atascada, ruidosa y llena de humo.” La suerte la tuvieron los últimos que compraron: ahora es uno de los lugares mas deseables de la ciudad.

Bulevar del Río, Cali. Foto: Jorge Bela
Retirar el tráfico y la polución y devolver la Avenida a los peatones supuso una inversión cuantiosa: la construcción del túnel urbano mas largo de Colombia, que se inicia cerca del Hotel Intercontinental y termina 980 metros después. El bulevar que se ha construido sobre él tiene, por tanto, casi un kilómetro. El diseño decorativo ha sido cuidadoso, marcado por las características técnicas del túnel: no puede acoger árboles de mucho porte, y se han de tener en cuenta elementos como las torres de ventilación. Elly revisa los elementos uno por uno, tocando barandillas, incluso haciendo comentarios sobre la evolución de ciertas plantas. La proximidad inmediata al río, que al no estar canalizado tiene un aspecto casi campestre, y sus enormes árboles, hacen que el paseo sea todavía mas agradable.
Río Cali. Foto: Jorge Bela
Sin embargo, el deterioro de algunos edificios nos recuerda que ésta es una obra reciente. Aún queda mucho por hacer para recuperar totalmente la zona. Un pequeño autobús, parte del sistema de transporte público de la ciudad, circula muy despacito por el Bulevar. No se pudo suprimir de todo el tráfico, pero si se buscó una solución que permita una convivencia entre peatones y transporte público. Agentes de seguridad vigilan discretamente la zona.

Elly y Juan Manuel. Foto. Jorge Bela
Como todas las obras públicas en Colombia, ésta estuvo marcada por la controversia y la oposición en sus inicios. A Elly se le encienden los ojos cuando ella misma saca el tema, y debate punto por punto las críticas. El tiempo ha dado la razón a los que apoyaron el proyecto: el Bulevar del Río se ha convertido en una iniciativa de vanguardia en la recuperación de la ciudad para los ciudadanos, tras años de políticas que primaban el transporte motorizado. El alcalde actual, que no es el que encargó el proyecto, acaba de otorgar a Elly la máxima condecoración al mérito público. Ahora proyectos aún mas ambiciosos en Cali, como el corredor verde, tienen un precedente en el que mirarse, del que aprender.

Una vez terminado el paseo, Elly y Juan Manuel me invitaron a comer unas empanaditas caleñas en una animada terraza junto al río. Nos zampamos nada menos que 30. Yo había pasado una excelente tarde en Cali.

El urbanismo y la transformación de Medellín

Medellín. Foto: Jorge Bela
Medellín ha experimentado una profunda transformación: en a penas dos décadas ha pasado de ser una ciudad castigada por la violencia, la escasez de servicios sociales y la desigualdad, a convertirse en un modelo para toda América Latina de cómo combatir éstos graves problemas.

El urbanismo, aunque no ha sido el único factor, ha desempeñado un papel crucial en este proceso. En Medellín el urbanismo ha demostrado tener un carácter social y una ambición cívico-pedagógica. Los proyectos acometidos han mejorado la equidad territorial, integrando en la ciudad los asentamientos informales, antes completamente aislados. El ejemplo mas conocido son los metrocables. Pero quizá lo mas significativo ha sido que las intervenciones urbanas se han planificado y acometido mediante procesos participativos. Los beneficiarios de las intervenciones, en gran medida comunidades informales, fueron consultados en el proceso de diseño y la toma de decisiones, proceso a través del cual mejoraron su capacidad de autogestión y de participación política. 
Les invito a que lean el artículo que escribí al respecto en URB.IM

La Laguna Sagrada de Iguaque

Laguna de Iguaque. Foto: Jorge Bela
Villa de Leyva es un lugar delicioso para pasar un fin de semana. Si se logra evitar los temibles trancones, en carro y bus se puede llegar en menos de tres horas desde Bogotá. Hay hoteles de gran lujo, con precios acordes a tanto nivel, pero también hay hoteles y hostales para todos los presupuestos, y con un servicio mas que aceptable. De hecho, es uno de los destinos en Colombia mejor preparados para recibir a todo tipo de turistas. El clima suave, mas seco y caliente que Bogotá –aunque conviene no olvidar llevar algo de abrigo para las noches – también es favorable. Pero el perfecto estado de conservación del pueblo colonial, y la magnífica plaza mayor son sus mayores atractivos, y nunca defraudan.

Serpiente petrificada. Foto: Jorge Bela
Sin embargo, como tan a menudo sucede en Colombia, basta alejarse unos pocos kilómetros del casco urbano para encontrar lugares maravillosos y radicalmente distintos. Uno de estos lugares es la laguna sagrada de Iguaque, a 3.800 msn y por lo tanto en pleno páramo.

El Páramo. Foto: Jorge Bela
La entrada al Santuario de Fauna y Flora de Iguaque, nombre que recibe el PNN en el que está ubicada la laguna, está a unos quince kilómetros de Villa de Leyva. La ascensión es empinada y fatigosa: requiere un nivel de forma física suficiente para tal empeño. Uno de los aspectos mas fascinantes de esta caminata es la cantidad de ecosistemas que se atraviesan en pocas horas: desde el clima templado y seco del inicio al magnífico páramo andino, pasando por el bosque de niebla. Los ríos caudalosos nos recuerdan que los páramos son imbatibles captadores de lluvia, razón suficiente para cuidarlos y protegerlos. En una poza escondida, entre cascadas, pudimos observar la serpiente petrificada, guardiana secreta del camino.

Caminando por el Páramo. Foto: Jorge Bela

La laguna se encuentra a 3.800 msn, en un paraje espectacular. Mientras nuestro grupo siguió la caminata hasta la cima de la montaña, tres caminantes decidimos quedarnos y disfrutar tranquilamente del paisaje. El viento, cuyas ráfagas arreciaban de cuando en cuando, erizaba la superficie de otra forma lisa de la laguna, creando imágenes extrañas. Unos caminantes arrojaron una piedra al agua, lo que provocó una regañina de una familia indígena que disfrutaba con nosotros del entorno: “mejor no enfurecer la laguna,” advirtieron, “si se llega a enfadar lanzará una tromba de agua sobre quienes la molesten.” Dicho y hecho, momentos después del incidente se formaron unos nubarrones negrísimos y parecía que estaba a punto de iniciarse el segundo diluvio universal. Afortunadamente a la laguna se le pasaron los malos humos y en poco tiempo volvió  a brillar el sol.

Villa de Leyva. Foto: Jorge Bela

Esa noche llegamos agotados al hotel, pero eso no fue impedimento para que nos dejáramos arrastrar por el buen ambiente y la deliciosa rumba que se genera cada noche en la plaza de Villa de Leyva.



Mínimo vital del agua en Bogotá: ¿Una medida justa y bien implementada?


El agua de Bogotá es potable y deliciosa, algo excepcional en las grandes ciudades de América latina. Esto se debe a su proximidad a abundantes fuentes de agua, especialmente los páramos de Chingaza y Sumapaz, y a una buena gestión del recurso. La mayor parte del agua consumida actualmente proviene de la represa de Chingaza, ubicada a unos 50 kilómetros de Bogotá. Sin embargo, la misma proximidad de la mega urbe supone un riesgo para los frágiles ecosistemas de los páramos: Sumapaz comienza en el mismo término municipal de la capital.
A partir de febrero de 2012, Bogotá estableció mediante decreto el derecho a un mínimo vital de agua, un derecho reconocido por las Naciones Unidas. El decreto establece que para los estratos 1 y 2, los primeros 12m3 consumidos en cada periodo de facturación serán suministrados de forma gratuita. A partir de dicho consumo se aplicarán las tarifas habituales para dichos estratos. Esta cuota supone una asignación gratuita de unos 50 litros por persona y día.

¿Se trata de una medida adecuada y justa? Pueden leer el artículo que escribí al respecto en URB.IM.

No siga más, sumercé...

Alto de Cusirí. Foto: Jorge Bela
“Siga más, sumercé,” quizá mi frase favorita en Colombia. Un cartel con dicha expresión jalona cada uno de los imponentes boquerones que separan unos valles de otros en la incomparable “vuelta a la sierra” del PNN El Cocuy. Cuando uno los alcanza siente la emoción combinada del esfuerzo cumplido, una nueva y siempre maravillosa vista, y el estímulo de la cercanía creciente al punto de la próxima acampada. Sin embargo, la semana pasada al asomarme al alto de Cusirí y ver el singular cartel, no pude sino sentir una inmensa tristeza. La realidad es que ya no se puede seguir más: por orden de la autoridad, el paso de los caminantes más allá del boquerón ha quedado terminantemente prohibido.

El "lado prohibido" de Cusirí. Foto: Jorge Bela
Según la autoridad que regenta los PNN de Colombia, la prohibición de acceso a toda la vertiente oriental de la Sierra se debe a la solicitud de la comunidad U’Wa. Al parecer, esta vertiente tiene un carácter sagrado para el pueblo U’Wa, y no desean que sea visitada por los excursionistas. La autoridad ha decidido aceptar la solicitud, cerrando el paso de forma total.

Las plantas parecen corales en al PNN El Cocuy. Foto:Jorge Bela
Sin embargo,  las autoridades han implementado este cierre simultáneamente a la prohibición de acampada en todo el PNN salvo en tres puntos autorizados, lo que ha generado una considerable confusión. Estas restricciones se fundamentan no en  creencias religiosas, sino en un supuesto deterioro ambiental del Parque. Al parecer se han encontrado bacterias en el agua. También se ha prohibido el acceso a los caballos.

Silvia, Nico y Pepe de regreso hacia Sisuma. Foto: Jorge Bela
Hablando con unos y con otros, parece claro que se habían llegado a producir ciertos excesos, incompatibles con el mantenimiento de un ecosistema tan frágil como extraordinario. Incluso se habla de caravanas de 20 excursionistas, con otros tantos porteadores y varios cocineros, dejando basura y excrementos a su paso. En las fechas pico, docenas, quizá cientos de caballos, arrasaban los caminos y la vegetación. Algo había que hacer, no cabe duda. Pero las restricciones impuestas parecen excesivas: no parece adecuado pasar del descontrol a la restricción extrema. Y la concentración de los excursionistas en tres puntos puede ser más dañina que su dispersión. Probablemente la solución mas sostenible sea la del control, la educación y el cumplimiento de las normas, y no tanto las prohibiciones radicales.


Entre tanto, ahí quedan mis suspiros de tristeza y anhelo al ver la vertiente prohibida de Cusirí. Sin duda se puede conversar con las U’wa para permitir un acceso responsable y respetuoso a sus lugares sagrados, como sucede con los lugares sagrados de la mayoría de las culturas de nuestro entorno. Con dialogo y comprensión mutua todo es posible. Entre tanto, la incomparable “vuelta a la sierra” respira y descansa. Sus lagunas y sus jardines libres de toda presencia humana. Yo tuve la inmensa fortuna de recorrerla una vez, y desde entonces sueño con volver a hacerlo algún día, esperemos que no muy lejano.





Jardín Botánico de Bogotá: renacimiento en un oasis de paz

Ejemplares de victoria regia amazónicas. Foto: Jorge Bela
Bogotá vive en medio de una difícilmente comprensible contradicción : está ubicada entre espacios naturales absolutamente espectaculares (páramos, bosques de niebla, ríos y lagos prístinos), pero padece una agobiante falta de espacios públicos y de parques. Se está intentando poner remedio a este problema abriendo los Cerros Orientales a la ciudadanía y convirtiendo calles y autopistas en ciclovías los días festivos. Sin embargo, pocos lugares dentro de la capital de Colombia ofrecen tanta tranquilidad, tantos remansos de paz, como el Jardín Botánico José Celestino Mutis.

Frailejones en el jardín botánico. Foto: Jorge Bela
Fundado, como tantos otros jardines de su tipo, por un coleccionista amante de la botánica, Enrique Pérez Arbeláez, durante la segunda mitad del siglo XX cayó en el abandono y en una gestión que no se ajustaba a los criterios científicos que deben regir los botánicos. Su función no es solo la de cobijar con su  sombra a los paseantes, sino servir como un intenso foco de divulgación y también como centro de investigación. Desde hace un par de años se están corrigiendo los errores del pasado reciente y el Jardín Botánico está recuperando su perdido esplendor.

Patricia nos transmite su entusiasmo por la botánica. Foto: Jorge Bela
En la entrada nos esperaba una amable señorita, cuyo nombre aún no conocíamos, que nos explicó las opciones de la visita: esperar unos minutos a que partiera un grupo con guía, o comenzar el recorrido por nuestra cuenta, con algunos materiales de apoyo que ella nos entregaría. La espera era corta y no lo dudamos. Un pequeño grupo se unió a nosotros y pronto comenzó el recorrido. Patricia, que así se llama la persona que nos recibió, resultó ser también nuestra guía. Su entusiasmo por la botánica en general y por el Jardín en particular se notó desde el primer momento, y acabó por contagiarnos a todos.

Palmera de cera, la planta nacional de Colombia. Foto: Jorge Bela
Estuvimos visitando algunos de los ecosistemas representados en el Jardín. Patricia nos daba explicaciones, nos invitaba a recoger hojas del suelo y romperlas para reconocer sus aromas, nos mostraba las distintas estrategias de supervivencia vegetal, incluso sacaba objetos vegetales variados de sus aparentemente infinitos bolsillos para aclararnos algunos aspectos concretos. El recorrido de una hora se nos hizo corto, y fue mucho lo que aprendimos durante ese tiempo. Los invernaderos ya tuvimos que recorrerlos por nuestra cuenta.

Ejemplar de flor autóctona. Foto: Jorge Bela
No es fácil mostrar en un solo jardín toda la diversidad botánica de Colombia. Los frailejones que sí crecen dentro del perímetro municipal de Bogotá, en las zonas altas de los páramos, sobreviven con gran dificultad, gracias a enormes sombrillas, a la altura del Botánico. Sin una nave refrigerada, es difícil lograr que alcancen una altura considerable. Más sencillo resulta replicar los climas calurosos de los bosques tropicales, pues basta edificar un invernadero y el fuerte sol ecuatorial, aunque brille solo unas horas al día, se encarga de mantener la elevada temperatura necesaria.

Masdevallia ígnea, otra espectacular flor de Colombia. Foto: Jorge Bela
Pero el Jardín no es solo ciencia y divulgación, es un espléndido espacio público al servicio de los bogotanos. Vimos madres paseando sus hijos, incluso unos recién casados que se estaban tomando miles de fotos en los rincones más
Románticos del recinto.

Flor nacional de Colombia. Foto: Jorge Bela

El Jardín Botánico de Bogotá está renaciendo. Vale la pena con creces hacerle una visita a ver como va mejorando en su imparable recuperación


2014 un año lleno de esperanza, pero también de incertidumbre en Colombia


Atardecer en Bogotá. Foto: Jorge Bela

En mi artículo de URB.IM de esta semana Hay muchas cosas positivas que esperar para el año 2014 en Colombia. Se prevé que se mantenga el crecimiento económico, al tiempo que las conversaciones de paz pueden acabar con un conflicto armado que ha durado ya varias décadas. Estas circunstancias presentan un escenario sin precedente para aliviar los problemas de pobreza y desigualdad que sufre el país. Bogotá y Cali, las dos ciudades que seguimos en URB.IM , tienen iniciativas en marcha que pueden ofrecer soluciones concretas a estos dos problemas. Sin embargo, la incertidumbre es también elevada, tanto a nivel local como nacional. Las elecciones presidenciales, la inestabilidad del gobierno municipal en Bogotá, y la propia incertidumbre de las conversaciones de la Habana impiden que podamos hacer un pronóstico totalmente favorable.

Les invito a leer el artículo completo en URB.IM

Venciendo los miedos en Támesis

Torrentismo en Támesis, Antioquia. Foto: Jorge Bela
A veces visitamos lugares en busca de reconocer los paisajes o los edificios que ya conocíamos por películas o por fotografías. Como cazadores en un safari visual, nos limitamos a reconocer, a sentir el goce de estar en el lugar anhelado, de sacar una fotografía que nos permita compartir el momento con propios y extraños. En otras ocasiones llegamos a lugares desconocidos en los que nos encontramos inesperadamente a gusto. Puede ser la gente, la atmósfera, algún monumento hasta entonces desconocido pero que nos llama la atención, con intensidad redoblada por el efecto de la sorpresa.  Otras veces, los viajes nos abren las puertas a una experiencia totalmente nueva, que no solo disfrutamos en el momento, sino que tienen el poder de transformarnos, de generar una memoria que podrá ser invocada no como mero recuerdo sino como referencia, no solo agradable, sino también útil e inspiradora, incluso años después de haberla vivido. El viaje que realicé a Támesis el pasado mes de diciembre se encuentra dentro de esta última categoría.

Rodrigo Echeverry nos muestra la técnica del rappel. Foto: Jorge Bela
Rodrigo Echeverry, fundador de Ecocartama, nos vino a recoger a Medellín. De allí partimos inmediatamente en una camioneta hacia Támesis, Antioquia, su pueblo natal. “Allí no esperéis encontrar concentraciones de turistas,” nos anunció. En efecto, Támesis es un pequeño pueblo, ubicado en la cordillera Occidental de Colombia. Descansa en una amplia meseta, directamente sobre el río Cauca pero con un clima suave, casi perfecto, gracias a su altura relativa y a las brisas que cada tarde bajan de las montañas. Y es que por encima de Támesis se alzan unas inmensas rocas, que son la antesala del bosque de niebla y de las posteriores cumbres, las últimas que separan Antioquia de los departamentos del pacífico.

Mágnifica cascada en Támesis, Antioquia. Foto: Jorge Bela


“No buscamos un turismo de masas,” aclara Rodrigo, “sino un turismo que sabe muy bien lo que quiere, que admira la naturaleza y el paisaje, y que es escrupulosamente respetuoso con el medio ambiente y con el entorno cultural." En breve escribiré con más detalle sobre Támesis, uno de los pueblos mas agradables de Colombia, pero por ahora baste decir que nos encontramos inmediatamente cómodos en la terraza de su plaza. La arquitectura está bien conservada, sobre todo en los volúmenes, y se están corrigiendo algunos errores y excesos arquitectónicos llevados a cabo en épocas hoy felizmente superadas.


Alina y Héctor en pleno rappel. Foto: Jorge Bela
Tras nuestra primera toma de contacto con el pueblo, Rodrigo nos detalló las experiencias que nos esperaban en los dos próximos días: en primer día practicaríamos el rappel en una de las inmensas rocas que se yerguen sobre el pueblo, y en el segundo aplicaríamos los conocimientos adquiridos en el descenso por una cascada de 90 metros. “No se trata de turismo de aventura,” enfatizó, “sino de una experiencia singular, en la que se busca enfrentar y vencer los miedos.

Rappel en Támesis. Foto: Jorge Bela

Ninguno de los participantes teníamos experiencia previa en el rappel ni en el torrentismo, y muchos padecemos de vértigo. Sin embargo, al final de la experiencia todos, excepto dos, lograron enfrentar sus temores a la altura. Entre los dos que no lo logramos, estaba un compañero que había sufrido una reciente caída del caballo, y yo, que opté por seguir el evento desde "tierra firme." En todo momento nos sentimos apoyados en nuestra decisión por Rodrigo, con la misma intensidad que los que sí se aventuraron notaron la seguridad que es la preocupación principal de Ecocartama.

El grupo, tras superar la prueba. Foto: Jorge Bela
Las fotos lo dicen todo: la aventura fue extraordinaria, segura e inolvidable. Incluso los que no la completamos tuvimos la ocasión de aprender las técnicas y experimentar, a una escala mucho menor, la sensación de vacío. Cuando en las prácticas estábamos colgados, Rodrigo nos animaba: “mirad hacia atrás.” Lo que se ve no es fácil describir. El mundo se vuelve curvo, y la infinita visión periferal nos da una perspectiva totalmente nueva. El gran Cauca parece fluir en dirección contraria, y sentimos el pulso acelerarse. Una experiencia que todos deberíamos sentir al menos una vez en la vida.

Estupenda vista de Támesis, parcialmente obstruída por Jorge Bela
Aquí está la crónica realizada por mis amigos de Viaja por Colombia. Mi agradecimiento a la Gobernación de Antioquia y al Bureau de Medellín por invitarme a la participación en este press trip.





Masonic House of the Temple: a Wonder Hidden in Plain Sight

Masonic House of the Temple. Photo: Jorge Bela There is plenty of invocation to classical architecture in Washington. Even modern buil...