lunes, 24 de octubre de 2016

Una noche en el Metropolitan Opera House de Nueva York

Lincoln Center. Foto: Jorge Bela
Qué pena con usted se fue a la ópera, y debo decir que Lincoln Center todavía impresiona. El tiempo no parece haber dejado sus huellas sobre los tres edificios que flanquean la plaza principal. Se trata de una impresión engañosa, pues el espacio ha sufrido numerosas intervenciones, algunas de calado, desde su inauguración en los años 60. Sin embargo, sobre todo por la noche, la pureza de las líneas, la repetición de los patrones, y el brillo de los candelabros, se convierten a la plaza en el zaguán perfecto para un gran espectáculo artístico.
Metropolitan Opera House. Foto: Jorge Bela
El Lincoln Center es uno de los centros artísticos más ambiciosos del mundo, fruto de una forma de pensar muy concreta. A mediados del siglo pasado todo parecía posible en el mundo de la arquitectura. Y no me estoy refiriendo tan solo al ámbito de la vivienda o el comercio: la arquitectura moderna aspiraba a convertirse en la herramienta capaz de resolver los grandes problemas sociales. Incluyendo los del mundo de las artes. Constantes y asombrosos avances en las técnicas constructivas parecían augurar un futuro de progreso sin límite.

Lincoln Center. Foto: Jorge Bela
Los arquitectos y planeadores urbanos no titubeaban ante los proyectos más ambiciosos, y desde su optimismo y firmes convicciones consideraban ideas como demoler París y sustituir los viejos edificios por una ciudad más moderna. París, afortunadamente, sobrevivió, pero el movimiento moderno transformó profundamente la mayoría de las ciudades en todo el planeta. Y Nueva York, por supuesto, contiene algunos de sus mejores ejemplos, como el propio Lincoln Center. Wallace Harrison fue el autor del plan general y del diseño del teatro de la ópera, el edificio central. Anteriormente, había participado en proyectos como las Naciones Unidas o Rockefeller Center. Aunque quizá su obra más importante sea el Empire State Plaza, un descomunal centro administrativo para cuya construcción fue necesario demoler 1.200 edificios del centro histórico de Albany.
Lincoln Center. Foto: Jorge Bela
Mientras los grandes proyectos monumentales han pasado, en gran medida, de moda, la ópera de Harrison sigue siendo una obra maestra. Desde la plaza, a través de grandes cristaleras, se pueden contemplar sus bellísimas escaleras curvadas. Y, por supuesto, las descomunales pinturas de Chagall, un regalo no solo para los asistentes, sino para todos los neoyorquinos. No es, desde luego, un teatro pequeño: con aproximadamente 3.800 localidades es el mayor del mundo. Pero los detalles, el meticuloso diseño, y el impecable mantenimiento transmiten una peculiar sensación de intimidad. Eso sí, las localidades en el último piso, cercanas a la barandilla, no son recomendables para personas con vértigo. La acústica es impresionante, pese a la escala de la sala.
Lincoln Center. Foto: Jorge Bela
A diferencia de lo que sucede con otros teatros de ópera, salvo en contadas ocasiones no es difícil encontrar entradas en el Metropolitan. Hay algunas a muy buen precio, incluso por debajo de los 30$. Los espectáculos son soberbios, y la orquesta quizá sea la mejor del mundo en estos momentos. Aún para los visitantes que no disfrutan con la ópera, vale la pena compar unas entradas y acercarse al teatro una noche cualquiera. Aunque solo sea por disfrutar del edificio y del ambiente. Aunque solo sea por recordar los tiempos en los que los arquitectos soñaban con resolver los problemas del mundo a base de diseño, cálculos de estructura y mucho cariño.



1 comentario:

  1. Echábamos de menos el blog de Jorge por lo que nos congratulemos con su continuidad norteamericana. QuéBuenoConUsted!

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